La Ciénaga de las Ánimas

Durante la fundación del imperio, una de las más cruentas batallas fue librada al sur de Luz, en lo que ahora forma parte del imperio central. Allí, un pequeño reino de seres feéricos fue totalmente masacrado por las tropas imperiales, pero sus espíritus se mezclaron con la tierra y la inundaron con su magia el lugar en el que su reino se alzaba. De estos feéricos parientes de los elfos más antiguos quedaban fuerzas asesinas, que arrasaban con todo lo que pasaba por el lugar. Aquellos espíritus más fuertes se materializaron en formas terribles, que el naciente imperio no pudo contener. 

Como debía seguir enviando tropas por la ruta que atravesaba el territorio maldito, el imperio pagó a una bruja para que sellase a los espíritus. Esta llevó al lugar a todo su aquelarre, y juntas sellaron aquel reino en un gran pantano que permitía el paso de las tropas imperiales. Mantener el hechizo era costoso, y se ató a la línea de sangre de la bruja que mandaba el aquelarre, así su poder se iba heredando de madres a hijas.

Con el tiempo, los espíritus buscaban formas de escapar, lo que hacía que el hechizo requiera más fuerza, así que durante años el cenagal creció lentamente. Cuando el imperio se asentó y aquellas tierras pasaron a ser parte del imperio central, el paso hacia las zonas más al sur se estableció por otras sendas, evitando la ciénaga, que siguió creciendo hasta ahora. Olvidada por todos.

Los pendientes de la Luz de Ela

Por todos aquellos cuya fe está puesta en la luz sagrada e infinita de Ela es sabido que portar su símbolo te hace sentir más iluminado, guiado por su haz en un mundo oscuro lleno de sufrimiento y dolor.

Sin embargo, es también sabido que aquellos que se consideran más cercanos a la luz y que esgrimen su poder fuera de sus mandatos oscureciendo sus almas, también pervierten sus símbolos, y los conviertes en oscuros reflejos de lo que debían ser.

Es por eso que la Luz de Ela se representa de muchas formas. No puede atarse a un solo símbolo corruptible, por mucho que a algunos les pese.

De esto era muy consciente el señor Marco Sexto Batientes, un señor acaudalado que se las había arreglado para comprar algo de tierra cerca de la Ciudad Capital de Luz y una casa en la ciudad, lo que le daba el título de noble y le aseguraba un asiento en el Consejo Imperial, al cual, dada su cercanía a la ciudad, podía acudir siempre, por lo que su opinión siempre contaba, por encima incluso de la de grandes señores del imperio cuyas tierras estaban demasiado alejadas de la capital como para acudir a cada reunión del consejo.

Marco era el primero de su familia en haber amasado una fortuna suficiente como para haber logrado tal hazaña, y también el primero en haberlo hecho a tiempo que un terreno en luz estaba disponible para su compra, cosa que no pasa tan habitualmente como a algunos les gustaría. No tardó en aprovechar su nueva posición para ir adquiriendo nuevas tierras y acrecentando su fortuna. Como dicen en Luz, sus cabellos crecieron fuertes y sanos.

No tardó mucho en encontrar a quién quisiera compartir su fortuna y tras casarse, tuvieron una hija a la que llamaron Aurelia Prima. La madre de la niña, Camila Octava Cruces, pertenecía a una de las familias más importantes del imperio, aunque su poder se hallaba muy lejos de Luz. Su matrimonio con Marco le brindaba lo único que le faltaba a su familia le faltaba. Un lugar cercano a Luz para poder formar parte real del consejo.

Camila era una mujer inteligente cuya mano en el consejo no se hizo de esperar. Habiendo vivido tantos años alejada de lo que realmente era su derecho, tenía claras muchas de las cosas que quería conseguir, y no esperó a nada ni a nadie para empezar a proponerlas. Cuando las primeras dieron sus frutos, estos fueron tan satisfactorios que el mismísimo emperador empezó a tener sus ideas en mucha consideración.

Si entre Camila y Marco había verdadero amor es algo de lo que la gente corriente y otros nobles hablaban y comentaban, ¿pero, acaso hay amor más verdadero que el de estar dispuesto a darlo todo por la felicidad del otro y la propia? Camila y Marco eran dos personas de fuertes convicciones y de tenacidad inquebrantable. Juntos parecía que nada podía detenerles.

