(Despertar)
-Uhm…
-¡Llamen a un médico! ¡se está despertando!
-¿Qué pasa?- dije arrastrando las palabras y pronunciando como pude.
-Cielo, soy yo, mamá. Todo esta bien ¿Vale?- me acarició la mejilla suavemente hasta que llegó el médico a toda velocidad.
Me tomaron las constantes, la temperatura y siguieron unos procedimientos que no sabia ni para que eran. Mientras el doctor hablaba, notaba como la garganta y los pulmones me ardían, como apenas podía pronunciar nada sin ahogarme, y sobretodo me preguntaba ¿por que esa mujer decía que era mi madre si nunca la había visto?
-Nos has dado un buen susto pequeña, enseguida te pondrás bien
-Perdone, no quiero ser grosera pero, ¿quién es usted?
Aquella mujer miró al medico con el rostro descompuesto mirando al doctor buscando una respuesta.
-Señorita… ¿No recuerda quien es ella?- dijo señalando a mi supuesta madre
-No, lo siento- empecé a escuchar un poco de alboroto al rededor de la vieja consulta.
-Aldara, creo que tiene amnesia.- La mujer abrió los ojos como platos y no pudo contener el llanto, se notaba que intentaba articular palabra, pero no podía.- No se preocupe- se acercó a ella y le pasó el brazo por el hombro- Es un proceso lento, pero se recuperará, solamente tiene que hacer lo mismo que hacia antes, así comenzara a recordar. Dejémosla descansar.-con un solo gesto, Aldara siguió al medico fuera del habitáculo.- El golpe fue fuerte, pero ella lo es más.- esa fue la ultima frase que escuche del medico, y la ultima mirada de ella.
Miré por la pequeña ventana de la estancia, pensando en cómo había llegado allí, en porqué tenia amnesia. ¿Qué había pasado?
Me giré en la maltrecha cama hacia la puerta. Noté como el escandalo que escuchaba antes, ahora estaba más cerca y como destacaba una voz entre el resto. De pasada, vi como un chico forcejeaba con otro hombre al que supuse que era un médico.
-¡No puede estar aquí! ¡Vayase!
-¡Necesito verla! ¡Ahora! ¿Es que no lo entiende?
-Mira, Drago, ella no te debería ver, ya sabes lo que pasó
Tras ese pequeño forcejeo, se quedaron justo en la puerta, mientras seguían discutiendo. Ese tal Drago miró hacía dentro del cuarto y me vió. Estaba lejos, pero pude ver como se le iluminó la mirada. Se giró y entró al cuarto, mientras que el médico le maldecía gritando.
-Hola, Irielle. ¿Cómo te encuentras?- Le miré de arriba abajo, llevaba ropa sucia y rota, un ramo de flores un poco marchito, y el rostro un poco rojo, como si hubiera estado llorando por días. Tampoco reconocía a este chico pero por la conversación que tenía con el doctor, yo no debería estar hablando con él. Pese a ello, me sentía reconfortada y cómoda.
-Hola, ¿quién eres?
-Soy Drago, soy aquel chico que estuvo contigo en las buenas y en las malas, en aquellos momentos en los que pensabas que no podías conseguirlo, estuve el día en el que empezaste a tirar con arco y también en los que tenias el puesto en el mercado y te daba vergüenza hablar con la gente. He estado contigo desde que eramos pequeños y espero que estemos hasta el día en el que ya no estemos en este mundo. Espero que…
-Drago… para, por favor.- Mi mente iba a mil por hora. Literalmente podía ver luces fugaces en mi cabeza que sacaban imágenes de ellas. Iban muy deprisa. No me daba tiempo a ordenarlas en mi memoria.- Recuerdo algo.
Intenté hablar, pero no me salían las palabras, pero tampoco el aire. Notaba como me ahogaba y la velocidad intrépida de mi corazón. Sentía agua en los pulmones, olía un aroma a fresa que odiaba, y me vino a la mente una imagen.
Tras estabilizarme los médicos, miré a los ojos enfadados de Aldara, y al rostro tenso de Drago. Apenas sin aliento y con las lagrimas rodando por mis mejillas vi a esa persona que usaba el perfume de fresa. Ella. Erei.
Recordé.
