Nació una guerrera

Con el viento de cara y un fuerte olor a madera,

Rambara sentía a una luchadora corriendo por sus venas.

La sangre brotaba de un cuerpo

Que yacía a mis pies, que con

Furia ataqué.

A duras penas fuerzas le quedaban

Para abrir los ojos,

Aunque en euforia se evadió

Gritándole al frío otoño.

Las lágrimas brotaron de sus ojos

Como ríos tras el deshielo.

Su corazón se tornó invierno

En tonos rojizos y violentos.

Nació una Guerrera.


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Perro de pelea

El torneo de béstials de Velcarin era conocido en todo el continente. Los béstials más temibles se enfrentaban desarmados en la arena mientras el público hacia sus apuestas.

Siempre moría alguno, pero era un riesgo que sus amos asumían sin dudar cuando aspiraban al cuantioso premio y al reconocimiento de poder alzarse con la victoria.

Ese años una canis de pelaje azabache y grandes músculos fue ganando combate a combate hasta llegar a la final, en la que se enfrentaba a un felis color pardo que era famoso por sus letales garras.

En mitad del combate el felis intentó rajarle la garganta como había hecho con otros contrincantes, pero ella absorbió el ataque con su propia cara y consiguió dejarlo KO de un temible puñetazo directo.

El público gritaba emocionado a la nueva campeona. Aún con la cara cubierta de sangre y la carne abierta le pusieron la medalla mientras su amo recogía las ovaciones y el dinero.

Tardaron horas en atender su aparatosa herida, pero a ella no pareció importarle. En contraste con su gran musculatura y su fiereza en el combate saltaba a la vista que era una bestial sumisa y que procesaba una devoción hacia su amo que rozaba el enamoramiento.

La luchadora aceptaba con una visible felicidad los cuidados que le dieron en la posada, donde otros bestials la felicitaban por los combates mientras cosían su herida y ella hablaba maravillas de su amo, sin ser conscientes de que no muy lejos de allí él se reunía con otros dueños para acordar los precios de los cachorros.

Ella apenas tenía 9 años cuando dos días más tarde su amo la ordenó desnudarse delante de otro bestial y de su dueño.

Por primera vez tuvieron que repetirle la orden antes de obedecer y dejarse montar. Aquello no era tan doloroso como las peleas, pero se sentía humillada por cómo les miraban los humanos. Aun así una orden era una orden y si aquello era lo que su amo quería ella no era quién para oponerse…

Hubo varios intentos más hasta que quedó preñada y entonces su amo mejoró sus cuidados como nunca. Le dio una cama para que no durmiera en el suelo, una manta para abrigarse en invierno, comida como la que comía él en lugar de sobras y no hubo más peleas… Ella no podía estar más feliz y cuando una noche él mismo la montó, pensó que eso significaba que él la quería.

Tras pasar el embarazo de ensueño tuvo dos cachorros, un macho azabache y una hembra con vetas plateadas. Durante dos meses los amamantó y cuidó con devoción, pensando que al fin había alcanzado la felicidad plena… Hasta la mañana en la que se encontró la cuna vacía.

Hicieron falta cadenas y cubos de agua helada para conseguir que la bestial regresase a su sumisión de siempre y a pesar de que de nuevo obedecía todas y cada una las órdenes ya jamás recuperó su sonrisa de antes.

Asumió que ni su amo ni nadie la querrían nunca. No era más que una perra de pelea… Y así sería siempre. Sus hijos jamás conocerían a su madre de la misma forma que ella no recordaba a los suyos. Aquello era lo que significaba ser una béstial y una esclava. Tenías una familia, pero formabas parte de ella sólo como una posesión de la que podían abusar o deshacerse.

Regresó al día a día de los entrenamientos y las peleas. Antes siempre había creído firmemente en la bondad de su señor. Si ordenaba que le partiera las piernas a alguien seguro que se trataba de un delincuente peligroso, si le pedía que diera caza a quien fuera seguro que estaba ayudando a las autoridades… pero ahora empezaba a darse cuenta de la realidad. Su amo no era más que un matón que la utilizaba para herir o incluso matar a los que muy probablemente serían inocentes y por eso nadie en la ciudad quería estar cerca de ella.

