En las lejanas tierras del Sur, al oeste del Desierto de los Muertos, se alzaba en las eras antiguas un castillo que protegía y gobernaba el condado de Nunon. En ese castillo, un vampiro ostentaba el trono, y, como la mayoría de los vampiros, era un sanguinario que se alimentaba de su propio pueblo.
Con la escusa de un peligroso dragón, exigía que dos jóvenes, un chico y una chica, fuesen abandonados en el bosque cada mes. Así eran las cosas hasta que los elegidos fueron John Price, un chico alto y fuerte de cabellos castaños; y a Cloe Anele, una muchacha de su misma edad. Ella era una ingenua y consideraba honorable morir por mantener a su pueblo, pero él sabía que lo que les esperaba en el bosque no era un enorme dragón, sino algo mucho más terrible.
Y antes de que los llevaran a su muerte, él talló una estaca de madera y la escondió en el interior de de su zurrón. En el bosque, el Vampiro y su señora, la Vampiresa, los esperaban, y él se abalanzó sobre Cloe y la desangró en cuestión de segundos, pero cuando la mujer iba a realizar un movimiento similar al de su pareja, John se adelantó y hundió su estaca en medio del pecho, y como castigo, la mujer, justo antes de morir lo convirtió en vampiro. John abandonó el pueblo después de coger fuerzas bebiéndose a dos vecinos. Pensó que sería libre ahora que ni siquiera la muerte lo ataba, pero pronto la culpa se apoderó de él y se prometió que jamás mataría por placer. Promesa que cumplió siempre… hasta que llegó a un pueblo vecino dos noches después, donde diezmó a la población, pero sus sentimientos seguían atormentándolo, y pueblo a pueblo, fue volviéndose más y más loco, hasta que en una aldea Iber, mató a la mujer de un cazador de monstruos, que empezó a perseguirlo y a destrozarle la vida aun más que sus sentimientos, llevándolo hasta un lugar conocido como el toro donde convenció a sus habitantes de que tomaran una de las pocas cosas dañinas para los vampiros, impidiendo así que el loco y desesperado John no pudiese alimentarse, hasta que, acosado por el hambre mordió a una chica y se envenenó a sí mismo, quedando indefenso, y fue entonces cuando el cazador llevó a cabo su venganza.
No mató a John, lo condenó a algo peor. Lo encerró en un ataúd de acero para toda la eternidad, sin posibilidad de probar la sangre, para que se consumiese poco a poco destrozándose por dentro y jamás pudiese volver a matar. Ese fue el final del viaje de John Price, un viaje de solo doscientos kilómetros que lo volvió loco y acabó con él. Pobre John Price, y, pobre de aquel que encuentre su ataúd y lo abra, pues seguro que después de tanto tiempo, está hambriento, muy hambriento.
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