Entre tus sábanas blancas

Las nubes pasaban oscureciendo el trémulo crepúsculo, movidas por el mismo viento que arrastraba la hojarasca seca. El otoño tardío golpeaba los árboles secos despojándolos de sus ropajes, desnudándolos, pintando las calles de naranja, ocre y marrón.

Caminaba decaído, arrastrando las pesadas botas por encima de la irregular alfombra de hojas muertas. A su espalda, la luz del sol iba escondiéndose tras los lejanos montes del oeste. El viento, ya frío, se helaba todavía más con la ausencia del calor del gran astro. Soplaba de cara y hacía volar sus cabellos hacia atrás. Sus pasos le llevaban por el camino, pero él estaba perdido en su memoria, perdido en las calles que antaño recorría con su amor en brazos y el sol iluminándolos a ambos.

Poco a poco la oscuridad se iba haciendo soberana del firmamento y de la tierra. El viento recorría las calles a prisa y golpeaba sin ninguna piedad las viejas casas en ruinas y destrozadas. Silbando y ululando en los rincones como quejidos de los fantasmas de los edificios. Nadie iba a salir a encender las farolas aquella tarde. El pueblo estaba vacío, abandonado, muerto.

Sobre la fuente de la plaza ondeaba un estandarte viejo y raído. Recuerda que era negro y rojo hace años, ahora está descolorido. En su mente ondeaban las sábanas blancas, suaves, como cada vez que estaba en su habitación. Llegó a la puerta llena de grietas y astillas y la abrió empujándola con la mano con la mano. No estaba echado el cerrojo, nadie la había cerrado.

Antes de tener que tomar las armas. Antes de tener que esconderse detrás de un escudo. Antes de que fueran separados aquellos que se querían, en esa puerta ahora desvencijada siempre lo esperaba ella. Ella, que en sus ojos guardaba tesoros más grandes que el mismo fondo de todos los mares. Ella, el amor hecho persona… Una muchacha morena, con el cabello brillante y los ojos jugando entre verde y marrón. Los ojos más bellos que jamás había visto en la cara más dulce que podía existir. Las manos más suaves que podían tocarte y un aroma que desprendía paz si tenías la suerte de disfrutarlo de cerca. Un torrente de vida y belleza con forma de mujer.

Cada vez que llegaba la cogía en brazos haciendo flotar la falda del vestido en una vuelta y media de vuelo rápido que se disfrutaba lentamente, sujetándola entre risas de plata enredadas en los destellos dorados de sus cabellos al sol. Ahora cruzaba el umbral solo, evitando tropezar con los trozos de piedra caídos del techo y las paredes, cubiertos ya de polvo, prueba de batalla, testimonio de asesinato, de pasión y de sangre.

Había pasado con ella en brazos y las alas en alto ebrio de su sonrisa, perdido en sus ojos. Un beso y sentirla abrazada a él, su dulce sabor en los labios, recorriendo todo su cuerpo. Todo aquello había pasado, y entre las ruinas del presente se llevaba los dedos a los labios, ásperos por el contacto con el cuero, el acero y la sangre.

Las sombras lo atrapaban recordando los suaves y delicados dedos del amor bailando con las yemas en sus mejillas sin dejar de sonreír. Unos labios carnosos junto a los suyos, una mirada profunda donde perderse para siempre y una voz feérica, llena de magia, que escuchar cada momento. Retiró los dedos de los labios y se sintió desfallecer. Tragó y el sabor de hierro le llenó la boca y le bajó por la garganta. Recuerdos que herían de muerte un alma ya rota.

Subió las escaleras apoyándose contra el muro y evitando la barandilla, destrozada, arrancada y podrida. Vagando por su mente a la vez, viendo como subía con el amor en brazos, colgando del cuello.  Sentía la cabeza de ella contra su pecho. Con el cabello castaño, avellana, pardo y dorado como única barrera entre las pieles de ambos. La miraba, tan dulce, sonriente, con los ojos entre abiertos solamente, con la cara tan feliz y los sentimientos revoloteando a su alrededor, danzando con los suyos. Pasar sin apartar la mirada sabiendo que lo único importante estaba entre sus brazos.