Una mañana irrumpió en la casa un juez acompañado de guardias que apresaron a su amo. Ella intentó defenderle, pero nada podía hacer contra la magia del juez.

Pasó varios días en los calabozos hasta que decidieron que no era una amenaza. De pronto estaba sola y en la calle, sin amo ni hogar, sin nadie que se atreviera a acogerla por temor a que su amo escapase de prisión y la reclamase.

Empezó a recorrer los caminos sin rumbo, alimentándose de la basura o las sobras pues apenas conseguía cazar. No sabía valerse por sí misma y sabía que si no encontraba a un nuevo amo, o al menos a alguien para quién poder trabajar, acabaría muerta de hambre.

Y fue precisamente el hambre lo que hizo que siguiera el aroma de la comida recién hecha hasta aquella posada y acabase metida en una pelea muy diferente a las que estaba acostumbrada.


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Tikal

En tierras nevadas
del Imperio Beliondés,
había una bestial
de grisácea piel.

Al abrigo de la noche,
en un casi amanecer,
una sombra la perseguía
y la hizo caer.

Sus ojos esmeralda
la Oscuridad cerró
y una extraña profecía
dio comienzo a la función.

Un campamento de Luz
y una bella Oscuridad,
estaban en guerra,
una guerra sin igual.

Desconfiada
la enfrentó,
pero está le ofreció
un mundo de libertad sin dolor.

Siguiendo al gran Haier
y al charlatán Delmar,
acabaron en una cueva
de estatuas siniestras.

Tras mucho divagar,
decidieron romperlas
y seguir
a las Tinieblas más bellas.

Empapada en sudor,
en su cama despertó,
la duda le oprimió el corazón,
una carta de Tinieblas llegó.

Partió sin demora,
dejando atrás a su opresor,
en su corazón el anhelo
de volver a verlos.

Tras meses los encontró
y una bestia feroz
con veneno lo intentó,
pero su muerte halló.

Los tres continuaron
y tras compañeros poco fiables
una bruja infame, unos elfos y un dragón,
acabaron en un campo por una nueva visión.

En un tanque durmiente,
Esmeralda se hallaba,
la bella Oscuridad
que por ellos llamaba.

La llevaron a un templo
abandonado hace tiempo,
a punto estuvo Tikal
de perder el aliento.

Al ver el fracaso
decidió abandonarles,
jurando a Tinieblas
volver fuerte y ayudarle.

Un sacrificio,
un nuevo cuerpo,
una promesa,
un oficio.

Bestial liberta,
de monstruos cazadora,
hacia Eidel partía,
una nueva sorpresa aparecía.

Sus amigos la daban muerta,
la habían visto arder
por hereje en la hoguera,
por seguidora de Tinieblas.

Tras el encuentro,
Eidel esperaba,
y allí la chica
que su ayuda necesitaba.

Una gran explosión,
el suelo se abrió
y a todos devoró,
abajo la sala y la puerta.

Abajo la mesa negra,
la joya esmeralda,
esperaba un sacrificio,
la chica debía estar muerta.

Tikal a Haier pasó la daga,
este la ejecutó
y Tinieblas volvió
su agradecimiento dió.

Los tres son Tinieblas,
pues en Tinieblas viven,
ellos son Tinieblas
y a Tinieblas sirven.

ESTA CANCIÓN NOS LLEGA DE LA MANO DE:

CONSTANTINO IRIS

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La colina encantada

Miré a aquella preciosa guerrera en el prado. Sus movimientos, su elegancia, su belleza, su destreza con la espada y el arco y su velocidad al atacar a unos cuantos monigotes hechos de paja. Parecía ser una chica muy joven, pero se movía como una experimentada luchadora. Ensimismado en mis pensamientos entre los árboles del camino, la perdí de vista. Ya no estaba. Atónito, me levanté despacio de la piedra lisa donde había parado a descansar y miré a todos lados menos a mi espalda, desde donde me estaba apuntando con una espada.

