La Ciénaga de las Ánimas

Durante la fundación del imperio, una de las más cruentas batallas fue librada al sur de Luz, en lo que ahora forma parte del imperio central. Allí, un pequeño reino de seres feéricos fue totalmente masacrado por las tropas imperiales, pero sus espíritus se mezclaron con la tierra y la inundaron con su magia el lugar en el que su reino se alzaba. De estos feéricos parientes de los elfos más antiguos quedaban fuerzas asesinas, que arrasaban con todo lo que pasaba por el lugar. Aquellos espíritus más fuertes se materializaron en formas terribles, que el naciente imperio no pudo contener. 

Como debía seguir enviando tropas por la ruta que atravesaba el territorio maldito, el imperio pagó a una bruja para que sellase a los espíritus. Esta llevó al lugar a todo su aquelarre, y juntas sellaron aquel reino en un gran pantano que permitía el paso de las tropas imperiales. Mantener el hechizo era costoso, y se ató a la línea de sangre de la bruja que mandaba el aquelarre, así su poder se iba heredando de madres a hijas.

Con el tiempo, los espíritus buscaban formas de escapar, lo que hacía que el hechizo requiera más fuerza, así que durante años el cenagal creció lentamente. Cuando el imperio se asentó y aquellas tierras pasaron a ser parte del imperio central, el paso hacia las zonas más al sur se estableció por otras sendas, evitando la ciénaga, que siguió creciendo hasta ahora. Olvidada por todos.

Entre tus sábanas blancas

Las nubes pasaban oscureciendo el trémulo crepúsculo, movidas por el mismo viento que arrastraba la hojarasca seca. El otoño tardío golpeaba los árboles secos despojándolos de sus ropajes, desnudándolos, pintando las calles de naranja, ocre y marrón.

Caminaba decaído, arrastrando las pesadas botas por encima de la irregular alfombra de hojas muertas. A su espalda, la luz del sol iba escondiéndose tras los lejanos montes del oeste. El viento, ya frío, se helaba todavía más con la ausencia del calor del gran astro. Soplaba de cara y hacía volar sus cabellos hacia atrás. Sus pasos le llevaban por el camino, pero él estaba perdido en su memoria, perdido en las calles que antaño recorría con su amor en brazos y el sol iluminándolos a ambos.

Poco a poco la oscuridad se iba haciendo soberana del firmamento y de la tierra. El viento recorría las calles a prisa y golpeaba sin ninguna piedad las viejas casas en ruinas y destrozadas. Silbando y ululando en los rincones como quejidos de los fantasmas de los edificios. Nadie iba a salir a encender las farolas aquella tarde. El pueblo estaba vacío, abandonado, muerto.

Sobre la fuente de la plaza ondeaba un estandarte viejo y raído. Recuerda que era negro y rojo hace años, ahora está descolorido. En su mente ondeaban las sábanas blancas, suaves, como cada vez que estaba en su habitación. Llegó a la puerta llena de grietas y astillas y la abrió empujándola con la mano con la mano. No estaba echado el cerrojo, nadie la había cerrado.

Antes de tener que tomar las armas. Antes de tener que esconderse detrás de un escudo. Antes de que fueran separados aquellos que se querían, en esa puerta ahora desvencijada siempre lo esperaba ella. Ella, que en sus ojos guardaba tesoros más grandes que el mismo fondo de todos los mares. Ella, el amor hecho persona… Una muchacha morena, con el cabello brillante y los ojos jugando entre verde y marrón. Los ojos más bellos que jamás había visto en la cara más dulce que podía existir. Las manos más suaves que podían tocarte y un aroma que desprendía paz si tenías la suerte de disfrutarlo de cerca. Un torrente de vida y belleza con forma de mujer.

Cada vez que llegaba la cogía en brazos haciendo flotar la falda del vestido en una vuelta y media de vuelo rápido que se disfrutaba lentamente, sujetándola entre risas de plata enredadas en los destellos dorados de sus cabellos al sol. Ahora cruzaba el umbral solo, evitando tropezar con los trozos de piedra caídos del techo y las paredes, cubiertos ya de polvo, prueba de batalla, testimonio de asesinato, de pasión y de sangre.

Había pasado con ella en brazos y las alas en alto ebrio de su sonrisa, perdido en sus ojos. Un beso y sentirla abrazada a él, su dulce sabor en los labios, recorriendo todo su cuerpo. Todo aquello había pasado, y entre las ruinas del presente se llevaba los dedos a los labios, ásperos por el contacto con el cuero, el acero y la sangre.

Las sombras lo atrapaban recordando los suaves y delicados dedos del amor bailando con las yemas en sus mejillas sin dejar de sonreír. Unos labios carnosos junto a los suyos, una mirada profunda donde perderse para siempre y una voz feérica, llena de magia, que escuchar cada momento. Retiró los dedos de los labios y se sintió desfallecer. Tragó y el sabor de hierro le llenó la boca y le bajó por la garganta. Recuerdos que herían de muerte un alma ya rota.

Subió las escaleras apoyándose contra el muro y evitando la barandilla, destrozada, arrancada y podrida. Vagando por su mente a la vez, viendo como subía con el amor en brazos, colgando del cuello.  Sentía la cabeza de ella contra su pecho. Con el cabello castaño, avellana, pardo y dorado como única barrera entre las pieles de ambos. La miraba, tan dulce, sonriente, con los ojos entre abiertos solamente, con la cara tan feliz y los sentimientos revoloteando a su alrededor, danzando con los suyos. Pasar sin apartar la mirada sabiendo que lo único importante estaba entre sus brazos.

Al caminar entre recuerdos encontró en la realidad un trozo de viga que le hizo tropezar y caer de rodillas. Se ayudó de las manos para alzarse del suelo, antes pulido y brillante, que vivía ahora picado y lleno de polvo y tierra, más buscando volver a verla en sus brazos que seguir caminando en el desolado presente.