Al caminar entre recuerdos encontró en la realidad un trozo de viga que le hizo tropezar y caer de rodillas. Se ayudó de las manos para alzarse del suelo, antes pulido y brillante, que vivía ahora picado y lleno de polvo y tierra, más buscando volver a verla en sus brazos que seguir caminando en el desolado presente.

Las correas le pesaban, las desató dejándolas caer. Ya no necesitaba las espadas. Un choque. Ruido. Metal contra piedra, piedra contra metal. Un golpe fuerte y repiqueteos que se extinguieron a tiempo que el polvo levantado caía de nuevo y se posaba en el suelo. Reemprendió más ligero el camino, paso a paso, dirección a la luz que entraba por la ventana. Se dejó caer sobre lo que quedaba del muro. Estaba harto de luchar por nada y solo encontrar solo muerte y sufrimiento. Volvió a viajar hacia atrás, allí donde los demonios no podían seguirlo, entre las sábanas blancas. Vio al amor bailar, bailar en el patio de la casa, entre las cuerdas de tender, entre las sábanas blancas. Bailaba dando vueltas, haciendo volar sus cabellos, haciendo volar su vestido. Se acercó a él y le cogió la mano, poniéndolo en pie, dejando que volviese a andar.

Avanzaba casi sin aliento, casi sin fuerzas, pero con firmeza, con voluntad. Ella no dejaría que se detuviese antes de llegar. Siguió avanzando ayudado por el recuerdo del amor. Arrastraba los pies pesadamente, tropezando ya con los trozos de piedra y madera caídos del techo y las paredes. El sol se marchaba tras los montes, llevándose la luz con él, dando paso a la noche, dando paso a oscuridad, dando paso al miedo a la soledad.

Pero él no se iba a dejar vencer, no todavía. No podía permitirse abandonar… Le había dado su palabra a su amor y no podía romperla, aunque ella ya no estuviese allí para poder verlo. Luchaba por dar cada paso, y ganaba cada lucha, avanzando. Veía los recuerdos, felices, al amor bailando en el pasillo, la miraba con una sonrisa y ella lo miraba a él, toda vestida de blanco, pegada a él y sonriente. Con su figura marcada por la tela del vestido, cabellos alborotados en su melena, todos bailando a su compás, pies ligeros, certeros y delicados danzando entre las pesadas botas de él. Los dos sonrientes, labios curvados. Curvas que hacían que todos los males se escondiesen y desapareciesen, que solo dejaban la felicidad. La veía bailar como siempre bailaba, como nunca más volvería a verla.

Una lágrima escapó de sus ojos y rodó por la mejilla dejando un rastro húmedo sobre su rostro. Cayó al separarse de la piel, recorriendo la distancia que la separaba del suelo y estrellándose contra la capa de polvo acumulada deshaciéndose en gotitas que los ojos no podían ver de tan pequeñas que eran, dejando una marca ínfima que pronto desaparecería y sería olvidada, aunque los motivos de su caída siempre perdurarían mientras que él siguiese respirando.

Cruzó el último umbral, la puerta de la habitación, solo, como nunca antes la había cruzado. Sin ella, sin el amor. Un trozo de techo faltaba, y bajo el agujero había quedado una silla, justo al lado de la cama, una cama grande y fuerte que aún resistía.

Él mismo la había hecho para su amor. Armado con un hacha y una sierra hizo del bosque aquella obra. En las patas había hiedra tallada, y el cabezal estaba decorado por una gran rosa. Cuando la tuvo terminada, pasó dos días puliendo la madera para no dejar ninguna astilla. Se hizo con un buen colchón, duradero, mullido y cómodo. Nada era demasiado para ella, lo que le hacía sentir, bien merecía todo, y todo yacía allí.