Aure, como sus padres la llamaban, había heredado su confianza y tenacidad, pero sus intereses quedaban muy alejados de los de sus padres, algo que ya de bien pequeña empezó a demostrar. No soportaba los largos sermones de los sacerdotes de Luz, pese a lo insistente que era su padre. A pesar de los esfuerzos por aficionarla a la lectura de su madre, la niña prefería correr, escalar y pelear con otros niños.

Entre el barro, los moratones y las magulladuras casi nunca podían distinguirse su pelo rubio y su piel sonrosada. Una vez llegó a ensuciarse tanto que tuvieron que cortarle el pelo, lo que causó un gran pesar en la familia.

Cuanto más insistían sus padres en algo, más hacía Aure lo diametralmente opuesto. Por eso pasaba más tiempo fuera de los muros de Luz que en el barrio donde se alzaba la imponente casa de los Batientes Cruces.

Como una fuerza de la naturaleza, Aure creció fuerte, sana e indomable como un animal salvaje. Su espíritu le confería una fuerza y una belleza que pocos eran capaces de igualar. Solo tenía que aparecer en un lugar para captar la atención de la gente, y con unas cuantas palabras le bastaba para convencer a cualquiera de cualquier cosa.

Gracias a la perseverancia de sus padres, Aure había aprendido todo lo que habían podido enseñarle, y, aunque con ideas muy distintas a las de ellos, estaban seguros de que algún día formaría parte del Consejo Imperial, tal y como ellos lo eran.

El potencial de Aure era tal, que no solo sus padres lo habían percibido, también otros, algunos estaban encantados viendo lo que una persona así sería capaz de aportar, sin embargo, otros solo pensaban en el poder que podrían perder si a las ya irritantes ideas de Camila y Marco se le unían las de alguien a quién nadie parecía ser capaz de decirle que no.

Desde que cumplió quince años, Aure frecuentaba los salones de tabernas y posadas prestando atención a lo que la gente hablaba en ellas, y, allí donde se le permitía, aportando sus propios pensamientos. Aquellas charlas habían abierto su mente más allá de lo que cualquiera podría haber esperado, y sus opiniones, pese a su juventud, eran escuchadas en prácticamente todos los círculos, desde los más eruditos a los más cotidianos.

Gracias a esos coloquios, la chiquilla había tenido contacto con personas muy sabias, maestras en su campos y conocedoras de muchas cosas. También con gente apasionada, con nuevos puntos de vista que no todos los que vivían a los pies del barrio del Ascenso podían conseguir.

Si bien seguía sin soportar los sermones de los sacerdotes, ni en la iglesia más humilde, ni en la propia catedral, hablar con ellos fuera de tanto formalismo le parecía de lo más enriquecedor. Incluso había llegado a tener una opinión formada sobre Ela y toda la religión centrada en torno a su figura y obra. Como tantas otras cosas, le resultaba apasionante.

Cuando cumplió dieciséis, su padre le regaló unos pendientes de oro con el símbolo de la luz, pero ella no quiso aceptarlos al considerarlos más un símbolo de ostentación que de fe. Fue entonces cuando su madre le encargó unos en acero. Por las condiciones del material, resultaron más grandes y pesados, incluso toscos, pero a Aure le parecieron perfectos. Algo representaba a la perfección lo que para ella era la fe. Algo que a veces costaba mantener, que no era perfecto, pero que, si se cuidaba, se mantenía sólido y firme sin importar el tiempo que pasase.

Aure, que era indudablemente inteligente, sabía que ella sola no podría cambiar el mundo lo suficiente, así que, además de tratar de convencer a cualquiera que le diese la oportunidad, disfrutaba de la vida cuanto podía, a veces, corriendo riesgos que a su madre le parecían innecesarios y que su padre calificaba mucho más despectivamente.

De todos los amantes que tuvo, sus rivales no pudieron encontrar ninguno que dijera ninguna cosa de ella que pudiera ser reprochable. Había compartido intimidad con cada persona que le había parecido lo suficientemente apasionada e interesante, y de todos había escuchado sus ideas y compartido sus pensamientos. Aunque era consciente de que la mayoría no estaba preparada para su forma de ver el mundo, eso nunca la detuvo a la hora de intentar mejorarlo.

