Perro de pelea

El torneo de béstials de Velcarin era conocido en todo el continente. Los béstials más temibles se enfrentaban desarmados en la arena mientras el público hacia sus apuestas.

Siempre moría alguno, pero era un riesgo que sus amos asumían sin dudar cuando aspiraban al cuantioso premio y al reconocimiento de poder alzarse con la victoria.

Ese años una canis de pelaje azabache y grandes músculos fue ganando combate a combate hasta llegar a la final, en la que se enfrentaba a un felis color pardo que era famoso por sus letales garras.

En mitad del combate el felis intentó rajarle la garganta como había hecho con otros contrincantes, pero ella absorbió el ataque con su propia cara y consiguió dejarlo KO de un temible puñetazo directo.

El público gritaba emocionado a la nueva campeona. Aún con la cara cubierta de sangre y la carne abierta le pusieron la medalla mientras su amo recogía las ovaciones y el dinero.

Tardaron horas en atender su aparatosa herida, pero a ella no pareció importarle. En contraste con su gran musculatura y su fiereza en el combate saltaba a la vista que era una bestial sumisa y que procesaba una devoción hacia su amo que rozaba el enamoramiento.

La luchadora aceptaba con una visible felicidad los cuidados que le dieron en la posada, donde otros bestials la felicitaban por los combates mientras cosían su herida y ella hablaba maravillas de su amo, sin ser conscientes de que no muy lejos de allí él se reunía con otros dueños para acordar los precios de los cachorros.

Ella apenas tenía 9 años cuando dos días más tarde su amo la ordenó desnudarse delante de otro bestial y de su dueño.

Por primera vez tuvieron que repetirle la orden antes de obedecer y dejarse montar. Aquello no era tan doloroso como las peleas, pero se sentía humillada por cómo les miraban los humanos. Aun así una orden era una orden y si aquello era lo que su amo quería ella no era quién para oponerse…

Hubo varios intentos más hasta que quedó preñada y entonces su amo mejoró sus cuidados como nunca. Le dio una cama para que no durmiera en el suelo, una manta para abrigarse en invierno, comida como la que comía él en lugar de sobras y no hubo más peleas… Ella no podía estar más feliz y cuando una noche él mismo la montó, pensó que eso significaba que él la quería.

Tras pasar el embarazo de ensueño tuvo dos cachorros, un macho azabache y una hembra con vetas plateadas. Durante dos meses los amamantó y cuidó con devoción, pensando que al fin había alcanzado la felicidad plena… Hasta la mañana en la que se encontró la cuna vacía.

Hicieron falta cadenas y cubos de agua helada para conseguir que la bestial regresase a su sumisión de siempre y a pesar de que de nuevo obedecía todas y cada una las órdenes ya jamás recuperó su sonrisa de antes.

Asumió que ni su amo ni nadie la querrían nunca. No era más que una perra de pelea… Y así sería siempre. Sus hijos jamás conocerían a su madre de la misma forma que ella no recordaba a los suyos. Aquello era lo que significaba ser una béstial y una esclava. Tenías una familia, pero formabas parte de ella sólo como una posesión de la que podían abusar o deshacerse.

Regresó al día a día de los entrenamientos y las peleas. Antes siempre había creído firmemente en la bondad de su señor. Si ordenaba que le partiera las piernas a alguien seguro que se trataba de un delincuente peligroso, si le pedía que diera caza a quien fuera seguro que estaba ayudando a las autoridades… pero ahora empezaba a darse cuenta de la realidad. Su amo no era más que un matón que la utilizaba para herir o incluso matar a los que muy probablemente serían inocentes y por eso nadie en la ciudad quería estar cerca de ella.

Una mañana irrumpió en la casa un juez acompañado de guardias que apresaron a su amo. Ella intentó defenderle, pero nada podía hacer contra la magia del juez.

Pasó varios días en los calabozos hasta que decidieron que no era una amenaza. De pronto estaba sola y en la calle, sin amo ni hogar, sin nadie que se atreviera a acogerla por temor a que su amo escapase de prisión y la reclamase.

Empezó a recorrer los caminos sin rumbo, alimentándose de la basura o las sobras pues apenas conseguía cazar. No sabía valerse por sí misma y sabía que si no encontraba a un nuevo amo, o al menos a alguien para quién poder trabajar, acabaría muerta de hambre.

Y fue precisamente el hambre lo que hizo que siguiera el aroma de la comida recién hecha hasta aquella posada y acabase metida en una pelea muy diferente a las que estaba acostumbrada.


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