Las mantas estaban deshechas y los cojines todos tirados y hechos andrajos. Encima de la cama solo faltaba una muñequita de tela que él le regaló a ella. Al ver que faltaba se entristeció, lo único que podía volver a abrazar de ella no estaba. Sin embargo, no iba a dejar hueco a más tristeza, quizá aquella muñeca, aquel tierno regalo estaba entre los brazos de ella, como si aún pudiera abrazarle a él. Por un instante, sintió el abrazo como si estuviera allí, no como un recuerdo, si no como una verdad indudable y la tristeza se fue desvaneciendo.

Avanzando despacio, caminando paso a paso. Pasando la mano sobre lo que quedaba de las mantas, levantando inconscientemente parte del polvo que las cubría. Aquella habitación había sido la más hermosa de toda la casa, llena de colores y muebles de madera trabajada, con telas delicadas y muchísima luz y alegría. De toda su belleza solo quedaban la silla y la cama deshecha y polvo y ruinas y nada más. De todos los rojos y los bermellones y los dorados y los verdes y los blancos solo grises quedaban, tristes, vigilantes y cansados. Gradaban aquella estancia como antiguos caballeros que guardan la sala del trono tras la muerte de un gran rey, sumidos en una tristeza eterna, con el esplendor pasado solo conservado en los recuerdos, recuerdos que aun perduraban en su mente. Mientras pasaba acariciando las mantas deshechas, recordaba todos los colores, todos los matices y todas las emociones que habían llenado aquella sala.

La noche era cerrada y abajo todo estaba oscuro y nada se veía. Los ojos ya no le servían, pero en aquella habitación no los necesitaba, solo con la mente podía verla tal como sido, con todos sus colores, olores y texturas. Solo necesitaba tener cuidado de no encontrar trabas ni hoyos ni ruinas por el suelo. Avanzaba a las palpas, como podía, evitando los trozos de techo caído, buscando la silla. Poco a poco iba perdiendo fuerza, todo le pesaba, no podía aguantar. Se desató los brazales y los dejó caer en la oscuridad, alzando el polvo del suelo de nuevo, que se esparció y dispersó por todos lados antes de volver a depositarse. Las manos del guerrero encontraron la silla y se movió hacia ella despacio, muy despacio, y se dejó caer. Miró el cielo por la ventana y pudo ver algunas estrellas lejanas que conseguían huir de las nubes y mandar su luz a la tierra. El cielo estaba abriéndose muy lentamente y nada podía verse todavía, pero el guerrero sentía alegría del negror, no se veía ningún fuego en la lejanía, en el campo de batalla, ya se habían dejado de incendiar casas y ya solo quedaba la oscuridad, oscuridad de paz después de tanto tiempo de guerra. Guerra que tan altos precios se había cobrado, ya nunca más podría volver a ver a su amor, igual que aquellas paredes en duelo jamás volverían a ver los colores que antaño las habían adornado y vestido.

Estiró un brazo y volvió a verla otra vez, pero no era ella, solo un recuerdo de tiempos más felices. Ella fue bailando hasta la silla y se sentó ligera sobre las piernas de él, como hacía siempre, con las piernas dejadas caer juntas y el vestido escampado sobre él. Un beso en la mejilla. Un beso en la frente. Un beso en los labios. Él siempre le preguntaba si le gustaba la cama que le había hecho, y ella siempre respondía que aún no había dormido una noche entera. Él acariciaba muy tiernamente las suaves mejillas de ella y le preguntaba por qué en un susurro pícaro. Ella se sonrojaba entera y acercaba sus labios a la oreja de él, y cuando estaba a punto de tocarlo le decía bajito que cuando él no estaba a su lado ella no podía dormir y añoraba su calidez, y cuando que cuando él estaba con ella era él quien no la dejaba dormir. Entonces sonreía y él le buscaba los labios con los suyos para besarla, y ella lo besaba a él con las mejillas encendidas.