Las correas le pesaban, las desató dejándolas caer. Ya no necesitaba las espadas. Un choque. Ruido. Metal contra piedra, piedra contra metal. Un golpe fuerte y repiqueteos que se extinguieron a tiempo que el polvo levantado caía de nuevo y se posaba en el suelo. Reemprendió más ligero el camino, paso a paso, dirección a la luz que entraba por la ventana. Se dejó caer sobre lo que quedaba del muro. Estaba harto de luchar por nada y solo encontrar solo muerte y sufrimiento. Volvió a viajar hacia atrás, allí donde los demonios no podían seguirlo, entre las sábanas blancas. Vio al amor bailar, bailar en el patio de la casa, entre las cuerdas de tender, entre las sábanas blancas. Bailaba dando vueltas, haciendo volar sus cabellos, haciendo volar su vestido. Se acercó a él y le cogió la mano, poniéndolo en pie, dejando que volviese a andar.

Avanzaba casi sin aliento, casi sin fuerzas, pero con firmeza, con voluntad. Ella no dejaría que se detuviese antes de llegar. Siguió avanzando ayudado por el recuerdo del amor. Arrastraba los pies pesadamente, tropezando ya con los trozos de piedra y madera caídos del techo y las paredes. El sol se marchaba tras los montes, llevándose la luz con él, dando paso a la noche, dando paso a oscuridad, dando paso al miedo a la soledad.

Pero él no se iba a dejar vencer, no todavía. No podía permitirse abandonar… Le había dado su palabra a su amor y no podía romperla, aunque ella ya no estuviese allí para poder verlo. Luchaba por dar cada paso, y ganaba cada lucha, avanzando. Veía los recuerdos, felices, al amor bailando en el pasillo, la miraba con una sonrisa y ella lo miraba a él, toda vestida de blanco, pegada a él y sonriente. Con su figura marcada por la tela del vestido, cabellos alborotados en su melena, todos bailando a su compás, pies ligeros, certeros y delicados danzando entre las pesadas botas de él. Los dos sonrientes, labios curvados. Curvas que hacían que todos los males se escondiesen y desapareciesen, que solo dejaban la felicidad. La veía bailar como siempre bailaba, como nunca más volvería a verla.

Una lágrima escapó de sus ojos y rodó por la mejilla dejando un rastro húmedo sobre su rostro. Cayó al separarse de la piel, recorriendo la distancia que la separaba del suelo y estrellándose contra la capa de polvo acumulada deshaciéndose en gotitas que los ojos no podían ver de tan pequeñas que eran, dejando una marca ínfima que pronto desaparecería y sería olvidada, aunque los motivos de su caída siempre perdurarían mientras que él siguiese respirando.

Cruzó el último umbral, la puerta de la habitación, solo, como nunca antes la había cruzado. Sin ella, sin el amor. Un trozo de techo faltaba, y bajo el agujero había quedado una silla, justo al lado de la cama, una cama grande y fuerte que aún resistía.

Él mismo la había hecho para su amor. Armado con un hacha y una sierra hizo del bosque aquella obra. En las patas había hiedra tallada, y el cabezal estaba decorado por una gran rosa. Cuando la tuvo terminada, pasó dos días puliendo la madera para no dejar ninguna astilla. Se hizo con un buen colchón, duradero, mullido y cómodo. Nada era demasiado para ella, lo que le hacía sentir, bien merecía todo, y todo yacía allí.

Las mantas estaban deshechas y los cojines todos tirados y hechos andrajos. Encima de la cama solo faltaba una muñequita de tela que él le regaló a ella. Al ver que faltaba se entristeció, lo único que podía volver a abrazar de ella no estaba. Sin embargo, no iba a dejar hueco a más tristeza, quizá aquella muñeca, aquel tierno regalo estaba entre los brazos de ella, como si aún pudiera abrazarle a él. Por un instante, sintió el abrazo como si estuviera allí, no como un recuerdo, si no como una verdad indudable y la tristeza se fue desvaneciendo.

Avanzando despacio, caminando paso a paso. Pasando la mano sobre lo que quedaba de las mantas, levantando inconscientemente parte del polvo que las cubría. Aquella habitación había sido la más hermosa de toda la casa, llena de colores y muebles de madera trabajada, con telas delicadas y muchísima luz y alegría. De toda su belleza solo quedaban la silla y la cama deshecha y polvo y ruinas y nada más. De todos los rojos y los bermellones y los dorados y los verdes y los blancos solo grises quedaban, tristes, vigilantes y cansados. Gradaban aquella estancia como antiguos caballeros que guardan la sala del trono tras la muerte de un gran rey, sumidos en una tristeza eterna, con el esplendor pasado solo conservado en los recuerdos, recuerdos que aun perduraban en su mente. Mientras pasaba acariciando las mantas deshechas, recordaba todos los colores, todos los matices y todas las emociones que habían llenado aquella sala.

La noche era cerrada y abajo todo estaba oscuro y nada se veía. Los ojos ya no le servían, pero en aquella habitación no los necesitaba, solo con la mente podía verla tal como sido, con todos sus colores, olores y texturas. Solo necesitaba tener cuidado de no encontrar trabas ni hoyos ni ruinas por el suelo. Avanzaba a las palpas, como podía, evitando los trozos de techo caído, buscando la silla. Poco a poco iba perdiendo fuerza, todo le pesaba, no podía aguantar. Se desató los brazales y los dejó caer en la oscuridad, alzando el polvo del suelo de nuevo, que se esparció y dispersó por todos lados antes de volver a depositarse. Las manos del guerrero encontraron la silla y se movió hacia ella despacio, muy despacio, y se dejó caer. Miró el cielo por la ventana y pudo ver algunas estrellas lejanas que conseguían huir de las nubes y mandar su luz a la tierra. El cielo estaba abriéndose muy lentamente y nada podía verse todavía, pero el guerrero sentía alegría del negror, no se veía ningún fuego en la lejanía, en el campo de batalla, ya se habían dejado de incendiar casas y ya solo quedaba la oscuridad, oscuridad de paz después de tanto tiempo de guerra. Guerra que tan altos precios se había cobrado, ya nunca más podría volver a ver a su amor, igual que aquellas paredes en duelo jamás volverían a ver los colores que antaño las habían adornado y vestido.

