Miré a aquella preciosa guerrera en el prado. Sus movimientos, su elegancia, su belleza, su destreza con la espada y el arco y su velocidad al atacar a unos cuantos monigotes hechos de paja. Parecía ser una chica muy joven, pero se movía como una experimentada luchadora. Ensimismado en mis pensamientos entre los árboles del camino, la perdí de vista. Ya no estaba. Atónito, me levanté despacio de la piedra lisa donde había parado a descansar y miré a todos lados menos a mi espalda, desde donde me estaba apuntando con una espada.
—¿Quién eres y porqué me espiabas? —dijo una voz dulce pero amenazante mientras sentía el frío acero apoyado en mi nuca.
Intenté darme la vuelta sin provocar una desgracia, pero, ella, al ver que yo tardaba un poco en responder, empujó su espada empujándome a mi hacia delante.
—¡¿Te ha comido la lengua el gato?! ¿¡Porque me observabas!?
Di un paso para evitar la herida y en el espacio ganado logré darme la vuelta. La miré a los ojos con temor, me observaba de arriba abajo con desconfianza y tras aquel silencio que yo no era capaz de romper, acercó la espada a mi barbilla para que me diera prisa en responder a su pregunta. Notaba como el filo se hundía un poco en mi cuello y el mismo miedo que había mantenido mi boca cerrada ahora perecía darle cuera a mi lengua.
—M… me llamo R… Rhidus— ya sentía un hilo de sangre recorriendo mí piel. — S… soy el hijo del p… panadero.
— ¿Y cuáles eras tus intenciones observándome furtivamente Rhidus, hijo del panadero? —se burló—. Eres demasiado joven para estar tan lejos del pueblo ¿no? ¿Quién te ha enseñado eso de observar a las mujeres tras los matorrales?
Miré sus ojos marrones, su rostro, sus labios y las curvas de su cuerpo… Juraría que yo era mayor que ella, pero es cierto eso de que las mujeres maduran antes que los hombres.
—Suelo venir por esta zona a pasear, lejos de la gente y no he podido evitar mirar como blandes la espada con esa soltura letal —Al menos pude decirlo sin tartamudear.
—Largo anda, fuera de mi vista. —dijo mientras enfundaba la espada.
Por fin pude respirar hondo y dejar de temer por mi vida. La miré y seguí el camino de vuelta al pueblo. Tras dar apenas unos pasos, mi cuerpo ya echaba de menos la adrenalina de estar bajo la amenaza de su espada.
— ¿Y tú? —dije sin pensar ni darme la vuelta.
— ¿Perdona? —sentí su mirada en mi nuca, más afilada si cabe que su acero.
—¿Cómo te llamas? —me giré y vi cómo se había quedado perpleja tras preguntarle aquello.
Ella iba vestida completamente de cuero, ajustado por correas y ceñido a su cuerpo, solo podía ver sus brazos desnudos y las partes que las cintas que unían las piezas dejaban ver. Hasta sus rodillas llegaban unas botas altas de cuero negras. Sus muñecas estaban cubiertas también con brazales de ese mismo material. Llevaba a la espalda un carcaj y un arco tallado, y en la cintura la espada.
—Me gustaría saber…
—Avanna.
—Un nombre precioso… —no pretendía que sonara más allá de las propias palabras, pero esta chica cada vez me fascinaba más.
El tiempo que pasó desde aquel momento podía contarse en meses y años. Cada día la veía en aquel prado o recorriendo las calles del mercado. Cada pocas semanas nos encontrábamos en aquel prado en el que me sorprendió mirándola por primera vez. Ella se mostraba esquiva al principio, pero aún así alegre de encontrarse conmigo, y cada día iba más confianza.
Me enseñaba a manejar la espada y el arco, hasta que alcancé una maestría que nunca habría logrado solo ni aun dejando mi trabajo en la panadería. A cambió, yo le enseñé a hacer pan, primero en la panadería de mi padre, pero luego su habilidad le valió conseguir un trabajo en la taberna del pueblo, donde además del pan empezó a servir a los clientes. Cuando la taberna cerraba nos quedábamos solos bebiendo y jugando como niños, eran los mejores momentos.
Sin embargo, todos quedaron eclipsados por aquel día, un día que empezó como otro cualquiera, con un encuentro casual entre los puestos del mercado.