Sin embargo, otros si hicieron lo posible por detenerla. Aunque no se salía de la normalidad de la vida de alguien que perteneciera a una familia importante, sí era curioso que ella recibiese incluso más atención de cualquier atacante que sus padres. Sumado a su negativa a dejar de moverse libremente y a que la acompañase una escolta, sus salidas cada vez preocupaban más a sus padres, y no sin razón.

Con veinte años, a una edad ciertamente temprana, Aure habló por primera vez delante del Consejo en pleno, en sesión oficial, para exponer sus ideas con respecto a la propia Ciudad Imperial. Ideas que, como lo hacían las de sus padres, agradaron incluso al emperador. Aquello demostró lo que muchos ya daban por hecho.

Antes de su próxima audiencia, dos días más tarde, encontraron su cuerpo junto con el de otra mujer. Acuchillados y destrozados, sus cuerpos aparecieron en las callejuelas del barrio que se extendía más allá de la puerta oeste, fuera de la segunda muralla de la Ciudad Imperial. Tenían signos de haber sufrido vejaciones y martirios antes de morir, y a Aure le faltaba uno de sus pendientes de acero.

Aquella noche Aure paseaba con Rosa, otra muchacha con quien Aure disfrutaba de su conversación y su visión del mundo. Aunque Rosa no había tenido la suerte de nacer en una familia adinerada, no había dejado de interesarse por el mundo que la rodeaba, y le ofrecía a Aure una perspectiva que ella consideraba muy necesaria.

Salían de la taberna Sol Poniente, abierta hacía poco en el barrio, una de las pocas tabernas extramuros que funcionaban en Luz. Salían de haber estado hablando con viajeros que aprovechaban para no entrar en la ciudad y evitarse los retrasos y horarios del cierre y la apertura de las puertas. Aure trabajaba en una propuesta que permitiera a la gente poder seguir entrando y saliendo de la ciudad durante la noche, sin perder la seguridad de los que vivían entre los muros. Pero esa propuesta nunca vio la luz. Dos encapuchados las esperaban en la salida y se encargaron de acabar con ellas.

Por primera vez, y gracias a la cercanía de la familia con el emperador, se permitió a los jueces de Luz participar activamente en una investigación. Un cambio que sentó las bases para la lucha contra el crimen en luz. Tres jueces llevaron el caso. La juez Silvia, del distrito de la Puerta Oeste, el juez Severo, especializado en juicios de asesinos, y la juez Alejandra, del distrito del Ascenso.

Los tres, trabajando juntos, lograron reconstruir lo sucedido y registrarlo en los documentos oficiales pese a todos los impedimentos que surgieron. Empezando por la complejidad del propio caso y los intentos de quienes lo orquestaron de terminar con la investigación.

Al principio fueron las protestas en contra de la magia usada por los jueces, pero como no consiguieron frenarlos, dado el apoyo que tenían por parte del emperador para resolver el caso, pronto dejaron que todo se enfriase.

Lo siguiente era evidente, destruir cuantas pruebas fueran necesarias. El lugar donde las encontraron no era aquel en el que les habían arrebatado la vida, las habían dejado allí conscientemente. Los jueces pudieron encontrar el lugar donde las mataron, y a quién vivía allí colgado junto con una nota que pretendía hacerle parecer el culpable arrepentido del crimen. Cuando tampoco eso funcionó, aquellos que las habían torturado murieron en un incendio en su propio escondrijo, pero los jueces siguieron buscando.

Gracias a su magia habían podido ver cómo, cuando fueron atacadas, Aure se arrancó uno de los pendientes y lo usó para mantener a raya a su agresor, pero lejos de huir, y aunque le había destrozado la mejilla a ese malnacido, Aure se lanzó a por el que arrastraba a su amiga, incapaz de abandonarla a su suerte. Pese a su lucha, no puedo hacer nada, y ambas fueron arrastradas a lo que se convertiría en su infierno en las próximas horas. Era aterrador ver a los jueces romperse y llorar al ver lo que las chiquillas habían pasado. Con cada avance en la investigación, más tórrida se volvía.

