De entre las ruinas de un antaño poderoso castillo, que aun humeantes mantiene sus ruinas, sale un arquero. Han ganado la batalla. El asedio acabó por fin. Los guerreros de ambos bandos habían luchado con valentía, pero los Verdes eran los vencedores y los Naranjas los muertos que enmoquetaban el patio. Tira el arco. Cuantas veces aquella mañana lo había disparado y regalado una vida a Ela, cuantas viudas habría dejado.
Tira también las flechas, las pocas que le quedaban. La mayoría descansa en los cuerpos de los enemigos de su Señor.
Arroja el yelmo al suelo, un metal más que adornará la tierra días después de la batalla.
Se para. Coge su guitarra y toca. Toca mientras canta y canta mientras recuerda aquella mañana.
El arrojo de las ropas. Escudos en alto cubriendo, parando las flechas de la muralla. Aun así soldados mueren. Él está listo con el arco cargado para cuando los escudos bajen.
Los escudos bajan. ¡Fuego! Flechas que salen disparadas. el dispara. Escudos en alto.
Su guitarra sigue sonando por el camino de vuelta.
Pasa el ariete. Las tropas se paran y disparan catapultas a las torres. Incendian la ciudad y los gritos de dolor se confunden con los de guerra.
Las torres han caído y las catapultas se detienen. Vuelve el ariete y golpea contra la puerta hasta partirla. La puerta cede y la infantería avanza. Ellos, los arqueros, siguen disparando para acabar con los pocos que aún defienden la muralla.
La música sigue sonando. La batalla ya ha quedado atrás. Toca las cuerdas de su guitarra y canta, mientras una lágrima se le escurre por la mejilla.
Si quieres conocer más sobre los mundos de Ériandos no dudes en seguirnos en nuestras redes sociales o suscribirte a nuestra página.

