La historia de mi muerte

Sus palabras resonaban en sus oídos: «no habrá más dolor, ni sufrimiento. Acepta mi propuesta, ya sabes cuál es la alternativa.» Ciri estaba totalmente inmóvil, no le hacía falta girarse para ver que detrás suyo esas criaturas babeantes no iban a darle una muerte digna y que esos mismos jugarían con ella durante meses. Podía aceptar una muerte en la batalla, con honor, pues sabía qué podía esperar de sus contrincantes allí.

-Decídete, mi oferta no durará para siempre. 

Esa frase la sacó de su ensimismamiento y la devolvió a la realidad, ella nunca podría renunciar a Ela para salvar su vida. Empezó a rezar, desarmada era la última acción desesperada que tenía y realmente no tenía nada que perder 

-Ela, escucha a esta humilde sierva y protégela de todo mal…

Lo que sucedió después hizo que se le helara la sangre, esa hermosa mujer que se encontraba delante suyo se puso a reír a carcajadas. 

– Ilusa, si crees que te hará algún caso, hace tiempo que no os escucha. ¿No os habíais dado cuenta? Ya he perdido suficiente el tiempo contigo – Hizo un pequeño gesto con la mano y uno de esos seres me cogió del brazo – Quitádmela de mi vista, podéis hacer con ella lo que queráis.

Cabizbaja los siguió, aguantó toda clase de obscenidades sólo para conseguir una cosa, hacer creer a esos seres que estaba vencida. En un momento, esos seres habían perdido la poca disciplina que podían tener y sólo hablaban de las humillaciones a la que la someterían. Fue fácil desarmar a uno de ellos, y por un instante se planteó la posibilidad de huir, pero no podía dejar sola a su compañera, no habría sido honorable. Así que se giró y corriendo fue a clavarle su espada en el pecho de la mujer. Horrorizada, sólo pudo contemplar como esa mujer la miraba con sus gélidos ojos. Intentó avisar a su compañera que huyera, pero sintió dos puñaladas cerca del cuello que hicieron que su vida se le escapase lentamente. Mientras caía, sólo pudo ver como una ligera sonrisa iluminaba el rostro de la mujer, sin prestar el más mínimo interés en esa espada que le sobresalía del pecho…

REDACTADO POR: GEMMA SÁNCHEZ


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La espada

-Será un trabajo fácil, ya lo verás. – Iba repitiendo esas palabras en su cerebro, en bucle, sin dejar de temblar. Cuando cerraba los ojos únicamente podía ver ese aliento verdoso y como su hermano se desintegraba delante suyo, la piel se iba deshaciendo lentamente sobre sus huesos con la boca abierta en una mueca de dolor. Pero en su cerebro ya no escuchaba ese grito, solo reverberaba la palabra ladrona. Notaba un dolor sordo en la mano derecha, mientras seguía sujetando ese fardo contra su pecho. Durante todo el trayecto le pareció notar que alguien la miraba y por el rabillo del ojo veía esos ojos rojos clavados en ella, pero al girarse no veía absolutamente a nadie. Miro a lado y lado de la calle y cruzó hacia ese edificio, que lucía un tambor roto en su fachada.

Una semana antes vino mi hermano a hablarnos de un negocio en la taberna donde nos alojábamos, el Yunque Roto

-He conseguido la oportunidad de negocio perfecta, solo tenemos que explorar un antiguo túmulo y revisar si hay algún tesoro que podamos llevarles, dicen que hay una espada que puede cortar cualquier cosa

Siguió hablando de todas las cosas que podríamos comprar con la recompensa, pero ella solo podía pensar en esos extraños apodos que le había dado su hermano a los tipos que se le ofrecieron, el caballero, la rata y la muerte. Escondió un escalofrío y elevó una plegaria a Ela, hacía demasiado que no pasaba por uno de sus templos. Quizá, después de este encargo podría hacerlo.

Llevó un par de días llegar a ese túmulo, flores marchitas adornaban la entrada cubierta de musgo y enredaderas. Parecía que hacía mucho tiempo que esa entrada no era hollada por nadie. En la entrada había una losa donde aparecía una inscripción medio borrada que ninguno de ellos entendió. Entre dos pudieron apartarla y pudieron observar un inmenso pasillo que descendía hacia las profundidades de la tierra. Ella se quedó la última, como siempre en este tipo de empresas.

– No quiero que te pase nada hermanita, me sentiré más seguro si vas al final. Igualmente, ¿Qué harás tú en caso de peligro? ¿Encandilarle con tu precioso baile?

