El puñal de Lujuria

La joven prostituta salió del despacho de Madame Lenox dando un portazo y esta soltó un golpe en la mesa, presa de la rabia y la frustración.

Era la tercera chica que abandonaba el burdel en una semana. Preferían trabajar en la calle, bajo el frío y la nieve antes que hacerlo a cubierto pero sin apenas clientes y teniendo que pagar la comisión que se llevaba el burdel.

Pero no siempre había sido así. Hacía apenas dos años el Delantal Rojo había sido el prostíbulo más famoso de todo el continente gracias a las artes del «Pétalo dorado». Ella era una talentosa hechicera, formada en la torre de magia y primera de su promoción, que había decidido orientar su poder a la búsqueda del placer.

Con sus hechizos y pociones conseguía sobrepasar todos los límites conocidos. Encantaba las camas, alteraba los sentidos, drogaba a los clientes, tatuaba extrañas runas en las mujeres y conseguía elevar el placer de la carne hasta rozar el límite con la locura.

En el burdel trabajaban más de una docena de mujeres y hombres de todas las especies, día y noche, y la gente viajaba a la ciudad sólo para poder experimentar esos placeres casi divinos. La nobleza entregaba encantada su dinero a cambio de que la hechicera organizase todo tipo de encuentros, desde privados a grandes orgías impulsadas con su magia.

Lenox era la hermana mayor de la hechicera. Aunque también era una mujer joven y hermosa no alcanzaba a la belleza casi sobrenatural de su hermana y prefería dedicarse a gestionar del dinero, las reuniones con los clientes, a manejar las agendas,… ella era quien mantenía todo el ecosistema del burdel funcionando como una máquina en constante crecimiento.

Habían organizado un viaje hacia el sur, para llevar su fama aún más lejos, cuando sucedió el desastre. En pleno éxtasis un cliente había asfixiado a la prestigiosa hechicera hasta matarla, uno lo suficientemente poderoso como para librarse de un juicio justo con una abultada bolsa de oro.

Sin la magia la vida del burdel se fué apagando poco a poco hasta llevar a Lenox a la ruina. Su hermana nunca había compartido sus misterios por miedo a la competencia, se había hecho insustituible y una vez se acabó el oro del asesino ya apenas podían pagar las facturas. Si no hacía algo pronto tendría que cerrar.

La madame se recostó en su sillón y recordó el cuento de un bardo sobre los 7 pecados. En él que se decía que Lujuria era de los más poderosos… y cerrando los ojos la invocó en silencio.

«He dedicado toda mi vida a servirte, a difundir tu gracia sobre los hombres, a estudiarla y hacer de ella un arte. Te ruego que me ayudes a seguir haciéndolo. Nadie te ha adorado tanto como lo hizo mi hermana, si realmente existes… Por favor, ayúdame»

Las ventanas que había tras ella se abrieron de golpe y una fuerte corriente de aire cargado de nieve entro en el despacho, apagando las velas.

Lenox se levantó y cerró la ventana algo asustada cuando de pronto una voz aterciopelada le hablo desde su espalda.

– Mi querida Lenox… Yo también lloro la muerte de tu hermana.

Al girarse vio allí a un hombre joven, su cabello rubio le caía sobre los hombros desnudos y sus ojos verdes brillaban con el reflejo de la luz de la luna. Vestía sólo unos pantalones de cuero negros, sin camisa y con los pies descalzos. Sonreía a la mujer con una mirada cargada de cariño y comprensión.

– Este ha sido mi templo durante mucho tiempo… y deseo que sigas llevando mi don a los fríos corazones del Norte. Pero… Necesitaré algo a cambio.

La mujer se había quedado como hipnotizada mientras la figura se acercaba hasta ella y levantaba su mano para acariciar su mejilla.

– En la noche del cometa una de tus mujeres yacerá con siete hombres y engendrará a una niña. Necesito que la cuides y la instruyas en el camino del placer y que cuando se convierta en mujer… Le entregues este puñal.

El hombre se había acercado a ella hasta casi pegar su cuerpo con el suyo y bajado su voz a un provocador susurro. Al levantar su mano sostenía una daga con la hoja del color de la sangre y una empuñadura plateada. Lenox la cogió y asintió, aún sin poder creerse lo que estaba sucediendo.

– Así lo haré… Mi señor.

Sin poder resistir más, se lanzó a besar al que para ella era el ser más perfecto que podía imaginar y él la hizo suya sobre la mesa del despacho, dándole un placer tan extremo que al despertar a la mañana siguiente no recordaba bien en qué momento había perdido la consciencia.

Pero la daga carmesí seguía ahí.

Cuando se acercó la noche indicada Lenox cambió los anticonceptivos de las chicas. En la noche del cometa se organizaba una gran cacería nocturna. Los cazadores exponían en la plaza sus trofeos y disfrutaban de la carne en un gran banquete que duraba toda la noche.

El alcohol y el buen ánimo llenaron el burdel y la que sería la madre de Alea yació con siete hombres diferentes a lo largo de la noche.

A la mañana siguiente sólo quedaba un borracho en la barra del salón y Lenox le reprendía por todo el dinero que le debía.

El hombre explicó que lo había perdido todo en un incendio en la calle principal hacía apenas dos noches y que ya no le quedaba nada. Presa del alcohol ofreció a la madame las escrituras de su local a cambio de un mes de los servicios de sus chicas y el saldo de sus deudas.

Lenox aceptó el trato y cuando fue a conocer su nueva propiedad descubrió que el lugar no sólo estaba en la calle principal, si no que justo por ese punto de la ciudad pasaban los estudiantes de la universidad, los magos de la torre y todos los que se dirigieran a la parte subterránea, además de estar visible desde la taberna principal.

Vendió el antiguo local y nada más inaugurar el nuevo el negocio no hizo más que crecer y crecer mientras ayudaba a criar a la niña en el propio burdel. Alea, apellidada como Burdelis por la ausencia de padre, crecía como una chica totalmente normal, atraída por los animales y la música. El mismo día en el que le llegó el primer periodo Lenox le entregó la daga, diciendo que era un obsequio.

La quería como a una hija. La muchacha de cabello y ojos claros parecía llevar la seducción en la sangre y en parte le recordaba a su hermana, con una sensualidad innata que no dejaba a nadie indiferente y atraía todas las miradas. Con apenas 14 años habían ofrecido grandes sumas por su virginidad y era consciente del peligro que suponía llamar tanto la atención, la protegía todo lo que podía. Únicamente la permitía salir acompañada por conocidos y nunca demasiado lejos de la ciudad.

Durante los años siguientes a entregarle la daga tuvo miedo de no saber cuáles eran los planes de Lujuria para ella, pero no parecía ocurrir nada fuera de lo normal… Hasta que un día, cuando Alea tenía ya 16 años, un caballero cayó al interior del burdel, sin pulso y con una flecha clavada en su espalda.

Y entonces todo cambió.


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