Entre las ramas

Entre las ramas a todos observaba, de una a otra siempre saltaba, siguiendo a quien le parecía importante, siempre detrás de la gente. Era muy curioso. Siempre quería saber todo lo que pasaba. Por eso, cada día subía más alto y más alto, haciendo caso omiso de las advertencias de los suyos.

Un día subió tanto, que consiguió ver el cielo y la luz del sol le cegó y tuvo que cubrirse con el brazo para protegerse. Sus ojos, tan hechos a la umbría del bosque, tardaron un poco en acostumbrarse a aquella intensidad cegadora, pero lo hicieron, y allí vio cuan grande era el bosque, y hasta dónde se extendía. Vio un río, y lo siguió con la mirada hasta hallar una magnífica cascada que al estrellarse contra las rocas provocaba que la luz se viese de muchos colores distintos. También vio un valle, lleno de grandes animales pastando plácidamente, y luego miró miro al cielo, y vio como un águila se lanzaba hacía él, como lo encerraba entre sus poderosas garras. Admiró la belleza del gran animal, y sintió lo que era volar, una sensación que nunca antes había sentido, pero entonces el águila llegó a su nido y él sintió miedo, miró al águila a los ojos y ya no sintió nada más, pero antes, lo había sentido todo, incluso lo que era volar, y mientras miraba a la muerte, majestuosa, a la cara, pensó que había merecido la pena.


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No todas las cuerdas son de arco

De entre las ruinas de un antaño poderoso castillo, que aun humeantes mantiene sus ruinas, sale un arquero. Han ganado la batalla. El asedio acabó por fin. Los guerreros de ambos bandos habían luchado con valentía, pero los Verdes eran los vencedores y los Naranjas los muertos que enmoquetaban el patio. Tira el arco. Cuantas veces aquella mañana lo había disparado y regalado una vida a Ela, cuantas viudas habría dejado.

Tira también las flechas, las pocas que le quedaban. La mayoría descansa en los cuerpos de los enemigos de su Señor.

Arroja el yelmo al suelo, un metal más que adornará la tierra días después de la batalla.
Se para. Coge su guitarra y toca. Toca mientras canta y canta mientras recuerda aquella mañana.

El arrojo de las ropas. Escudos en alto cubriendo, parando las flechas de la muralla. Aun así soldados mueren. Él está listo con el arco cargado para cuando los escudos bajen.
Los escudos bajan. ¡Fuego! Flechas que salen disparadas. el dispara. Escudos en alto. 
Su guitarra sigue sonando por el camino de vuelta.

Pasa el ariete. Las tropas se paran y disparan catapultas a las torres. Incendian la ciudad y los gritos de dolor se confunden con los de guerra. 

Las torres han caído y las catapultas se detienen. Vuelve el ariete y golpea contra la puerta hasta partirla. La puerta cede y la infantería avanza. Ellos, los arqueros, siguen disparando para acabar con los pocos que aún defienden la muralla.

La música sigue sonando. La batalla ya ha quedado atrás. Toca las cuerdas de su guitarra y canta, mientras una lágrima se le escurre por la mejilla.


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La historia de mi muerte

Sus palabras resonaban en sus oídos: «no habrá más dolor, ni sufrimiento. Acepta mi propuesta, ya sabes cuál es la alternativa.» Ciri estaba totalmente inmóvil, no le hacía falta girarse para ver que detrás suyo esas criaturas babeantes no iban a darle una muerte digna y que esos mismos jugarían con ella durante meses. Podía aceptar una muerte en la batalla, con honor, pues sabía qué podía esperar de sus contrincantes allí.

-Decídete, mi oferta no durará para siempre. 

Esa frase la sacó de su ensimismamiento y la devolvió a la realidad, ella nunca podría renunciar a Ela para salvar su vida. Empezó a rezar, desarmada era la última acción desesperada que tenía y realmente no tenía nada que perder 

-Ela, escucha a esta humilde sierva y protégela de todo mal…

Lo que sucedió después hizo que se le helara la sangre, esa hermosa mujer que se encontraba delante suyo se puso a reír a carcajadas. 

– Ilusa, si crees que te hará algún caso, hace tiempo que no os escucha. ¿No os habíais dado cuenta? Ya he perdido suficiente el tiempo contigo – Hizo un pequeño gesto con la mano y uno de esos seres me cogió del brazo – Quitádmela de mi vista, podéis hacer con ella lo que queráis.

