Entre tus sábanas blancas

Las nubes pasaban oscureciendo el trémulo crepúsculo, movidas por el mismo viento que arrastraba la hojarasca seca. El otoño tardío golpeaba los árboles secos despojándolos de sus ropajes, desnudándolos, pintando las calles de naranja, ocre y marrón.

Caminaba decaído, arrastrando las pesadas botas por encima de la irregular alfombra de hojas muertas. A su espalda, la luz del sol iba escondiéndose tras los lejanos montes del oeste. El viento, ya frío, se helaba todavía más con la ausencia del calor del gran astro. Soplaba de cara y hacía volar sus cabellos hacia atrás. Sus pasos le llevaban por el camino, pero él estaba perdido en su memoria, perdido en las calles que antaño recorría con su amor en brazos y el sol iluminándolos a ambos.

Poco a poco la oscuridad se iba haciendo soberana del firmamento y de la tierra. El viento recorría las calles a prisa y golpeaba sin ninguna piedad las viejas casas en ruinas y destrozadas. Silbando y ululando en los rincones como quejidos de los fantasmas de los edificios. Nadie iba a salir a encender las farolas aquella tarde. El pueblo estaba vacío, abandonado, muerto.

Sobre la fuente de la plaza ondeaba un estandarte viejo y raído. Recuerda que era negro y rojo hace años, ahora está descolorido. En su mente ondeaban las sábanas blancas, suaves, como cada vez que estaba en su habitación. Llegó a la puerta llena de grietas y astillas y la abrió empujándola con la mano con la mano. No estaba echado el cerrojo, nadie la había cerrado.

Antes de tener que tomar las armas. Antes de tener que esconderse detrás de un escudo. Antes de que fueran separados aquellos que se querían, en esa puerta ahora desvencijada siempre lo esperaba ella. Ella, que en sus ojos guardaba tesoros más grandes que el mismo fondo de todos los mares. Ella, el amor hecho persona… Una muchacha morena, con el cabello brillante y los ojos jugando entre verde y marrón. Los ojos más bellos que jamás había visto en la cara más dulce que podía existir. Las manos más suaves que podían tocarte y un aroma que desprendía paz si tenías la suerte de disfrutarlo de cerca. Un torrente de vida y belleza con forma de mujer.

Cada vez que llegaba la cogía en brazos haciendo flotar la falda del vestido en una vuelta y media de vuelo rápido que se disfrutaba lentamente, sujetándola entre risas de plata enredadas en los destellos dorados de sus cabellos al sol. Ahora cruzaba el umbral solo, evitando tropezar con los trozos de piedra caídos del techo y las paredes, cubiertos ya de polvo, prueba de batalla, testimonio de asesinato, de pasión y de sangre.

Había pasado con ella en brazos y las alas en alto ebrio de su sonrisa, perdido en sus ojos. Un beso y sentirla abrazada a él, su dulce sabor en los labios, recorriendo todo su cuerpo. Todo aquello había pasado, y entre las ruinas del presente se llevaba los dedos a los labios, ásperos por el contacto con el cuero, el acero y la sangre.

Las sombras lo atrapaban recordando los suaves y delicados dedos del amor bailando con las yemas en sus mejillas sin dejar de sonreír. Unos labios carnosos junto a los suyos, una mirada profunda donde perderse para siempre y una voz feérica, llena de magia, que escuchar cada momento. Retiró los dedos de los labios y se sintió desfallecer. Tragó y el sabor de hierro le llenó la boca y le bajó por la garganta. Recuerdos que herían de muerte un alma ya rota.

Subió las escaleras apoyándose contra el muro y evitando la barandilla, destrozada, arrancada y podrida. Vagando por su mente a la vez, viendo como subía con el amor en brazos, colgando del cuello.  Sentía la cabeza de ella contra su pecho. Con el cabello castaño, avellana, pardo y dorado como única barrera entre las pieles de ambos. La miraba, tan dulce, sonriente, con los ojos entre abiertos solamente, con la cara tan feliz y los sentimientos revoloteando a su alrededor, danzando con los suyos. Pasar sin apartar la mirada sabiendo que lo único importante estaba entre sus brazos.

Al caminar entre recuerdos encontró en la realidad un trozo de viga que le hizo tropezar y caer de rodillas. Se ayudó de las manos para alzarse del suelo, antes pulido y brillante, que vivía ahora picado y lleno de polvo y tierra, más buscando volver a verla en sus brazos que seguir caminando en el desolado presente.

