Rambara Irían

El lugar de donde provengo es el sueño de cualquiera.  Nací en el Bosque de las luces. Ese día fue uno de los días más felices para todos.  Como mi padre me contaba de pequeña, en el momento en el que me sostuvo entre sus brazos y me miró a los ojos, vio la misma vitalidad que desprendía el bosque. Mi madre yacía recostada y agotada tras tantas horas de parto, pero con una inmensa sonrisa en el rostro. Durante los cinco años siguientes viví y crecí en feliz con mi familia y amigos, además de aprender muchas cosas a pesar de mi corta edad.

Cierto día antes de mi sexto cumpleaños, recuerdo estar jugando con unos niños en una senda del poblado poco concurrida cerca de casa. Vi como la puerta de casa se abría, salió mi madre con un pañuelo en la cabeza y una bolsa de tela un poco manchada, raída y rebosante de muchas cosas que no supe identificar. Parecía asustada y nerviosa. Cuando me vio fue directa al linde bosque a paso rápido. Yo no entendía nada y salí detrás de ella, pero no me atreví a adentrarme en el bosque. Me quedé mirando cómo se alejaba e intentando que escuchara mis gritos cuando la llamaba.

Ese fue el hecho que marco mi vida, aunque afortunadamente mi padre cuido de mi junto a mi tía Eriel hasta mi pubertad. Otro momento fatídico en mi historia.

Mi padre falleció un día frío de otoño. Andábamos por el borde del bosque mientras él me contaba historias de unas antiguallas que llevaba siempre encima. Las leyendas e historias que me narraba decían que tenían poderes mágicos para asistir a aquellos que solicitaban su ayuda o si ya poseías poderes, aunque no lo supieras, te otorgaban más poder. Muchos de esos objetos parecían ser de oro y tenían relieves con joyas preciosas, algunos otros tenían símbolos de la naturaleza y el resto unas marcas muy extrañas, posiblemente algún tipo de runa.

A lo lejos pudimos escuchar ruidos de ruedas repiqueteando en los baches del camino. Mi padre siempre se preocupó por mi, por lo que ha veces hacia locuras como apartarme a unos arbustos para evitar más desgracias, como en ese mismo instante.

Todo pasó muy deprisa. Escuché como la carreta que antes oíamos a lo lejos se había parado a pocos metros de donde estábamos, intuí que los pasajeros eran hombres por sus risas, y en apenas unos minutos y sin mediar palabra se oyeron golpes y gruñidos. Le estaban dando una paliza a mi padre. Aterrada entre los arbustos, vi como esa panda de animales se fueron, y fue entonces cuando salí a socorrer a mi padre. Tenía la ropa echa tirajos y no quedaba nada de sus baratijas. Le cogí de la mano y le sujeté la cabeza, estaba asustada, no sabía que hacer. Él me miró y reconoció que esos cuentos que me contaba sobre sus objetos eran ciertos y que debía recuperarlas por el bien del mundo. Antes de que expirara su último aliento, le jure que recuperaría esas piezas y las pondría a buen recaudo, no sin venganza. En cierto modo no creí su palabra, pero se lo prometí.

Me entrené durante años para prepararme para cualquier situación en la que me pudiera encontrar. Mi tía, combatió en muchas batallas contra otros reinos y ella me enseño todo lo que sé hasta el día de hoy. Me especialicé en combate a distancia con el arco, el cuál siempre llevaba encima. Cuando me sentí preparada, Salí de mi hogar y empecé mi aventura.


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Canción del Gran Guerrero

Venid aquí muchachos que os voy a contar
la historia de Diego y el malvado Cruat.
Lucharemos unidos como hicimos ayer,
por nuestras familias al amanecer.

Uno tras otro a sus secuaces venció,
y a su amada Violeta del mal rescató.
Lucharemos unidos como hicimos ayer,
por nuestras familias al amanecer.

El caballero a los pueblos ha vuelto a unir,
y bajo una bandera cabalgan al fin.
Lucharemos unidos como hicimos ayer,
por nuestras familias al amanecer.

Los tambores ya suenan y empiezan a marchar,
el sol está fuera y la batalla va empezar.
Lucharemos unidos como hicimos ayer,
por nuestras familias hasta el amanecer.


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