Bajo la Lluvia

El agua caía interminable e incansable sobre las hojas de cada árbol, hiedra, arbusto o planta de la selva, hasta que se flexionaban por el peso y dejaban caer una pequeña cascada de la misma.

Los olores a tierra mojada se intensificaban y los rastros desaparecían ante ellos haciendo difícil seguirlos. Los sonidos se perdían, entumecían y se mezclaban con los que cada gota provocaba en su caída incluso tras recorrer el empapado pelaje de la bestial escondida entre la maleza.

Los intrusos estaban cerca, justo en frente, cada semana aparecían en la zona con diferentes ropas y olores intentando despistar a los que allí vivían, al resto de Bestial y a los Narak.

Portaban redes y cuerdas con diferentes nudos y formas que todavía llevaban olores de otros Bestials junto con los del cuero y el acero que vestían y colgaban. Siempre volvían a pesar del sofocante calor y la humedad que les asfixiaba y a pesar de las intensas lluvias que los frenaban.

Sin embargo eran extranjeros, sólo había que esperar a que se cansaran de buscar. Esperar bajo la lluvia que la ayudaba a huir de sus acechantes ojos. Si la capturaban y tenía suerte, sería llevada a otras tierras cálidas pero menos húmedas; si tenía mala suerte, la arrastrarían hasta tierras las tierras heladas de Beliond, en las que sólo se sobrevivía bajo tierra.

Los minutos pasaban y el agua calaba cada vez más en su pelaje al igual que hacía en cada una de las rugosidades de los árboles haciéndose casi interminables. Finalmente se alejaron de la zona y, con mucho sigilo y unos minutos después, la bestial abandonaba el lugar para volver junto los suyos en la selva. Todavía empapada dio la alerta y se decidió que mañana los rastrearían para echarles de Selva Esmeralda.


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IRIS CONST

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De negro a rojo fuego

Alzó la espada contra las bestias que se refugiaban en la oscuridad. Estaba solo, había bajado con ella a aquella cueva llena de muerte, pero ella ya no estaba, fue su último deseo, que se pusiera a salvo y, así lo había cumplido dejándolo atrás.

Al menos, de morir, lo haría en paz…

Un corte en el viento de la sala anunciaba el esperado final. Una saeta con la punta de un extraño metal negro que la luz tragaba, se había clavado en su espalda. Rompió la parte de madera, pero todo se volvió negro y unas palabras acudieron a su mente:

«-Deja de sufrir, ven conmigo y deja de sufrir, dale a ella un mundo sin sufrimiento ni dolor»

No, no debía hacerle caso, los enemigos sólo dicen mentiras…

«-¿Acaso no deseas un mundo mejor para ella?»

Meses, quizá años, pasó dentro de aquella cueva acabando por obsesionarse con conseguirle al ente que le hablaba un buen elegido para su causa, a alguien digno.

Durante su periplo oyó el llamado de un noble del pueblo obsesionado por conquistar a una muchacha de cabellos de fuego hija de un tabernero.

Acudió a la llamada y vió la oportunidad de hacer al noble esclavo de su misión envenenada. El noble aceptó a cambio de que la chica fuera sólo suya y convenció a otros nobles de regalar a sus hijas a él y conseguir más muchachas para dar con ese elegido digno que él buscaba. Sin embargo, no todo él había sucumbido todavía a las tinieblas de la saeta que lo había corrompido y comenzó a arrepentirse y ayudar a la joven de cabellos de fuego evitando que el noble no la tocara demasiado.

En el fondo se parecía a ella…

Cuando el plan ya estaba más que en marcha, un nuevo Juez, dos Bestials, una chica y su maestro, un seguidor de Ela harto de la corrupción y un pícaro, acabaron en una taberna del pueblo costero donde él estaba.

Bajaron a la oscura cueva en busca de la raíz, de él y, les hizo frente.

Tras una lucha difícil, el grupo consiguió arrancar el pedazo de la saeta de su cuerpo, despejando su mente. Lo agradeció y, al día siguiente, se disculpó con las chicas, entre las que estaba la de cabellos de fuego sólo para luego irse y quizá casi nunca volver.

«-Podeis llamarme Bel»


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IRIS CONST

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Perro de pelea

El torneo de béstials de Velcarin era conocido en todo el continente. Los béstials más temibles se enfrentaban desarmados en la arena mientras el público hacia sus apuestas.

