No todas las cuerdas son de arco

De entre las ruinas de un antaño poderoso castillo, que aun humeantes mantiene sus ruinas, sale un arquero. Han ganado la batalla. El asedio acabó por fin. Los guerreros de ambos bandos habían luchado con valentía, pero los Verdes eran los vencedores y los Naranjas los muertos que enmoquetaban el patio. Tira el arco. Cuantas veces aquella mañana lo había disparado y regalado una vida a Ela, cuantas viudas habría dejado.

Tira también las flechas, las pocas que le quedaban. La mayoría descansa en los cuerpos de los enemigos de su Señor.

Arroja el yelmo al suelo, un metal más que adornará la tierra días después de la batalla.
Se para. Coge su guitarra y toca. Toca mientras canta y canta mientras recuerda aquella mañana.

El arrojo de las ropas. Escudos en alto cubriendo, parando las flechas de la muralla. Aun así soldados mueren. Él está listo con el arco cargado para cuando los escudos bajen.
Los escudos bajan. ¡Fuego! Flechas que salen disparadas. el dispara. Escudos en alto. 
Su guitarra sigue sonando por el camino de vuelta.

Pasa el ariete. Las tropas se paran y disparan catapultas a las torres. Incendian la ciudad y los gritos de dolor se confunden con los de guerra. 

Las torres han caído y las catapultas se detienen. Vuelve el ariete y golpea contra la puerta hasta partirla. La puerta cede y la infantería avanza. Ellos, los arqueros, siguen disparando para acabar con los pocos que aún defienden la muralla.

La música sigue sonando. La batalla ya ha quedado atrás. Toca las cuerdas de su guitarra y canta, mientras una lágrima se le escurre por la mejilla.


Si quieres conocer más sobre los mundos de Ériandos no dudes en seguirnos en nuestras redes sociales o suscribirte a nuestra página.

Triste Recuerdo

Pasaba el Cuadragésimo tercer día del cuarto mes de la Estación de la Nieve en Beliond, en el norte de Ériandos, cuando un grito desgarrador rompió el silencio del Castillo Blanco a tiempo que la joven hija del bien amado rey Frolo del Toro aterrizaba sobre las rocas salientes del acantilado sobre el que se sostenía la fortaleza del Nido del Dragón, nombre inmerecido, manchando su precioso vestido blanco de agua salada de mar y sangre. Una caída desde la torre norte era mortal, para cualquier ser viviente que no poseyera alas, pero aquella muchacha ningún motivo tenía para iniciar un viaje que le destrozaría todos los huesos y los órganos poniendo fin de manera violenta a su existencia e incrustándola en aquella roca en la que permaneció dos días antes de que el mar permitiese recuperar su cuerpo.

Había un mago en el Toro que deseaba poseer a la princesa, y valiéndose de la magia la hizo subir a lo alto de la torre donde la tomó una y otra vez haciéndola gritar de dolor durante horas hasta hacerla desfallecer, seguir hasta dejarla casi sin vida y solo entonces dejarla, hechizar su cuerpo, hacerla subir a la baranda del mirador, y mientras los guardias destrozaban la puerta atrancada a hachazos para socorrerla, dejarla caer al vacío obligándola mediante la magia a ser consciente de su destino y del dolor, del impacto… hasta la muerte.

El mago fue apresado, torturado y quemado hasta la muerte en el patio del castillo, pero el castigo no fue justo, pues merecía que los lobos de la lejana Gorgótem lo desmembrasen y devorasen vivo por toda la eternidad y todos los habitantes del Toro rezaron a Ela y a todos los dioses que le otorgaran el más cruel de los castigos, y así Ela envió un águila que le sacaría los ojos cada noche y el corazón cada mañana, lo hizo encadenar a la roca más afilada de la casa de los ángeles e hizo su alma inmortal.

Pero todo aquello de nada le sirvió a la princesa, que había sido la más bella mujer del Sur, con su larga melena oscura y sus ojos color zafiro sobre su suave y blanca piel, que nadie sabe cómo su alma quedó atrapada en Castillo Blanco, y en la solitaria fortaleza revivía cada anochecer el sufrimiento que había pasado, y sus gritos llenaron la antigua región, y los viajeros que la escuchaban jamás olvidaban su llanto y sus gritos, y la gente del Norte dejó de pasar por los caminos que se acercaban a la fortaleza, y el bosque se cerró, y ahora, la leyenda de la Dama de Blanco se conocía en todo el Norte y Castillo Blanco se dio por maldito, y ahora la triste historia de la princesa del Toro solo es un triste y macabro cuento en la mente de las pocas personas a las que sus padres se la contaron y ya nadie sabe bien por qué Castillo Blanco está maldito ni por qué va nadie allí. De todo aquello ni tan solo queda en las perecederas mentes mortales un triste recuerdo.


Si quieres conocer más sobre los mundos de Ériandos no dudes en seguirnos en nuestras redes sociales o suscribirte a nuestra página.