La cogía en brazos y se levantaba de la silla llevándola a la cama, y la dejaba muy suavemente sobre las mantas y él se quedaba sobre ella. Se besaban y sonreían, y él le preguntaba susurrándole bajito si aquella noche quería que se metiesen bajo las mantas y pasaran toda la noche juntos y abrazados y durmiesen así hasta el alba. Ella se mordía el labio y le pasaba la mano por el pecho, despasándole poco a poco los botones de la camisa. No habían dormido ninguna noche entera en esa cama marchita. Ni nunca lo harían.

El cielo ya mostraba más estrellas, pero la luna seguía prisionera de las nubes. Desde la silla podía acariciar las mantas y revivir los recuerdos moribundos. La realidad se le emborronaba y los recuerdos eran más vívidos e intensos que nunca. Ya no podía mover nada más que una mano, lo demás lo dejaba estar. Parecía más un muerto que otra cosa, y cuando todo se volvió negro por fin, él regresó a sus recuerdos y vio cómo iba desatándole todos los lazos del vestido y cómo ella hacia que su camisa desapareciese. La besaba en los labios y luego en el cuello y bajaba poco a poco tironeándole suavemente del vestido, haciéndolo retroceder hasta quitárselo completamente. Quitarse las botas y sentir como caían pesadamente. Ella llevaba sus manos hasta el rostro de él y le hacía volver a subir y él la volvía a besar muy tierna y largamente, deleitándose, deteniendo el tiempo en ese instante para no poner fin al beso. Poco a poco él le desataba el corsé, dejándole tan solo las calzas blancas bordadas de flores rojas y hojas verdes y las delicadas prendas de puntilla fina. La besaba mientras acariciaba su piel, suave y tostada, con miles de tonos dibujándola y pintándola. Entre beso y beso ella suspiraba y enredaba sus manos en el cabello de él, estirándole para que no se apartase de ella. Bajaba besándole el cuello y más abajo, donde se entretenía jugando con sus besos y sus labios, travieso mientras ella se removía presa bajo él con los ojos cerrados y los labios entre abiertos.

Ella estiraba del cabello de él, girando para ponerse encima. Besándolo en los labios y liberando una mano para despojarlo también a él de sus ropas, de sus heridas, de sus pesares y tormentos. Sin dejar de besarla, él la acariciaba labios abajo con las yemas de los dedos, entreteniéndose en su vientre, donde su piel tostaba se tornaba más clara, pero no menos agradable, y dibujando las costuras de las pocas prendas que aún le quedaban sobre la piel, erizándole el vello de todo el cuerpo.

Giraban de nuevo removiéndose y apartando las mantas, quedando solo entre las sábanas blancas.

Su respiración, ahora tranquila, era cada vez más tenue, la luna era libre y su luz entraba por el agujero del techo, cayendo sobre él. Trató de abrir los ojos, pero ya no lo logró. Ya no le quedaban fuerzas para escapar de sus recuerdos. Tragó, y de nuevo sintió el sabor a hierro, pero esta vez le inundó por completo. Quería recordarla por última vez, y lo hizo. La vio, y a sí mismo también, abrazados, solo cubiertos por las sábanas blancas. Piel con piel. Respirando entrecortadamente, recuperando el aliento. La luz del sol naciente bañaba sus pieles. Las piernas yacían entrecruzadas, enredadas y relajadas, y los ojos entre abiertos, ambos sonrientes. No necesitaban palabras, porque aquello que iban a decirse el uno al otro ya lo sabían, así que solo cruzaban miradas y besos tiernos y juntaban las frentes y sonreían, y solo había sitio para su felicidad entre sus sábanas blancas.

