Entre tus sábanas blancas

Las nubes pasaban oscureciendo el trémulo crepúsculo, movidas por el mismo viento que arrastraba la hojarasca seca. El otoño tardío golpeaba los árboles secos despojándolos de sus ropajes, desnudándolos, pintando las calles de naranja, ocre y marrón.

Caminaba decaído, arrastrando las pesadas botas por encima de la irregular alfombra de hojas muertas. A su espalda, la luz del sol iba escondiéndose tras los lejanos montes del oeste. El viento, ya frío, se helaba todavía más con la ausencia del calor del gran astro. Soplaba de cara y hacía volar sus cabellos hacia atrás. Sus pasos le llevaban por el camino, pero él estaba perdido en su memoria, perdido en las calles que antaño recorría con su amor en brazos y el sol iluminándolos a ambos.

Poco a poco la oscuridad se iba haciendo soberana del firmamento y de la tierra. El viento recorría las calles a prisa y golpeaba sin ninguna piedad las viejas casas en ruinas y destrozadas. Silbando y ululando en los rincones como quejidos de los fantasmas de los edificios. Nadie iba a salir a encender las farolas aquella tarde. El pueblo estaba vacío, abandonado, muerto.

Sobre la fuente de la plaza ondeaba un estandarte viejo y raído. Recuerda que era negro y rojo hace años, ahora está descolorido. En su mente ondeaban las sábanas blancas, suaves, como cada vez que estaba en su habitación. Llegó a la puerta llena de grietas y astillas y la abrió empujándola con la mano con la mano. No estaba echado el cerrojo, nadie la había cerrado.

Antes de tener que tomar las armas. Antes de tener que esconderse detrás de un escudo. Antes de que fueran separados aquellos que se querían, en esa puerta ahora desvencijada siempre lo esperaba ella. Ella, que en sus ojos guardaba tesoros más grandes que el mismo fondo de todos los mares. Ella, el amor hecho persona… Una muchacha morena, con el cabello brillante y los ojos jugando entre verde y marrón. Los ojos más bellos que jamás había visto en la cara más dulce que podía existir. Las manos más suaves que podían tocarte y un aroma que desprendía paz si tenías la suerte de disfrutarlo de cerca. Un torrente de vida y belleza con forma de mujer.

Cada vez que llegaba la cogía en brazos haciendo flotar la falda del vestido en una vuelta y media de vuelo rápido que se disfrutaba lentamente, sujetándola entre risas de plata enredadas en los destellos dorados de sus cabellos al sol. Ahora cruzaba el umbral solo, evitando tropezar con los trozos de piedra caídos del techo y las paredes, cubiertos ya de polvo, prueba de batalla, testimonio de asesinato, de pasión y de sangre.

Había pasado con ella en brazos y las alas en alto ebrio de su sonrisa, perdido en sus ojos. Un beso y sentirla abrazada a él, su dulce sabor en los labios, recorriendo todo su cuerpo. Todo aquello había pasado, y entre las ruinas del presente se llevaba los dedos a los labios, ásperos por el contacto con el cuero, el acero y la sangre.

Las sombras lo atrapaban recordando los suaves y delicados dedos del amor bailando con las yemas en sus mejillas sin dejar de sonreír. Unos labios carnosos junto a los suyos, una mirada profunda donde perderse para siempre y una voz feérica, llena de magia, que escuchar cada momento. Retiró los dedos de los labios y se sintió desfallecer. Tragó y el sabor de hierro le llenó la boca y le bajó por la garganta. Recuerdos que herían de muerte un alma ya rota.

Subió las escaleras apoyándose contra el muro y evitando la barandilla, destrozada, arrancada y podrida. Vagando por su mente a la vez, viendo como subía con el amor en brazos, colgando del cuello.  Sentía la cabeza de ella contra su pecho. Con el cabello castaño, avellana, pardo y dorado como única barrera entre las pieles de ambos. La miraba, tan dulce, sonriente, con los ojos entre abiertos solamente, con la cara tan feliz y los sentimientos revoloteando a su alrededor, danzando con los suyos. Pasar sin apartar la mirada sabiendo que lo único importante estaba entre sus brazos.