La Ciudad Imperial de Luz quedó cerrada durante tres semanas, hasta que los jueces encontraron al responsable, Luciano Tercio Muro Alumbrado. Un viejo noble que había dejado atrás a su familia para convertirse en sacerdote. Siempre había tenido mucho peso en el consejo, dada su cercanía con la iglesia, pero con la llegada de las revolucionarias ideas de los Batientes Cruces, poco a poco había ido relegándose a una posición común.

Cuando se supo, y pese a que él juró por su sangre que solo había pretendido darle un escarmiento a la chica y que habían sido los matones los culpables de todo lo ocurrido, El que por aquel entonces era el sumo sacerdote de Ela, el Lucem Accipit, Virginio Campano Décimo Iluminado, pidió expresamente al emperador que permitiera a la iglesia castigarlo, pues esos crímenes no habían sido solo contra el imperio, si no contra la propia naturaleza de la luz en la que Lucio había tratado de arroparse para seguir obteniendo beneficio personal.

Sin embargo, el emperador solo se lo concedió en parte. Desterró a Lucio no solo del Consejo Imperial o de la ciudad, si no de cualquier tierra imperial o que colindase con esta, y le despojó de todos sus bienes, los cuales destinó a acelerar las propuestas que Aure había llevado ante el consejo. Una vez dictada y cumplida esta sentencia, el Lucem Accipit podría añadir la pena extra que considerase necesaria.

Cuando salió el navío que lo llevaría a las heladas tierras del sur, donde terminaba el mundo y en verano el día duraba un mes y en invierno la noche hacía lo mismo, el Lucem Accipit partió con él y con una compañía de 20 fieles.

Tan solo 10 regresaron, con orden escrita de nombrar otro Accipit y un mensaje: “El alma de Lucio ha sido desnudada de su cuerpo ante Ela para que pueda juzgarla”. Ninguno de los que regresó volvió a hablar jamás. Algunos dicen que por culpa de los horrores que habían visto, y que por eso mismo el Accipit no había vuelto. Había ensuciado su alma a cambio de poder hacerle a aquel hombre todo el daño que él había causado, y por ello, él y los que se habían quedado a ayudarle, habían decidido expiar sus pecados entregándose a Ela allí, en una gran pira que iluminase la noche eterna.

Hoy, doscientos años después de su primera audiencia ante el Consejo Imperial, aquellos que conocen su historia lloran al ver como el nuevo emperador, San Yago de Cañadulce, manda retirar la estatua que la conmemora y deroga las leyes que se escribieron bajo sus ideales. Muchos han sido los que han tratado de encontrar sus pendientes a lo largo de estos años. Aquel con el que se defendió nunca apareció, y el otro fue donado a la iglesia por sus padres tras su funeral, pero nadie ha vuelto a verlo.

La ayudante

Ayudó a colocar las vendas y ungüentos en sus sitios en las estanterías y se mordió el labio recordando cuando había llegado por primera vez a esa casa. Sola, asustada, había estado a punto de morder al doctor que le estaba curando las heridas del miedo y dolor que notaba. Las heridas físicas no tardaron demasiado en curarse, aunque las otras… Pasaron meses antes de que pudiese pasar unas horas a solas con él, antes que pudiera confiar en otro humano. Se le erizó levemente el pelo de la nuca y no pudo evitar que un gruñido emergiera del fondo de su garganta — Miguel no permitiría que le pasase nada, y más ahora que se sentía tan a gusto allí, ayudando en su consulta y a criar a su hija. 