Estiró un brazo y volvió a verla otra vez, pero no era ella, solo un recuerdo de tiempos más felices. Ella fue bailando hasta la silla y se sentó ligera sobre las piernas de él, como hacía siempre, con las piernas dejadas caer juntas y el vestido escampado sobre él. Un beso en la mejilla. Un beso en la frente. Un beso en los labios. Él siempre le preguntaba si le gustaba la cama que le había hecho, y ella siempre respondía que aún no había dormido una noche entera. Él acariciaba muy tiernamente las suaves mejillas de ella y le preguntaba por qué en un susurro pícaro. Ella se sonrojaba entera y acercaba sus labios a la oreja de él, y cuando estaba a punto de tocarlo le decía bajito que cuando él no estaba a su lado ella no podía dormir y añoraba su calidez, y cuando que cuando él estaba con ella era él quien no la dejaba dormir. Entonces sonreía y él le buscaba los labios con los suyos para besarla, y ella lo besaba a él con las mejillas encendidas.

La cogía en brazos y se levantaba de la silla llevándola a la cama, y la dejaba muy suavemente sobre las mantas y él se quedaba sobre ella. Se besaban y sonreían, y él le preguntaba susurrándole bajito si aquella noche quería que se metiesen bajo las mantas y pasaran toda la noche juntos y abrazados y durmiesen así hasta el alba. Ella se mordía el labio y le pasaba la mano por el pecho, despasándole poco a poco los botones de la camisa. No habían dormido ninguna noche entera en esa cama marchita. Ni nunca lo harían.

El cielo ya mostraba más estrellas, pero la luna seguía prisionera de las nubes. Desde la silla podía acariciar las mantas y revivir los recuerdos moribundos. La realidad se le emborronaba y los recuerdos eran más vívidos e intensos que nunca. Ya no podía mover nada más que una mano, lo demás lo dejaba estar. Parecía más un muerto que otra cosa, y cuando todo se volvió negro por fin, él regresó a sus recuerdos y vio cómo iba desatándole todos los lazos del vestido y cómo ella hacia que su camisa desapareciese. La besaba en los labios y luego en el cuello y bajaba poco a poco tironeándole suavemente del vestido, haciéndolo retroceder hasta quitárselo completamente. Quitarse las botas y sentir como caían pesadamente. Ella llevaba sus manos hasta el rostro de él y le hacía volver a subir y él la volvía a besar muy tierna y largamente, deleitándose, deteniendo el tiempo en ese instante para no poner fin al beso. Poco a poco él le desataba el corsé, dejándole tan solo las calzas blancas bordadas de flores rojas y hojas verdes y las delicadas prendas de puntilla fina. La besaba mientras acariciaba su piel, suave y tostada, con miles de tonos dibujándola y pintándola. Entre beso y beso ella suspiraba y enredaba sus manos en el cabello de él, estirándole para que no se apartase de ella. Bajaba besándole el cuello y más abajo, donde se entretenía jugando con sus besos y sus labios, travieso mientras ella se removía presa bajo él con los ojos cerrados y los labios entre abiertos.

Ella estiraba del cabello de él, girando para ponerse encima. Besándolo en los labios y liberando una mano para despojarlo también a él de sus ropas, de sus heridas, de sus pesares y tormentos. Sin dejar de besarla, él la acariciaba labios abajo con las yemas de los dedos, entreteniéndose en su vientre, donde su piel tostaba se tornaba más clara, pero no menos agradable, y dibujando las costuras de las pocas prendas que aún le quedaban sobre la piel, erizándole el vello de todo el cuerpo.

Giraban de nuevo removiéndose y apartando las mantas, quedando solo entre las sábanas blancas.

Su respiración, ahora tranquila, era cada vez más tenue, la luna era libre y su luz entraba por el agujero del techo, cayendo sobre él. Trató de abrir los ojos, pero ya no lo logró. Ya no le quedaban fuerzas para escapar de sus recuerdos. Tragó, y de nuevo sintió el sabor a hierro, pero esta vez le inundó por completo. Quería recordarla por última vez, y lo hizo. La vio, y a sí mismo también, abrazados, solo cubiertos por las sábanas blancas. Piel con piel. Respirando entrecortadamente, recuperando el aliento. La luz del sol naciente bañaba sus pieles. Las piernas yacían entrecruzadas, enredadas y relajadas, y los ojos entre abiertos, ambos sonrientes. No necesitaban palabras, porque aquello que iban a decirse el uno al otro ya lo sabían, así que solo cruzaban miradas y besos tiernos y juntaban las frentes y sonreían, y solo había sitio para su felicidad entre sus sábanas blancas.

Había luchado contra la muerte para poder llegar a su casa, pero, ya no podía más. La flecha que le había acertado en el pecho en la batalla era mortal de necesidad y él ya había aguantado más de lo que le correspondía. Los ojos se le cerraron por fin y los brazos le quedaron colgando. Poco a poco, el recuerdo iba apagándose y alejándose, pero, él había podido volver a verla a ella por última vez. Una sonrisa se dibujó en sus labios manchados de sangre, y ya jamás volvió a moverse. Quedó allí, en su habitación, custodiado por los grises y fríos muros de piedra.