Al caminar entre recuerdos encontró en la realidad un trozo de viga que le hizo tropezar y caer de rodillas. Se ayudó de las manos para alzarse del suelo, antes pulido y brillante, que vivía ahora picado y lleno de polvo y tierra, más buscando volver a verla en sus brazos que seguir caminando en el desolado presente.

Las correas le pesaban, las desató dejándolas caer. Ya no necesitaba las espadas. Un choque. Ruido. Metal contra piedra, piedra contra metal. Un golpe fuerte y repiqueteos que se extinguieron a tiempo que el polvo levantado caía de nuevo y se posaba en el suelo. Reemprendió más ligero el camino, paso a paso, dirección a la luz que entraba por la ventana. Se dejó caer sobre lo que quedaba del muro. Estaba harto de luchar por nada y solo encontrar solo muerte y sufrimiento. Volvió a viajar hacia atrás, allí donde los demonios no podían seguirlo, entre las sábanas blancas. Vio al amor bailar, bailar en el patio de la casa, entre las cuerdas de tender, entre las sábanas blancas. Bailaba dando vueltas, haciendo volar sus cabellos, haciendo volar su vestido. Se acercó a él y le cogió la mano, poniéndolo en pie, dejando que volviese a andar.

Avanzaba casi sin aliento, casi sin fuerzas, pero con firmeza, con voluntad. Ella no dejaría que se detuviese antes de llegar. Siguió avanzando ayudado por el recuerdo del amor. Arrastraba los pies pesadamente, tropezando ya con los trozos de piedra y madera caídos del techo y las paredes. El sol se marchaba tras los montes, llevándose la luz con él, dando paso a la noche, dando paso a oscuridad, dando paso al miedo a la soledad.

Pero él no se iba a dejar vencer, no todavía. No podía permitirse abandonar… Le había dado su palabra a su amor y no podía romperla, aunque ella ya no estuviese allí para poder verlo. Luchaba por dar cada paso, y ganaba cada lucha, avanzando. Veía los recuerdos, felices, al amor bailando en el pasillo, la miraba con una sonrisa y ella lo miraba a él, toda vestida de blanco, pegada a él y sonriente. Con su figura marcada por la tela del vestido, cabellos alborotados en su melena, todos bailando a su compás, pies ligeros, certeros y delicados danzando entre las pesadas botas de él. Los dos sonrientes, labios curvados. Curvas que hacían que todos los males se escondiesen y desapareciesen, que solo dejaban la felicidad. La veía bailar como siempre bailaba, como nunca más volvería a verla.

Una lágrima escapó de sus ojos y rodó por la mejilla dejando un rastro húmedo sobre su rostro. Cayó al separarse de la piel, recorriendo la distancia que la separaba del suelo y estrellándose contra la capa de polvo acumulada deshaciéndose en gotitas que los ojos no podían ver de tan pequeñas que eran, dejando una marca ínfima que pronto desaparecería y sería olvidada, aunque los motivos de su caída siempre perdurarían mientras que él siguiese respirando.

Cruzó el último umbral, la puerta de la habitación, solo, como nunca antes la había cruzado. Sin ella, sin el amor. Un trozo de techo faltaba, y bajo el agujero había quedado una silla, justo al lado de la cama, una cama grande y fuerte que aún resistía.

Él mismo la había hecho para su amor. Armado con un hacha y una sierra hizo del bosque aquella obra. En las patas había hiedra tallada, y el cabezal estaba decorado por una gran rosa. Cuando la tuvo terminada, pasó dos días puliendo la madera para no dejar ninguna astilla. Se hizo con un buen colchón, duradero, mullido y cómodo. Nada era demasiado para ella, lo que le hacía sentir, bien merecía todo, y todo yacía allí.