Pasó levemente la yema de sus dedos por su pelaje, recordando que fue lo que la trajo a esa casa. Ya estaba acostumbrada a los golpes y a que el señor se metiera en su cama cuando él quería, pero cuando la pequeña rompió ese jarrón y vio cómo agarraba el atizador y se lanzaba hacia la pobre, no pensó demasiado. Se interpuso entre ellos y empezó a canalizar magia, para intentar crear una pequeña llama en su ropa. Eso fue lo último que recordaba, la pequeña llama y esos ojos verdes cargados de odio mientras descargaba numerosos golpes sobre su piel. La abandonó moribunda en un campo de flores, aún recordaba su aroma cuando cerraba los ojos, y como el doctor la encontró y la llevó a su casa. Tenía tanto que agradecerle… 

Siguió ordenando las diferentes pócimas, más por el olfato que por saber qué es lo que había allí escrito, y al final suspiró. Por mucho que intentara posponer lo inevitable debía ir a recoger a Ángela para partir en breve y no era algo que le hiciera mucha gracia. Por fin había descubierto en qué quería convertirse y dudaba mucho que pudiese aprender mucho más si se iba. Hasta le había prometido enseñarle a leer y era algo que siempre había querido. Subió a la habitación y vió a su compañera ya con la bolsa en la espalda, esperándola. 

— Corre Ángela, quiero llegar a la ciudad costera antes que se haga de noche. Seguro que si nos separamos allí una de las dos podrá obtener alguna cosa interesante.

Le quería decir que era un plan estúpido y que así seguro que no la podría proteger de los peligros de fuera. Pero quizá ella tuviese razón y así pudiesen obtener mejores resultados. Recogió su espada y se puso la armadura, las pocas pertenencias que tenía, y siguió a la chica a fuera.

Recorrieron el camino que les separaba de la ciudad en silencio, iba absorta en sus pensamientos y sólo abrió la boca cuando pasaron por un campo lleno de flores, comentando que quizá alguna sirviese para hacer uno de esos ungüentos para tratar heridas que había aprendido a usar no hacía tanto.

Llegaron a la ciudad por la noche y se separaron, prometiendo que se encontrarían unos días más tarde en la posada principal. Al día siguiente, entró en una de las tabernas mirando si podía encontrar algún trabajo y se encontró a un joven encapuchado que decía ser juez, que le ordenó capturar un hombre. Lo hizo sin saber que con ese gesto acababa de cambiar su vida por completo.


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ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE

GEMMA SÁNCHEZ

Bajo la Lluvia

El agua caía interminable e incansable sobre las hojas de cada árbol, hiedra, arbusto o planta de la selva, hasta que se flexionaban por el peso y dejaban caer una pequeña cascada de la misma.

Los olores a tierra mojada se intensificaban y los rastros desaparecían ante ellos haciendo difícil seguirlos. Los sonidos se perdían, entumecían y se mezclaban con los que cada gota provocaba en su caída incluso tras recorrer el empapado pelaje de la bestial escondida entre la maleza.

Los intrusos estaban cerca, justo en frente, cada semana aparecían en la zona con diferentes ropas y olores intentando despistar a los que allí vivían, al resto de Bestial y a los Narak.

Portaban redes y cuerdas con diferentes nudos y formas que todavía llevaban olores de otros Bestials junto con los del cuero y el acero que vestían y colgaban. Siempre volvían a pesar del sofocante calor y la humedad que les asfixiaba y a pesar de las intensas lluvias que los frenaban.

Sin embargo eran extranjeros, sólo había que esperar a que se cansaran de buscar. Esperar bajo la lluvia que la ayudaba a huir de sus acechantes ojos. Si la capturaban y tenía suerte, sería llevada a otras tierras cálidas pero menos húmedas; si tenía mala suerte, la arrastrarían hasta tierras las tierras heladas de Beliond, en las que sólo se sobrevivía bajo tierra.

Los minutos pasaban y el agua calaba cada vez más en su pelaje al igual que hacía en cada una de las rugosidades de los árboles haciéndose casi interminables. Finalmente se alejaron de la zona y, con mucho sigilo y unos minutos después, la bestial abandonaba el lugar para volver junto los suyos en la selva. Todavía empapada dio la alerta y se decidió que mañana los rastrearían para echarles de Selva Esmeralda.


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IRIS CONST

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Vestigios de Devoraalmas

La joven de 17 años, Delia, de piel blanca, ojos azules y pelo negro y liso hasta un poco más allá de los hombros, no parecía tener apenas rasgos en común con los de su raza Nimer.

Vestía una túnica con capucha y unos guantes que la protegían lo más que podían del sol, tampoco le gusta demasiado estar bajo él, cosas que pasan supone ella que ya casi se ha acostumbrado a sus problemas, así como casi acostumbrarse al hambre, un hambre más allá de lo humano, un hambre que llegaba a las almas y que comenzó siendo ella muy joven.

