Triste Recuerdo

Pasaba el Cuadragésimo tercer día del cuarto mes de la Estación de la Nieve en Beliond, en el norte de Ériandos, cuando un grito desgarrador rompió el silencio del Castillo Blanco a tiempo que la joven hija del bien amado rey Frolo del Toro aterrizaba sobre las rocas salientes del acantilado sobre el que se sostenía la fortaleza del Nido del Dragón, nombre inmerecido, manchando su precioso vestido blanco de agua salada de mar y sangre. Una caída desde la torre norte era mortal, para cualquier ser viviente que no poseyera alas, pero aquella muchacha ningún motivo tenía para iniciar un viaje que le destrozaría todos los huesos y los órganos poniendo fin de manera violenta a su existencia e incrustándola en aquella roca en la que permaneció dos días antes de que el mar permitiese recuperar su cuerpo.

Había un mago en el Toro que deseaba poseer a la princesa, y valiéndose de la magia la hizo subir a lo alto de la torre donde la tomó una y otra vez haciéndola gritar de dolor durante horas hasta hacerla desfallecer, seguir hasta dejarla casi sin vida y solo entonces dejarla, hechizar su cuerpo, hacerla subir a la baranda del mirador, y mientras los guardias destrozaban la puerta atrancada a hachazos para socorrerla, dejarla caer al vacío obligándola mediante la magia a ser consciente de su destino y del dolor, del impacto… hasta la muerte.

El mago fue apresado, torturado y quemado hasta la muerte en el patio del castillo, pero el castigo no fue justo, pues merecía que los lobos de la lejana Gorgótem lo desmembrasen y devorasen vivo por toda la eternidad y todos los habitantes del Toro rezaron a Ela y a todos los dioses que le otorgaran el más cruel de los castigos, y así Ela envió un águila que le sacaría los ojos cada noche y el corazón cada mañana, lo hizo encadenar a la roca más afilada de la casa de los ángeles e hizo su alma inmortal.

Pero todo aquello de nada le sirvió a la princesa, que había sido la más bella mujer del Sur, con su larga melena oscura y sus ojos color zafiro sobre su suave y blanca piel, que nadie sabe cómo su alma quedó atrapada en Castillo Blanco, y en la solitaria fortaleza revivía cada anochecer el sufrimiento que había pasado, y sus gritos llenaron la antigua región, y los viajeros que la escuchaban jamás olvidaban su llanto y sus gritos, y la gente del Norte dejó de pasar por los caminos que se acercaban a la fortaleza, y el bosque se cerró, y ahora, la leyenda de la Dama de Blanco se conocía en todo el Norte y Castillo Blanco se dio por maldito, y ahora la triste historia de la princesa del Toro solo es un triste y macabro cuento en la mente de las pocas personas a las que sus padres se la contaron y ya nadie sabe bien por qué Castillo Blanco está maldito ni por qué va nadie allí. De todo aquello ni tan solo queda en las perecederas mentes mortales un triste recuerdo.


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Cuento de la dama de Veraux

Cerca de Beliond, en el Cabo del Lobo, se alza la ciudad de Veraux, donde reina una antigua y sangrienta tradición que manda que para que un hombre y una mujer puedan unirse, él debe regalarle un flor de Crecedero, la criatura más mortal que crece en esas tierras. La Crecedora come hombres alcanza su tamaño máximo en tres días, y su tamaño es lo bastante grande como para devorar a un jinete y su caballo en menos de tres minutos.

En el interior de su boca crece una flor de oro muy hermosa, y eso es el precio que exigen las damas de la ciudad a los caballeros que tras ellas van.
Cuenta la leyenda que una vez un hombre se quedó enamorado de la princesa, y ella le pidió una de esas flores solo a cambio de tener la posibilidad de pedir a su padre que le permitiera unirse a ella, y él se negó viendo injusto el tener que arriesgar la vida para que luego no conseguir nada. Ella también lo amaba pero no se atrevía a enfrentarse a su padre. Hizo subir al muchacho a la torre y yacieron juntos hasta que salió el sol, y luego él salió en busca de la flor. Mientras que ella se encerró en la torre y prometió no salir hasta que su amado volviera.

En el camino una ninfa engañó al joven y lo utilizó para conseguir una de las flores. Él, se lanzó a por las flores y alcanzó una antes de que la planta le atrapara, pero no pudo conseguir la segunda y fue engullido y resultó muerto. Y nunca volvió.
La Princesa se quedó para siempre encerrada en la torre y el pueblo murió, y nada más se supo de él más que leyendas y cuentos.


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