Las mantas estaban deshechas y los cojines todos tirados y hechos andrajos. Encima de la cama solo faltaba una muñequita de tela que él le regaló a ella. Al ver que faltaba se entristeció, lo único que podía volver a abrazar de ella no estaba. Sin embargo, no iba a dejar hueco a más tristeza, quizá aquella muñeca, aquel tierno regalo estaba entre los brazos de ella, como si aún pudiera abrazarle a él. Por un instante, sintió el abrazo como si estuviera allí, no como un recuerdo, si no como una verdad indudable y la tristeza se fue desvaneciendo.

Avanzando despacio, caminando paso a paso. Pasando la mano sobre lo que quedaba de las mantas, levantando inconscientemente parte del polvo que las cubría. Aquella habitación había sido la más hermosa de toda la casa, llena de colores y muebles de madera trabajada, con telas delicadas y muchísima luz y alegría. De toda su belleza solo quedaban la silla y la cama deshecha y polvo y ruinas y nada más. De todos los rojos y los bermellones y los dorados y los verdes y los blancos solo grises quedaban, tristes, vigilantes y cansados. Gradaban aquella estancia como antiguos caballeros que guardan la sala del trono tras la muerte de un gran rey, sumidos en una tristeza eterna, con el esplendor pasado solo conservado en los recuerdos, recuerdos que aun perduraban en su mente. Mientras pasaba acariciando las mantas deshechas, recordaba todos los colores, todos los matices y todas las emociones que habían llenado aquella sala.

La noche era cerrada y abajo todo estaba oscuro y nada se veía. Los ojos ya no le servían, pero en aquella habitación no los necesitaba, solo con la mente podía verla tal como sido, con todos sus colores, olores y texturas. Solo necesitaba tener cuidado de no encontrar trabas ni hoyos ni ruinas por el suelo. Avanzaba a las palpas, como podía, evitando los trozos de techo caído, buscando la silla. Poco a poco iba perdiendo fuerza, todo le pesaba, no podía aguantar. Se desató los brazales y los dejó caer en la oscuridad, alzando el polvo del suelo de nuevo, que se esparció y dispersó por todos lados antes de volver a depositarse. Las manos del guerrero encontraron la silla y se movió hacia ella despacio, muy despacio, y se dejó caer. Miró el cielo por la ventana y pudo ver algunas estrellas lejanas que conseguían huir de las nubes y mandar su luz a la tierra. El cielo estaba abriéndose muy lentamente y nada podía verse todavía, pero el guerrero sentía alegría del negror, no se veía ningún fuego en la lejanía, en el campo de batalla, ya se habían dejado de incendiar casas y ya solo quedaba la oscuridad, oscuridad de paz después de tanto tiempo de guerra. Guerra que tan altos precios se había cobrado, ya nunca más podría volver a ver a su amor, igual que aquellas paredes en duelo jamás volverían a ver los colores que antaño las habían adornado y vestido.

Estiró un brazo y volvió a verla otra vez, pero no era ella, solo un recuerdo de tiempos más felices. Ella fue bailando hasta la silla y se sentó ligera sobre las piernas de él, como hacía siempre, con las piernas dejadas caer juntas y el vestido escampado sobre él. Un beso en la mejilla. Un beso en la frente. Un beso en los labios. Él siempre le preguntaba si le gustaba la cama que le había hecho, y ella siempre respondía que aún no había dormido una noche entera. Él acariciaba muy tiernamente las suaves mejillas de ella y le preguntaba por qué en un susurro pícaro. Ella se sonrojaba entera y acercaba sus labios a la oreja de él, y cuando estaba a punto de tocarlo le decía bajito que cuando él no estaba a su lado ella no podía dormir y añoraba su calidez, y cuando que cuando él estaba con ella era él quien no la dejaba dormir. Entonces sonreía y él le buscaba los labios con los suyos para besarla, y ella lo besaba a él con las mejillas encendidas.

