La historia de mi muerte

Sus palabras resonaban en sus oídos: «no habrá más dolor, ni sufrimiento. Acepta mi propuesta, ya sabes cuál es la alternativa.» Ciri estaba totalmente inmóvil, no le hacía falta girarse para ver que detrás suyo esas criaturas babeantes no iban a darle una muerte digna y que esos mismos jugarían con ella durante meses. Podía aceptar una muerte en la batalla, con honor, pues sabía qué podía esperar de sus contrincantes allí.

-Decídete, mi oferta no durará para siempre. 

Esa frase la sacó de su ensimismamiento y la devolvió a la realidad, ella nunca podría renunciar a Ela para salvar su vida. Empezó a rezar, desarmada era la última acción desesperada que tenía y realmente no tenía nada que perder 

-Ela, escucha a esta humilde sierva y protégela de todo mal…

Lo que sucedió después hizo que se le helara la sangre, esa hermosa mujer que se encontraba delante suyo se puso a reír a carcajadas. 

– Ilusa, si crees que te hará algún caso, hace tiempo que no os escucha. ¿No os habíais dado cuenta? Ya he perdido suficiente el tiempo contigo – Hizo un pequeño gesto con la mano y uno de esos seres me cogió del brazo – Quitádmela de mi vista, podéis hacer con ella lo que queráis.

Cabizbaja los siguió, aguantó toda clase de obscenidades sólo para conseguir una cosa, hacer creer a esos seres que estaba vencida. En un momento, esos seres habían perdido la poca disciplina que podían tener y sólo hablaban de las humillaciones a la que la someterían. Fue fácil desarmar a uno de ellos, y por un instante se planteó la posibilidad de huir, pero no podía dejar sola a su compañera, no habría sido honorable. Así que se giró y corriendo fue a clavarle su espada en el pecho de la mujer. Horrorizada, sólo pudo contemplar como esa mujer la miraba con sus gélidos ojos. Intentó avisar a su compañera que huyera, pero sintió dos puñaladas cerca del cuello que hicieron que su vida se le escapase lentamente. Mientras caía, sólo pudo ver como una ligera sonrisa iluminaba el rostro de la mujer, sin prestar el más mínimo interés en esa espada que le sobresalía del pecho…

REDACTADO POR: GEMMA SÁNCHEZ


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Experimento 3312

De todos es sabido, que el banco enano existente en la capital de su imperio es extenso y basto. Se hunde en la tierra como las raíces de un árbol. Un árbol pesado y lleno de monedas y objetos valiosos.

Lo que poca gente sabe es que no todo lo que se guarda allí es inerte. Ya conté una historia hablando sobre las cámaras que allí descansan, pero este relato es especial.

Los enanos no se libran de ser mejores que los humanos en hechos cometidos. Han hecho maldades inenarrables y cometidos actos que han ofendido a dioses y profetas. Esto que malograron no fue castigado. Algunos dicen que debido a que los dioses no lo vieron, otros que por que no existe castigo suficiente en el mundo de Ériandos como para aplicarlo. De querer conservar la locura, yo pararía aquí mismo.

Es conocido que trabajar en las minas de los enanos es un trabajo peligroso. Existe el riesgo de derrumbe, de asfixia por gases o la muerte por agotamiento. Y de todos los peligros, el más extraño y a la misma vez, el más peligroso es la fiebre del enano.

No muchos la han sufrido y nadie sabe cual es el motivo y por qué. De los amplios remedios enanos, la única cura conocida para este es ‘200g de hierro. En forma de clavo, directamente en la cabeza’ o en otras palabras la muerte. Los síntomas son, oscurecimiento de la piel, caída de la barba y los ojos, visión extremadamente aguda y por último canibalismo y sed de sangre extrema. Un relato cuenta de como uno de estos hombres bajos la sufrió y acabó con toda una colonia de sus compañeros.

Mientras construían las enormes bóvedas, extremadamente seguras del banco de los enanos, a uno de los trabajadores le ocurrió. Su piel se volvió oscura como la noche, su poblada y extensa barba se cayó, convirtiéndolo en barbilampiño. Cuando dejó de ver y antes de conseguir una visión sensorial lo encontraron. Más bien lo encontró una de las peores personas jamás nacidas en la faz del mundo. Doctor Codycius M.P.

Si las almas son grises por naturaleza, la de este infecto ser es negra como la noche más oscura. El doctor le encontró y le sometió a toda clase de experimentos para ‘canalizar la enfermedad’. En total, 138 días consecutivos de pruebas, experimentos y toda clase de abominaciones. Cualquiera echaría hasta los higadillos de escuchar lo que hicieron con él, por despojarle le despojaron hasta de humanidad, borrando su nombre y nombrándolo 3312. El número de horas que soportó aquella tortura.

