Lágrima de sirena

Collar de un material similar a la plata o al acero con centro azul, la lágrima de Sirena como muches le llaman, tiene detrás una triste historia o más que triste, un tanto perturbadora.

Un bardo se había obsesionado con conseguir ser el que mejor cantaba de todes, así que, tras escuchar las leyendas sobre las dulces voces de las sirenas, acudió a un mago para pedirle si podía modificar sus cuerdas vocales y sonar como ellas. El mago le confesó que al no saber cómo sonaban las sirenas, no podía hacer nada, así que el bardo zarpó en busca de una para llevársela.

Tras muchos meses en el mar y bajo la niebla densa de una noche, oyó sus cánticos y se acercó con su barco. Eran hermosas, casi indescriptibles para él y surgió la duda ¿Cómo convencería a una de irse con él? Decidió cantar para ellas y tras dos noches, la más joven e inocente se le acercó llamada por su voz e historias sobre la vida en el Imperio.

Con labia y palabras bonitas, la convenció de que se fuera con él para que viera esa vida que le relataba. Mandó una paloma mensajera al mago y fue con ella hasta la costa donde quedaron para verse. Una vez allí y tras presentárselo, el mago comenzó a vincular las cuerdas vocales de la sirena con las del bardo. Cuando la sirena se dio cuenta de lo que pretendían rompió el vínculo y huyó, perdiendo ambos la voz en el proceso. Ambas voces quedaron atrapadas en una gota de mar que quedó cristalizada.

Dicen que la joya permite al mudo hablar o al hablante seducir con su canto.

REDACTADO POR: IRIS CONST.


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El telar

Llevaba mucho tiempo usando ese telar, había estado en esa casa desde que tenía memoria y, según le contó su madre, fue uno de los regalos de boda que tuvo cuando se casó. Era un telar antiguo, cuya madera tenía unas extraños tallos que parecía que lo iban envolviendo como enredaderas y que terminaban en unas flores que, de tan reales que eran, hasta transmitían cierta fragancia dulzona. Una vez, usándolo, le pareció que una voz sensual le hablaba, diciéndole que se dejara llevar, que le podría ofrecer todo aquello que deseaba. Lo dejó abandonado en algún punto del sótano, cubierto con una sábana blanca, aunque siempre que bajaba esta parecía que se moviera con una brisa invisible. Un día, llegó la guerra y el señor requirió que todos los hombres que pudieran luchar se unieran al ejército, bajo pena de muerte. No les quedó otra y con lágrimas en los ojos los vio partir, una fría mañana de invierno.

Empezó a tener sueños donde morían de la forma más horrible, y en ellos siempre escuchaba esa voz seductora que había escuchado años atrás en el telar. — Yo podría salvarlos, solo tienes que desearlo y crearlo entre las dos, este destino aún no está fijado.

Siempre como respuesta murmuraba una leve oración a Ela, sabía que el destino no podía cambiarse y que tenía que conformarse con el plan que tenía Ela para sus seres queridos. Fueron pasando los días, y cada vez los sueños eran más horribles, lo que al principio era una muerte rápida en batalla se convirtió en horas primero y después días de sufrimiento y agonías extremos. — Eso seguro que no es lo que Ela querría, tengo que cambiar ese destino – pensó una de esas noches de insomnio. Rápidamente bajó al telar y casi le pareció que, al tocarle, algo la abrazaba. Empezó a tejer de forma salvaje, y las imágenes casi salían solas. En ellas solo salía su marido y su hijo que alzaban una bandera en un campo lleno de cuerpos. Parecía una bonita escena, pero al mirarlo con más detenimiento, había un brillo cruel en sus ojos que antes no existía y entre los cuerpos se veía que los enemigos se habían encarnizado demasiado, la sangre cubría de color las flores antaño blancas y le daban a la escena un cierto toque macabro. Pero ella solo veía que sus seres queridos volverían a casa, junto a ella, y eso era lo único que le importaba. Siguió contemplando el telar horas, para ella no parecía pasar el tiempo. Solo veía la belleza de esas flores ahora manchadas con un tono carmesí que cubrían la tierra cuál tapiz, y esos dos hombres con una sonrisa triunfal ….Primero escuchó unas notas de una trompeta, indicando que alguien conocido llegaba al pueblo, pero esas notas se apagaron súbitamente y al cabo de unos minutos, únicamente retumbaban en sus oídos gritos de auxilio. Con ese sonido y una extraña melodía que parecía completar los silencios, sus ojos empezaron a tomar un brillo salvaje — Ahora vengo mi amor a bailar contigo – susurró, y fue a la cocina a coger todo lo necesario para poder cumplir la voluntad de esa susurrante voz.