El estrecho túnel los condujo hasta una sala a oscuras, las luz de las antorchas que llevaban se reflejaba en las monedas, joyas y demás abalorios que la poblaban. Inmensas columnas estaban repartidas por doquier y el suelo crujía bajo sus pies, aunque ninguno de ellos le prestó atención a este sonido. Sus ojos estaban fijos en esa fortuna, los ojos de todos excepto los de ella. Vio, casi escondida por una montaña de monedas, una espada y la tomó entre sus brazos

– No se porque pero no puedo dejar de mirarla, ¿crees que será una de esas espadas famosas y me convertiré en alguien importante?

Nunca obtuvo respuesta, del fondo de la sala vio cómo se expandía algo verde mientras el suelo temblaba y un inmenso rugido hacía que se estremeciera.  Alargó la mano por reflejo pero lo único que consiguió fue quemarse las yemas de sus dedos. Y dio media vuelta y corrió, sin mirar atrás mientras oía en su cabeza una palabra. Ladrona.

Cruzó el umbral de la taberna y un intenso olor dulzón inundó sus fosas nasales. A su izquierda un grupo cantaba y tocaba distintos instrumentos. Seguramente se hubiese puesto a bailar en otras circunstancias, pero en esos momentos solo quería hacerse un ovillo y desaparecer. El peso de la espada la volvió a traer a la realidad y avanzó decidida por la taberna hasta dar con una mesa algo apartada, entre botas de vino y cerveza. Allí estaban los tres, pero solo se fijó con el de su derecha. Alargó una mano huesuda y le ofreció una copa. Y sobrevino la oscuridad.

Despertó desnuda, dolorida y sola en una de las habitaciones de la misma posada, con una bolsa de monedas al lado de la cama. Al menos con eso podría seguir perdiendo la consciencia durante una buena temporada. Y sin ningún otro propósito en su vida, se vistió para empezar a gastar las monedas de esa bolsa.

REDACTADO POR: GEMMA SÁNCHEZ


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La despedida

Se despertó como cada mañana con el sonido de los carros y como iba siendo costumbre volvió a descubrir la almohada húmeda, ya hacía demasiado tiempo que había desaparecido. Se levantó y vistió deprisa, intentando olvidarse de las pesadillas de la noche. Terminó de limpiarse la cara y se observó unos instantes en el espejo. Su pelo rojizo, demasiado corto según su madre, estaba algo enmarañado y sus ojos verdes mostraban las señales de haber estado llorando, pero no tardó demasiado en estar algo más presentable.

Antes de salir de la habitación vio la daga que le había regalado su hermano, con la filigrana en forma de rosas en la empuñadura y su nombre bordado en la funda. Empezó a notar cómo le iban brotando las lágrimas y se las limpió con el borde de su manga. Se puso la daga en el cinto y se dispuso a bajar, no quería llamar aún más la atención de sus padres, quería que estuviesen de humor con el anuncio que haría después del desayuno. Se limpió las manos en su vestido, pese al frío que hacía en el exterior estaba sudando. Empezó a poner la mesa, aún distraída por el recuerdo de sus sueños y también intentando estructurar su discurso de despedida. ¿Lo aceptarían sin más? Pero una voz conocida la sacó de su ensimismamiento

Anya, quita uno de los cubiertos de la mesa, ya sabes que tu madre ya lo está pasando suficientemente mal desde que tu hermano fue a perseguir sus sueños de convertirse en soldado.

Sólo pudo asentir a la voz de su padre, guardándolo otra vez con presteza. Ayudó a su madre a preparar la comida, aunque se limitó a cortar la fruta que acompañaba huevos y panceta. 

Deberías aprender a cocinar mejor y olvidar esos sueños que tienes de ver mundo. Por cierto, el otro dia vino Jordi preguntando por ti – comentó con una sonrisa algo pícara –, veo que despiertas las mismas pasiones que cuando yo era joven. En el próximo baile te dejaré ese precioso vestido verde, seguro que así podrás escoger a algún chico guapo, me gustaría poder ver a algún niño correteando por la cocina.

Su madre siguió parloteando, sobre cómo sería la boda, qué debía hacer en la noche de bodas y la satisfacción que tendría con el primer hijo. Aguantó como pudo la conversación sin replicar, pero ella sabía en el fondo de su corazón que no quería cambiar una cárcel por otra y estaba segura que ninguno de esos mercaderes la comprendería jamás. A veces soñaba despierta en esos relatos caballerescos, tomando ella el papel de joven idealista que sólo se preocupaba por cumplir los designios de Ela, aunque cada vez le costaba más mantener su fe. Hacía dos años que su hermano había partido en contra de los deseos de sus padres para convertirse en soldado y desde entonces no había dado señales de vida.