La cogía en brazos y se levantaba de la silla llevándola a la cama, y la dejaba muy suavemente sobre las mantas y él se quedaba sobre ella. Se besaban y sonreían, y él le preguntaba susurrándole bajito si aquella noche quería que se metiesen bajo las mantas y pasaran toda la noche juntos y abrazados y durmiesen así hasta el alba. Ella se mordía el labio y le pasaba la mano por el pecho, despasándole poco a poco los botones de la camisa. No habían dormido ninguna noche entera en esa cama marchita. Ni nunca lo harían.

El cielo ya mostraba más estrellas, pero la luna seguía prisionera de las nubes. Desde la silla podía acariciar las mantas y revivir los recuerdos moribundos. La realidad se le emborronaba y los recuerdos eran más vívidos e intensos que nunca. Ya no podía mover nada más que una mano, lo demás lo dejaba estar. Parecía más un muerto que otra cosa, y cuando todo se volvió negro por fin, él regresó a sus recuerdos y vio cómo iba desatándole todos los lazos del vestido y cómo ella hacia que su camisa desapareciese. La besaba en los labios y luego en el cuello y bajaba poco a poco tironeándole suavemente del vestido, haciéndolo retroceder hasta quitárselo completamente. Quitarse las botas y sentir como caían pesadamente. Ella llevaba sus manos hasta el rostro de él y le hacía volver a subir y él la volvía a besar muy tierna y largamente, deleitándose, deteniendo el tiempo en ese instante para no poner fin al beso. Poco a poco él le desataba el corsé, dejándole tan solo las calzas blancas bordadas de flores rojas y hojas verdes y las delicadas prendas de puntilla fina. La besaba mientras acariciaba su piel, suave y tostada, con miles de tonos dibujándola y pintándola. Entre beso y beso ella suspiraba y enredaba sus manos en el cabello de él, estirándole para que no se apartase de ella. Bajaba besándole el cuello y más abajo, donde se entretenía jugando con sus besos y sus labios, travieso mientras ella se removía presa bajo él con los ojos cerrados y los labios entre abiertos.

Ella estiraba del cabello de él, girando para ponerse encima. Besándolo en los labios y liberando una mano para despojarlo también a él de sus ropas, de sus heridas, de sus pesares y tormentos. Sin dejar de besarla, él la acariciaba labios abajo con las yemas de los dedos, entreteniéndose en su vientre, donde su piel tostaba se tornaba más clara, pero no menos agradable, y dibujando las costuras de las pocas prendas que aún le quedaban sobre la piel, erizándole el vello de todo el cuerpo.

Giraban de nuevo removiéndose y apartando las mantas, quedando solo entre las sábanas blancas.

Su respiración, ahora tranquila, era cada vez más tenue, la luna era libre y su luz entraba por el agujero del techo, cayendo sobre él. Trató de abrir los ojos, pero ya no lo logró. Ya no le quedaban fuerzas para escapar de sus recuerdos. Tragó, y de nuevo sintió el sabor a hierro, pero esta vez le inundó por completo. Quería recordarla por última vez, y lo hizo. La vio, y a sí mismo también, abrazados, solo cubiertos por las sábanas blancas. Piel con piel. Respirando entrecortadamente, recuperando el aliento. La luz del sol naciente bañaba sus pieles. Las piernas yacían entrecruzadas, enredadas y relajadas, y los ojos entre abiertos, ambos sonrientes. No necesitaban palabras, porque aquello que iban a decirse el uno al otro ya lo sabían, así que solo cruzaban miradas y besos tiernos y juntaban las frentes y sonreían, y solo había sitio para su felicidad entre sus sábanas blancas.