Algunas lágrimas humedecían la tierra de un camino lejano. En la caravana de refugiados había una muchacha de cabellos rebeldes que se había detenido y miraba atrás con lágrimas en los ojos. Una mujer se le acercó y le tomó las manos.Le dijo que no llorase más por él. Que él se había quedado a luchar para que ella pudiese vivir, y vivir feliz, y eso merecía al menos una sonrisa. La muchacha apretó la muñeca de tela que llevaba entre las manos y se secó las lágrimas. Sonrió recordándole, a él y todas las noches que pasaron sin dormir, que terminaron abrazados, los dos juntos, entre sus sábanas blancas.

No todas las cuerdas son de arco

De entre las ruinas de un antaño poderoso castillo, que aun humeantes mantiene sus ruinas, sale un arquero. Han ganado la batalla. El asedio acabó por fin. Los guerreros de ambos bandos habían luchado con valentía, pero los Verdes eran los vencedores y los Naranjas los muertos que enmoquetaban el patio. Tira el arco. Cuantas veces aquella mañana lo había disparado y regalado una vida a Ela, cuantas viudas habría dejado.

Tira también las flechas, las pocas que le quedaban. La mayoría descansa en los cuerpos de los enemigos de su Señor.

Arroja el yelmo al suelo, un metal más que adornará la tierra días después de la batalla.
Se para. Coge su guitarra y toca. Toca mientras canta y canta mientras recuerda aquella mañana.

El arrojo de las ropas. Escudos en alto cubriendo, parando las flechas de la muralla. Aun así soldados mueren. Él está listo con el arco cargado para cuando los escudos bajen.
Los escudos bajan. ¡Fuego! Flechas que salen disparadas. el dispara. Escudos en alto. 
Su guitarra sigue sonando por el camino de vuelta.

Pasa el ariete. Las tropas se paran y disparan catapultas a las torres. Incendian la ciudad y los gritos de dolor se confunden con los de guerra. 

Las torres han caído y las catapultas se detienen. Vuelve el ariete y golpea contra la puerta hasta partirla. La puerta cede y la infantería avanza. Ellos, los arqueros, siguen disparando para acabar con los pocos que aún defienden la muralla.

La música sigue sonando. La batalla ya ha quedado atrás. Toca las cuerdas de su guitarra y canta, mientras una lágrima se le escurre por la mejilla.


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La ofrenda

Había recorrido ese bosque durante toda la noche, buscándolo iluminada sólo por la luz de las estrellas. Aún llevaba ese hatillo pegado a su cuerpo, algo sudado por la larga caminata. Le habían dicho que allí podría pedir cualquier deseo si estaba dispuesta a pagar el precio. Le costaba seguir el ritmo, pero sabía que si tardaba mucho en llegar él moriría. Llegó al claro y contuvo el aliento antes de dejar la seguridad de los árboles y adentrarse en dirección a las rocas. Acarició su abultado vientre, sintiendo como ella se agitaba en sueños, dando débiles patadas y puñetazos que notaba a través de su piel.

– Pronto estará todo arreglado pequeña, sólo faltan unos metros. 

Musitó, mientras un pequeño escalofrío recorría su espalda. En el hatillo que colgaba de su espalda se encontraban esas alhajas que le había regalado su madre cuando cumplió los dieciséis. A simple vista parecían joyas de plata, ennegrecidas por el paso de los años, pero al mirarlas con la luz adecuada desprendían un brillo rojizo. Recorriendo ese bosque recordó la alegría que sintió al recibirlas y cómo se sintió al ponérselas por primera vez. Eran unos pendientes con un pequeño topacio engarzado en cada uno de ellos, que parecían dos pequeñas gotas de sangre y con filigranas bañadas en oro bruñido; un pequeño colgante con un ópalo tallado en forma de corazón y un par de brazales, uno con grabados de flores y el otro de frutos. Al moverse chocaban entre ellos y casi parecía que seguían el ritmo de una música invisible. 

– Los recibí de mi madre y ella de la suya, me contó que fueron forjados por Mirel Tallador, una hermosa enana que se enamoró de un humano que se fue de sus tierras para aprender el arte de la forja. Se presentó ante el clan como Topacio y se enamoró de él nada más verlo. Le enseñó todo lo que sabía del arte de la forja mientras en secreto forjaba estas joyas, con el deseo oculto de conquistar su corazón. No se sabe exactamente cómo la rechazó, sólo que al final la joven se quitó la vida y su sangre bañó estas joyas. Si las miras atentamente verás que tienen un extraño brillo rojizo y a mí a veces me pareció escuchar un llanto proveniente de ellas. 

No creyó en sus palabras, aunque era cierto que con ellas puestas ningún hombre ni mujer podía dejar de mirarla. Había bailado hasta la extenuación en el último festival de la cosecha y fue elegida la reina, y con eso consiguió casarse con Tomás. Tenían una vida perfecta hasta que empezó esa absurda guerra y tuvo que ir a combatir al frente, por mucho que le imploró no pudo hacerle cambiar de idea. Se alegró al ver que regresaba tan pronto del frente, pero las heridas que traía no se cerraban por mucho esfuerzo que dedicaran tanto médicos como magos en tratarlas. 

Perdida en sus pensamientos tropezó con una raíz oculta y cayó de rodillas, lacerándose una de ellas. Ahogó un pequeño grito, se puso en pie y siguió avanzando poco a poco hacia las rocas.

Tocó una de las piedras y lanzó la oración que había aprendido cuando era pequeña, casi parecía que hacía siglos de eso. 

– He llegado aquí con mis objetos más preciados para ver cumplido el deseo más profundo de mi corazón. 

