Hombres

Los Hombres son la especie más común y a la vez más variada de Ériandos. Pueblan la mayor parte del mundo y dominan a la mayoría de especies con las que conviven. Su naturaleza no es mágica, aunque algunos afortunados (o desafortunados, según se mire) son capaces de dominar el poder de la magia. Son muy tenaces y de fuertes convicciones, cuando se ponen una meta, no suelen rendirse, pero la mayoría son fácilmente corruptibles por el poder o la riqueza, por los que causan infinidad de conflictos con otras razas e incluso entre ellos mismos.

Las sociedades humanas, se rigen por sistemas de clases, más o menos permeables y rígidos. Cuando los hombres conviven con otros seres, muchos crean vínculos que van mucho más allá de un simple dominio. Reservando esa superioridad dominante a las clases más poderosas, la gente común es amigable y muchas veces más abierta que los estratos superiores de la sociedad, que suelen ser más desconfiados y herméticos. No es extraño ver humanos aliándose con especies de lo más variopintas para lograr sus fines, y tampoco es extraño que esas alianzas terminen en amistades u odios, pues son una raza de sentimientos fuertes y cambiantes, un hombre protegerá a alguien con su vida y también dará su vida por acabar con alguien si así lo dicta su corazón.

Pese a que su paso por el mundo es efímero si se compara con el tiempo de los elfos, los hombres tienen un fuerte deseo de ser recordados y perdurar en el mundo a través de sus obras, de su legado. En muchos casos, esta es la fuerza que les empuja a buscar poder, poder para perdurar, para ser recordados e incluso, en los casos más extremos, para lograr la inmortalidad literalmente, siguiendo las más peligrosas sendas de la magia. Esto les impulsa a tratar de cambiar el mundo que les rodea, ya sea para bien o para mal. No es extraño ver estatuas de reyes o campeones pasados en las ciudades humanas, ni monumentos para honrar las obras de algunos de sus congéneres. Este legado puede ser muy variable, desde un rey que desea ampliar su reino, hasta un granjero que desea dejar a sus hijos una buena tierra para que puedan vivir de ella. Dentro de las posibilidades de cada individuo, todos ansían lo mismo, la inmortalidad en la memoria colectiva de sus propios congéneres.

Los humanos no buscan ni abrazan el mal por naturaleza. Su búsqueda más incesante es la de poder, pues el poder es lo que les permite con más facilidad alcanzar sus metas, y esa búsqueda puede abocarles al mal si no van con cuidado, o a sucumbir a voluntades malvadas que muevan sus actos. Como en todo, hay excepciones, y se pueden encontrar humanos malvados de por sí, pero por lo general, suele haber algún motivo tras esa maldad aparente, como también pueden encontrarse humanos poderosos benevolentes, o buenas intenciones tras actos cuestionables.

Los hombres prefieren vivir en compañía, pues son seres sociales que disfrutan de la interacción de unos con otros. A veces no se limitan a la compañía de otros hombres, sino también a la de individuos o colectivos de especies distintas. En algunas ocasiones pueden encontrarse hombres solitarios o ermitaños, pero no es lo común. Los grupos, las familias, los pueblos, las ciudades, los reinos, etc. Los humanos buscan agruparse para ganar fuerza y apoyo y conseguir sus metas con mayor facilidad. Estas agrupaciones son en realidad sus mayores logros y fortalezas, pues gracias a esto es como han sido capaces de llegar a donde están ahora, repartidos por todo el mundo y prosperando incluso por encima de razas mágicas y más poderosas.

El rasgo más destacable de la especie es su capacidad para adaptarse a cualquier entorno y situación, es esto lo que les ha permitido dominar todo Ériandos. Este rasgo les ha empujado a construir ciudades, fortalezas, monumentos que abarcan todas las formas imaginables. También es por esto por lo que podemos encontrar muchas variedades de hombres a lo largo y ancho del mundo.


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Triste Recuerdo

Pasaba el Cuadragésimo tercer día del cuarto mes de la Estación de la Nieve en Beliond, en el norte de Ériandos, cuando un grito desgarrador rompió el silencio del Castillo Blanco a tiempo que la joven hija del bien amado rey Frolo del Toro aterrizaba sobre las rocas salientes del acantilado sobre el que se sostenía la fortaleza del Nido del Dragón, nombre inmerecido, manchando su precioso vestido blanco de agua salada de mar y sangre. Una caída desde la torre norte era mortal, para cualquier ser viviente que no poseyera alas, pero aquella muchacha ningún motivo tenía para iniciar un viaje que le destrozaría todos los huesos y los órganos poniendo fin de manera violenta a su existencia e incrustándola en aquella roca en la que permaneció dos días antes de que el mar permitiese recuperar su cuerpo.