Las correas le pesaban, las desató dejándolas caer. Ya no necesitaba las espadas. Un choque. Ruido. Metal contra piedra, piedra contra metal. Un golpe fuerte y repiqueteos que se extinguieron a tiempo que el polvo levantado caía de nuevo y se posaba en el suelo. Reemprendió más ligero el camino, paso a paso, dirección a la luz que entraba por la ventana. Se dejó caer sobre lo que quedaba del muro. Estaba harto de luchar por nada y solo encontrar solo muerte y sufrimiento. Volvió a viajar hacia atrás, allí donde los demonios no podían seguirlo, entre las sábanas blancas. Vio al amor bailar, bailar en el patio de la casa, entre las cuerdas de tender, entre las sábanas blancas. Bailaba dando vueltas, haciendo volar sus cabellos, haciendo volar su vestido. Se acercó a él y le cogió la mano, poniéndolo en pie, dejando que volviese a andar.

Avanzaba casi sin aliento, casi sin fuerzas, pero con firmeza, con voluntad. Ella no dejaría que se detuviese antes de llegar. Siguió avanzando ayudado por el recuerdo del amor. Arrastraba los pies pesadamente, tropezando ya con los trozos de piedra y madera caídos del techo y las paredes. El sol se marchaba tras los montes, llevándose la luz con él, dando paso a la noche, dando paso a oscuridad, dando paso al miedo a la soledad.

Pero él no se iba a dejar vencer, no todavía. No podía permitirse abandonar… Le había dado su palabra a su amor y no podía romperla, aunque ella ya no estuviese allí para poder verlo. Luchaba por dar cada paso, y ganaba cada lucha, avanzando. Veía los recuerdos, felices, al amor bailando en el pasillo, la miraba con una sonrisa y ella lo miraba a él, toda vestida de blanco, pegada a él y sonriente. Con su figura marcada por la tela del vestido, cabellos alborotados en su melena, todos bailando a su compás, pies ligeros, certeros y delicados danzando entre las pesadas botas de él. Los dos sonrientes, labios curvados. Curvas que hacían que todos los males se escondiesen y desapareciesen, que solo dejaban la felicidad. La veía bailar como siempre bailaba, como nunca más volvería a verla.

Una lágrima escapó de sus ojos y rodó por la mejilla dejando un rastro húmedo sobre su rostro. Cayó al separarse de la piel, recorriendo la distancia que la separaba del suelo y estrellándose contra la capa de polvo acumulada deshaciéndose en gotitas que los ojos no podían ver de tan pequeñas que eran, dejando una marca ínfima que pronto desaparecería y sería olvidada, aunque los motivos de su caída siempre perdurarían mientras que él siguiese respirando.

Cruzó el último umbral, la puerta de la habitación, solo, como nunca antes la había cruzado. Sin ella, sin el amor. Un trozo de techo faltaba, y bajo el agujero había quedado una silla, justo al lado de la cama, una cama grande y fuerte que aún resistía.

Él mismo la había hecho para su amor. Armado con un hacha y una sierra hizo del bosque aquella obra. En las patas había hiedra tallada, y el cabezal estaba decorado por una gran rosa. Cuando la tuvo terminada, pasó dos días puliendo la madera para no dejar ninguna astilla. Se hizo con un buen colchón, duradero, mullido y cómodo. Nada era demasiado para ella, lo que le hacía sentir, bien merecía todo, y todo yacía allí.

Las mantas estaban deshechas y los cojines todos tirados y hechos andrajos. Encima de la cama solo faltaba una muñequita de tela que él le regaló a ella. Al ver que faltaba se entristeció, lo único que podía volver a abrazar de ella no estaba. Sin embargo, no iba a dejar hueco a más tristeza, quizá aquella muñeca, aquel tierno regalo estaba entre los brazos de ella, como si aún pudiera abrazarle a él. Por un instante, sintió el abrazo como si estuviera allí, no como un recuerdo, si no como una verdad indudable y la tristeza se fue desvaneciendo.