Salió en busca de su refugio, su hermano había construido una pequeña cabaña encima de un árbol y allí cuando ella era más pequeña jugaban junto con sus otros hermanos. Al principio ella era la que estaba en lo alto de la cabaña y eran sus hermanos los que se iban intercambiando el papel de héroes y villanos para salvarla, pero al final les convenció y consiguió participar en aquellos roles.

Seguramente se quedó dormida allí, abrazada a su antigua muñeca algo maltrecha por el paso de los años. Le faltaba uno de los ojos y un brazo estaba algo descosido. Limpiándose las lágrimas miró si podía hacer algo para arreglarla y fué entonces cuando vió la nota, algo desgastada por el paso del tiempo: “Anya, cuando estés preparada te estaré esperando en Luz. Seguro que serás capaz de encontrarme”. Con esta nota el corazón le dió un vuelco, sabía que no se podía enfrentar a sus padres ya que nunca le darían permiso para irse pero quizá su hermano seguía con vida. Dando las gracias a Ela por haber encontrado la nota, bajó corriendo y se escabulló dentro de su casa sin que se diera cuenta nadie y preparó su bolsa para partir durante la noche. Escribió una nota apresurada y la dejó bajo su almohada: “Si me quedo aquí terminaré marchitando, necesito saber si está bien”. Pensó en añadir algo más, pero sabía que si se lo pensaba más no se iría nunca.

Así que espero a que toda su familia estuviera dormida para salir por la ventana y escapar de su hogar. 

– Juro que lo encontraré y lo traeré sano y salvo a casa – murmuró para sí misma toqueteando un poste que había cerca de su casa. 

Vagó durante unos días hasta que pudo llegar a una ciudad y consiguió un trabajo como mercader. Pero como dicen algunos, eso ya es otra historia.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE

GEMMA SÁNCHEZ

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De negro a rojo fuego

Alzó la espada contra las bestias que se refugiaban en la oscuridad. Estaba solo, había bajado con ella a aquella cueva llena de muerte, pero ella ya no estaba, fue su último deseo, que se pusiera a salvo y, así lo había cumplido dejándolo atrás.

Al menos, de morir, lo haría en paz…

Un corte en el viento de la sala anunciaba el esperado final. Una saeta con la punta de un extraño metal negro que la luz tragaba, se había clavado en su espalda. Rompió la parte de madera, pero todo se volvió negro y unas palabras acudieron a su mente:

«-Deja de sufrir, ven conmigo y deja de sufrir, dale a ella un mundo sin sufrimiento ni dolor»

No, no debía hacerle caso, los enemigos sólo dicen mentiras…

«-¿Acaso no deseas un mundo mejor para ella?»

Meses, quizá años, pasó dentro de aquella cueva acabando por obsesionarse con conseguirle al ente que le hablaba un buen elegido para su causa, a alguien digno.

Durante su periplo oyó el llamado de un noble del pueblo obsesionado por conquistar a una muchacha de cabellos de fuego hija de un tabernero.

Acudió a la llamada y vió la oportunidad de hacer al noble esclavo de su misión envenenada. El noble aceptó a cambio de que la chica fuera sólo suya y convenció a otros nobles de regalar a sus hijas a él y conseguir más muchachas para dar con ese elegido digno que él buscaba. Sin embargo, no todo él había sucumbido todavía a las tinieblas de la saeta que lo había corrompido y comenzó a arrepentirse y ayudar a la joven de cabellos de fuego evitando que el noble no la tocara demasiado.

En el fondo se parecía a ella…

Cuando el plan ya estaba más que en marcha, un nuevo Juez, dos Bestials, una chica y su maestro, un seguidor de Ela harto de la corrupción y un pícaro, acabaron en una taberna del pueblo costero donde él estaba.

Bajaron a la oscura cueva en busca de la raíz, de él y, les hizo frente.

Tras una lucha difícil, el grupo consiguió arrancar el pedazo de la saeta de su cuerpo, despejando su mente. Lo agradeció y, al día siguiente, se disculpó con las chicas, entre las que estaba la de cabellos de fuego sólo para luego irse y quizá casi nunca volver.