La última prueba a la que fue sometido 3312 y lo que le valió el ingreso en una cámara del banco fue la siguiente. A través de un cristal de alta resonancia cargado con enorme energía y sumergido en un compuesto, hizo que pasara oscuridad hacia él. Su cuerpo no pudo soportarlo pero la fiebre del minero sí. Veía como su cuerpo se transformaba en un ser de gelatinoso, espantosamente inhumano. No tenía vida, ni pulso, ni respiraba o hacía ruido alguno. Solo absorbía lo que se encontraba a su paso. Y lo que absorbía, desparecía. Como si nunca hubiese existido.

El doctor Codycius se asustó. Él que había sido un monstruo en vida sintió como el miedo que tantas veces había generado, se le volvía contra él. De como consiguió guardar a 3312 en una urna, no hay mayores registros que una simple nota, ‘lo hice’.

Ingresó aquella urna cerrada en alguno de los últimos pisos. Pagó con monedas de oro relucientes y fue muy explicito con sus indicaciones. ‘Se debe de revisar cada 6 días, solo abrir, comprobar y salir. Jamás le deis la espalda a la urna. Nunca id solos’

Los enanos que contaron las monedas cuentan que podrían haber llenado varias cámaras de su propio banco con todo el oro que aquel ser infame depositó. ‘Rentó esa bóveda para 23 generaciones, solo dos personas le ganan en un arrendamiento más grande’ Dijo uno de esos mismos enanos.

Y allí descansa, el experimento 3312. En el silencio dentro de la tierra, en una cámara acorazada, completamente inexpugnable. Perdón. Allí, descansaba. Ochocientos noventa y cuatro días más tarde, un operario abrió la puerta. Todo seguía igual, salvo que la urna estaba vacía. Saltaron todas las alarmas en el banco. No pudieron encontrar al doctor. Tampoco al experimento 3312.

Nadie sabe nada. Desde aquí, yo solo puedo deciros una cosa. Tened mucho cuidado donde camináis. Puede que un día piséis una sombra, y esta os trague. Y en la sombra, solo hay oscuridad. 


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Caballeros… de Cariusos

Cuentos de siempre dónde el protagonista vence al malo y se queda con la chica, libros dónde siempre que alguien muere para darle vida a la trama es el amigo del protagonista, historias de buenos buenos y malos malos… es hora de cambiar. Hubo una vez tras la fuga de Shelter, cinco soldados mandados por Ortrox, guiaron a todos los liberados a Cariusos, una tierra dejada de la manos de los dioses, una tierra que podrían poblar y donde vivir sin el yugo de estos.

Muchos años pasaron, y al ser criaturas creadas para trabajar, pronto empezaron a adaptarse a su nueva tierra, y sus cuerpos empezaron a crecer, y sus manos se volvieron garras. Los lobos grises de Shelter, monstruosas bestias enormes, conocidas como huargos, empezaron a reconocerse y aliarse con los esclavos liberados, y estos cogieron de los lobos sus facciones y su fuerza, y también su longevidad. Años pasaron y los cinco soldados se unieron para formar una orden que serviría para proteger a su pueblo de los dioses, los Caballeros de Cariusos.

Montados en las temibles bestias patrullaban las vastas tierras en busca de territorios y refugio. Empezaron a especializarse en el arte de las armas de guerra, y sus maestros herreros hicieron poderosas armaduras y afiladas espadas. Grandes escudos adornaban las entradas de las casas de estos seres, que vivían en una gran comunidad. Un día, los dioses decidieron castigarlos y mandaron dos enfermedades a Cariusos. Una hizo que perdiesen la consciencia, y la otra que se devorasen como animales entre ellos. Ortrox y sus cinco Caballeros de Cariusos sobrevivieron, y protegieron a los enfermos que quedaban con vida incluso de ellos mismos, hasta que lograron hallar la cura para enfermedad. Diezmados, decidieron acabar con los dioses. Volverían a su tierra y echarían de allí a los opresores que se hacían llamar dioses. Se armaron y reagruparon, y para compensar sus bajas, crearon algo nuevo. Hijos de ninfas de los bosques y suyos, medio hombre medio lobos, que se transformaban a voluntad en bestias, tan longevos como sus padres, pero no capaces de actuar de manera racional cuando sacaban a las bestias. Desde aquel día, los esclavos se autodenominaron Licos, lobos, y sus hijos fueron llamados hombres lobo. Montados en los Lobos Grises y acompañados de sus hijos, los licos partieron a la batalla, e iniciaron las Guerras Cálidas, por la libertad de su pueblo.


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