Avanzando despacio, caminando paso a paso. Pasando la mano sobre lo que quedaba de las mantas, levantando inconscientemente parte del polvo que las cubría. Aquella habitación había sido la más hermosa de toda la casa, llena de colores y muebles de madera trabajada, con telas delicadas y muchísima luz y alegría. De toda su belleza solo quedaban la silla y la cama deshecha y polvo y ruinas y nada más. De todos los rojos y los bermellones y los dorados y los verdes y los blancos solo grises quedaban, tristes, vigilantes y cansados. Gradaban aquella estancia como antiguos caballeros que guardan la sala del trono tras la muerte de un gran rey, sumidos en una tristeza eterna, con el esplendor pasado solo conservado en los recuerdos, recuerdos que aun perduraban en su mente. Mientras pasaba acariciando las mantas deshechas, recordaba todos los colores, todos los matices y todas las emociones que habían llenado aquella sala.

La noche era cerrada y abajo todo estaba oscuro y nada se veía. Los ojos ya no le servían, pero en aquella habitación no los necesitaba, solo con la mente podía verla tal como sido, con todos sus colores, olores y texturas. Solo necesitaba tener cuidado de no encontrar trabas ni hoyos ni ruinas por el suelo. Avanzaba a las palpas, como podía, evitando los trozos de techo caído, buscando la silla. Poco a poco iba perdiendo fuerza, todo le pesaba, no podía aguantar. Se desató los brazales y los dejó caer en la oscuridad, alzando el polvo del suelo de nuevo, que se esparció y dispersó por todos lados antes de volver a depositarse. Las manos del guerrero encontraron la silla y se movió hacia ella despacio, muy despacio, y se dejó caer. Miró el cielo por la ventana y pudo ver algunas estrellas lejanas que conseguían huir de las nubes y mandar su luz a la tierra. El cielo estaba abriéndose muy lentamente y nada podía verse todavía, pero el guerrero sentía alegría del negror, no se veía ningún fuego en la lejanía, en el campo de batalla, ya se habían dejado de incendiar casas y ya solo quedaba la oscuridad, oscuridad de paz después de tanto tiempo de guerra. Guerra que tan altos precios se había cobrado, ya nunca más podría volver a ver a su amor, igual que aquellas paredes en duelo jamás volverían a ver los colores que antaño las habían adornado y vestido.

Estiró un brazo y volvió a verla otra vez, pero no era ella, solo un recuerdo de tiempos más felices. Ella fue bailando hasta la silla y se sentó ligera sobre las piernas de él, como hacía siempre, con las piernas dejadas caer juntas y el vestido escampado sobre él. Un beso en la mejilla. Un beso en la frente. Un beso en los labios. Él siempre le preguntaba si le gustaba la cama que le había hecho, y ella siempre respondía que aún no había dormido una noche entera. Él acariciaba muy tiernamente las suaves mejillas de ella y le preguntaba por qué en un susurro pícaro. Ella se sonrojaba entera y acercaba sus labios a la oreja de él, y cuando estaba a punto de tocarlo le decía bajito que cuando él no estaba a su lado ella no podía dormir y añoraba su calidez, y cuando que cuando él estaba con ella era él quien no la dejaba dormir. Entonces sonreía y él le buscaba los labios con los suyos para besarla, y ella lo besaba a él con las mejillas encendidas.

La cogía en brazos y se levantaba de la silla llevándola a la cama, y la dejaba muy suavemente sobre las mantas y él se quedaba sobre ella. Se besaban y sonreían, y él le preguntaba susurrándole bajito si aquella noche quería que se metiesen bajo las mantas y pasaran toda la noche juntos y abrazados y durmiesen así hasta el alba. Ella se mordía el labio y le pasaba la mano por el pecho, despasándole poco a poco los botones de la camisa. No habían dormido ninguna noche entera en esa cama marchita. Ni nunca lo harían.