Cabizbaja los siguió, aguantó toda clase de obscenidades sólo para conseguir una cosa, hacer creer a esos seres que estaba vencida. En un momento, esos seres habían perdido la poca disciplina que podían tener y sólo hablaban de las humillaciones a la que la someterían. Fue fácil desarmar a uno de ellos, y por un instante se planteó la posibilidad de huir, pero no podía dejar sola a su compañera, no habría sido honorable. Así que se giró y corriendo fue a clavarle su espada en el pecho de la mujer. Horrorizada, sólo pudo contemplar como esa mujer la miraba con sus gélidos ojos. Intentó avisar a su compañera que huyera, pero sintió dos puñaladas cerca del cuello que hicieron que su vida se le escapase lentamente. Mientras caía, sólo pudo ver como una ligera sonrisa iluminaba el rostro de la mujer, sin prestar el más mínimo interés en esa espada que le sobresalía del pecho…

REDACTADO POR: GEMMA SÁNCHEZ


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La espada

-Será un trabajo fácil, ya lo verás. – Iba repitiendo esas palabras en su cerebro, en bucle, sin dejar de temblar. Cuando cerraba los ojos únicamente podía ver ese aliento verdoso y como su hermano se desintegraba delante suyo, la piel se iba deshaciendo lentamente sobre sus huesos con la boca abierta en una mueca de dolor. Pero en su cerebro ya no escuchaba ese grito, solo reverberaba la palabra ladrona. Notaba un dolor sordo en la mano derecha, mientras seguía sujetando ese fardo contra su pecho. Durante todo el trayecto le pareció notar que alguien la miraba y por el rabillo del ojo veía esos ojos rojos clavados en ella, pero al girarse no veía absolutamente a nadie. Miro a lado y lado de la calle y cruzó hacia ese edificio, que lucía un tambor roto en su fachada.

Una semana antes vino mi hermano a hablarnos de un negocio en la taberna donde nos alojábamos, el Yunque Roto

-He conseguido la oportunidad de negocio perfecta, solo tenemos que explorar un antiguo túmulo y revisar si hay algún tesoro que podamos llevarles, dicen que hay una espada que puede cortar cualquier cosa

Siguió hablando de todas las cosas que podríamos comprar con la recompensa, pero ella solo podía pensar en esos extraños apodos que le había dado su hermano a los tipos que se le ofrecieron, el caballero, la rata y la muerte. Escondió un escalofrío y elevó una plegaria a Ela, hacía demasiado que no pasaba por uno de sus templos. Quizá, después de este encargo podría hacerlo.

Llevó un par de días llegar a ese túmulo, flores marchitas adornaban la entrada cubierta de musgo y enredaderas. Parecía que hacía mucho tiempo que esa entrada no era hollada por nadie. En la entrada había una losa donde aparecía una inscripción medio borrada que ninguno de ellos entendió. Entre dos pudieron apartarla y pudieron observar un inmenso pasillo que descendía hacia las profundidades de la tierra. Ella se quedó la última, como siempre en este tipo de empresas.

– No quiero que te pase nada hermanita, me sentiré más seguro si vas al final. Igualmente, ¿Qué harás tú en caso de peligro? ¿Encandilarle con tu precioso baile?

El estrecho túnel los condujo hasta una sala a oscuras, las luz de las antorchas que llevaban se reflejaba en las monedas, joyas y demás abalorios que la poblaban. Inmensas columnas estaban repartidas por doquier y el suelo crujía bajo sus pies, aunque ninguno de ellos le prestó atención a este sonido. Sus ojos estaban fijos en esa fortuna, los ojos de todos excepto los de ella. Vio, casi escondida por una montaña de monedas, una espada y la tomó entre sus brazos

– No se porque pero no puedo dejar de mirarla, ¿crees que será una de esas espadas famosas y me convertiré en alguien importante?

Nunca obtuvo respuesta, del fondo de la sala vio cómo se expandía algo verde mientras el suelo temblaba y un inmenso rugido hacía que se estremeciera.  Alargó la mano por reflejo pero lo único que consiguió fue quemarse las yemas de sus dedos. Y dio media vuelta y corrió, sin mirar atrás mientras oía en su cabeza una palabra. Ladrona.