Su padre era un profeta que un día dijo tener una visión sobre una mujer poderosa vestida en oscuros mantos. Al principio nadie le creyó, hasta que dio con la madre de Delia que luego fue convenciendo poco a poco, a más mujeres para la causa, convirtiendo finalmente todo en una especie de cábala o secta, en la que rápidamente se hicieron rituales de sangre en honor a la mujer de la visión. Aunque realmente atraían más a Cartajiod que lo que realmente buscaban, sin embargo para ellos eran seres oscuros.

Más tarde, su padre tuvo otra visión en la que un bebé nacería elegido para alzar a esa oscuridad. Algo le llevó a la obsesión, algo le susurró que él sería el padre de aquel niño, pero que debía antes ganarse el favor con más ofrendas.

Y así fue como, ritual tras ritual, ofrenda tras ofrenda, se acostaba con todas a las que ya se podía considerar su harem.

Hubo abortos, niños malformados, algunos nacían sanos, pero muy pocos; otros estaban poseídos y se les mantenía allí hasta que eran incontrolables y se les soltaba y, uno de ellos era Delia.

En su concepción, hubo una bacanal como en el resto y esta, llamó la atención de un Cartajiod del hambre que, divertido o aburrido u ofendido, debió pensar que era buena idea que en el futuro la criatura los devorara a ellos.

Para los padres, la pequeña Delia era especial, ya que consideraron su debilidad al sol, su hambre, su visión nocturna y de las almas, una señal y, con 12 años la sometieron al ritual que hizo que el Cartajiod se cobrara lo que buscaba y el Imperio decidiera poner fin a la secta.

Actualmente, Delia se mueve por las cercanías del Imperio de Luz recogiendo plantas para sus mejunjes y, de paso, averiguar hasta que punto eran verdad las visiones de su padre, al que nunca creyó hasta el Estallido.


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IRIS CONST

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La reina y la bruja

Angélica era una muchacha sencilla cuya madre se ganaba la vida cuidando los animales de los Castillalto, en el Valle de los Ángeles.

A ella le encantaban los caballos, y pasaba los días acariciándolos y cepillándolos mientras su madre se encargaba del resto. El señor del castillo estaba tan acostumbrado a verla por allí que había aprendido su nombre, y, a menudo le regalaba ropa de su propia hija cuando a esta se le quedaba pequeña. No hace falta decir que Angélica destacaba entre el resto de la gente de su aldea, y no tuvo que pasar demasiado tiempo cuando empezó a levantar envidias.

Entre la gente de la aldea empezaron a correr rumores. El más típico era que el Señor gustaba de la compañía de la niña durante las noches, y, aunque no era cierto, la verdad no bastó para acallarlo.

No parecía que aquello molestase a la muchacha. Ella seguía viviendo bien, cuidando de los animales junto a su madre y pasando los inviernos caliente gracias a las ropas viejas del castillo. Sin embargo, una mañana gris y lluviosa llegó al castillo una carroza tirada por dos temibles dracos de escamas brillantes y miradas frías. Aquel día, llegó una mujer del norte, Axara. Bella como un campo nevado y dura como el mismísimo hielo conquistó el corazón del Señor del castillo como solo las gentes del norte saben hacerlo.

Ambos se casaron al poco de conocerse, y la mujer fría fue gentil también con la muchacha, a pesar de los rumores y habladurías. Le enseñó a acercarse a los dracos, a entender sus necesidades y sus deseos, y a deber cuando se está a salvo y cuando no. Aquella mujer no parecía ver la diferencia entre la nobleza y la gente de a pié, y aquello era algo que ni la muchacha ni nadie había conocido hasta ahora. Sin embargo, la enfermedad se llevó a su madre y el Señor la acogió en el castillo.