El cielo ya mostraba más estrellas, pero la luna seguía prisionera de las nubes. Desde la silla podía acariciar las mantas y revivir los recuerdos moribundos. La realidad se le emborronaba y los recuerdos eran más vívidos e intensos que nunca. Ya no podía mover nada más que una mano, lo demás lo dejaba estar. Parecía más un muerto que otra cosa, y cuando todo se volvió negro por fin, él regresó a sus recuerdos y vio cómo iba desatándole todos los lazos del vestido y cómo ella hacia que su camisa desapareciese. La besaba en los labios y luego en el cuello y bajaba poco a poco tironeándole suavemente del vestido, haciéndolo retroceder hasta quitárselo completamente. Quitarse las botas y sentir como caían pesadamente. Ella llevaba sus manos hasta el rostro de él y le hacía volver a subir y él la volvía a besar muy tierna y largamente, deleitándose, deteniendo el tiempo en ese instante para no poner fin al beso. Poco a poco él le desataba el corsé, dejándole tan solo las calzas blancas bordadas de flores rojas y hojas verdes y las delicadas prendas de puntilla fina. La besaba mientras acariciaba su piel, suave y tostada, con miles de tonos dibujándola y pintándola. Entre beso y beso ella suspiraba y enredaba sus manos en el cabello de él, estirándole para que no se apartase de ella. Bajaba besándole el cuello y más abajo, donde se entretenía jugando con sus besos y sus labios, travieso mientras ella se removía presa bajo él con los ojos cerrados y los labios entre abiertos.

Ella estiraba del cabello de él, girando para ponerse encima. Besándolo en los labios y liberando una mano para despojarlo también a él de sus ropas, de sus heridas, de sus pesares y tormentos. Sin dejar de besarla, él la acariciaba labios abajo con las yemas de los dedos, entreteniéndose en su vientre, donde su piel tostaba se tornaba más clara, pero no menos agradable, y dibujando las costuras de las pocas prendas que aún le quedaban sobre la piel, erizándole el vello de todo el cuerpo.

Giraban de nuevo removiéndose y apartando las mantas, quedando solo entre las sábanas blancas.

Su respiración, ahora tranquila, era cada vez más tenue, la luna era libre y su luz entraba por el agujero del techo, cayendo sobre él. Trató de abrir los ojos, pero ya no lo logró. Ya no le quedaban fuerzas para escapar de sus recuerdos. Tragó, y de nuevo sintió el sabor a hierro, pero esta vez le inundó por completo. Quería recordarla por última vez, y lo hizo. La vio, y a sí mismo también, abrazados, solo cubiertos por las sábanas blancas. Piel con piel. Respirando entrecortadamente, recuperando el aliento. La luz del sol naciente bañaba sus pieles. Las piernas yacían entrecruzadas, enredadas y relajadas, y los ojos entre abiertos, ambos sonrientes. No necesitaban palabras, porque aquello que iban a decirse el uno al otro ya lo sabían, así que solo cruzaban miradas y besos tiernos y juntaban las frentes y sonreían, y solo había sitio para su felicidad entre sus sábanas blancas.

Había luchado contra la muerte para poder llegar a su casa, pero, ya no podía más. La flecha que le había acertado en el pecho en la batalla era mortal de necesidad y él ya había aguantado más de lo que le correspondía. Los ojos se le cerraron por fin y los brazos le quedaron colgando. Poco a poco, el recuerdo iba apagándose y alejándose, pero, él había podido volver a verla a ella por última vez. Una sonrisa se dibujó en sus labios manchados de sangre, y ya jamás volvió a moverse. Quedó allí, en su habitación, custodiado por los grises y fríos muros de piedra.

Algunas lágrimas humedecían la tierra de un camino lejano. En la caravana de refugiados había una muchacha de cabellos rebeldes que se había detenido y miraba atrás con lágrimas en los ojos. Una mujer se le acercó y le tomó las manos.Le dijo que no llorase más por él. Que él se había quedado a luchar para que ella pudiese vivir, y vivir feliz, y eso merecía al menos una sonrisa. La muchacha apretó la muñeca de tela que llevaba entre las manos y se secó las lágrimas. Sonrió recordándole, a él y todas las noches que pasaron sin dormir, que terminaron abrazados, los dos juntos, entre sus sábanas blancas.

Fría Será la Noche

 Frías son las noches
que paso alejado de ti.
Frías son las noches
en las que solo me queda el recuerdo
de lo que fui.

Frías son las noches
que no te veo sonreír.
Frías son las noches
aunque calienten los fuegos malditos
mi sangre y mi cuerpo.

Frías son las noches
que no te escucho reír.
Frías son las noches
Que siento el peso del acero sobre mi
y veo el mundo a través de mi yelmo,
sosteniendo en mi mano la muerte
del hombre que yace ante mi.

Frías son las noches
que solo voy a dormir.
Frías son las noches
Que me faltas tumbada en la cama
abrazada a mi.