Había luchado contra la muerte para poder llegar a su casa, pero, ya no podía más. La flecha que le había acertado en el pecho en la batalla era mortal de necesidad y él ya había aguantado más de lo que le correspondía. Los ojos se le cerraron por fin y los brazos le quedaron colgando. Poco a poco, el recuerdo iba apagándose y alejándose, pero, él había podido volver a verla a ella por última vez. Una sonrisa se dibujó en sus labios manchados de sangre, y ya jamás volvió a moverse. Quedó allí, en su habitación, custodiado por los grises y fríos muros de piedra.

Algunas lágrimas humedecían la tierra de un camino lejano. En la caravana de refugiados había una muchacha de cabellos rebeldes que se había detenido y miraba atrás con lágrimas en los ojos. Una mujer se le acercó y le tomó las manos.Le dijo que no llorase más por él. Que él se había quedado a luchar para que ella pudiese vivir, y vivir feliz, y eso merecía al menos una sonrisa. La muchacha apretó la muñeca de tela que llevaba entre las manos y se secó las lágrimas. Sonrió recordándole, a él y todas las noches que pasaron sin dormir, que terminaron abrazados, los dos juntos, entre sus sábanas blancas.

Fría Será la Noche

 Frías son las noches
que paso alejado de ti.
Frías son las noches
en las que solo me queda el recuerdo
de lo que fui.

Frías son las noches
que no te veo sonreír.
Frías son las noches
aunque calienten los fuegos malditos
mi sangre y mi cuerpo.

Frías son las noches
que no te escucho reír.
Frías son las noches
Que siento el peso del acero sobre mi
y veo el mundo a través de mi yelmo,
sosteniendo en mi mano la muerte
del hombre que yace ante mi.

Frías son las noches
que solo voy a dormir.
Frías son las noches
Que me faltas tumbada en la cama
abrazada a mi.

Frías son las noches
que ya no me hablas a mi.
Frías son las noches
que partimos armados a la cruel batalla
a matar o morir.

Fría será la noche
en la que podré partir.
Fría será la noche
En la que ya nunca pueda pensar en ti
y será por que muerto me halle
en la tierra batida del campo
feliz de haber muerto por ti.

Entre Riscos Afilados

Un manto de nubes blancas y grisáceas cubría el cielo, y sólo.una montaña solitaria en el fondo del valle se atrevía a subir junto a sus hermanas, que delimitaban la vasta extensión. Roca árida, desnuda, mortalmente afilada. Nada verde, nada vivo.

Entre crujidos de rocas bajo sus botas, el enamorado siguió adelante. Sabía que había cinco pruebas antes de su objetivo: una de fuerza, de voluntad, de astucia, de fe y de confianza. Ya había pasado tres. Había derrotado a un león, cruzado un lago de aceite y resuelto el acertijo de un dragón. Sólo dos pruebas le estaban.

Un hombre se le acercó y dijo que él era Fe, y que más adelante le contarían algo que no debía contar a nadie. Así como lo dijo ocurrió. Más adelante, una mujer muy bella, muy parecida a su amada le susurró algo al oído, y después el enamorado llegó a un pueblo dónde cada aldeano le preguntaba por lo que la mujer le había dicho, y cada uno le ofrecía mayor recompensa que el anterior. Al salir del pueblo, Fe volvió a hablarle, y le dijo guardara su agua, que por mucha sed que tuviese, no bebiera ni bebiese.

El enamorado siguió su camino, durante dos días no probó agua, pero logró llegar a un jardín dónde una mujer sacudía una regadera vacía  sobre una pequeña flor. Ella también le preguntó por lo que le dijo la mujer del camino. Él se acercó y le susurró al oído.

—Confío en ti, me dijo que mi amada era la mujer más bella de todos los reinos.

Ella le pidió su agua y él se la entregó justo antes de desfallecer de sed.

Un chorro fresco y húmedo le regó la cara, y él bebió  hasta saciarse. La flor que la mujer trataba de regar, era la semilla de una llorona, que al crecer inició el curso de un río que le fue devolviendo la vida y el verde al valle.