«-Podeis llamarme Bel»


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE:

IRIS CONST

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El telar

Llevaba mucho tiempo usando ese telar, había estado en esa casa desde que tenía memoria y, según le contó su madre, fue uno de los regalos de boda que tuvo cuando se casó. Era un telar antiguo, cuya madera tenía unas extraños tallos que parecía que lo iban envolviendo como enredaderas y que terminaban en unas flores que, de tan reales que eran, hasta transmitían cierta fragancia dulzona. Una vez, usándolo, le pareció que una voz sensual le hablaba, diciéndole que se dejara llevar, que le podría ofrecer todo aquello que deseaba. Lo dejó abandonado en algún punto del sótano, cubierto con una sábana blanca, aunque siempre que bajaba esta parecía que se moviera con una brisa invisible. Un día, llegó la guerra y el señor requirió que todos los hombres que pudieran luchar se unieran al ejército, bajo pena de muerte. No les quedó otra y con lágrimas en los ojos los vio partir, una fría mañana de invierno.

Empezó a tener sueños donde morían de la forma más horrible, y en ellos siempre escuchaba esa voz seductora que había escuchado años atrás en el telar. — Yo podría salvarlos, solo tienes que desearlo y crearlo entre las dos, este destino aún no está fijado.

Siempre como respuesta murmuraba una leve oración a Ela, sabía que el destino no podía cambiarse y que tenía que conformarse con el plan que tenía Ela para sus seres queridos. Fueron pasando los días, y cada vez los sueños eran más horribles, lo que al principio era una muerte rápida en batalla se convirtió en horas primero y después días de sufrimiento y agonías extremos. — Eso seguro que no es lo que Ela querría, tengo que cambiar ese destino – pensó una de esas noches de insomnio. Rápidamente bajó al telar y casi le pareció que, al tocarle, algo la abrazaba. Empezó a tejer de forma salvaje, y las imágenes casi salían solas. En ellas solo salía su marido y su hijo que alzaban una bandera en un campo lleno de cuerpos. Parecía una bonita escena, pero al mirarlo con más detenimiento, había un brillo cruel en sus ojos que antes no existía y entre los cuerpos se veía que los enemigos se habían encarnizado demasiado, la sangre cubría de color las flores antaño blancas y le daban a la escena un cierto toque macabro. Pero ella solo veía que sus seres queridos volverían a casa, junto a ella, y eso era lo único que le importaba. Siguió contemplando el telar horas, para ella no parecía pasar el tiempo. Solo veía la belleza de esas flores ahora manchadas con un tono carmesí que cubrían la tierra cuál tapiz, y esos dos hombres con una sonrisa triunfal ….Primero escuchó unas notas de una trompeta, indicando que alguien conocido llegaba al pueblo, pero esas notas se apagaron súbitamente y al cabo de unos minutos, únicamente retumbaban en sus oídos gritos de auxilio. Con ese sonido y una extraña melodía que parecía completar los silencios, sus ojos empezaron a tomar un brillo salvaje — Ahora vengo mi amor a bailar contigo – susurró, y fue a la cocina a coger todo lo necesario para poder cumplir la voluntad de esa susurrante voz.

Un mercader pasó por ese pueblo al cabo de unos días y tuvo que respirar hondo para poder soportar toda la crudeza de la escena

– No han tenido piedad, quién sea que haya realizado esta masacre estará condenado al fuego eterno – musitó y empezó a musitar una leve plegaria a Ela, estaría en todas partes pero, ¿dónde estaba cuando se cometía semejante carnicería? Por un instante pensó en enterrar a todos los muertos, pero eso hubiese sido una empresa titánica para una sola persona, y más siendo él un simple comerciante. 

– El fuego seguro que purifica el pueblo y llevará a estas pobres almas al regazo de Ela – empezó a prepararlo todo para incendiarlo, tirando la brea necesaria en los edificios y usando algún poco de leña del bosque cercano. Cuando lo tenía todo preparado, prendió fuego a la mecha y estaba a punto de lanzarla cuando de repente algo le hizo parar la mano. — ¿Qué hace ese hermoso telar en medio de esta carnicería? – se preguntó casi extrañado de ver alguna belleza en medio de ese campo de batalla. — Sería una lástima que se quemara junto a estos cuerpos.

Al cabo de unas horas, ese mercader empezó a silbar una melodía de camino a su hogar, era algo pegadiza y tenía cierto toque sinuoso, que invitaba a una caricia y que prometía cumplir esos oscuros deseos que poblaban su alma, y en esas cavilaciones no pudo escuchar esa risa cantarina que provenía del fondo de su carro….

Este objeto está poseído por una entidad que sólo busca crear el sufrimiento y el caos allí donde pasa. Va recorriendo Ériandos, pasando de mano en mano y dejando sólo escenas de destrucción allí donde pasa.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE:

GEMMA SÁNCHEZ

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