Frías son las noches
que ya no me hablas a mi.
Frías son las noches
que partimos armados a la cruel batalla
a matar o morir.

Fría será la noche
en la que podré partir.
Fría será la noche
En la que ya nunca pueda pensar en ti
y será por que muerto me halle
en la tierra batida del campo
feliz de haber muerto por ti.

De los Cazadores de Monstruos

Abrió la puerta de casa en medio de la noche cerrada. No había luz. No había nada. Llamó a su esposa. Dos días habían pasado desde la boda. Aun no estaba acostumbrado al anillo. El viento cambió y al entrar en la casa y volver a salir sacó con él el olor a pelo mojado por la lluvia, a flores recién cogidas y… sangre.

El Imperio había caído hacía ya algunos años, y sus territorios estaban sumidos en la oscuridad y la guerra, pero lo que le enseñaron jamás se le olvidaría. Subió corriendo las escaleras. Y allí, sobre la cama dónde habían hecho tangible su amor, yacía sin vida. En la ventana un enorme y monstruoso hombre lobo negro, con las zarpas aún manchadas de sangre, lo miró desafiante con esa mirada tan amarilla y penetrante. A la máxima velocidad de reacción que pudo obtener, el hombre le lanzó dos cuchillos de plata que se clavaron uno en el pecho y otro en el brazo del animal, que se los arrancó mientras dejaban una estela humeante. Aulló y se lanzó a través de la ventana.

Con lágrimas en los ojos, se arrodilló junto a su amada, y la abrazó. Le besó la frente y se despidió de ella. Buscó y se equipó con todas sus antiguas armas y artilugios, cogió su viejo y ajado sombrero y se cubrió el rostro con un pañuelo negro. 

Puso un ramo de violetas entre las manos de su mujer, y prendió fuego a su casa, y con ella a la nueva vida que había empezado en aquel lugar. Cazaría a aquel monstruo, a aquella sombra, y empezaría esa misma noche. El primer cazador de Monstruos había renacido.

Dos años más tarde, acorraló a la sombra en un pueblo del sur, y allí, siguiendo su rastro de muerte, le siguió la pista hasta averiguar quién era de día. Una mujer de pelo oscuro y ojos claros que había encontrado trabajo en la posada. No lo pensó dos veces, se aseguró de que era ella, y, a plena luz del día entró en la posada y le arrancó el corazón con un cuchillo de plata. El arma cauterizó la piel, probando que era una bestia. Cumplida su venganza montó a caballo, y se marchó al galope de allí, perseguido por los guardias y marcado de por vida como un asesino, aunque en realidad él era un ángel guardián.


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Hermana

Hace ya unos años, un dulce lucero nació,

Para dar alegría al corazón

De una humilde familia

Llena de amor.

Hace ya unos años, empezó a soñar

Lo lejos que quería llegar.

Ella era especial.

Era y es, inteligente.

Era y es, atractiva.

Era y es, una gran persona.

Lucero de ojos azules,

Que deslumbras hasta la mar,

Ella es mi hermana,

Dulce y cercana.

No dejes que nos rindamos,

No dejes que nos hundamos.


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Entre Riscos Afilados

Un manto de nubes blancas y grisáceas cubría el cielo, y sólo.una montaña solitaria en el fondo del valle se atrevía a subir junto a sus hermanas, que delimitaban la vasta extensión. Roca árida, desnuda, mortalmente afilada. Nada verde, nada vivo.

Entre crujidos de rocas bajo sus botas, el enamorado siguió adelante. Sabía que había cinco pruebas antes de su objetivo: una de fuerza, de voluntad, de astucia, de fe y de confianza. Ya había pasado tres. Había derrotado a un león, cruzado un lago de aceite y resuelto el acertijo de un dragón. Sólo dos pruebas le estaban.

Un hombre se le acercó y dijo que él era Fe, y que más adelante le contarían algo que no debía contar a nadie. Así como lo dijo ocurrió. Más adelante, una mujer muy bella, muy parecida a su amada le susurró algo al oído, y después el enamorado llegó a un pueblo dónde cada aldeano le preguntaba por lo que la mujer le había dicho, y cada uno le ofrecía mayor recompensa que el anterior. Al salir del pueblo, Fe volvió a hablarle, y le dijo guardara su agua, que por mucha sed que tuviese, no bebiera ni bebiese.