Justo después de pronunciar estas palabras la vio, parecía la mujer más hermosa que había visto nunca, con el pelo blanco como la nieve y las mejillas y los labios sonrosados, y unos ojos grises que la miraban algo divertidos. 

– Veo que has cumplido tu parte del trato, así que yo cumpliré la mía. 

Se acercó a ella, le puso la mano en el vientre y musitó algo, aunque ella no logró entenderlo. Con horror vio que su vientre se deshinchaba. Intentó gritar, pero de su garganta no brotó ningún sonido. 

– La cuidaré y terminará siendo una criatura del bosque, como yo. Puedes ir junto a tu esposo, te estará esperando en casa.

Huyó de allí y recorrió el bosque corriendo, casi parecía que volara entre los árboles, sin terminar de procesar todo lo que había ocurrido en ese claro. Al llegar a casa y ver la mirada inexpresiva de su esposo que la observaba en el umbral de la puerta recordó de golpe cómo terminaba la historia que le contó su madre, hacía casi una eternidad:

– Pero vigila los pactos que hagas con ellas y sé cuidadosa con tus palabras y tus pensamientos, pues siempre cumplen lo acordado de forma literal y tienen un retorcido sentido del humor. 

Y con esas palabras por fin pudo gritar.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE

GEMMA SÁNCHEZ

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El telar

Llevaba mucho tiempo usando ese telar, había estado en esa casa desde que tenía memoria y, según le contó su madre, fue uno de los regalos de boda que tuvo cuando se casó. Era un telar antiguo, cuya madera tenía unas extraños tallos que parecía que lo iban envolviendo como enredaderas y que terminaban en unas flores que, de tan reales que eran, hasta transmitían cierta fragancia dulzona. Una vez, usándolo, le pareció que una voz sensual le hablaba, diciéndole que se dejara llevar, que le podría ofrecer todo aquello que deseaba. Lo dejó abandonado en algún punto del sótano, cubierto con una sábana blanca, aunque siempre que bajaba esta parecía que se moviera con una brisa invisible. Un día, llegó la guerra y el señor requirió que todos los hombres que pudieran luchar se unieran al ejército, bajo pena de muerte. No les quedó otra y con lágrimas en los ojos los vio partir, una fría mañana de invierno.

Empezó a tener sueños donde morían de la forma más horrible, y en ellos siempre escuchaba esa voz seductora que había escuchado años atrás en el telar. — Yo podría salvarlos, solo tienes que desearlo y crearlo entre las dos, este destino aún no está fijado.

Siempre como respuesta murmuraba una leve oración a Ela, sabía que el destino no podía cambiarse y que tenía que conformarse con el plan que tenía Ela para sus seres queridos. Fueron pasando los días, y cada vez los sueños eran más horribles, lo que al principio era una muerte rápida en batalla se convirtió en horas primero y después días de sufrimiento y agonías extremos. — Eso seguro que no es lo que Ela querría, tengo que cambiar ese destino – pensó una de esas noches de insomnio. Rápidamente bajó al telar y casi le pareció que, al tocarle, algo la abrazaba. Empezó a tejer de forma salvaje, y las imágenes casi salían solas. En ellas solo salía su marido y su hijo que alzaban una bandera en un campo lleno de cuerpos. Parecía una bonita escena, pero al mirarlo con más detenimiento, había un brillo cruel en sus ojos que antes no existía y entre los cuerpos se veía que los enemigos se habían encarnizado demasiado, la sangre cubría de color las flores antaño blancas y le daban a la escena un cierto toque macabro. Pero ella solo veía que sus seres queridos volverían a casa, junto a ella, y eso era lo único que le importaba. Siguió contemplando el telar horas, para ella no parecía pasar el tiempo. Solo veía la belleza de esas flores ahora manchadas con un tono carmesí que cubrían la tierra cuál tapiz, y esos dos hombres con una sonrisa triunfal ….Primero escuchó unas notas de una trompeta, indicando que alguien conocido llegaba al pueblo, pero esas notas se apagaron súbitamente y al cabo de unos minutos, únicamente retumbaban en sus oídos gritos de auxilio. Con ese sonido y una extraña melodía que parecía completar los silencios, sus ojos empezaron a tomar un brillo salvaje — Ahora vengo mi amor a bailar contigo – susurró, y fue a la cocina a coger todo lo necesario para poder cumplir la voluntad de esa susurrante voz.

Un mercader pasó por ese pueblo al cabo de unos días y tuvo que respirar hondo para poder soportar toda la crudeza de la escena

– No han tenido piedad, quién sea que haya realizado esta masacre estará condenado al fuego eterno – musitó y empezó a musitar una leve plegaria a Ela, estaría en todas partes pero, ¿dónde estaba cuando se cometía semejante carnicería? Por un instante pensó en enterrar a todos los muertos, pero eso hubiese sido una empresa titánica para una sola persona, y más siendo él un simple comerciante. 

– El fuego seguro que purifica el pueblo y llevará a estas pobres almas al regazo de Ela – empezó a prepararlo todo para incendiarlo, tirando la brea necesaria en los edificios y usando algún poco de leña del bosque cercano. Cuando lo tenía todo preparado, prendió fuego a la mecha y estaba a punto de lanzarla cuando de repente algo le hizo parar la mano. — ¿Qué hace ese hermoso telar en medio de esta carnicería? – se preguntó casi extrañado de ver alguna belleza en medio de ese campo de batalla. — Sería una lástima que se quemara junto a estos cuerpos.

Al cabo de unas horas, ese mercader empezó a silbar una melodía de camino a su hogar, era algo pegadiza y tenía cierto toque sinuoso, que invitaba a una caricia y que prometía cumplir esos oscuros deseos que poblaban su alma, y en esas cavilaciones no pudo escuchar esa risa cantarina que provenía del fondo de su carro….