Cruzó el umbral de la taberna y un intenso olor dulzón inundó sus fosas nasales. A su izquierda un grupo cantaba y tocaba distintos instrumentos. Seguramente se hubiese puesto a bailar en otras circunstancias, pero en esos momentos solo quería hacerse un ovillo y desaparecer. El peso de la espada la volvió a traer a la realidad y avanzó decidida por la taberna hasta dar con una mesa algo apartada, entre botas de vino y cerveza. Allí estaban los tres, pero solo se fijó con el de su derecha. Alargó una mano huesuda y le ofreció una copa. Y sobrevino la oscuridad.

Despertó desnuda, dolorida y sola en una de las habitaciones de la misma posada, con una bolsa de monedas al lado de la cama. Al menos con eso podría seguir perdiendo la consciencia durante una buena temporada. Y sin ningún otro propósito en su vida, se vistió para empezar a gastar las monedas de esa bolsa.

REDACTADO POR: GEMMA SÁNCHEZ


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Triste Recuerdo

Pasaba el Cuadragésimo tercer día del cuarto mes de la Estación de la Nieve en Beliond, en el norte de Ériandos, cuando un grito desgarrador rompió el silencio del Castillo Blanco a tiempo que la joven hija del bien amado rey Frolo del Toro aterrizaba sobre las rocas salientes del acantilado sobre el que se sostenía la fortaleza del Nido del Dragón, nombre inmerecido, manchando su precioso vestido blanco de agua salada de mar y sangre. Una caída desde la torre norte era mortal, para cualquier ser viviente que no poseyera alas, pero aquella muchacha ningún motivo tenía para iniciar un viaje que le destrozaría todos los huesos y los órganos poniendo fin de manera violenta a su existencia e incrustándola en aquella roca en la que permaneció dos días antes de que el mar permitiese recuperar su cuerpo.

Había un mago en el Toro que deseaba poseer a la princesa, y valiéndose de la magia la hizo subir a lo alto de la torre donde la tomó una y otra vez haciéndola gritar de dolor durante horas hasta hacerla desfallecer, seguir hasta dejarla casi sin vida y solo entonces dejarla, hechizar su cuerpo, hacerla subir a la baranda del mirador, y mientras los guardias destrozaban la puerta atrancada a hachazos para socorrerla, dejarla caer al vacío obligándola mediante la magia a ser consciente de su destino y del dolor, del impacto… hasta la muerte.

El mago fue apresado, torturado y quemado hasta la muerte en el patio del castillo, pero el castigo no fue justo, pues merecía que los lobos de la lejana Gorgótem lo desmembrasen y devorasen vivo por toda la eternidad y todos los habitantes del Toro rezaron a Ela y a todos los dioses que le otorgaran el más cruel de los castigos, y así Ela envió un águila que le sacaría los ojos cada noche y el corazón cada mañana, lo hizo encadenar a la roca más afilada de la casa de los ángeles e hizo su alma inmortal.

Pero todo aquello de nada le sirvió a la princesa, que había sido la más bella mujer del Sur, con su larga melena oscura y sus ojos color zafiro sobre su suave y blanca piel, que nadie sabe cómo su alma quedó atrapada en Castillo Blanco, y en la solitaria fortaleza revivía cada anochecer el sufrimiento que había pasado, y sus gritos llenaron la antigua región, y los viajeros que la escuchaban jamás olvidaban su llanto y sus gritos, y la gente del Norte dejó de pasar por los caminos que se acercaban a la fortaleza, y el bosque se cerró, y ahora, la leyenda de la Dama de Blanco se conocía en todo el Norte y Castillo Blanco se dio por maldito, y ahora la triste historia de la princesa del Toro solo es un triste y macabro cuento en la mente de las pocas personas a las que sus padres se la contaron y ya nadie sabe bien por qué Castillo Blanco está maldito ni por qué va nadie allí. De todo aquello ni tan solo queda en las perecederas mentes mortales un triste recuerdo.


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Experimento 3312

De todos es sabido, que el banco enano existente en la capital de su imperio es extenso y basto. Se hunde en la tierra como las raíces de un árbol. Un árbol pesado y lleno de monedas y objetos valiosos.

Lo que poca gente sabe es que no todo lo que se guarda allí es inerte. Ya conté una historia hablando sobre las cámaras que allí descansan, pero este relato es especial.