El enamorado siguió su camino, durante dos días no probó agua, pero logró llegar a un jardín dónde una mujer sacudía una regadera vacía  sobre una pequeña flor. Ella también le preguntó por lo que le dijo la mujer del camino. Él se acercó y le susurró al oído.

—Confío en ti, me dijo que mi amada era la mujer más bella de todos los reinos.

Ella le pidió su agua y él se la entregó justo antes de desfallecer de sed.

Un chorro fresco y húmedo le regó la cara, y él bebió  hasta saciarse. La flor que la mujer trataba de regar, era la semilla de una llorona, que al crecer inició el curso de un río que le fue devolviendo la vida y el verde al valle.

—Tú corazón ya no volverá a ser de piedra, porque yo lo cuidaré


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La colina encantada

Miré a aquella preciosa guerrera en el prado. Sus movimientos, su elegancia, su belleza, su destreza con la espada y el arco y su velocidad al atacar a unos cuantos monigotes hechos de paja. Parecía ser una chica muy joven, pero se movía como una experimentada luchadora. Ensimismado en mis pensamientos entre los árboles del camino, la perdí de vista. Ya no estaba. Atónito, me levanté despacio de la piedra lisa donde había parado a descansar y miré a todos lados menos a mi espalda, desde donde me estaba apuntando con una espada.

—¿Quién eres y porqué me espiabas? —dijo una voz dulce pero amenazante mientras sentía el frío acero apoyado en mi nuca.

Intenté darme la vuelta sin provocar una desgracia, pero, ella, al ver que yo tardaba un poco en responder, empujó su espada empujándome a mi hacia delante.

—¡¿Te ha comido la lengua el gato?! ¿¡Porque me observabas!?

 Di un paso para evitar la herida y en el espacio ganado logré darme la vuelta. La miré a los ojos con temor, me observaba de arriba abajo con desconfianza y tras aquel silencio que yo no era capaz de romper, acercó la espada a mi barbilla para que me diera prisa en responder a su pregunta. Notaba como el filo se hundía un poco en mi cuello y el mismo miedo que había mantenido mi boca cerrada ahora perecía darle cuera a mi lengua.

—M… me llamo R… Rhidus— ya sentía un hilo de sangre recorriendo mí piel. — S… soy el hijo del p… panadero.

— ¿Y cuáles eras tus intenciones observándome furtivamente Rhidus, hijo del panadero? —se burló—. Eres demasiado joven para estar tan lejos del pueblo ¿no? ¿Quién te ha enseñado eso de observar a las mujeres tras los matorrales?

Miré sus ojos marrones, su rostro, sus labios y las curvas de su cuerpo… Juraría que yo era mayor que ella, pero es cierto eso de que las mujeres maduran antes que los hombres.

—Suelo venir por esta zona a pasear, lejos de la gente y no he podido evitar mirar como blandes la espada con esa soltura letal —Al menos pude decirlo sin tartamudear.

—Largo anda, fuera de mi vista. —dijo mientras enfundaba la espada.

Por fin pude respirar hondo y dejar de temer por mi vida. La miré y seguí el camino de vuelta al pueblo. Tras dar apenas unos pasos, mi cuerpo ya echaba de menos la adrenalina de estar bajo la amenaza de su espada.

— ¿Y tú? —dije sin pensar ni darme la vuelta. 

— ¿Perdona? —sentí su mirada en mi nuca, más afilada si cabe que su acero.

—¿Cómo te llamas? —me giré y vi cómo se había quedado perpleja tras preguntarle aquello.

Ella iba vestida completamente de cuero, ajustado por correas y ceñido a su cuerpo, solo podía ver sus brazos desnudos y las partes que las cintas que unían las piezas dejaban ver. Hasta sus rodillas llegaban unas botas altas de cuero negras. Sus muñecas estaban cubiertas también con brazales de ese mismo material. Llevaba a la espalda un carcaj y un arco tallado, y en la cintura la espada.

—Me gustaría saber…

—Avanna.

—Un nombre precioso… —no pretendía que sonara más allá de las propias palabras, pero esta chica cada vez me fascinaba más.

El tiempo que pasó desde aquel momento podía contarse en meses y años. Cada día la veía en aquel prado o recorriendo las calles del mercado. Cada pocas semanas nos encontrábamos en aquel prado en el que me sorprendió mirándola por primera vez. Ella se mostraba esquiva al principio, pero aún así alegre de encontrarse conmigo, y cada día iba más confianza.