—Tú corazón ya no volverá a ser de piedra, porque yo lo cuidaré


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De soldado a entrenador

Como todos los habitantes de la Triada saben, no hay ningún Guerrero del Viento sin dragón, ya que, sin él, sobrevolar el campo de batalla cargado con la armadura sería lo único necesario para morir en la lucha. Por eso, nada más alcanzar los cuatro años de edad, ya se les asigna un dragón. Por supuesto, con el consentimiento del animal, pues son los eres más inteligentes del mundo y no aceptan ser montados así como así, y mucho menos ordenes de su jinete. Por eso es necesario que entre Guerrero y dragón haya una coordinación mental muy profunda, si no caerían como si de moscas se tratase. Hubo una vez, en el Valle de Uxuss, o Valle de las Águilas, como se le conocía de forma coloquial al ser el territorio donde más Guerreros del viento vivían, una familia que opinaba que para lograr acabar definitivamente con las ya tan largas Guerras Cálidas, los guerreros debían ser entrenados por otros guerreros, y así nació la Real Academia del Saber, dónde no solo se enseñaba a luchar, sino también a pensar. Dada la larga vida de los Guerreros del Viento, se decidió que siempre uno restase en la academia para proteger los conocimientos adquiridos con los años y así poder enseñar a las nuevas generaciones. 

Por un tiempo, ese papel lo desempeñó Corven Acantiladorojo, mientras se podía mantener a los licos a raya. Con él, contaba con dos dragones, su dragona Alvice, y el dragón que su viejo amigo Earendel le había dejado a cargo, el ya impresionante Isdrau. Entre los tres enseñaban los artes del combate a jóvenes guerreros y dragones.

En un día de frío, a mediados de invierno, su dragona le trajo un joven dragón ya listo para ser entrenado, y un poco más tarde ese mismo día, una mujer llamó a la puerta de la academia. De su mano, su hijo, Kemnai, un niño de ojos y pelo oscuro. De pronto, el cuerno de alarma sonó, y el dragón saltó sobre la madre del muchacho, justo a tiempo para evitar que un enorme lico negro la destrozase de un mordisco. Y entonces se alzó sobre sus cuartos traseros y de un mordisco descabezó al monstruo. Resopló.

—Este es Thäron, desde ahora él será tú y tú serás él, y lucharéis y moriréis juntos.
Corven cogió la mano del muchacho aun paralizado por la escena y agarró al dragón por el cuello, y los acercó hasta que hizo un corte en la palma del muchacho con una de las púas del dragón y luego hizo que este la lamiera.

—A partir de ahora te entrenaré para convertirte en un Guerrero del Viento, y así tu madre estará orgullosa.

Llamó a dos soldados que se llevaron el cuerpo del lico y se despidió de la mujer, llevándose al niño consigo.

Diez años más tarde, Kemnai era el mejor jinete de toda la academia, y Thäron el dragón más rápido.

Pronto ganó fama y no había dama en todo Gorgótem que no deseara conocerle, y él consideraba que no debía dejar de complacer a ninguna. 

Estuvo listo y a la batalla partió, y la batalla fue ganada y victorioso regresó, y como comandante de una escuadra al frente voló, y la línea de defensa avanzó. Y más batallas se ganaron, hasta que una se perdió y el guerrero fue herido, y una cicatriz le resta aun en el rostro como recuerdo. Los licos cruzaron la linea, y sin rendirse los persiguió, y con todos acabó excepto tres, que al Valle llegaron y de allí, a una niña se llevaron. Cuando el Guerrero llegó, Corven estaba herido, y al oído le dijo, que se quedará en su lugar para enseñar a los niños, y él aceptó, y su coraza colgó, y entre todos los que entrenó, estaba Diego Acantiladorojo, nieto de su maestro, y el que ahora montaba a Isdrau. Él era más rápido, él era más fuerte, pero también tenía más odio, y por eso Kemnai le enseñó todo lo que sabía, y sabía que aquel guerrero lucharía hasta su último aliento, y cuando se despidió de él en el momento en que lo llamaban de la capital para incorporarse al ejército, en ese momento supo, que en su última batalla, aquella en la que muriese, lucharía junto aquel Guerrero del que ahora se despedía, pero hasta que ese momento llegase, debía seguir entrenando a nuevos guerreros que protegerían Gorgótem a lomos de sus dragones de hielo y esmeralda.