Los enanos no se libran de ser mejores que los humanos en hechos cometidos. Han hecho maldades inenarrables y cometidos actos que han ofendido a dioses y profetas. Esto que malograron no fue castigado. Algunos dicen que debido a que los dioses no lo vieron, otros que por que no existe castigo suficiente en el mundo de Ériandos como para aplicarlo. De querer conservar la locura, yo pararía aquí mismo.

Es conocido que trabajar en las minas de los enanos es un trabajo peligroso. Existe el riesgo de derrumbe, de asfixia por gases o la muerte por agotamiento. Y de todos los peligros, el más extraño y a la misma vez, el más peligroso es la fiebre del enano.

No muchos la han sufrido y nadie sabe cual es el motivo y por qué. De los amplios remedios enanos, la única cura conocida para este es ‘200g de hierro. En forma de clavo, directamente en la cabeza’ o en otras palabras la muerte. Los síntomas son, oscurecimiento de la piel, caída de la barba y los ojos, visión extremadamente aguda y por último canibalismo y sed de sangre extrema. Un relato cuenta de como uno de estos hombres bajos la sufrió y acabó con toda una colonia de sus compañeros.

Mientras construían las enormes bóvedas, extremadamente seguras del banco de los enanos, a uno de los trabajadores le ocurrió. Su piel se volvió oscura como la noche, su poblada y extensa barba se cayó, convirtiéndolo en barbilampiño. Cuando dejó de ver y antes de conseguir una visión sensorial lo encontraron. Más bien lo encontró una de las peores personas jamás nacidas en la faz del mundo. Doctor Codycius M.P.

Si las almas son grises por naturaleza, la de este infecto ser es negra como la noche más oscura. El doctor le encontró y le sometió a toda clase de experimentos para ‘canalizar la enfermedad’. En total, 138 días consecutivos de pruebas, experimentos y toda clase de abominaciones. Cualquiera echaría hasta los higadillos de escuchar lo que hicieron con él, por despojarle le despojaron hasta de humanidad, borrando su nombre y nombrándolo 3312. El número de horas que soportó aquella tortura.

La última prueba a la que fue sometido 3312 y lo que le valió el ingreso en una cámara del banco fue la siguiente. A través de un cristal de alta resonancia cargado con enorme energía y sumergido en un compuesto, hizo que pasara oscuridad hacia él. Su cuerpo no pudo soportarlo pero la fiebre del minero sí. Veía como su cuerpo se transformaba en un ser de gelatinoso, espantosamente inhumano. No tenía vida, ni pulso, ni respiraba o hacía ruido alguno. Solo absorbía lo que se encontraba a su paso. Y lo que absorbía, desparecía. Como si nunca hubiese existido.

El doctor Codycius se asustó. Él que había sido un monstruo en vida sintió como el miedo que tantas veces había generado, se le volvía contra él. De como consiguió guardar a 3312 en una urna, no hay mayores registros que una simple nota, ‘lo hice’.

Ingresó aquella urna cerrada en alguno de los últimos pisos. Pagó con monedas de oro relucientes y fue muy explicito con sus indicaciones. ‘Se debe de revisar cada 6 días, solo abrir, comprobar y salir. Jamás le deis la espalda a la urna. Nunca id solos’

Los enanos que contaron las monedas cuentan que podrían haber llenado varias cámaras de su propio banco con todo el oro que aquel ser infame depositó. ‘Rentó esa bóveda para 23 generaciones, solo dos personas le ganan en un arrendamiento más grande’ Dijo uno de esos mismos enanos.

Y allí descansa, el experimento 3312. En el silencio dentro de la tierra, en una cámara acorazada, completamente inexpugnable. Perdón. Allí, descansaba. Ochocientos noventa y cuatro días más tarde, un operario abrió la puerta. Todo seguía igual, salvo que la urna estaba vacía. Saltaron todas las alarmas en el banco. No pudieron encontrar al doctor. Tampoco al experimento 3312.

Nadie sabe nada. Desde aquí, yo solo puedo deciros una cosa. Tened mucho cuidado donde camináis. Puede que un día piséis una sombra, y esta os trague. Y en la sombra, solo hay oscuridad. 


