La Procesión de las Alas Cortadas

Desde la nada, los tambores ya se escuchaban. Venían por el camino viejo. Cornetas los acompañaban. Pronto, empezó a verse la gente. Primero, una figura completamente tapada con una túnica morada y un capuchón, portaba una enorme bandera del mismo color, con una pluma roja y negra bordada en el centro. Tras él, dos filas de encapuchados con báculos de oro, que marchaban muy despacio, al compás con los tambores. Después ya se podía ver a los músicos, pero solo las caras de aquellos que tocaban las cornetas. Tras los tambores, entre doce encapuchados, portaban en andas la figura de un Caballero de la Tormenta al que un Guardia Negro sujetaba por las alas. Tras la imagen, una tira de fieles.

Todos conmemoraban algo que no entendían, pero que apreciaban. El sacrificio de los Guerreros del Viento, que se sacrificaron para salvar la Triada. Después de lograrlo por completo, solo uno quedó, pero la gente volvió a ser libre.

Los que ahora, tantos años después, le rendían culto a la imagen no sabrán jamás que es lo que pasó. Nunca nada sobre los Guerreros del Viento se escribió, y en solo en las memorias de los que los conocieron restaron sus gestas. Solo eso. Eso y la fe en ellos es lo que venció al tiempo. Nada más. Ahora la procesión se alejaba, entre tambores y cornetas, alabanzas a la figura alada se alzaban. La grandeza de los alados soldados perdurará en el tiempo. Más como fe que como que como historia, pero aún así, aún así siempre serían recordados.


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De soldado a entrenador

Como todos los habitantes de la Triada saben, no hay ningún Guerrero del Viento sin dragón, ya que, sin él, sobrevolar el campo de batalla cargado con la armadura sería lo único necesario para morir en la lucha. Por eso, nada más alcanzar los cuatro años de edad, ya se les asigna un dragón. Por supuesto, con el consentimiento del animal, pues son los eres más inteligentes del mundo y no aceptan ser montados así como así, y mucho menos ordenes de su jinete. Por eso es necesario que entre Guerrero y dragón haya una coordinación mental muy profunda, si no caerían como si de moscas se tratase. Hubo una vez, en el Valle de Uxuss, o Valle de las Águilas, como se le conocía de forma coloquial al ser el territorio donde más Guerreros del viento vivían, una familia que opinaba que para lograr acabar definitivamente con las ya tan largas Guerras Cálidas, los guerreros debían ser entrenados por otros guerreros, y así nació la Real Academia del Saber, dónde no solo se enseñaba a luchar, sino también a pensar. Dada la larga vida de los Guerreros del Viento, se decidió que siempre uno restase en la academia para proteger los conocimientos adquiridos con los años y así poder enseñar a las nuevas generaciones. 

Por un tiempo, ese papel lo desempeñó Corven Acantiladorojo, mientras se podía mantener a los licos a raya. Con él, contaba con dos dragones, su dragona Alvice, y el dragón que su viejo amigo Earendel le había dejado a cargo, el ya impresionante Isdrau. Entre los tres enseñaban los artes del combate a jóvenes guerreros y dragones.

En un día de frío, a mediados de invierno, su dragona le trajo un joven dragón ya listo para ser entrenado, y un poco más tarde ese mismo día, una mujer llamó a la puerta de la academia. De su mano, su hijo, Kemnai, un niño de ojos y pelo oscuro. De pronto, el cuerno de alarma sonó, y el dragón saltó sobre la madre del muchacho, justo a tiempo para evitar que un enorme lico negro la destrozase de un mordisco. Y entonces se alzó sobre sus cuartos traseros y de un mordisco descabezó al monstruo. Resopló.

—Este es Thäron, desde ahora él será tú y tú serás él, y lucharéis y moriréis juntos.
Corven cogió la mano del muchacho aun paralizado por la escena y agarró al dragón por el cuello, y los acercó hasta que hizo un corte en la palma del muchacho con una de las púas del dragón y luego hizo que este la lamiera.

—A partir de ahora te entrenaré para convertirte en un Guerrero del Viento, y así tu madre estará orgullosa.

Llamó a dos soldados que se llevaron el cuerpo del lico y se despidió de la mujer, llevándose al niño consigo.

Diez años más tarde, Kemnai era el mejor jinete de toda la academia, y Thäron el dragón más rápido.

Pronto ganó fama y no había dama en todo Gorgótem que no deseara conocerle, y él consideraba que no debía dejar de complacer a ninguna. 

Estuvo listo y a la batalla partió, y la batalla fue ganada y victorioso regresó, y como comandante de una escuadra al frente voló, y la línea de defensa avanzó. Y más batallas se ganaron, hasta que una se perdió y el guerrero fue herido, y una cicatriz le resta aun en el rostro como recuerdo. Los licos cruzaron la linea, y sin rendirse los persiguió, y con todos acabó excepto tres, que al Valle llegaron y de allí, a una niña se llevaron. Cuando el Guerrero llegó, Corven estaba herido, y al oído le dijo, que se quedará en su lugar para enseñar a los niños, y él aceptó, y su coraza colgó, y entre todos los que entrenó, estaba Diego Acantiladorojo, nieto de su maestro, y el que ahora montaba a Isdrau. Él era más rápido, él era más fuerte, pero también tenía más odio, y por eso Kemnai le enseñó todo lo que sabía, y sabía que aquel guerrero lucharía hasta su último aliento, y cuando se despidió de él en el momento en que lo llamaban de la capital para incorporarse al ejército, en ese momento supo, que en su última batalla, aquella en la que muriese, lucharía junto aquel Guerrero del que ahora se despedía, pero hasta que ese momento llegase, debía seguir entrenando a nuevos guerreros que protegerían Gorgótem a lomos de sus dragones de hielo y esmeralda.


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La triste historia de Cruat

En una pequeña aldea del reino de Shar-Vane en Gorgótem, vivían dos molineros que tenían un hijo. En la Triada, tiempos de guerra se respiraban, y los licos ya estaban preparados. Todos los reinos gorgotianos aliados de nuevo, congregaron sus ejércitos y los prepararon para la batalla.

Sin embargo, la victoria tiene un precio, y los impuestos subieron para mantener las tropas, que daban sus vidas combatiendo contra los feroces enemigos. Todas las personas no combatientes debían pagar el triple de lo normal, y cada vez menos ganancias llegaban a los hogares.

Los años pasaban, la guerra dolía, pues muchas batallas se perdían. Una de las veces que los monstruos ganaron, al pueblo de los molineros llegaron. Y allí entre costales, por orden del padre, la madre y el niño se refugiaron. Los licos entraron y lo destriparon delante del niño, al que por suerte no encontraron.
Su madre lloraba, y la harina menguaba, y los cobradores muy seguido pasaban. Cuando el niño tenía solo siete años, dos guerreros alados a su casa acudieron. A su madre prendieron, por mal pagadora, y a él se llevaron como la ley mandaba.

Un día escapó, y juró regresar, para de los hombres y licos poderse vengar.
Al Imperio de Luz huyó, y allí empezó a mostrar sus grandes poderes y habilidad. Y no era aquel niño nadie más que Cruat.


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