Las habladurías se daban por confirmadas y la gente, corroída por la envidia se erigió en defensa de la señora. Una defensa que ni había pedido ni necesitaba, pues la muchacha se limitaba a vivir su vida siguiendo con el oficio que su madre le había enseñado. Aún así las voces ignorantes a veces hablan tan alto que es imposible ignorarlas. El Señor, tuvo que intervenir, pese a que su esposa trató de evitarlo, y para asegurar el bien de muchos, tuvo que ejercer el mal sobre un inocente. Echó a la muchacha del castillo y la privó de su trabajo. En el pueblo la repudiaron, acusándola de pecados que no eran suyos y hablándole desde el odio más irracional. Ella cogió lo poco que le quedaba y huyó al bosque, aunque no pudo llegar muy lejos, pues fue devorada por una manada de lobos. Sin embargo, eso nadie lo sabía, y quiso el destino que el Señor enfermase repentinamente aquel mismo día, y tiempo faltó en el pueblo para que la pobre muchacha fuera llamada bruja al grito de todos, y con ese cántico subieron al bosque armados con fuego y orcas, en aras de darle caza.

Pero la envidia y la ira son pecados capitales que nublan la mente y ensombrecen el alma, y en el bosque no hallaron ninguna bruja, pero si lobos. Decenas de lobos con decenas de dientes. Los que no cayeron en seguida, trataron de huir de vuelta al pueblo, donde la Señora del Castillo había bajando para tratar de detener la locura desatada contra la muchacha, y explicaba a algunos aldeanos que habían quedado que la niña no había sido responsable de la enfermedad de su esposo.

Los lobos fueron tras ellos, y devoraron a toda alma que allí habitaba. Sin embargo, cuando habían rodeado a la reina norteña, un venado salió del bosque y todos los lobos echaron a correr para darle caza, como si hubieran olvidado a la mujer, la única que había permanecido firme y no se había dejado engañar por envidias y rumores.


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La espada

-Será un trabajo fácil, ya lo verás. – Iba repitiendo esas palabras en su cerebro, en bucle, sin dejar de temblar. Cuando cerraba los ojos únicamente podía ver ese aliento verdoso y como su hermano se desintegraba delante suyo, la piel se iba deshaciendo lentamente sobre sus huesos con la boca abierta en una mueca de dolor. Pero en su cerebro ya no escuchaba ese grito, solo reverberaba la palabra ladrona. Notaba un dolor sordo en la mano derecha, mientras seguía sujetando ese fardo contra su pecho. Durante todo el trayecto le pareció notar que alguien la miraba y por el rabillo del ojo veía esos ojos rojos clavados en ella, pero al girarse no veía absolutamente a nadie. Miro a lado y lado de la calle y cruzó hacia ese edificio, que lucía un tambor roto en su fachada.

Una semana antes vino mi hermano a hablarnos de un negocio en la taberna donde nos alojábamos, el Yunque Roto

-He conseguido la oportunidad de negocio perfecta, solo tenemos que explorar un antiguo túmulo y revisar si hay algún tesoro que podamos llevarles, dicen que hay una espada que puede cortar cualquier cosa

Siguió hablando de todas las cosas que podríamos comprar con la recompensa, pero ella solo podía pensar en esos extraños apodos que le había dado su hermano a los tipos que se le ofrecieron, el caballero, la rata y la muerte. Escondió un escalofrío y elevó una plegaria a Ela, hacía demasiado que no pasaba por uno de sus templos. Quizá, después de este encargo podría hacerlo.

Llevó un par de días llegar a ese túmulo, flores marchitas adornaban la entrada cubierta de musgo y enredaderas. Parecía que hacía mucho tiempo que esa entrada no era hollada por nadie. En la entrada había una losa donde aparecía una inscripción medio borrada que ninguno de ellos entendió. Entre dos pudieron apartarla y pudieron observar un inmenso pasillo que descendía hacia las profundidades de la tierra. Ella se quedó la última, como siempre en este tipo de empresas.

– No quiero que te pase nada hermanita, me sentiré más seguro si vas al final. Igualmente, ¿Qué harás tú en caso de peligro? ¿Encandilarle con tu precioso baile?