Un mercader pasó por ese pueblo al cabo de unos días y tuvo que respirar hondo para poder soportar toda la crudeza de la escena

– No han tenido piedad, quién sea que haya realizado esta masacre estará condenado al fuego eterno – musitó y empezó a musitar una leve plegaria a Ela, estaría en todas partes pero, ¿dónde estaba cuando se cometía semejante carnicería? Por un instante pensó en enterrar a todos los muertos, pero eso hubiese sido una empresa titánica para una sola persona, y más siendo él un simple comerciante. 

– El fuego seguro que purifica el pueblo y llevará a estas pobres almas al regazo de Ela – empezó a prepararlo todo para incendiarlo, tirando la brea necesaria en los edificios y usando algún poco de leña del bosque cercano. Cuando lo tenía todo preparado, prendió fuego a la mecha y estaba a punto de lanzarla cuando de repente algo le hizo parar la mano. — ¿Qué hace ese hermoso telar en medio de esta carnicería? – se preguntó casi extrañado de ver alguna belleza en medio de ese campo de batalla. — Sería una lástima que se quemara junto a estos cuerpos.

Al cabo de unas horas, ese mercader empezó a silbar una melodía de camino a su hogar, era algo pegadiza y tenía cierto toque sinuoso, que invitaba a una caricia y que prometía cumplir esos oscuros deseos que poblaban su alma, y en esas cavilaciones no pudo escuchar esa risa cantarina que provenía del fondo de su carro….

Este objeto está poseído por una entidad que sólo busca crear el sufrimiento y el caos allí donde pasa. Va recorriendo Ériandos, pasando de mano en mano y dejando sólo escenas de destrucción allí donde pasa.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE:

GEMMA SÁNCHEZ

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El puñal de Lujuria

La joven prostituta salió del despacho de Madame Lenox dando un portazo y esta soltó un golpe en la mesa, presa de la rabia y la frustración.

Era la tercera chica que abandonaba el burdel en una semana. Preferían trabajar en la calle, bajo el frío y la nieve antes que hacerlo a cubierto pero sin apenas clientes y teniendo que pagar la comisión que se llevaba el burdel.

Pero no siempre había sido así. Hacía apenas dos años el Delantal Rojo había sido el prostíbulo más famoso de todo el continente gracias a las artes del «Pétalo dorado». Ella era una talentosa hechicera, formada en la torre de magia y primera de su promoción, que había decidido orientar su poder a la búsqueda del placer.

Con sus hechizos y pociones conseguía sobrepasar todos los límites conocidos. Encantaba las camas, alteraba los sentidos, drogaba a los clientes, tatuaba extrañas runas en las mujeres y conseguía elevar el placer de la carne hasta rozar el límite con la locura.

En el burdel trabajaban más de una docena de mujeres y hombres de todas las especies, día y noche, y la gente viajaba a la ciudad sólo para poder experimentar esos placeres casi divinos. La nobleza entregaba encantada su dinero a cambio de que la hechicera organizase todo tipo de encuentros, desde privados a grandes orgías impulsadas con su magia.

Lenox era la hermana mayor de la hechicera. Aunque también era una mujer joven y hermosa no alcanzaba a la belleza casi sobrenatural de su hermana y prefería dedicarse a gestionar del dinero, las reuniones con los clientes, a manejar las agendas,… ella era quien mantenía todo el ecosistema del burdel funcionando como una máquina en constante crecimiento.

Habían organizado un viaje hacia el sur, para llevar su fama aún más lejos, cuando sucedió el desastre. En pleno éxtasis un cliente había asfixiado a la prestigiosa hechicera hasta matarla, uno lo suficientemente poderoso como para librarse de un juicio justo con una abultada bolsa de oro.

Sin la magia la vida del burdel se fué apagando poco a poco hasta llevar a Lenox a la ruina. Su hermana nunca había compartido sus misterios por miedo a la competencia, se había hecho insustituible y una vez se acabó el oro del asesino ya apenas podían pagar las facturas. Si no hacía algo pronto tendría que cerrar.

La madame se recostó en su sillón y recordó el cuento de un bardo sobre los 7 pecados. En él que se decía que Lujuria era de los más poderosos… y cerrando los ojos la invocó en silencio.

