Un campo de espadas melladas y escudos partidos.
Hombres bajo pesadas armaduras, con los ojos cerrados.
Manos muertas, que habían blandido espadas.
El adorno escarlata de la sangre por doquier.
Banderines y estandartes ajados.
Los enemigos juntos sobre la tierra, compartiendo descanso.
La muerte recogiendo las almas de los muertos.
Los cuervos sobrevolando el cielo, gris apagado, a punto de llorar.
Yelmos vacíos. Sin cabeza que guardar.
Tan solo una oscura figura de pie resta. En medio de la masacre se alza impasible. Remueve sus entumecidos hombros. Aprieta la empuñadura de su particular Acero. Se ciñe su escudo con el emblema de su casa. Un vuelo dorado sobre un campo sínople. Extiende sus alas, Negras como la muerte y rojas como la sangre, alza su espada y grita. Avanza firme hacia las puertas de la fortaleza. Golpea. La ya muerta y deshecha madera cede por fin tras haber resistido la batalla. Más guardias embrujados. Planta el escudo delante y el primero de ellos se estampa contra él cayendo al suelo, gira a toda velocidad con las alas pegadas al cuerpo y siente presión en la mano del arma, ha alcanzado su objetivo, el segundo de los guardias a perdido la cabeza, que rueda por el suelo. Alza el escudo de canto y entre abre las alas aun girando, partiendo la mandíbula del tercer guardia. Vuelve a plegar las alas y se arrodilla justo a tiempo de esquivar el golpe de un cuarto oponente. Lo golpea con el escudo y lo aparta con un barrido de alas para poder atravesar a otro que acudía en su ayuda. Entre los hombros. Hace descender la espada con todas las fuerzas que le quedan destrozando la caja torácica y todo su contenido. Saca a Acero del recién muerto y parte en dos con ella la cabeza del que había apartado. Sigue avanzando, no más guardias por ahora. pasa la fuente. escucha el chasquido de la cuerda de un arco y se tira al suelo rodando, pero es tarde, la flecha lo alcanza. Por suerte es solo en el extremo del ala. Arranca la flecha y localiza al arquero, el primer derribado que debería estar muerto, y lo estaría de no ser por los trucos de Cruat, corría hacia él al ver que su flecha no había resultado. Espera quieto y alerta. El enemigo se acerca se agacha y esquiva, aferrando al tiempo la túnica del soldado, haciéndole caer a sus pies. Acaba con su propia flecha clavada en el ojo. Matando el cerebro es como mueren. Solo así.
Pero sabe que no podría tomar el castillo él solo, y si los cien hombres que habían muerto rápidamente en la batalla a las puertas siguiesen vivos tampoco lo habría conseguido. Solo eran un señuelo, ni siquiera había acudido con IceDragon, el dragón tenía una misión más importante. Sin embargo, el patio era suyo. Solo la torre restaba enemiga en el castillo de Serpus. los cien muertos tampoco eran soldados, solo necios de Serpus que se había empeñado en acompañarlo en aquella misión suicida en un desesperado intento de recuperar la fortaleza que antaño guardaba su pueblo.
Siguió el camino hasta la torre y derribó su entrada. Su brillante armadura brillaba ahora por la sangre que la cubría, y a él ya le quemaba el rostro. Todo iba bien, él seguía vivo y eso era que estaba funcionando. Más enemigos. Recordó los cabellos de Violeta en la puesta de sol. El viento los mecía… Acariciando el suave y delicado rostro de su promesa. Sabía que iba a morir, pero sabía que Earendel e Isdrau la sacarían del castillo si él mantenía al enemigo entretenido en otra fortaleza. Dejó volar su espada y cerró los ojos, recordando como había saltado aquel día al atardecer. Seguía vivo y sus enemigos no. Subió y subió y ya no halló nada. Cruat se le había adelantado. volvió a la plaza y una fuerte ventada lo derribó, unas zarpas lo cogieron y lo alzaron. Fin de la misión. Tanta muerte para nada. Una lágrima cayó desde sus ojos y entre el yelmo, hasta el centro de la fuente, ahora de sangre.
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