Este objeto está poseído por una entidad que sólo busca crear el sufrimiento y el caos allí donde pasa. Va recorriendo Ériandos, pasando de mano en mano y dejando sólo escenas de destrucción allí donde pasa.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE:

GEMMA SÁNCHEZ

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Nació una guerrera

Con el viento de cara y un fuerte olor a madera,

Rambara sentía a una luchadora corriendo por sus venas.

La sangre brotaba de un cuerpo

Que yacía a mis pies, que con

Furia ataqué.

A duras penas fuerzas le quedaban

Para abrir los ojos,

Aunque en euforia se evadió

Gritándole al frío otoño.

Las lágrimas brotaron de sus ojos

Como ríos tras el deshielo.

Su corazón se tornó invierno

En tonos rojizos y violentos.

Nació una Guerrera.


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Perro de pelea

El torneo de béstials de Velcarin era conocido en todo el continente. Los béstials más temibles se enfrentaban desarmados en la arena mientras el público hacia sus apuestas.

Siempre moría alguno, pero era un riesgo que sus amos asumían sin dudar cuando aspiraban al cuantioso premio y al reconocimiento de poder alzarse con la victoria.

Ese años una canis de pelaje azabache y grandes músculos fue ganando combate a combate hasta llegar a la final, en la que se enfrentaba a un felis color pardo que era famoso por sus letales garras.

En mitad del combate el felis intentó rajarle la garganta como había hecho con otros contrincantes, pero ella absorbió el ataque con su propia cara y consiguió dejarlo KO de un temible puñetazo directo.

El público gritaba emocionado a la nueva campeona. Aún con la cara cubierta de sangre y la carne abierta le pusieron la medalla mientras su amo recogía las ovaciones y el dinero.

Tardaron horas en atender su aparatosa herida, pero a ella no pareció importarle. En contraste con su gran musculatura y su fiereza en el combate saltaba a la vista que era una bestial sumisa y que procesaba una devoción hacia su amo que rozaba el enamoramiento.

La luchadora aceptaba con una visible felicidad los cuidados que le dieron en la posada, donde otros bestials la felicitaban por los combates mientras cosían su herida y ella hablaba maravillas de su amo, sin ser conscientes de que no muy lejos de allí él se reunía con otros dueños para acordar los precios de los cachorros.

Ella apenas tenía 9 años cuando dos días más tarde su amo la ordenó desnudarse delante de otro bestial y de su dueño.

Por primera vez tuvieron que repetirle la orden antes de obedecer y dejarse montar. Aquello no era tan doloroso como las peleas, pero se sentía humillada por cómo les miraban los humanos. Aun así una orden era una orden y si aquello era lo que su amo quería ella no era quién para oponerse…

Hubo varios intentos más hasta que quedó preñada y entonces su amo mejoró sus cuidados como nunca. Le dio una cama para que no durmiera en el suelo, una manta para abrigarse en invierno, comida como la que comía él en lugar de sobras y no hubo más peleas… Ella no podía estar más feliz y cuando una noche él mismo la montó, pensó que eso significaba que él la quería.

Tras pasar el embarazo de ensueño tuvo dos cachorros, un macho azabache y una hembra con vetas plateadas. Durante dos meses los amamantó y cuidó con devoción, pensando que al fin había alcanzado la felicidad plena… Hasta la mañana en la que se encontró la cuna vacía.

Hicieron falta cadenas y cubos de agua helada para conseguir que la bestial regresase a su sumisión de siempre y a pesar de que de nuevo obedecía todas y cada una las órdenes ya jamás recuperó su sonrisa de antes.

Asumió que ni su amo ni nadie la querrían nunca. No era más que una perra de pelea… Y así sería siempre. Sus hijos jamás conocerían a su madre de la misma forma que ella no recordaba a los suyos. Aquello era lo que significaba ser una béstial y una esclava. Tenías una familia, pero formabas parte de ella sólo como una posesión de la que podían abusar o deshacerse.

Regresó al día a día de los entrenamientos y las peleas. Antes siempre había creído firmemente en la bondad de su señor. Si ordenaba que le partiera las piernas a alguien seguro que se trataba de un delincuente peligroso, si le pedía que diera caza a quien fuera seguro que estaba ayudando a las autoridades… pero ahora empezaba a darse cuenta de la realidad. Su amo no era más que un matón que la utilizaba para herir o incluso matar a los que muy probablemente serían inocentes y por eso nadie en la ciudad quería estar cerca de ella.

Una mañana irrumpió en la casa un juez acompañado de guardias que apresaron a su amo. Ella intentó defenderle, pero nada podía hacer contra la magia del juez.

Pasó varios días en los calabozos hasta que decidieron que no era una amenaza. De pronto estaba sola y en la calle, sin amo ni hogar, sin nadie que se atreviera a acogerla por temor a que su amo escapase de prisión y la reclamase.

Empezó a recorrer los caminos sin rumbo, alimentándose de la basura o las sobras pues apenas conseguía cazar. No sabía valerse por sí misma y sabía que si no encontraba a un nuevo amo, o al menos a alguien para quién poder trabajar, acabaría muerta de hambre.

Y fue precisamente el hambre lo que hizo que siguiera el aroma de la comida recién hecha hasta aquella posada y acabase metida en una pelea muy diferente a las que estaba acostumbrada.


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Tikal

En tierras nevadas
del Imperio Beliondés,
había una bestial
de grisácea piel.

Al abrigo de la noche,
en un casi amanecer,
una sombra la perseguía
y la hizo caer.

Sus ojos esmeralda
la Oscuridad cerró
y una extraña profecía
dio comienzo a la función.

Un campamento de Luz
y una bella Oscuridad,
estaban en guerra,
una guerra sin igual.

Desconfiada
la enfrentó,
pero está le ofreció
un mundo de libertad sin dolor.