Había luchado contra la muerte para poder llegar a su casa, pero, ya no podía más. La flecha que le había acertado en el pecho en la batalla era mortal de necesidad y él ya había aguantado más de lo que le correspondía. Los ojos se le cerraron por fin y los brazos le quedaron colgando. Poco a poco, el recuerdo iba apagándose y alejándose, pero, él había podido volver a verla a ella por última vez. Una sonrisa se dibujó en sus labios manchados de sangre, y ya jamás volvió a moverse. Quedó allí, en su habitación, custodiado por los grises y fríos muros de piedra.

Algunas lágrimas humedecían la tierra de un camino lejano. En la caravana de refugiados había una muchacha de cabellos rebeldes que se había detenido y miraba atrás con lágrimas en los ojos. Una mujer se le acercó y le tomó las manos.Le dijo que no llorase más por él. Que él se había quedado a luchar para que ella pudiese vivir, y vivir feliz, y eso merecía al menos una sonrisa. La muchacha apretó la muñeca de tela que llevaba entre las manos y se secó las lágrimas. Sonrió recordándole, a él y todas las noches que pasaron sin dormir, que terminaron abrazados, los dos juntos, entre sus sábanas blancas.

De los Cazadores de Monstruos

Abrió la puerta de casa en medio de la noche cerrada. No había luz. No había nada. Llamó a su esposa. Dos días habían pasado desde la boda. Aun no estaba acostumbrado al anillo. El viento cambió y al entrar en la casa y volver a salir sacó con él el olor a pelo mojado por la lluvia, a flores recién cogidas y… sangre.

El Imperio había caído hacía ya algunos años, y sus territorios estaban sumidos en la oscuridad y la guerra, pero lo que le enseñaron jamás se le olvidaría. Subió corriendo las escaleras. Y allí, sobre la cama dónde habían hecho tangible su amor, yacía sin vida. En la ventana un enorme y monstruoso hombre lobo negro, con las zarpas aún manchadas de sangre, lo miró desafiante con esa mirada tan amarilla y penetrante. A la máxima velocidad de reacción que pudo obtener, el hombre le lanzó dos cuchillos de plata que se clavaron uno en el pecho y otro en el brazo del animal, que se los arrancó mientras dejaban una estela humeante. Aulló y se lanzó a través de la ventana.

Con lágrimas en los ojos, se arrodilló junto a su amada, y la abrazó. Le besó la frente y se despidió de ella. Buscó y se equipó con todas sus antiguas armas y artilugios, cogió su viejo y ajado sombrero y se cubrió el rostro con un pañuelo negro. 

Puso un ramo de violetas entre las manos de su mujer, y prendió fuego a su casa, y con ella a la nueva vida que había empezado en aquel lugar. Cazaría a aquel monstruo, a aquella sombra, y empezaría esa misma noche. El primer cazador de Monstruos había renacido.

Dos años más tarde, acorraló a la sombra en un pueblo del sur, y allí, siguiendo su rastro de muerte, le siguió la pista hasta averiguar quién era de día. Una mujer de pelo oscuro y ojos claros que había encontrado trabajo en la posada. No lo pensó dos veces, se aseguró de que era ella, y, a plena luz del día entró en la posada y le arrancó el corazón con un cuchillo de plata. El arma cauterizó la piel, probando que era una bestia. Cumplida su venganza montó a caballo, y se marchó al galope de allí, perseguido por los guardias y marcado de por vida como un asesino, aunque en realidad él era un ángel guardián.


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La historia de mi muerte

Sus palabras resonaban en sus oídos: «no habrá más dolor, ni sufrimiento. Acepta mi propuesta, ya sabes cuál es la alternativa.» Ciri estaba totalmente inmóvil, no le hacía falta girarse para ver que detrás suyo esas criaturas babeantes no iban a darle una muerte digna y que esos mismos jugarían con ella durante meses. Podía aceptar una muerte en la batalla, con honor, pues sabía qué podía esperar de sus contrincantes allí.

-Decídete, mi oferta no durará para siempre. 