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El telar

Llevaba mucho tiempo usando ese telar, había estado en esa casa desde que tenía memoria y, según le contó su madre, fue uno de los regalos de boda que tuvo cuando se casó. Era un telar antiguo, cuya madera tenía unas extraños tallos que parecía que lo iban envolviendo como enredaderas y que terminaban en unas flores que, de tan reales que eran, hasta transmitían cierta fragancia dulzona. Una vez, usándolo, le pareció que una voz sensual le hablaba, diciéndole que se dejara llevar, que le podría ofrecer todo aquello que deseaba. Lo dejó abandonado en algún punto del sótano, cubierto con una sábana blanca, aunque siempre que bajaba esta parecía que se moviera con una brisa invisible. Un día, llegó la guerra y el señor requirió que todos los hombres que pudieran luchar se unieran al ejército, bajo pena de muerte. No les quedó otra y con lágrimas en los ojos los vio partir, una fría mañana de invierno.

Empezó a tener sueños donde morían de la forma más horrible, y en ellos siempre escuchaba esa voz seductora que había escuchado años atrás en el telar. — Yo podría salvarlos, solo tienes que desearlo y crearlo entre las dos, este destino aún no está fijado.

Siempre como respuesta murmuraba una leve oración a Ela, sabía que el destino no podía cambiarse y que tenía que conformarse con el plan que tenía Ela para sus seres queridos. Fueron pasando los días, y cada vez los sueños eran más horribles, lo que al principio era una muerte rápida en batalla se convirtió en horas primero y después días de sufrimiento y agonías extremos. — Eso seguro que no es lo que Ela querría, tengo que cambiar ese destino – pensó una de esas noches de insomnio. Rápidamente bajó al telar y casi le pareció que, al tocarle, algo la abrazaba. Empezó a tejer de forma salvaje, y las imágenes casi salían solas. En ellas solo salía su marido y su hijo que alzaban una bandera en un campo lleno de cuerpos. Parecía una bonita escena, pero al mirarlo con más detenimiento, había un brillo cruel en sus ojos que antes no existía y entre los cuerpos se veía que los enemigos se habían encarnizado demasiado, la sangre cubría de color las flores antaño blancas y le daban a la escena un cierto toque macabro. Pero ella solo veía que sus seres queridos volverían a casa, junto a ella, y eso era lo único que le importaba. Siguió contemplando el telar horas, para ella no parecía pasar el tiempo. Solo veía la belleza de esas flores ahora manchadas con un tono carmesí que cubrían la tierra cuál tapiz, y esos dos hombres con una sonrisa triunfal ….Primero escuchó unas notas de una trompeta, indicando que alguien conocido llegaba al pueblo, pero esas notas se apagaron súbitamente y al cabo de unos minutos, únicamente retumbaban en sus oídos gritos de auxilio. Con ese sonido y una extraña melodía que parecía completar los silencios, sus ojos empezaron a tomar un brillo salvaje — Ahora vengo mi amor a bailar contigo – susurró, y fue a la cocina a coger todo lo necesario para poder cumplir la voluntad de esa susurrante voz.

Un mercader pasó por ese pueblo al cabo de unos días y tuvo que respirar hondo para poder soportar toda la crudeza de la escena

– No han tenido piedad, quién sea que haya realizado esta masacre estará condenado al fuego eterno – musitó y empezó a musitar una leve plegaria a Ela, estaría en todas partes pero, ¿dónde estaba cuando se cometía semejante carnicería? Por un instante pensó en enterrar a todos los muertos, pero eso hubiese sido una empresa titánica para una sola persona, y más siendo él un simple comerciante. 

– El fuego seguro que purifica el pueblo y llevará a estas pobres almas al regazo de Ela – empezó a prepararlo todo para incendiarlo, tirando la brea necesaria en los edificios y usando algún poco de leña del bosque cercano. Cuando lo tenía todo preparado, prendió fuego a la mecha y estaba a punto de lanzarla cuando de repente algo le hizo parar la mano. — ¿Qué hace ese hermoso telar en medio de esta carnicería? – se preguntó casi extrañado de ver alguna belleza en medio de ese campo de batalla. — Sería una lástima que se quemara junto a estos cuerpos.

Al cabo de unas horas, ese mercader empezó a silbar una melodía de camino a su hogar, era algo pegadiza y tenía cierto toque sinuoso, que invitaba a una caricia y que prometía cumplir esos oscuros deseos que poblaban su alma, y en esas cavilaciones no pudo escuchar esa risa cantarina que provenía del fondo de su carro….

Este objeto está poseído por una entidad que sólo busca crear el sufrimiento y el caos allí donde pasa. Va recorriendo Ériandos, pasando de mano en mano y dejando sólo escenas de destrucción allí donde pasa.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE:

GEMMA SÁNCHEZ

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