Entre las ramas

Entre las ramas a todos observaba, de una a otra siempre saltaba, siguiendo a quien le parecía importante, siempre detrás de la gente. Era muy curioso. Siempre quería saber todo lo que pasaba. Por eso, cada día subía más alto y más alto, haciendo caso omiso de las advertencias de los suyos.

Un día subió tanto, que consiguió ver el cielo y la luz del sol le cegó y tuvo que cubrirse con el brazo para protegerse. Sus ojos, tan hechos a la umbría del bosque, tardaron un poco en acostumbrarse a aquella intensidad cegadora, pero lo hicieron, y allí vio cuan grande era el bosque, y hasta dónde se extendía. Vio un río, y lo siguió con la mirada hasta hallar una magnífica cascada que al estrellarse contra las rocas provocaba que la luz se viese de muchos colores distintos. También vio un valle, lleno de grandes animales pastando plácidamente, y luego miró miro al cielo, y vio como un águila se lanzaba hacía él, como lo encerraba entre sus poderosas garras. Admiró la belleza del gran animal, y sintió lo que era volar, una sensación que nunca antes había sentido, pero entonces el águila llegó a su nido y él sintió miedo, miró al águila a los ojos y ya no sintió nada más, pero antes, lo había sentido todo, incluso lo que era volar, y mientras miraba a la muerte, majestuosa, a la cara, pensó que había merecido la pena.


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Caballeros… de Cariusos

Cuentos de siempre dónde el protagonista vence al malo y se queda con la chica, libros dónde siempre que alguien muere para darle vida a la trama es el amigo del protagonista, historias de buenos buenos y malos malos… es hora de cambiar. Hubo una vez tras la fuga de Shelter, cinco soldados mandados por Ortrox, guiaron a todos los liberados a Cariusos, una tierra dejada de la manos de los dioses, una tierra que podrían poblar y donde vivir sin el yugo de estos.

Muchos años pasaron, y al ser criaturas creadas para trabajar, pronto empezaron a adaptarse a su nueva tierra, y sus cuerpos empezaron a crecer, y sus manos se volvieron garras. Los lobos grises de Shelter, monstruosas bestias enormes, conocidas como huargos, empezaron a reconocerse y aliarse con los esclavos liberados, y estos cogieron de los lobos sus facciones y su fuerza, y también su longevidad. Años pasaron y los cinco soldados se unieron para formar una orden que serviría para proteger a su pueblo de los dioses, los Caballeros de Cariusos.

Montados en las temibles bestias patrullaban las vastas tierras en busca de territorios y refugio. Empezaron a especializarse en el arte de las armas de guerra, y sus maestros herreros hicieron poderosas armaduras y afiladas espadas. Grandes escudos adornaban las entradas de las casas de estos seres, que vivían en una gran comunidad. Un día, los dioses decidieron castigarlos y mandaron dos enfermedades a Cariusos. Una hizo que perdiesen la consciencia, y la otra que se devorasen como animales entre ellos. Ortrox y sus cinco Caballeros de Cariusos sobrevivieron, y protegieron a los enfermos que quedaban con vida incluso de ellos mismos, hasta que lograron hallar la cura para enfermedad. Diezmados, decidieron acabar con los dioses. Volverían a su tierra y echarían de allí a los opresores que se hacían llamar dioses. Se armaron y reagruparon, y para compensar sus bajas, crearon algo nuevo. Hijos de ninfas de los bosques y suyos, medio hombre medio lobos, que se transformaban a voluntad en bestias, tan longevos como sus padres, pero no capaces de actuar de manera racional cuando sacaban a las bestias. Desde aquel día, los esclavos se autodenominaron Licos, lobos, y sus hijos fueron llamados hombres lobo. Montados en los Lobos Grises y acompañados de sus hijos, los licos partieron a la batalla, e iniciaron las Guerras Cálidas, por la libertad de su pueblo.


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Fuegos Fatuos

Me encontraba mirando la luna, tan llena, tan bonita, me recordaba a esos ojos plata que se me aparecían en sueños, los mismos que me miraban con una ternura que jamás había visto. Ternura y amor, algo que no sabia si iba a poder conseguir algún día…

Apenas había cumplido los catorce años y ya tenia muchas preguntas sobre el amor y sobre si algún día podría llegar a conocer a la persona responsable de que se quedara mirando a la luna durante horas y horas.