Esa frase la sacó de su ensimismamiento y la devolvió a la realidad, ella nunca podría renunciar a Ela para salvar su vida. Empezó a rezar, desarmada era la última acción desesperada que tenía y realmente no tenía nada que perder 

-Ela, escucha a esta humilde sierva y protégela de todo mal…

Lo que sucedió después hizo que se le helara la sangre, esa hermosa mujer que se encontraba delante suyo se puso a reír a carcajadas. 

– Ilusa, si crees que te hará algún caso, hace tiempo que no os escucha. ¿No os habíais dado cuenta? Ya he perdido suficiente el tiempo contigo – Hizo un pequeño gesto con la mano y uno de esos seres me cogió del brazo – Quitádmela de mi vista, podéis hacer con ella lo que queráis.

Cabizbaja los siguió, aguantó toda clase de obscenidades sólo para conseguir una cosa, hacer creer a esos seres que estaba vencida. En un momento, esos seres habían perdido la poca disciplina que podían tener y sólo hablaban de las humillaciones a la que la someterían. Fue fácil desarmar a uno de ellos, y por un instante se planteó la posibilidad de huir, pero no podía dejar sola a su compañera, no habría sido honorable. Así que se giró y corriendo fue a clavarle su espada en el pecho de la mujer. Horrorizada, sólo pudo contemplar como esa mujer la miraba con sus gélidos ojos. Intentó avisar a su compañera que huyera, pero sintió dos puñaladas cerca del cuello que hicieron que su vida se le escapase lentamente. Mientras caía, sólo pudo ver como una ligera sonrisa iluminaba el rostro de la mujer, sin prestar el más mínimo interés en esa espada que le sobresalía del pecho…

REDACTADO POR: GEMMA SÁNCHEZ


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La ofrenda

Había recorrido ese bosque durante toda la noche, buscándolo iluminada sólo por la luz de las estrellas. Aún llevaba ese hatillo pegado a su cuerpo, algo sudado por la larga caminata. Le habían dicho que allí podría pedir cualquier deseo si estaba dispuesta a pagar el precio. Le costaba seguir el ritmo, pero sabía que si tardaba mucho en llegar él moriría. Llegó al claro y contuvo el aliento antes de dejar la seguridad de los árboles y adentrarse en dirección a las rocas. Acarició su abultado vientre, sintiendo como ella se agitaba en sueños, dando débiles patadas y puñetazos que notaba a través de su piel.

– Pronto estará todo arreglado pequeña, sólo faltan unos metros. 

Musitó, mientras un pequeño escalofrío recorría su espalda. En el hatillo que colgaba de su espalda se encontraban esas alhajas que le había regalado su madre cuando cumplió los dieciséis. A simple vista parecían joyas de plata, ennegrecidas por el paso de los años, pero al mirarlas con la luz adecuada desprendían un brillo rojizo. Recorriendo ese bosque recordó la alegría que sintió al recibirlas y cómo se sintió al ponérselas por primera vez. Eran unos pendientes con un pequeño topacio engarzado en cada uno de ellos, que parecían dos pequeñas gotas de sangre y con filigranas bañadas en oro bruñido; un pequeño colgante con un ópalo tallado en forma de corazón y un par de brazales, uno con grabados de flores y el otro de frutos. Al moverse chocaban entre ellos y casi parecía que seguían el ritmo de una música invisible. 

– Los recibí de mi madre y ella de la suya, me contó que fueron forjados por Mirel Tallador, una hermosa enana que se enamoró de un humano que se fue de sus tierras para aprender el arte de la forja. Se presentó ante el clan como Topacio y se enamoró de él nada más verlo. Le enseñó todo lo que sabía del arte de la forja mientras en secreto forjaba estas joyas, con el deseo oculto de conquistar su corazón. No se sabe exactamente cómo la rechazó, sólo que al final la joven se quitó la vida y su sangre bañó estas joyas. Si las miras atentamente verás que tienen un extraño brillo rojizo y a mí a veces me pareció escuchar un llanto proveniente de ellas. 