«He dedicado toda mi vida a servirte, a difundir tu gracia sobre los hombres, a estudiarla y hacer de ella un arte. Te ruego que me ayudes a seguir haciéndolo. Nadie te ha adorado tanto como lo hizo mi hermana, si realmente existes… Por favor, ayúdame»

Las ventanas que había tras ella se abrieron de golpe y una fuerte corriente de aire cargado de nieve entro en el despacho, apagando las velas.

Lenox se levantó y cerró la ventana algo asustada cuando de pronto una voz aterciopelada le hablo desde su espalda.

– Mi querida Lenox… Yo también lloro la muerte de tu hermana.

Al girarse vio allí a un hombre joven, su cabello rubio le caía sobre los hombros desnudos y sus ojos verdes brillaban con el reflejo de la luz de la luna. Vestía sólo unos pantalones de cuero negros, sin camisa y con los pies descalzos. Sonreía a la mujer con una mirada cargada de cariño y comprensión.

– Este ha sido mi templo durante mucho tiempo… y deseo que sigas llevando mi don a los fríos corazones del Norte. Pero… Necesitaré algo a cambio.

La mujer se había quedado como hipnotizada mientras la figura se acercaba hasta ella y levantaba su mano para acariciar su mejilla.

– En la noche del cometa una de tus mujeres yacerá con siete hombres y engendrará a una niña. Necesito que la cuides y la instruyas en el camino del placer y que cuando se convierta en mujer… Le entregues este puñal.

El hombre se había acercado a ella hasta casi pegar su cuerpo con el suyo y bajado su voz a un provocador susurro. Al levantar su mano sostenía una daga con la hoja del color de la sangre y una empuñadura plateada. Lenox la cogió y asintió, aún sin poder creerse lo que estaba sucediendo.

– Así lo haré… Mi señor.

Sin poder resistir más, se lanzó a besar al que para ella era el ser más perfecto que podía imaginar y él la hizo suya sobre la mesa del despacho, dándole un placer tan extremo que al despertar a la mañana siguiente no recordaba bien en qué momento había perdido la consciencia.

Pero la daga carmesí seguía ahí.

Cuando se acercó la noche indicada Lenox cambió los anticonceptivos de las chicas. En la noche del cometa se organizaba una gran cacería nocturna. Los cazadores exponían en la plaza sus trofeos y disfrutaban de la carne en un gran banquete que duraba toda la noche.

El alcohol y el buen ánimo llenaron el burdel y la que sería la madre de Alea yació con siete hombres diferentes a lo largo de la noche.

A la mañana siguiente sólo quedaba un borracho en la barra del salón y Lenox le reprendía por todo el dinero que le debía.

El hombre explicó que lo había perdido todo en un incendio en la calle principal hacía apenas dos noches y que ya no le quedaba nada. Presa del alcohol ofreció a la madame las escrituras de su local a cambio de un mes de los servicios de sus chicas y el saldo de sus deudas.

Lenox aceptó el trato y cuando fue a conocer su nueva propiedad descubrió que el lugar no sólo estaba en la calle principal, si no que justo por ese punto de la ciudad pasaban los estudiantes de la universidad, los magos de la torre y todos los que se dirigieran a la parte subterránea, además de estar visible desde la taberna principal.

Vendió el antiguo local y nada más inaugurar el nuevo el negocio no hizo más que crecer y crecer mientras ayudaba a criar a la niña en el propio burdel. Alea, apellidada como Burdelis por la ausencia de padre, crecía como una chica totalmente normal, atraída por los animales y la música. El mismo día en el que le llegó el primer periodo Lenox le entregó la daga, diciendo que era un obsequio.

La quería como a una hija. La muchacha de cabello y ojos claros parecía llevar la seducción en la sangre y en parte le recordaba a su hermana, con una sensualidad innata que no dejaba a nadie indiferente y atraía todas las miradas. Con apenas 14 años habían ofrecido grandes sumas por su virginidad y era consciente del peligro que suponía llamar tanto la atención, la protegía todo lo que podía. Únicamente la permitía salir acompañada por conocidos y nunca demasiado lejos de la ciudad.

Durante los años siguientes a entregarle la daga tuvo miedo de no saber cuáles eran los planes de Lujuria para ella, pero no parecía ocurrir nada fuera de lo normal… Hasta que un día, cuando Alea tenía ya 16 años, un caballero cayó al interior del burdel, sin pulso y con una flecha clavada en su espalda.

Y entonces todo cambió.


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