—¿Quién eres y porqué me espiabas? —dijo una voz dulce pero amenazante mientras sentía el frío acero apoyado en mi nuca.

Intenté darme la vuelta sin provocar una desgracia, pero, ella, al ver que yo tardaba un poco en responder, empujó su espada empujándome a mi hacia delante.

—¡¿Te ha comido la lengua el gato?! ¿¡Porque me observabas!?

 Di un paso para evitar la herida y en el espacio ganado logré darme la vuelta. La miré a los ojos con temor, me observaba de arriba abajo con desconfianza y tras aquel silencio que yo no era capaz de romper, acercó la espada a mi barbilla para que me diera prisa en responder a su pregunta. Notaba como el filo se hundía un poco en mi cuello y el mismo miedo que había mantenido mi boca cerrada ahora perecía darle cuera a mi lengua.

—M… me llamo R… Rhidus— ya sentía un hilo de sangre recorriendo mí piel. — S… soy el hijo del p… panadero.

— ¿Y cuáles eras tus intenciones observándome furtivamente Rhidus, hijo del panadero? —se burló—. Eres demasiado joven para estar tan lejos del pueblo ¿no? ¿Quién te ha enseñado eso de observar a las mujeres tras los matorrales?

Miré sus ojos marrones, su rostro, sus labios y las curvas de su cuerpo… Juraría que yo era mayor que ella, pero es cierto eso de que las mujeres maduran antes que los hombres.

—Suelo venir por esta zona a pasear, lejos de la gente y no he podido evitar mirar como blandes la espada con esa soltura letal —Al menos pude decirlo sin tartamudear.

—Largo anda, fuera de mi vista. —dijo mientras enfundaba la espada.

Por fin pude respirar hondo y dejar de temer por mi vida. La miré y seguí el camino de vuelta al pueblo. Tras dar apenas unos pasos, mi cuerpo ya echaba de menos la adrenalina de estar bajo la amenaza de su espada.

— ¿Y tú? —dije sin pensar ni darme la vuelta. 

— ¿Perdona? —sentí su mirada en mi nuca, más afilada si cabe que su acero.

—¿Cómo te llamas? —me giré y vi cómo se había quedado perpleja tras preguntarle aquello.

Ella iba vestida completamente de cuero, ajustado por correas y ceñido a su cuerpo, solo podía ver sus brazos desnudos y las partes que las cintas que unían las piezas dejaban ver. Hasta sus rodillas llegaban unas botas altas de cuero negras. Sus muñecas estaban cubiertas también con brazales de ese mismo material. Llevaba a la espalda un carcaj y un arco tallado, y en la cintura la espada.

—Me gustaría saber…

—Avanna.

—Un nombre precioso… —no pretendía que sonara más allá de las propias palabras, pero esta chica cada vez me fascinaba más.

El tiempo que pasó desde aquel momento podía contarse en meses y años. Cada día la veía en aquel prado o recorriendo las calles del mercado. Cada pocas semanas nos encontrábamos en aquel prado en el que me sorprendió mirándola por primera vez. Ella se mostraba esquiva al principio, pero aún así alegre de encontrarse conmigo, y cada día iba más confianza.

Me enseñaba a manejar la espada y el arco, hasta que alcancé una maestría que nunca habría logrado solo ni aun dejando mi trabajo en la panadería. A cambió, yo le enseñé a hacer pan, primero en la panadería de mi padre, pero luego su habilidad le valió conseguir un trabajo en la taberna del pueblo, donde además del pan empezó a servir a los clientes. Cuando la taberna cerraba nos quedábamos solos bebiendo y jugando como niños, eran los mejores momentos.

Sin embargo, todos quedaron eclipsados por aquel día, un día que empezó como otro cualquiera, con un encuentro casual entre los puestos del mercado.

—Hola, guerrera… —dije con una sonrisa pícara, que ya a parecía en mi rostro por costumbre.

—Hola, panadero… — me respondió sonriendo.