No creyó en sus palabras, aunque era cierto que con ellas puestas ningún hombre ni mujer podía dejar de mirarla. Había bailado hasta la extenuación en el último festival de la cosecha y fue elegida la reina, y con eso consiguió casarse con Tomás. Tenían una vida perfecta hasta que empezó esa absurda guerra y tuvo que ir a combatir al frente, por mucho que le imploró no pudo hacerle cambiar de idea. Se alegró al ver que regresaba tan pronto del frente, pero las heridas que traía no se cerraban por mucho esfuerzo que dedicaran tanto médicos como magos en tratarlas. 

Perdida en sus pensamientos tropezó con una raíz oculta y cayó de rodillas, lacerándose una de ellas. Ahogó un pequeño grito, se puso en pie y siguió avanzando poco a poco hacia las rocas.

Tocó una de las piedras y lanzó la oración que había aprendido cuando era pequeña, casi parecía que hacía siglos de eso. 

– He llegado aquí con mis objetos más preciados para ver cumplido el deseo más profundo de mi corazón. 

Justo después de pronunciar estas palabras la vio, parecía la mujer más hermosa que había visto nunca, con el pelo blanco como la nieve y las mejillas y los labios sonrosados, y unos ojos grises que la miraban algo divertidos. 

– Veo que has cumplido tu parte del trato, así que yo cumpliré la mía. 

Se acercó a ella, le puso la mano en el vientre y musitó algo, aunque ella no logró entenderlo. Con horror vio que su vientre se deshinchaba. Intentó gritar, pero de su garganta no brotó ningún sonido. 

– La cuidaré y terminará siendo una criatura del bosque, como yo. Puedes ir junto a tu esposo, te estará esperando en casa.

Huyó de allí y recorrió el bosque corriendo, casi parecía que volara entre los árboles, sin terminar de procesar todo lo que había ocurrido en ese claro. Al llegar a casa y ver la mirada inexpresiva de su esposo que la observaba en el umbral de la puerta recordó de golpe cómo terminaba la historia que le contó su madre, hacía casi una eternidad:

– Pero vigila los pactos que hagas con ellas y sé cuidadosa con tus palabras y tus pensamientos, pues siempre cumplen lo acordado de forma literal y tienen un retorcido sentido del humor. 

Y con esas palabras por fin pudo gritar.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE

GEMMA SÁNCHEZ

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La Vuelta de los exiliados

El Imperio de Luz decae, el brillo que se alzaba desde su capital está perdiendo fuerza, y eso significa libertad para todos los que la habían perdido bajo el yugo del imperio. Y hay criaturas que abrazarán esta libertad con ansia y hambre.

Si algo bueno había en el Imperio eran sus Cazadores de Monstruos, hombres y mujeres reclutados de cada rincón del imperio para ser entrenados en el arte de la caza de lo que el Imperio llamaba monstruos, criaturas de pesadilla que solo causaban terror y muerte, toda clase de espectros y criaturas. Todos ellos hombres y mujeres de antaño, exiliados al convertirse en monstruos y cazados si se atrevían a regresar.


Ahora, los Cazadores caen con el Imperio, la orden se desmorona y los monstruos ya han captado el olor de la sangre imperial.

¿Qué pasará ahora?

Los vampiros campan a sus anchas en las frías criptas de castillos abandonados, rondadores acechan en los caminos, metamorfos en el norte…

La gente empezaba a morir, y solo los Cazadores podían combatirlos en estos tiempos de monstruos. Solo una pequeña parte de la orden se mantenía firme pese al desmoronar del imperio, un grupo de unos pocos cazadores liderados por Gudmon Jaley que tendrán que evitar la vuelta de los exiliados.


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Nació una guerrera

Con el viento de cara y un fuerte olor a madera,

Rambara sentía a una luchadora corriendo por sus venas.