Me enseñaba a manejar la espada y el arco, hasta que alcancé una maestría que nunca habría logrado solo ni aun dejando mi trabajo en la panadería. A cambió, yo le enseñé a hacer pan, primero en la panadería de mi padre, pero luego su habilidad le valió conseguir un trabajo en la taberna del pueblo, donde además del pan empezó a servir a los clientes. Cuando la taberna cerraba nos quedábamos solos bebiendo y jugando como niños, eran los mejores momentos.

Sin embargo, todos quedaron eclipsados por aquel día, un día que empezó como otro cualquiera, con un encuentro casual entre los puestos del mercado.

—Hola, guerrera… —dije con una sonrisa pícara, que ya a parecía en mi rostro por costumbre.

—Hola, panadero… — me respondió sonriendo.

Su sonrisa era hermosa, perlada de blanco y nácar, enmarcada por unos labios rojos como el clavel. Aquel día llevaba el cabello suelo, del color de la tierra húmeda, solo adornado por dos trenzas que le formaban una corona

—¿Cómo vos por aquí?

—Venía a recoger un bonito ramo de lirios para mi madre, pero me encontré con algo más hermoso que cualquiera de las flores que pueda encontrar.

Noté como se sonrojaba a pesar de su piel tostada, bronceada de las largas mañanas en el campo entrenando bajo la luz del sol.

—Esta noche lloverán estrellas, según han anunciado los sabios. Nunca he visto nada así, debe ser impresionante ver cómo las estrellas caen del cielo…—comentó anhelante dejando escapar un suspiro.

Con aquellas palabras sentí la necesidad de llevarla y enseñárselo, hacerla feliz y poder ver aquella sonrisa que tenía.

—Guerrera mía —dije cogiéndole la mano—, hoy tendréis todo aquello que deseéis, os llevaré a ver las estrellas. 

Emocionada saltó a mis brazos y mientras la rodeaba con mis brazos y ella a mí con los suyos, pude apreciar el suave aroma que desprendía.

—¡Gracias, gracias, gracias!

Corrió hacia las afueras de la ciudad con mi mano agarrada, casi llevándome colgado, pues aún me costaba seguirle el ritmo, y fuimos a su casa. Allí tomamos una gran cesta, echamos unos trozos de pan y unas pocas sobras de carne, suficientes para pasar el día fuera. 

Se notaba el nerviosismo en todas sus acciones, y en su forma de hablar, no podía estarse quieta, y aún en el camino andaba y saltaba a mí alrededor especulando sobre cómo se vería el cielo con las estrellas cayendo, o si podríamos atrapar alguna en su caída.

—Avanna, tranquila. Aún no se ha puesto el sol, y a mi parecer creo que le queda aún toda la tarde —le dije sonriendo ampliamente.  

Aunque me llevó más de la mitad del camino lograr que se calmase, ese manojo de nervios desapareció dejando paso a su sonrisa, sus hombros dejaron de estar tensos y empezó a hablar lo bastante despacio como para sus palabras pudieran ser entendidas.

—Uf, vale —suspiró quitándome de las manos la cesta—. Vamos.

Nos encaminamos hacia la Colina Encantada, llamada así por su espectacular vista de la luna cuando estaba llena y de la totalidad del cielo estrellado. Sentados encima de la manta que yo mismo extendí, comimos un poco y hablamos mientras el tiempo corría a nuestro alrededor. Ninguno de los dos teníamos claro nada del futuro. No sabría decir si era una persona ambiciosa, pero Avanna solo soñaba con irse de aquí lo antes posible, vivir aventuras y luchar contra todo aquel que se interpusiera en su camino. 

El sol caía lentamente mientras me perdía en la mirada de Avanna, esos ojos cada vez más oscurecidos, más misteriosos, más deseables. Retire la cesta de en medio y me acerque a ella, nos tumbamos uno al lado del otro y callamos. Escuchábamos a la naturaleza hablar. Cuando volví a abrir los ojos ya estaba totalmente oscuro, y solo brillaban unos pequeños luceros en el cielo. Saqué a Avanna de su pequeño sueño y emocionada, miro el cielo. Intentaba ver en aquella penumbra los movimientos que hacía, pero solo estaba ahí, quita, observando toda la belleza que le transmitía ese mundo sin fin de estrellas. Comenzó a soplar un viento fresco procedente del oeste y se acercó y me acerqué más para sentir su calor y ella el mío.