Siempre moría alguno, pero era un riesgo que sus amos asumían sin dudar cuando aspiraban al cuantioso premio y al reconocimiento de poder alzarse con la victoria.

Ese años una canis de pelaje azabache y grandes músculos fue ganando combate a combate hasta llegar a la final, en la que se enfrentaba a un felis color pardo que era famoso por sus letales garras.

En mitad del combate el felis intentó rajarle la garganta como había hecho con otros contrincantes, pero ella absorbió el ataque con su propia cara y consiguió dejarlo KO de un temible puñetazo directo.

El público gritaba emocionado a la nueva campeona. Aún con la cara cubierta de sangre y la carne abierta le pusieron la medalla mientras su amo recogía las ovaciones y el dinero.

Tardaron horas en atender su aparatosa herida, pero a ella no pareció importarle. En contraste con su gran musculatura y su fiereza en el combate saltaba a la vista que era una bestial sumisa y que procesaba una devoción hacia su amo que rozaba el enamoramiento.

La luchadora aceptaba con una visible felicidad los cuidados que le dieron en la posada, donde otros bestials la felicitaban por los combates mientras cosían su herida y ella hablaba maravillas de su amo, sin ser conscientes de que no muy lejos de allí él se reunía con otros dueños para acordar los precios de los cachorros.

Ella apenas tenía 9 años cuando dos días más tarde su amo la ordenó desnudarse delante de otro bestial y de su dueño.

Por primera vez tuvieron que repetirle la orden antes de obedecer y dejarse montar. Aquello no era tan doloroso como las peleas, pero se sentía humillada por cómo les miraban los humanos. Aun así una orden era una orden y si aquello era lo que su amo quería ella no era quién para oponerse…

Hubo varios intentos más hasta que quedó preñada y entonces su amo mejoró sus cuidados como nunca. Le dio una cama para que no durmiera en el suelo, una manta para abrigarse en invierno, comida como la que comía él en lugar de sobras y no hubo más peleas… Ella no podía estar más feliz y cuando una noche él mismo la montó, pensó que eso significaba que él la quería.

Tras pasar el embarazo de ensueño tuvo dos cachorros, un macho azabache y una hembra con vetas plateadas. Durante dos meses los amamantó y cuidó con devoción, pensando que al fin había alcanzado la felicidad plena… Hasta la mañana en la que se encontró la cuna vacía.

Hicieron falta cadenas y cubos de agua helada para conseguir que la bestial regresase a su sumisión de siempre y a pesar de que de nuevo obedecía todas y cada una las órdenes ya jamás recuperó su sonrisa de antes.

Asumió que ni su amo ni nadie la querrían nunca. No era más que una perra de pelea… Y así sería siempre. Sus hijos jamás conocerían a su madre de la misma forma que ella no recordaba a los suyos. Aquello era lo que significaba ser una béstial y una esclava. Tenías una familia, pero formabas parte de ella sólo como una posesión de la que podían abusar o deshacerse.

Regresó al día a día de los entrenamientos y las peleas. Antes siempre había creído firmemente en la bondad de su señor. Si ordenaba que le partiera las piernas a alguien seguro que se trataba de un delincuente peligroso, si le pedía que diera caza a quien fuera seguro que estaba ayudando a las autoridades… pero ahora empezaba a darse cuenta de la realidad. Su amo no era más que un matón que la utilizaba para herir o incluso matar a los que muy probablemente serían inocentes y por eso nadie en la ciudad quería estar cerca de ella.

Una mañana irrumpió en la casa un juez acompañado de guardias que apresaron a su amo. Ella intentó defenderle, pero nada podía hacer contra la magia del juez.

Pasó varios días en los calabozos hasta que decidieron que no era una amenaza. De pronto estaba sola y en la calle, sin amo ni hogar, sin nadie que se atreviera a acogerla por temor a que su amo escapase de prisión y la reclamase.

Empezó a recorrer los caminos sin rumbo, alimentándose de la basura o las sobras pues apenas conseguía cazar. No sabía valerse por sí misma y sabía que si no encontraba a un nuevo amo, o al menos a alguien para quién poder trabajar, acabaría muerta de hambre.

Y fue precisamente el hambre lo que hizo que siguiera el aroma de la comida recién hecha hasta aquella posada y acabase metida en una pelea muy diferente a las que estaba acostumbrada.


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