La sangre brotaba de un cuerpo

Que yacía a mis pies, que con

Furia ataqué.

A duras penas fuerzas le quedaban

Para abrir los ojos,

Aunque en euforia se evadió

Gritándole al frío otoño.

Las lágrimas brotaron de sus ojos

Como ríos tras el deshielo.

Su corazón se tornó invierno

En tonos rojizos y violentos.

Nació una Guerrera.


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Rambara Irían

El lugar de donde provengo es el sueño de cualquiera.  Nací en el Bosque de las luces. Ese día fue uno de los días más felices para todos.  Como mi padre me contaba de pequeña, en el momento en el que me sostuvo entre sus brazos y me miró a los ojos, vio la misma vitalidad que desprendía el bosque. Mi madre yacía recostada y agotada tras tantas horas de parto, pero con una inmensa sonrisa en el rostro. Durante los cinco años siguientes viví y crecí en feliz con mi familia y amigos, además de aprender muchas cosas a pesar de mi corta edad.

Cierto día antes de mi sexto cumpleaños, recuerdo estar jugando con unos niños en una senda del poblado poco concurrida cerca de casa. Vi como la puerta de casa se abría, salió mi madre con un pañuelo en la cabeza y una bolsa de tela un poco manchada, raída y rebosante de muchas cosas que no supe identificar. Parecía asustada y nerviosa. Cuando me vio fue directa al linde bosque a paso rápido. Yo no entendía nada y salí detrás de ella, pero no me atreví a adentrarme en el bosque. Me quedé mirando cómo se alejaba e intentando que escuchara mis gritos cuando la llamaba.

Ese fue el hecho que marco mi vida, aunque afortunadamente mi padre cuido de mi junto a mi tía Eriel hasta mi pubertad. Otro momento fatídico en mi historia.

Mi padre falleció un día frío de otoño. Andábamos por el borde del bosque mientras él me contaba historias de unas antiguallas que llevaba siempre encima. Las leyendas e historias que me narraba decían que tenían poderes mágicos para asistir a aquellos que solicitaban su ayuda o si ya poseías poderes, aunque no lo supieras, te otorgaban más poder. Muchos de esos objetos parecían ser de oro y tenían relieves con joyas preciosas, algunos otros tenían símbolos de la naturaleza y el resto unas marcas muy extrañas, posiblemente algún tipo de runa.

A lo lejos pudimos escuchar ruidos de ruedas repiqueteando en los baches del camino. Mi padre siempre se preocupó por mi, por lo que ha veces hacia locuras como apartarme a unos arbustos para evitar más desgracias, como en ese mismo instante.

Todo pasó muy deprisa. Escuché como la carreta que antes oíamos a lo lejos se había parado a pocos metros de donde estábamos, intuí que los pasajeros eran hombres por sus risas, y en apenas unos minutos y sin mediar palabra se oyeron golpes y gruñidos. Le estaban dando una paliza a mi padre. Aterrada entre los arbustos, vi como esa panda de animales se fueron, y fue entonces cuando salí a socorrer a mi padre. Tenía la ropa echa tirajos y no quedaba nada de sus baratijas. Le cogí de la mano y le sujeté la cabeza, estaba asustada, no sabía que hacer. Él me miró y reconoció que esos cuentos que me contaba sobre sus objetos eran ciertos y que debía recuperarlas por el bien del mundo. Antes de que expirara su último aliento, le jure que recuperaría esas piezas y las pondría a buen recaudo, no sin venganza. En cierto modo no creí su palabra, pero se lo prometí.

Me entrené durante años para prepararme para cualquier situación en la que me pudiera encontrar. Mi tía, combatió en muchas batallas contra otros reinos y ella me enseño todo lo que sé hasta el día de hoy. Me especialicé en combate a distancia con el arco, el cuál siempre llevaba encima. Cuando me sentí preparada, Salí de mi hogar y empecé mi aventura.


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