No todas las cuerdas son de arco

De entre las ruinas de un antaño poderoso castillo, que aun humeantes mantiene sus ruinas, sale un arquero. Han ganado la batalla. El asedio acabó por fin. Los guerreros de ambos bandos habían luchado con valentía, pero los Verdes eran los vencedores y los Naranjas los muertos que enmoquetaban el patio. Tira el arco. Cuantas veces aquella mañana lo había disparado y regalado una vida a Ela, cuantas viudas habría dejado.

Tira también las flechas, las pocas que le quedaban. La mayoría descansa en los cuerpos de los enemigos de su Señor.

Arroja el yelmo al suelo, un metal más que adornará la tierra días después de la batalla.
Se para. Coge su guitarra y toca. Toca mientras canta y canta mientras recuerda aquella mañana.

El arrojo de las ropas. Escudos en alto cubriendo, parando las flechas de la muralla. Aun así soldados mueren. Él está listo con el arco cargado para cuando los escudos bajen.
Los escudos bajan. ¡Fuego! Flechas que salen disparadas. el dispara. Escudos en alto. 
Su guitarra sigue sonando por el camino de vuelta.

Pasa el ariete. Las tropas se paran y disparan catapultas a las torres. Incendian la ciudad y los gritos de dolor se confunden con los de guerra. 

Las torres han caído y las catapultas se detienen. Vuelve el ariete y golpea contra la puerta hasta partirla. La puerta cede y la infantería avanza. Ellos, los arqueros, siguen disparando para acabar con los pocos que aún defienden la muralla.

La música sigue sonando. La batalla ya ha quedado atrás. Toca las cuerdas de su guitarra y canta, mientras una lágrima se le escurre por la mejilla.


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El guardián de la torre norte

Pocas veces un soldado humano logra alcanzar la velocidad y agilidad de un Guerrero del Viento, debido obviamente a que los huesos de los hombres son más pesados y no tienen alas que les ayuden en las maniobras, pero, aun así, hay algunos guerreros que llegan a conseguirlo, sobretodo, aquellos más jóvenes y concienciados, y nada más alcanzar eran reclutados por los diferentes Guerreros del Viento.

Y aquí nos hayamos, en las puertas de la real Academia del saber del Valle de Uxuss, dónde alumno y maestro vuelven a encontrarse para hablar de un prometedor alumno llamado Jack. Allí, frente las puertas de la ya laureada institución, Kemnai habla con JJ, y al guerrero le gusta lo que oye.

Un mes después, Jack, ya estaba a las órdenes del guerrero, y este, le otorgó la misión más importante de todas, custodiar la torre norte del castillo de Shar-Vane, la residencia de la familia real.

Allí, día tras día desde que comenzó con sus guardias, veía fugazmente y a la vez cada día, a la princesa. Cada vez que ella lo miraba, se le erizaba el bello de la espalda. Una vez, ella le pidió una rosa, y él la sacó de debajo de su coraza y dijo que siempre llevaba una junto al pecho, para que le guardara el alma. Y era cierto, porque Alma era el nombre de la chica. Desde entonces, hablaban día a día, la chica iba hasta el pié de la escalera dónde él montaba guardia y conversaban largos momentos.

Él, nunca le confesó su amor, y el rey, la comprometió con el rey de los leos, poderosos magos y aliados, y entonces ella dejó de bajar a hablar con él, sellando así un destino amargo. Aunque nunca se debe perder la esperanza, pues todo sello puede quebrarse.


