La reina y la bruja

Angélica era una muchacha sencilla cuya madre se ganaba la vida cuidando los animales de los Castillalto, en el Valle de los Ángeles.

A ella le encantaban los caballos, y pasaba los días acariciándolos y cepillándolos mientras su madre se encargaba del resto. El señor del castillo estaba tan acostumbrado a verla por allí que había aprendido su nombre, y, a menudo le regalaba ropa de su propia hija cuando a esta se le quedaba pequeña. No hace falta decir que Angélica destacaba entre el resto de la gente de su aldea, y no tuvo que pasar demasiado tiempo cuando empezó a levantar envidias.

Entre la gente de la aldea empezaron a correr rumores. El más típico era que el Señor gustaba de la compañía de la niña durante las noches, y, aunque no era cierto, la verdad no bastó para acallarlo.

No parecía que aquello molestase a la muchacha. Ella seguía viviendo bien, cuidando de los animales junto a su madre y pasando los inviernos caliente gracias a las ropas viejas del castillo. Sin embargo, una mañana gris y lluviosa llegó al castillo una carroza tirada por dos temibles dracos de escamas brillantes y miradas frías. Aquel día, llegó una mujer del norte, Axara. Bella como un campo nevado y dura como el mismísimo hielo conquistó el corazón del Señor del castillo como solo las gentes del norte saben hacerlo.

Ambos se casaron al poco de conocerse, y la mujer fría fue gentil también con la muchacha, a pesar de los rumores y habladurías. Le enseñó a acercarse a los dracos, a entender sus necesidades y sus deseos, y a deber cuando se está a salvo y cuando no. Aquella mujer no parecía ver la diferencia entre la nobleza y la gente de a pié, y aquello era algo que ni la muchacha ni nadie había conocido hasta ahora. Sin embargo, la enfermedad se llevó a su madre y el Señor la acogió en el castillo.

Las habladurías se daban por confirmadas y la gente, corroída por la envidia se erigió en defensa de la señora. Una defensa que ni había pedido ni necesitaba, pues la muchacha se limitaba a vivir su vida siguiendo con el oficio que su madre le había enseñado. Aún así las voces ignorantes a veces hablan tan alto que es imposible ignorarlas. El Señor, tuvo que intervenir, pese a que su esposa trató de evitarlo, y para asegurar el bien de muchos, tuvo que ejercer el mal sobre un inocente. Echó a la muchacha del castillo y la privó de su trabajo. En el pueblo la repudiaron, acusándola de pecados que no eran suyos y hablándole desde el odio más irracional. Ella cogió lo poco que le quedaba y huyó al bosque, aunque no pudo llegar muy lejos, pues fue devorada por una manada de lobos. Sin embargo, eso nadie lo sabía, y quiso el destino que el Señor enfermase repentinamente aquel mismo día, y tiempo faltó en el pueblo para que la pobre muchacha fuera llamada bruja al grito de todos, y con ese cántico subieron al bosque armados con fuego y orcas, en aras de darle caza.

Pero la envidia y la ira son pecados capitales que nublan la mente y ensombrecen el alma, y en el bosque no hallaron ninguna bruja, pero si lobos. Decenas de lobos con decenas de dientes. Los que no cayeron en seguida, trataron de huir de vuelta al pueblo, donde la Señora del Castillo había bajando para tratar de detener la locura desatada contra la muchacha, y explicaba a algunos aldeanos que habían quedado que la niña no había sido responsable de la enfermedad de su esposo.

Los lobos fueron tras ellos, y devoraron a toda alma que allí habitaba. Sin embargo, cuando habían rodeado a la reina norteña, un venado salió del bosque y todos los lobos echaron a correr para darle caza, como si hubieran olvidado a la mujer, la única que había permanecido firme y no se había dejado engañar por envidias y rumores.


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