Había un mago en el Toro que deseaba poseer a la princesa, y valiéndose de la magia la hizo subir a lo alto de la torre donde la tomó una y otra vez haciéndola gritar de dolor durante horas hasta hacerla desfallecer, seguir hasta dejarla casi sin vida y solo entonces dejarla, hechizar su cuerpo, hacerla subir a la baranda del mirador, y mientras los guardias destrozaban la puerta atrancada a hachazos para socorrerla, dejarla caer al vacío obligándola mediante la magia a ser consciente de su destino y del dolor, del impacto… hasta la muerte.

El mago fue apresado, torturado y quemado hasta la muerte en el patio del castillo, pero el castigo no fue justo, pues merecía que los lobos de la lejana Gorgótem lo desmembrasen y devorasen vivo por toda la eternidad y todos los habitantes del Toro rezaron a Ela y a todos los dioses que le otorgaran el más cruel de los castigos, y así Ela envió un águila que le sacaría los ojos cada noche y el corazón cada mañana, lo hizo encadenar a la roca más afilada de la casa de los ángeles e hizo su alma inmortal.

Pero todo aquello de nada le sirvió a la princesa, que había sido la más bella mujer del Sur, con su larga melena oscura y sus ojos color zafiro sobre su suave y blanca piel, que nadie sabe cómo su alma quedó atrapada en Castillo Blanco, y en la solitaria fortaleza revivía cada anochecer el sufrimiento que había pasado, y sus gritos llenaron la antigua región, y los viajeros que la escuchaban jamás olvidaban su llanto y sus gritos, y la gente del Norte dejó de pasar por los caminos que se acercaban a la fortaleza, y el bosque se cerró, y ahora, la leyenda de la Dama de Blanco se conocía en todo el Norte y Castillo Blanco se dio por maldito, y ahora la triste historia de la princesa del Toro solo es un triste y macabro cuento en la mente de las pocas personas a las que sus padres se la contaron y ya nadie sabe bien por qué Castillo Blanco está maldito ni por qué va nadie allí. De todo aquello ni tan solo queda en las perecederas mentes mortales un triste recuerdo.


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Entre Riscos Afilados

Un manto de nubes blancas y grisáceas cubría el cielo, y sólo.una montaña solitaria en el fondo del valle se atrevía a subir junto a sus hermanas, que delimitaban la vasta extensión. Roca árida, desnuda, mortalmente afilada. Nada verde, nada vivo.

Entre crujidos de rocas bajo sus botas, el enamorado siguió adelante. Sabía que había cinco pruebas antes de su objetivo: una de fuerza, de voluntad, de astucia, de fe y de confianza. Ya había pasado tres. Había derrotado a un león, cruzado un lago de aceite y resuelto el acertijo de un dragón. Sólo dos pruebas le estaban.

Un hombre se le acercó y dijo que él era Fe, y que más adelante le contarían algo que no debía contar a nadie. Así como lo dijo ocurrió. Más adelante, una mujer muy bella, muy parecida a su amada le susurró algo al oído, y después el enamorado llegó a un pueblo dónde cada aldeano le preguntaba por lo que la mujer le había dicho, y cada uno le ofrecía mayor recompensa que el anterior. Al salir del pueblo, Fe volvió a hablarle, y le dijo guardara su agua, que por mucha sed que tuviese, no bebiera ni bebiese.

El enamorado siguió su camino, durante dos días no probó agua, pero logró llegar a un jardín dónde una mujer sacudía una regadera vacía  sobre una pequeña flor. Ella también le preguntó por lo que le dijo la mujer del camino. Él se acercó y le susurró al oído.

—Confío en ti, me dijo que mi amada era la mujer más bella de todos los reinos.

Ella le pidió su agua y él se la entregó justo antes de desfallecer de sed.

Un chorro fresco y húmedo le regó la cara, y él bebió  hasta saciarse. La flor que la mujer trataba de regar, era la semilla de una llorona, que al crecer inició el curso de un río que le fue devolviendo la vida y el verde al valle.

—Tú corazón ya no volverá a ser de piedra, porque yo lo cuidaré


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