Desde la nada, los tambores ya se escuchaban. Venían por el camino viejo. Cornetas los acompañaban. Pronto, empezó a verse la gente. Primero, una figura completamente tapada con una túnica morada y un capuchón, portaba una enorme bandera del mismo color, con una pluma roja y negra bordada en el centro. Tras él, dos filas de encapuchados con báculos de oro, que marchaban muy despacio, al compás con los tambores. Después ya se podía ver a los músicos, pero solo las caras de aquellos que tocaban las cornetas. Tras los tambores, entre doce encapuchados, portaban en andas la figura de un Caballero de la Tormenta al que un Guardia Negro sujetaba por las alas. Tras la imagen, una tira de fieles.
Todos conmemoraban algo que no entendían, pero que apreciaban. El sacrificio de los Guerreros del Viento, que se sacrificaron para salvar la Triada. Después de lograrlo por completo, solo uno quedó, pero la gente volvió a ser libre.
Los que ahora, tantos años después, le rendían culto a la imagen no sabrán jamás que es lo que pasó. Nunca nada sobre los Guerreros del Viento se escribió, y en solo en las memorias de los que los conocieron restaron sus gestas. Solo eso. Eso y la fe en ellos es lo que venció al tiempo. Nada más. Ahora la procesión se alejaba, entre tambores y cornetas, alabanzas a la figura alada se alzaban. La grandeza de los alados soldados perdurará en el tiempo. Más como fe que como que como historia, pero aún así, aún así siempre serían recordados.
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