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La triste historia de Cruat

En una pequeña aldea del reino de Shar-Vane en Gorgótem, vivían dos molineros que tenían un hijo. En la Triada, tiempos de guerra se respiraban, y los licos ya estaban preparados. Todos los reinos gorgotianos aliados de nuevo, congregaron sus ejércitos y los prepararon para la batalla.

Sin embargo, la victoria tiene un precio, y los impuestos subieron para mantener las tropas, que daban sus vidas combatiendo contra los feroces enemigos. Todas las personas no combatientes debían pagar el triple de lo normal, y cada vez menos ganancias llegaban a los hogares.

Los años pasaban, la guerra dolía, pues muchas batallas se perdían. Una de las veces que los monstruos ganaron, al pueblo de los molineros llegaron. Y allí entre costales, por orden del padre, la madre y el niño se refugiaron. Los licos entraron y lo destriparon delante del niño, al que por suerte no encontraron.
Su madre lloraba, y la harina menguaba, y los cobradores muy seguido pasaban. Cuando el niño tenía solo siete años, dos guerreros alados a su casa acudieron. A su madre prendieron, por mal pagadora, y a él se llevaron como la ley mandaba.

Un día escapó, y juró regresar, para de los hombres y licos poderse vengar.
Al Imperio de Luz huyó, y allí empezó a mostrar sus grandes poderes y habilidad. Y no era aquel niño nadie más que Cruat.


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La Promesa del Guerrero

Mucho tiempo había pasado desde que hizo esa promesa, la única que no había podido cumplir en su vida, y había hecho muchas en esa vida tan sumamente larga de la que gozaban los que eran como él. Una promesa que había hecho cuando solo era un muchacho.

Ahora, sentado en el alféizar de la ventana de la habitación de la antigua posada donde había vivido los últimos años, contemplando el campamento que se extendía bajo sus pies, entre las ruinas de la ciudad por donde tantas veces había caminado, lleno de vida: hogueras, gente riendo, cuenta cuentos… todos celebraban su bien merecida victoria. A lo lejos, en el norte de la ciudad en ruinas, unos imponentes muros guardaban la fortaleza que sería su próximo objetivo. Allí estaba su promesa, esa que no había podido cumplir. Podía desplegar sus alas y volar hasta ella, cumplirla por fin, pero entonces dejaría atrás a la gente que tanto estaba luchando a su lado. No pudo seguir mirando en aquella dirección. El peso de su promesa le aplastaba el alma y ya se le estaba clavando en el corazón.

Haría lo que tenía que hacer, dejar una promesa sin cumplir a cambio de salvar a toda esa gente, a la gente que le había seguido para salvar su tierra. Aunque a él no le quedase nada más que un alma rota, por que era lo que debía hacer. Por eso, los que ahora le recuerdan, lo llaman héroe.


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Profecía del Caballero Negro

Cuando el Caballero Negro

vuelva a cabalgar en lo alto

y vuelva a batir sus alas,

una tormenta de fuego

despertará a los guerreros

hundidos bajo basalto

y apresados en el hielo.

Solo entonces el valiente,

el Último Gran Guerrero

podrá alzarse sobre el mal

y liberar a las gentes

de la malvada oscuridad.

La paz regresará entonces

a las tierras de Gorgótem

y el hombre podrá descansar

hasta que el mundo lo vuelva

otra vez a necesitar

para que en otro lugar

la justicia y el bien puedan

volver como siempre a reinar.   

Acacia


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