Siguiendo al gran Haier
y al charlatán Delmar,
acabaron en una cueva
de estatuas siniestras.

Tras mucho divagar,
decidieron romperlas
y seguir
a las Tinieblas más bellas.

Empapada en sudor,
en su cama despertó,
la duda le oprimió el corazón,
una carta de Tinieblas llegó.

Partió sin demora,
dejando atrás a su opresor,
en su corazón el anhelo
de volver a verlos.

Tras meses los encontró
y una bestia feroz
con veneno lo intentó,
pero su muerte halló.

Los tres continuaron
y tras compañeros poco fiables
una bruja infame, unos elfos y un dragón,
acabaron en un campo por una nueva visión.

En un tanque durmiente,
Esmeralda se hallaba,
la bella Oscuridad
que por ellos llamaba.

La llevaron a un templo
abandonado hace tiempo,
a punto estuvo Tikal
de perder el aliento.

Al ver el fracaso
decidió abandonarles,
jurando a Tinieblas
volver fuerte y ayudarle.

Un sacrificio,
un nuevo cuerpo,
una promesa,
un oficio.

Bestial liberta,
de monstruos cazadora,
hacia Eidel partía,
una nueva sorpresa aparecía.

Sus amigos la daban muerta,
la habían visto arder
por hereje en la hoguera,
por seguidora de Tinieblas.

Tras el encuentro,
Eidel esperaba,
y allí la chica
que su ayuda necesitaba.

Una gran explosión,
el suelo se abrió
y a todos devoró,
abajo la sala y la puerta.

Abajo la mesa negra,
la joya esmeralda,
esperaba un sacrificio,
la chica debía estar muerta.

Tikal a Haier pasó la daga,
este la ejecutó
y Tinieblas volvió
su agradecimiento dió.

Los tres son Tinieblas,
pues en Tinieblas viven,
ellos son Tinieblas
y a Tinieblas sirven.

ESTA CANCIÓN NOS LLEGA DE LA MANO DE:

CONSTANTINO IRIS

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¿Siempre fue así?

En una isla, en medio de un lago, rodeada de montañas, se alza la ciudad de Uxuss, reina del Valle. Y allí, en el Valle de Uxuss, es dónde los mejores Guerreros del Viento son criados y entrenados. Allí, es dónde nació una niña muy especial, una niña con los ojos violeta, y ese color le dio nombre.

Criada entre soldados, como todas las niñas del Valle, creció Violeta. Largos mechones del color del fuego crecieron con ella, encerrada por sus padres por miedo a que los demás no la aceptasen, por miedo a sus ojos.

Al estar sola, a la niña no le quedó más remedio que aprender a jugar y vivir con su imaginación, y pronto pudo hacer cosas que la mayoría ni se imaginaba.

Llegó el día, en que, como todos los niños de su edad, guerreros o no, fue llamada a la Real Academia del Saber, donde, desde que la familia Acantiladorojo la fundó, todos los niños a partir de los siete años debían acudir para ser instruidos en todo, estrategia, dominio de las armas, ciencia, medicina, literatura, supervivencia y matemáticas.
Allí llegó la niña, y, como sus padres le habían dicho, no miraba a nadie a los ojos hasta que a tropezar fue con el borde del campo de entrenamiento de los pequeños Guerreros del Viento al ir distraída leyendo uno de esos libros que tanto le gustaban. Cayó al lado de una espada de madera, y unos amables brazos la recogieron del suelo y, luego, también a la espada. Un niño con unas suaves alas blancas la había levantado, y la niña no pudo evitar mirarle a los ojos, ojos verdes agrisados como las hojas de los bosques del Valle. Él también la miró, y le tendió la mano.

—Soy Diego Acantiladorojo, un placer haberte conocido.

Así empezó una amistad que duró años. Jamás se separaban a menos que fuese indispensable, hasta que las guerras que nunca acababan, las Guerras Cálidas llegaron al Valle, y al estar la mayoría de guerreros combatiendo en el frente del sur de Gorgótem, una escuadra de licos logró entrar en el Valle y llegar hasta los niños, y al verlos, coger a Diego, que valientemente se había interpuesto entre los monstruos y la chica. Una enorme bestia blanca, fue a por él, y tras algo de lucha lo aprisionó entre sus garras. Fue entonces cuando las manos de la chica se encendieron en llamas y cuando los licos se dieron cuenta de que ella era la presa más valiosa en aquella sala. Otro lico se adelantó para cogerla y cuando los tuvieron a ambos, salieron de allí. Una flecha certera atravesó al monstruo que sujetaba al chico, y este quedó libre, y corrió tras la chica hasta que no pudo más.

Ella, cuando dejó de verlo entre las ramas, aun pudo oír como a gritos, el muchacho juró que la encontraría y que nunca dejaría de buscarla. En ese momento, una mujer con una máscara apareció de repente en medio del camino y deshizo a los monstruos con un movimiento de mano.

—Soy Sona, he venido a protegerte y enseñarte.

La bruja cogió a la chica y ambas desaparecieron de allí, y aparecieron en la capital del Imperio de Luz, en la sala del trono. Allí, la bruja cogió una araña dorada y la puso en el pecho de la chica, la que se desmayó al notar el doloroso mordisco del mágico objeto.

Esa araña creció con ella mientras la bruja le enseñaba poderes inmensos, hasta que un día, un hombre entró por la puerta. Y la bruja le contó la historia de Violeta. Entonces él habló y la araña brilló por primera vez, y la chica hizo exactamente lo que el hombre le dijo, y de nuevo, los tres partieron hacia Gorgótem, avisados por un mago de que la Triada estaba cayendo.