Un día, estaba jugando al escondite con otras niñas de la aldea junto al Gran Lago helado y vi aparecer unas luces. No sabía muy bien de dónde venían ni como habían aparecido ahí, pero flotaban y eran preciosas, me hipnotizaban… Creí haber leído sobre los fuegos fatuos una vez, pero no me los imaginaba así. Me acerqué con cautela e intenté tocarlo, pero nada más acercarme, desapareció. Y volvía aparecer unos pasos más adelante, y otro, y otro.  Un sendero iluminado por la escasa luz de los fuegos se abría paso enfrente de mí.

Ya no recordaba que había venido con más gente, me podía la curiosidad.

Asombrada, seguí hacia los fuegos con cautela, acerqué la mano para tocar aquella especie de luz, pero desapareció. No dí crédito hasta que vi poco más allá otra luz, y otra y otra, creando un sendero.

Seguí los fuegos hasta que llegó exhausta a la cima de la montaña y ya agotada decidí sentarme encima de una roca cercana. Noté como la humedad se introducía por mis huesos. Miré a mi alrededor. Estaba perdida en una montaña que no conocía, ya estaba anocheciendo y no sabia que hacer.

– ¡Maldita sea! – Maldije a las luces y a mi misma por haberme dejado cautivar por semejante belleza.

Me levanté del suelo, me subí al punto más alto de la montaña e intenté afinar la visa para ver si veía el humo de las hogueras de la aldea. Necesitaba salir de allí, no quería morir congelada.

Al no ver ningún atisbo de luz, decidí volver por donde había venido, o eso creía. Anduve y anduve hasta caer redonda en el suelo. Horas más tarde solo sentía el frio del suelo y como se formaba escarcha encima de mí. Apenas podía moverme. Sentí de pronto que unos brazos fuertes la recogían y la llevaban con cautela, apenas podía abrir los ojos. Lo único que alcanzó a ver fue la luna, una figura borrosa. Notaba el calor de esos brazos que la mecían con cariño. No tenia fuerzas para luchar, asique me deje llevar.

Escuche el quejido de una puerta abriéndose. Poco después noté un tacto cálido y suave a mi alrededor. Estaba en una cama, tapada y al lado del fuego. Fue entonces que pude abrir los ojos lentamente para acostumbrarme a la repentina luz.

Miré a mi alrededor, y vi una casa de apenas una estancia iluminada por la luz de la chimenea, y a un chico sentado frente a ella en el final de la cama frotando las manos intentando calentarlas.

Me erguí un poco y giro el rostro hacia mí, hacia mis ojos. Me perdí. Me perdí en su mirada plata, perfecta, con la que había estado soñando desde hacía… Ni lo recordaba. Su mirada resplandecía con fuerza. El me miraba y yo no podía apartar la vista, pasaron minutos e incluso diría que alguna hora, porque parecía que todo se había parado en el tiempo. Sin apenas mover la mirada, me recorría el rostro buscando alguna respuesta a sus preguntas. Mis labios rosados contrastaban con mi tez morena que ahora acariciaba. Mi pelo castaño se deslizaba por mi rostro y él no tardó en apartarlo.

Dentro de aquella humilde cama y en una casa que no era la mía, me sentía muy cómoda. Decidí disfrutar de ese momento único y extraño en el que la vida me había ofrecido conocer a los ojos de sus sueños. Quería conocer que es lo que había detrás de todo lo que veía.

Recorrí la mirada por sus fuertes brazos, su pelo negro y un rostro aparentemente manchado. No tendría más de 18 años. En aquella situación simplemente sobraban las palabras. Simplemente dos almas se habían encontrado. Dos almas que soñaban juntas desde que tenían uso de razón.

-Al fin te encontré- No se ni como salieron aquellas palabras de mi boca.

-Al fin… Al fin te encontré mi amor… al final encontré al corazón que late al mismo ritmo que el mío. 


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