Tikal

En tierras nevadas
del Imperio Beliondés,
había una bestial
de grisácea piel.

Al abrigo de la noche,
en un casi amanecer,
una sombra la perseguía
y la hizo caer.

Sus ojos esmeralda
la Oscuridad cerró
y una extraña profecía
dio comienzo a la función.

Un campamento de Luz
y una bella Oscuridad,
estaban en guerra,
una guerra sin igual.

Desconfiada
la enfrentó,
pero está le ofreció
un mundo de libertad sin dolor.

Siguiendo al gran Haier
y al charlatán Delmar,
acabaron en una cueva
de estatuas siniestras.

Tras mucho divagar,
decidieron romperlas
y seguir
a las Tinieblas más bellas.

Empapada en sudor,
en su cama despertó,
la duda le oprimió el corazón,
una carta de Tinieblas llegó.

Partió sin demora,
dejando atrás a su opresor,
en su corazón el anhelo
de volver a verlos.

Tras meses los encontró
y una bestia feroz
con veneno lo intentó,
pero su muerte halló.

Los tres continuaron
y tras compañeros poco fiables
una bruja infame, unos elfos y un dragón,
acabaron en un campo por una nueva visión.

En un tanque durmiente,
Esmeralda se hallaba,
la bella Oscuridad
que por ellos llamaba.

La llevaron a un templo
abandonado hace tiempo,
a punto estuvo Tikal
de perder el aliento.

Al ver el fracaso
decidió abandonarles,
jurando a Tinieblas
volver fuerte y ayudarle.

Un sacrificio,
un nuevo cuerpo,
una promesa,
un oficio.

Bestial liberta,
de monstruos cazadora,
hacia Eidel partía,
una nueva sorpresa aparecía.

Sus amigos la daban muerta,
la habían visto arder
por hereje en la hoguera,
por seguidora de Tinieblas.

Tras el encuentro,
Eidel esperaba,
y allí la chica
que su ayuda necesitaba.

Una gran explosión,
el suelo se abrió
y a todos devoró,
abajo la sala y la puerta.

Abajo la mesa negra,
la joya esmeralda,
esperaba un sacrificio,
la chica debía estar muerta.

Tikal a Haier pasó la daga,
este la ejecutó
y Tinieblas volvió
su agradecimiento dió.

Los tres son Tinieblas,
pues en Tinieblas viven,
ellos son Tinieblas
y a Tinieblas sirven.

ESTA CANCIÓN NOS LLEGA DE LA MANO DE:

CONSTANTINO IRIS

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Kiosh el monje

Hace muchísimo tiempo nació un chiquillo. No se sabe muy bien donde nació ni de que parte del mundo era. Se sabe que era humano, un chico listo y tremendamente pobre. Cuando tenía la joven edad de 16 años, decidió tomar una decisión demasiado valiente para su edad. Se apuntó a un barco mercante como grumete.

La razón principal era el hambre, el hambre de su familia. Él tenía tres hermanos y dos hermanas, su madre, viuda, intentaba darles de comer lo poco que encontraba. Él era el mayor. Por eso un buen día se acercó a unos marineros del puerto y les dijo que quería embarcar como grumete. Tras las bromas, chanzas y tonterías varias, consiguió que lo tomasen en serio. Embarcó en un pequeño navío llamado El Impávido. Si moría, su madre no tendría que alimentarle y si volvía, tendría un buen puñado de monedas para ellos.

El muchacho resultó ser un joven muy trabajador, aguantaba turnos dobles y noches en vela. El capitán pronto se fijó en él, le enseñó como leer una carta de navegación, como leer y escribir y casi más importante, como llevar un barco. El muchacho pasó varios años entre puerto y puerto y jamás descansó hasta que su capitán volvió al puerto natal del chico.

Su sorpresa fue total, allí no le esperaba nadie. Su madre había muerto de frío un año atrás, sus hermanos habían ido robando y luego acabando en la cárcel. Los pocos que aún vivían eran vagabundos y aunque el muchacho intentó que se uniesen a él, no quisieron. Por algo, esta no es su historia.

Nuestro protagonista, hasta esta etapa de su vida no tenía nombre. Lo llamaban muchacho o chico, pero acabaron llamándolo Ucho. A la edad de veinte años, Ucho era un capitán de navío solvente. Sabía todas las rutas comerciales y esquivaba a los piratas. Pero Ucho, no pudo escapar de Lantola. De eso, hablaré en otro momento, los mitos del mar demasiados como para contarlos aquí.

El muchacho, el barco que capitaneaba, toda la tripulación y la mercancía acabaron en el fondo del mar. Todos murieron, fin de la historia. Bueno, miento, todos salvo, por supuesto, Ucho. El muchacho acabó en una isla, alejado de todo ser viviente.

La isla era pequeña, más que una isla era una piedra grande en el mar. Ni había tierra para que crecieran las plantas, ni animales ni nada para poder sobrevivir. El chico, viendo que su destino estaba ya fijado, se sentó y cerró los ojos esperando a la muerte.

Y esperó… Y esperó… Pero lamento deciros que nada vino. Pasaron los días, semanas y meses y aunque adelgazó hasta niveles inhumanos, no murió. Algunos barcos se acercaban y entablaban conversación con aquel hombre de la piedra. Algunos le ofrecieron irse, otra comida y bebida pero él sabía que cualquier cosa que bebiese acabaría muriendo.

Tras el paso de los años, lo único que aceptaba era información. Le gustaba saberlo todo de todo. Agricultura, viajes, rumores, le contabas lo que fuese y él, te contaba lo que quisiera. Al sabio de la roca, se acabó llamando a si mismo Kiosh.

Y cuenta la leyenda, que si un navegante, marinero, marino u hombre de la mar necesita ayuda, el sabio y monje Kiosh aparecerá en la ruta por la que navegue su barco y obtendrá el consejo de él.


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