Allí, Cruat comenzó su venganza, utilizando a la muchacha para controlar a la población, y todos la conocieron como Bruja Púrpura, y, hasta que uno de los cabecillas rebeldes, JJ, entró en el castillo para acabar con su reinado y su dolor, Diego y Violeta no volvieron a estar juntos.


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La triste historia de Cruat

En una pequeña aldea del reino de Shar-Vane en Gorgótem, vivían dos molineros que tenían un hijo. En la Triada, tiempos de guerra se respiraban, y los licos ya estaban preparados. Todos los reinos gorgotianos aliados de nuevo, congregaron sus ejércitos y los prepararon para la batalla.

Sin embargo, la victoria tiene un precio, y los impuestos subieron para mantener las tropas, que daban sus vidas combatiendo contra los feroces enemigos. Todas las personas no combatientes debían pagar el triple de lo normal, y cada vez menos ganancias llegaban a los hogares.

Los años pasaban, la guerra dolía, pues muchas batallas se perdían. Una de las veces que los monstruos ganaron, al pueblo de los molineros llegaron. Y allí entre costales, por orden del padre, la madre y el niño se refugiaron. Los licos entraron y lo destriparon delante del niño, al que por suerte no encontraron.
Su madre lloraba, y la harina menguaba, y los cobradores muy seguido pasaban. Cuando el niño tenía solo siete años, dos guerreros alados a su casa acudieron. A su madre prendieron, por mal pagadora, y a él se llevaron como la ley mandaba.

Un día escapó, y juró regresar, para de los hombres y licos poderse vengar.
Al Imperio de Luz huyó, y allí empezó a mostrar sus grandes poderes y habilidad. Y no era aquel niño nadie más que Cruat.


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La Promesa del Guerrero

Mucho tiempo había pasado desde que hizo esa promesa, la única que no había podido cumplir en su vida, y había hecho muchas en esa vida tan sumamente larga de la que gozaban los que eran como él. Una promesa que había hecho cuando solo era un muchacho.

Ahora, sentado en el alféizar de la ventana de la habitación de la antigua posada donde había vivido los últimos años, contemplando el campamento que se extendía bajo sus pies, entre las ruinas de la ciudad por donde tantas veces había caminado, lleno de vida: hogueras, gente riendo, cuenta cuentos… todos celebraban su bien merecida victoria. A lo lejos, en el norte de la ciudad en ruinas, unos imponentes muros guardaban la fortaleza que sería su próximo objetivo. Allí estaba su promesa, esa que no había podido cumplir. Podía desplegar sus alas y volar hasta ella, cumplirla por fin, pero entonces dejaría atrás a la gente que tanto estaba luchando a su lado. No pudo seguir mirando en aquella dirección. El peso de su promesa le aplastaba el alma y ya se le estaba clavando en el corazón.

Haría lo que tenía que hacer, dejar una promesa sin cumplir a cambio de salvar a toda esa gente, a la gente que le había seguido para salvar su tierra. Aunque a él no le quedase nada más que un alma rota, por que era lo que debía hacer. Por eso, los que ahora le recuerdan, lo llaman héroe.


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El trágico viaje de John Price

En las lejanas tierras del Sur, al oeste del Desierto de los Muertos, se alzaba en las eras antiguas un castillo que protegía y gobernaba el condado de Nunon. En ese castillo, un vampiro ostentaba el trono, y, como la mayoría de los vampiros, era un sanguinario que se alimentaba de su propio pueblo.

Con la escusa de un peligroso dragón, exigía que dos jóvenes, un chico y una chica, fuesen abandonados en el bosque cada mes. Así eran las cosas hasta que los elegidos fueron John Price, un chico alto y fuerte de cabellos castaños; y a Cloe Anele, una muchacha de su misma edad. Ella era una ingenua y consideraba honorable morir por mantener a su pueblo, pero él sabía que lo que les esperaba en el bosque no era un enorme dragón, sino algo mucho más terrible.

Y antes de que los llevaran a su muerte, él talló una estaca de madera y la escondió en el interior de de su zurrón. En el bosque, el Vampiro y su señora, la Vampiresa, los esperaban, y él se abalanzó sobre Cloe y la desangró en cuestión de segundos, pero cuando la mujer iba a realizar un movimiento similar al de su pareja, John se adelantó y hundió su estaca en medio del pecho, y como castigo, la mujer, justo antes de morir lo convirtió en vampiro. John abandonó el pueblo después de coger fuerzas bebiéndose a dos vecinos. Pensó que sería libre ahora que ni siquiera la muerte lo ataba, pero pronto la culpa se apoderó de él y se prometió que jamás mataría por placer. Promesa que cumplió siempre… hasta que llegó a un pueblo vecino dos noches después, donde diezmó a la población, pero sus sentimientos seguían atormentándolo, y pueblo a pueblo, fue volviéndose más y más loco, hasta que en una aldea Iber, mató a la mujer de un cazador de monstruos, que empezó a perseguirlo y  a destrozarle la vida aun más que sus sentimientos, llevándolo hasta un lugar conocido como el toro donde convenció a sus habitantes de que tomaran una de las pocas cosas dañinas para los vampiros, impidiendo así que el loco y desesperado John no pudiese alimentarse, hasta que, acosado por el hambre mordió a una chica y se envenenó a sí mismo, quedando indefenso, y fue entonces cuando el cazador llevó a cabo su venganza. 

No mató a John, lo condenó a algo peor. Lo encerró en un ataúd de acero para toda la eternidad, sin posibilidad de probar la sangre, para que se consumiese poco a poco destrozándose por dentro y jamás pudiese volver a matar. Ese fue el final del viaje de John Price, un viaje de solo doscientos kilómetros que lo volvió loco y acabó con él. Pobre John Price, y, pobre de aquel que encuentre su ataúd y lo abra, pues seguro que después de tanto tiempo, está hambriento, muy hambriento.


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