—Gracias, Rhidus. Nadie hizo nada así por mí, estaré eternamente agradecida.

No lo vi, pero sentí su sonrisa en su delicado rostro. No pude aguantar más y suavemente posé mi mano sobre su hombro, subiendo despacio por el cuello, acerqué mis labios a los suyos y antes de besarla le susurré: Te quiero.

Por Blanca Ibáñez y Jaume Peñarroja.


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Quisiera encoger

Quiero sentirme pequeñita 

para caber en tus manos,

Para así sentirme segura

aunque sea para un rato.

Solo quiero decir,

que también quiero estar en tus labios

aunque con un simple soplo

me vaya volando.


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Canción de la dama de Veraux

Crece y crece sin ataduras
en las colinas de Bosque Verde
la prueba que pido yo.

Hojas doradas, mortal veneno
entre dientes afilados
en el corazón del bosque.

Ten cuidado caballero,
si lo que quieres es mi amor,
has de arriesgar tu vida.

Me has de traer una flor
si quieres volver a mi,
que demuestre tu verdad.

Te aguardaré en la torre
hasta que la traigas aquí
Amándote para siempre.

Ten cuidado caballero,
si lo que quieres es mi amor,
has de arriesgar tu vida.

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El trágico viaje de John Price

En las lejanas tierras del Sur, al oeste del Desierto de los Muertos, se alzaba en las eras antiguas un castillo que protegía y gobernaba el condado de Nunon. En ese castillo, un vampiro ostentaba el trono, y, como la mayoría de los vampiros, era un sanguinario que se alimentaba de su propio pueblo.

Con la escusa de un peligroso dragón, exigía que dos jóvenes, un chico y una chica, fuesen abandonados en el bosque cada mes. Así eran las cosas hasta que los elegidos fueron John Price, un chico alto y fuerte de cabellos castaños; y a Cloe Anele, una muchacha de su misma edad. Ella era una ingenua y consideraba honorable morir por mantener a su pueblo, pero él sabía que lo que les esperaba en el bosque no era un enorme dragón, sino algo mucho más terrible.

Y antes de que los llevaran a su muerte, él talló una estaca de madera y la escondió en el interior de de su zurrón. En el bosque, el Vampiro y su señora, la Vampiresa, los esperaban, y él se abalanzó sobre Cloe y la desangró en cuestión de segundos, pero cuando la mujer iba a realizar un movimiento similar al de su pareja, John se adelantó y hundió su estaca en medio del pecho, y como castigo, la mujer, justo antes de morir lo convirtió en vampiro. John abandonó el pueblo después de coger fuerzas bebiéndose a dos vecinos. Pensó que sería libre ahora que ni siquiera la muerte lo ataba, pero pronto la culpa se apoderó de él y se prometió que jamás mataría por placer. Promesa que cumplió siempre… hasta que llegó a un pueblo vecino dos noches después, donde diezmó a la población, pero sus sentimientos seguían atormentándolo, y pueblo a pueblo, fue volviéndose más y más loco, hasta que en una aldea Iber, mató a la mujer de un cazador de monstruos, que empezó a perseguirlo y  a destrozarle la vida aun más que sus sentimientos, llevándolo hasta un lugar conocido como el toro donde convenció a sus habitantes de que tomaran una de las pocas cosas dañinas para los vampiros, impidiendo así que el loco y desesperado John no pudiese alimentarse, hasta que, acosado por el hambre mordió a una chica y se envenenó a sí mismo, quedando indefenso, y fue entonces cuando el cazador llevó a cabo su venganza. 

No mató a John, lo condenó a algo peor. Lo encerró en un ataúd de acero para toda la eternidad, sin posibilidad de probar la sangre, para que se consumiese poco a poco destrozándose por dentro y jamás pudiese volver a matar. Ese fue el final del viaje de John Price, un viaje de solo doscientos kilómetros que lo volvió loco y acabó con él. Pobre John Price, y, pobre de aquel que encuentre su ataúd y lo abra, pues seguro que después de tanto tiempo, está hambriento, muy hambriento.


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