Su sonrisa era hermosa, perlada de blanco y nácar, enmarcada por unos labios rojos como el clavel. Aquel día llevaba el cabello suelo, del color de la tierra húmeda, solo adornado por dos trenzas que le formaban una corona

—¿Cómo vos por aquí?

—Venía a recoger un bonito ramo de lirios para mi madre, pero me encontré con algo más hermoso que cualquiera de las flores que pueda encontrar.

Noté como se sonrojaba a pesar de su piel tostada, bronceada de las largas mañanas en el campo entrenando bajo la luz del sol.

—Esta noche lloverán estrellas, según han anunciado los sabios. Nunca he visto nada así, debe ser impresionante ver cómo las estrellas caen del cielo…—comentó anhelante dejando escapar un suspiro.

Con aquellas palabras sentí la necesidad de llevarla y enseñárselo, hacerla feliz y poder ver aquella sonrisa que tenía.

—Guerrera mía —dije cogiéndole la mano—, hoy tendréis todo aquello que deseéis, os llevaré a ver las estrellas. 

Emocionada saltó a mis brazos y mientras la rodeaba con mis brazos y ella a mí con los suyos, pude apreciar el suave aroma que desprendía.

—¡Gracias, gracias, gracias!

Corrió hacia las afueras de la ciudad con mi mano agarrada, casi llevándome colgado, pues aún me costaba seguirle el ritmo, y fuimos a su casa. Allí tomamos una gran cesta, echamos unos trozos de pan y unas pocas sobras de carne, suficientes para pasar el día fuera. 

Se notaba el nerviosismo en todas sus acciones, y en su forma de hablar, no podía estarse quieta, y aún en el camino andaba y saltaba a mí alrededor especulando sobre cómo se vería el cielo con las estrellas cayendo, o si podríamos atrapar alguna en su caída.

—Avanna, tranquila. Aún no se ha puesto el sol, y a mi parecer creo que le queda aún toda la tarde —le dije sonriendo ampliamente.  

Aunque me llevó más de la mitad del camino lograr que se calmase, ese manojo de nervios desapareció dejando paso a su sonrisa, sus hombros dejaron de estar tensos y empezó a hablar lo bastante despacio como para sus palabras pudieran ser entendidas.

—Uf, vale —suspiró quitándome de las manos la cesta—. Vamos.

Nos encaminamos hacia la Colina Encantada, llamada así por su espectacular vista de la luna cuando estaba llena y de la totalidad del cielo estrellado. Sentados encima de la manta que yo mismo extendí, comimos un poco y hablamos mientras el tiempo corría a nuestro alrededor. Ninguno de los dos teníamos claro nada del futuro. No sabría decir si era una persona ambiciosa, pero Avanna solo soñaba con irse de aquí lo antes posible, vivir aventuras y luchar contra todo aquel que se interpusiera en su camino. 

El sol caía lentamente mientras me perdía en la mirada de Avanna, esos ojos cada vez más oscurecidos, más misteriosos, más deseables. Retire la cesta de en medio y me acerque a ella, nos tumbamos uno al lado del otro y callamos. Escuchábamos a la naturaleza hablar. Cuando volví a abrir los ojos ya estaba totalmente oscuro, y solo brillaban unos pequeños luceros en el cielo. Saqué a Avanna de su pequeño sueño y emocionada, miro el cielo. Intentaba ver en aquella penumbra los movimientos que hacía, pero solo estaba ahí, quita, observando toda la belleza que le transmitía ese mundo sin fin de estrellas. Comenzó a soplar un viento fresco procedente del oeste y se acercó y me acerqué más para sentir su calor y ella el mío.

—Gracias, Rhidus. Nadie hizo nada así por mí, estaré eternamente agradecida.

No lo vi, pero sentí su sonrisa en su delicado rostro. No pude aguantar más y suavemente posé mi mano sobre su hombro, subiendo despacio por el cuello, acerqué mis labios a los suyos y antes de besarla le susurré: Te quiero.

Por Blanca Ibáñez y Jaume Peñarroja.


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