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De soldado a entrenador

Como todos los habitantes de la Triada saben, no hay ningún Guerrero del Viento sin dragón, ya que, sin él, sobrevolar el campo de batalla cargado con la armadura sería lo único necesario para morir en la lucha. Por eso, nada más alcanzar los cuatro años de edad, ya se les asigna un dragón. Por supuesto, con el consentimiento del animal, pues son los eres más inteligentes del mundo y no aceptan ser montados así como así, y mucho menos ordenes de su jinete. Por eso es necesario que entre Guerrero y dragón haya una coordinación mental muy profunda, si no caerían como si de moscas se tratase. Hubo una vez, en el Valle de Uxuss, o Valle de las Águilas, como se le conocía de forma coloquial al ser el territorio donde más Guerreros del viento vivían, una familia que opinaba que para lograr acabar definitivamente con las ya tan largas Guerras Cálidas, los guerreros debían ser entrenados por otros guerreros, y así nació la Real Academia del Saber, dónde no solo se enseñaba a luchar, sino también a pensar. Dada la larga vida de los Guerreros del Viento, se decidió que siempre uno restase en la academia para proteger los conocimientos adquiridos con los años y así poder enseñar a las nuevas generaciones. 

Por un tiempo, ese papel lo desempeñó Corven Acantiladorojo, mientras se podía mantener a los licos a raya. Con él, contaba con dos dragones, su dragona Alvice, y el dragón que su viejo amigo Earendel le había dejado a cargo, el ya impresionante Isdrau. Entre los tres enseñaban los artes del combate a jóvenes guerreros y dragones.

En un día de frío, a mediados de invierno, su dragona le trajo un joven dragón ya listo para ser entrenado, y un poco más tarde ese mismo día, una mujer llamó a la puerta de la academia. De su mano, su hijo, Kemnai, un niño de ojos y pelo oscuro. De pronto, el cuerno de alarma sonó, y el dragón saltó sobre la madre del muchacho, justo a tiempo para evitar que un enorme lico negro la destrozase de un mordisco. Y entonces se alzó sobre sus cuartos traseros y de un mordisco descabezó al monstruo. Resopló.

—Este es Thäron, desde ahora él será tú y tú serás él, y lucharéis y moriréis juntos.
Corven cogió la mano del muchacho aun paralizado por la escena y agarró al dragón por el cuello, y los acercó hasta que hizo un corte en la palma del muchacho con una de las púas del dragón y luego hizo que este la lamiera.

—A partir de ahora te entrenaré para convertirte en un Guerrero del Viento, y así tu madre estará orgullosa.

Llamó a dos soldados que se llevaron el cuerpo del lico y se despidió de la mujer, llevándose al niño consigo.

Diez años más tarde, Kemnai era el mejor jinete de toda la academia, y Thäron el dragón más rápido.

Pronto ganó fama y no había dama en todo Gorgótem que no deseara conocerle, y él consideraba que no debía dejar de complacer a ninguna. 

Estuvo listo y a la batalla partió, y la batalla fue ganada y victorioso regresó, y como comandante de una escuadra al frente voló, y la línea de defensa avanzó. Y más batallas se ganaron, hasta que una se perdió y el guerrero fue herido, y una cicatriz le resta aun en el rostro como recuerdo. Los licos cruzaron la linea, y sin rendirse los persiguió, y con todos acabó excepto tres, que al Valle llegaron y de allí, a una niña se llevaron. Cuando el Guerrero llegó, Corven estaba herido, y al oído le dijo, que se quedará en su lugar para enseñar a los niños, y él aceptó, y su coraza colgó, y entre todos los que entrenó, estaba Diego Acantiladorojo, nieto de su maestro, y el que ahora montaba a Isdrau. Él era más rápido, él era más fuerte, pero también tenía más odio, y por eso Kemnai le enseñó todo lo que sabía, y sabía que aquel guerrero lucharía hasta su último aliento, y cuando se despidió de él en el momento en que lo llamaban de la capital para incorporarse al ejército, en ese momento supo, que en su última batalla, aquella en la que muriese, lucharía junto aquel Guerrero del que ahora se despedía, pero hasta que ese momento llegase, debía seguir entrenando a nuevos guerreros que protegerían Gorgótem a lomos de sus dragones de hielo y esmeralda.


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