Tras una breve comida familiar, Drago y yo fuimos a dar un paseo por los acantilados cercanos a la ciudad. Estuvimos observando la inmensidad del océano, el cielo y cómo el sol bañaba cada rincón. Los besos y caricias no faltaron. Llevábamos dos años como pareja y se acercaba el día de nuestra boda. Drago era el chico más trabajador de la taberna más conocida de la ciudad, pasaba allí las horas para ganar el mayor dinero posible para pagar el convite, pero a pesar de ello, después de cerrar siempre teníamos un rato para estar juntos. Aunque ese día entendí muchas cosas.
Mientras volvíamos paseando por el borde de un precioso acantilado, se acercó una chica pelirroja, de ojos verdosos y muy penetrantes, y una sonrisa pícara. Entabló conversación con Drago, al cual no le quitó ojo de encima, jugaba con sus manos entre su pelo. Parecía que no existiera. Sentí como el aire comenzó a batirse entre los árboles lejanos, y no tardó en llegar hasta nosotros. Respiré hondo. Me invadió un aroma a fresa que me recordaba a todas las noches en las que Drago llegaba tan tarde de la taberna. Odiaba cuando salía impregnado de ese olor, olor que dejaba un claro camino hacia aquella chica. Me fije en como se trataban, en la complicidad que tenían, en los ojos chispeantes de ella, y en los movimientos de él.
Solté mi mano de la suya, sin poder creer lo que había estado pasando a mis espaldas. Drago se giró hacia mi y me miró extrañado.
-¿Qué te sucede, Irielle?- parecía nervioso una vez volví a existir para ellos. El corazón se me iba a salir del pecho, estaba mareada.
-¿¡Que qué me sucede!?- estallé- No puedo creer que en apenas dos semanas se iba a celebrar nuestra boda, y tú mientras has estado con otras.
-Cielo, yo yo..no he estado con nadie, sólo te te… quiero a ti- dijo él tartamudeando.
-¿¡Que te vas a casar con ella!?- la chica pelirroja no salía de su asombro- Me dijiste que estabas soltero- le empezó a señalar con el dedo enfurecida.
-Irielle, no la creas, por favor, eso no es cierto.
-¿Y por qué todas las noches que llegabas tarde a casa olías a fresa? ¡sabes que odio ese olor! y no hace falta sumar dos y dos para saber que ahora mismo ella es la que desprende ese aroma. – Comencé a dar vueltas sobre mí misma. El corazón se me iba a desbordar. Él, el amor de mi vida, la persona de la que había estado enamorada desde que apenas era una niña. -No puedo creerlo- no podía mirarle, me giré y miré al acantilado, al mar donde iban a acabar mis lágrimas y donde se iban a acabar mis problemas.
Era un dolor inmenso, el corazón se me partía, no podía respirar. No podía soportarlo, pero ya no dolería. Sentí la brisa marina que subía por las largas paredes del acantilado. No se en que momento me había acercado tanto al borde.
-Mira Irielle, es cierto, pero yo solo te amo a ti, por eso solo me voy a casar contigo, solo quiero que sepas lo mucho que te aprecio y te am…- me giré para mirarle a los ojos, y dí un paso al vacío.
No me volveréis a ver con vida. Ni me volveréis a ver sonreír… Nunca más.
Amnesia (Salvación I)
Caía. Mi cuerpo caía alejándose del borde de aquel funesto acantilado. Me alejaba de aquellas sonrisas de porcelana que me habían engañado. Me alejaba del asqueroso perfume de fresa. Mis lágrimas caían… hacía arriba…
Estaba cayendo muy deprisa, pero, de pronto, dejé de caer. No sentí el golpe del agua, ni como invadía mis pulmones. Solo sentí unos brazos cálidos y fuertes que me sujetaban por la espalda y las rodillas.
Abrí los ojos. Y al hacerlo solo encontré otros que me miraban. Verdes… inmensos.
—¿Estás bien, niña?
Amnesia (Salvación II)
Caía. Su cuerpo caía alejándose del borde de aquel acantilado. Caía hacia el mar, con la esperanza de que todo terminara, pero, de pronto dejó de caer. No sintió el golpe contra el agua, ni como invadía sus pulmones. Solo mis brazos, que la sujetaban por la espalda y las rodillas. Le miré el rostro, lleno de tristeza, de lágrimas perdidas… y de latente belleza. Entonces abrió sus ojos, oscuros… inmensos…
—¿Estás bien, niña? —susurré mientras me perdía entre sus tonos marrones. Me miraba a los ojos… y estaba tan perdida que no pudo ver que descansaba sobre los brazos de un Demonio.
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