—Hola, guerrera… —dije con una sonrisa pícara, que ya a parecía en mi rostro por costumbre.
—Hola, panadero… — me respondió sonriendo.
Su sonrisa era hermosa, perlada de blanco y nácar, enmarcada por unos labios rojos como el clavel. Aquel día llevaba el cabello suelo, del color de la tierra húmeda, solo adornado por dos trenzas que le formaban una corona
—¿Cómo vos por aquí?
—Venía a recoger un bonito ramo de lirios para mi madre, pero me encontré con algo más hermoso que cualquiera de las flores que pueda encontrar.
Noté como se sonrojaba a pesar de su piel tostada, bronceada de las largas mañanas en el campo entrenando bajo la luz del sol.
—Esta noche lloverán estrellas, según han anunciado los sabios. Nunca he visto nada así, debe ser impresionante ver cómo las estrellas caen del cielo…—comentó anhelante dejando escapar un suspiro.
Con aquellas palabras sentí la necesidad de llevarla y enseñárselo, hacerla feliz y poder ver aquella sonrisa que tenía.
—Guerrera mía —dije cogiéndole la mano—, hoy tendréis todo aquello que deseéis, os llevaré a ver las estrellas.
Emocionada saltó a mis brazos y mientras la rodeaba con mis brazos y ella a mí con los suyos, pude apreciar el suave aroma que desprendía.
—¡Gracias, gracias, gracias!
Corrió hacia las afueras de la ciudad con mi mano agarrada, casi llevándome colgado, pues aún me costaba seguirle el ritmo, y fuimos a su casa. Allí tomamos una gran cesta, echamos unos trozos de pan y unas pocas sobras de carne, suficientes para pasar el día fuera.
Se notaba el nerviosismo en todas sus acciones, y en su forma de hablar, no podía estarse quieta, y aún en el camino andaba y saltaba a mí alrededor especulando sobre cómo se vería el cielo con las estrellas cayendo, o si podríamos atrapar alguna en su caída.
—Avanna, tranquila. Aún no se ha puesto el sol, y a mi parecer creo que le queda aún toda la tarde —le dije sonriendo ampliamente.
Aunque me llevó más de la mitad del camino lograr que se calmase, ese manojo de nervios desapareció dejando paso a su sonrisa, sus hombros dejaron de estar tensos y empezó a hablar lo bastante despacio como para sus palabras pudieran ser entendidas.
—Uf, vale —suspiró quitándome de las manos la cesta—. Vamos.
Nos encaminamos hacia la Colina Encantada, llamada así por su espectacular vista de la luna cuando estaba llena y de la totalidad del cielo estrellado. Sentados encima de la manta que yo mismo extendí, comimos un poco y hablamos mientras el tiempo corría a nuestro alrededor. Ninguno de los dos teníamos claro nada del futuro. No sabría decir si era una persona ambiciosa, pero Avanna solo soñaba con irse de aquí lo antes posible, vivir aventuras y luchar contra todo aquel que se interpusiera en su camino.
El sol caía lentamente mientras me perdía en la mirada de Avanna, esos ojos cada vez más oscurecidos, más misteriosos, más deseables. Retire la cesta de en medio y me acerque a ella, nos tumbamos uno al lado del otro y callamos. Escuchábamos a la naturaleza hablar. Cuando volví a abrir los ojos ya estaba totalmente oscuro, y solo brillaban unos pequeños luceros en el cielo. Saqué a Avanna de su pequeño sueño y emocionada, miro el cielo. Intentaba ver en aquella penumbra los movimientos que hacía, pero solo estaba ahí, quita, observando toda la belleza que le transmitía ese mundo sin fin de estrellas. Comenzó a soplar un viento fresco procedente del oeste y se acercó y me acerqué más para sentir su calor y ella el mío.
—Gracias, Rhidus. Nadie hizo nada así por mí, estaré eternamente agradecida.
No lo vi, pero sentí su sonrisa en su delicado rostro. No pude aguantar más y suavemente posé mi mano sobre su hombro, subiendo despacio por el cuello, acerqué mis labios a los suyos y antes de besarla le susurré: Te quiero.
Por Blanca Ibáñez y Jaume Peñarroja.
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