El estrecho túnel los condujo hasta una sala a oscuras, las luz de las antorchas que llevaban se reflejaba en las monedas, joyas y demás abalorios que la poblaban. Inmensas columnas estaban repartidas por doquier y el suelo crujía bajo sus pies, aunque ninguno de ellos le prestó atención a este sonido. Sus ojos estaban fijos en esa fortuna, los ojos de todos excepto los de ella. Vio, casi escondida por una montaña de monedas, una espada y la tomó entre sus brazos

– No se porque pero no puedo dejar de mirarla, ¿crees que será una de esas espadas famosas y me convertiré en alguien importante?

Nunca obtuvo respuesta, del fondo de la sala vio cómo se expandía algo verde mientras el suelo temblaba y un inmenso rugido hacía que se estremeciera.  Alargó la mano por reflejo pero lo único que consiguió fue quemarse las yemas de sus dedos. Y dio media vuelta y corrió, sin mirar atrás mientras oía en su cabeza una palabra. Ladrona.

Cruzó el umbral de la taberna y un intenso olor dulzón inundó sus fosas nasales. A su izquierda un grupo cantaba y tocaba distintos instrumentos. Seguramente se hubiese puesto a bailar en otras circunstancias, pero en esos momentos solo quería hacerse un ovillo y desaparecer. El peso de la espada la volvió a traer a la realidad y avanzó decidida por la taberna hasta dar con una mesa algo apartada, entre botas de vino y cerveza. Allí estaban los tres, pero solo se fijó con el de su derecha. Alargó una mano huesuda y le ofreció una copa. Y sobrevino la oscuridad.

Despertó desnuda, dolorida y sola en una de las habitaciones de la misma posada, con una bolsa de monedas al lado de la cama. Al menos con eso podría seguir perdiendo la consciencia durante una buena temporada. Y sin ningún otro propósito en su vida, se vistió para empezar a gastar las monedas de esa bolsa.

REDACTADO POR: GEMMA SÁNCHEZ


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La ofrenda

Había recorrido ese bosque durante toda la noche, buscándolo iluminada sólo por la luz de las estrellas. Aún llevaba ese hatillo pegado a su cuerpo, algo sudado por la larga caminata. Le habían dicho que allí podría pedir cualquier deseo si estaba dispuesta a pagar el precio. Le costaba seguir el ritmo, pero sabía que si tardaba mucho en llegar él moriría. Llegó al claro y contuvo el aliento antes de dejar la seguridad de los árboles y adentrarse en dirección a las rocas. Acarició su abultado vientre, sintiendo como ella se agitaba en sueños, dando débiles patadas y puñetazos que notaba a través de su piel.

– Pronto estará todo arreglado pequeña, sólo faltan unos metros. 

Musitó, mientras un pequeño escalofrío recorría su espalda. En el hatillo que colgaba de su espalda se encontraban esas alhajas que le había regalado su madre cuando cumplió los dieciséis. A simple vista parecían joyas de plata, ennegrecidas por el paso de los años, pero al mirarlas con la luz adecuada desprendían un brillo rojizo. Recorriendo ese bosque recordó la alegría que sintió al recibirlas y cómo se sintió al ponérselas por primera vez. Eran unos pendientes con un pequeño topacio engarzado en cada uno de ellos, que parecían dos pequeñas gotas de sangre y con filigranas bañadas en oro bruñido; un pequeño colgante con un ópalo tallado en forma de corazón y un par de brazales, uno con grabados de flores y el otro de frutos. Al moverse chocaban entre ellos y casi parecía que seguían el ritmo de una música invisible. 

– Los recibí de mi madre y ella de la suya, me contó que fueron forjados por Mirel Tallador, una hermosa enana que se enamoró de un humano que se fue de sus tierras para aprender el arte de la forja. Se presentó ante el clan como Topacio y se enamoró de él nada más verlo. Le enseñó todo lo que sabía del arte de la forja mientras en secreto forjaba estas joyas, con el deseo oculto de conquistar su corazón. No se sabe exactamente cómo la rechazó, sólo que al final la joven se quitó la vida y su sangre bañó estas joyas. Si las miras atentamente verás que tienen un extraño brillo rojizo y a mí a veces me pareció escuchar un llanto proveniente de ellas. 

No creyó en sus palabras, aunque era cierto que con ellas puestas ningún hombre ni mujer podía dejar de mirarla. Había bailado hasta la extenuación en el último festival de la cosecha y fue elegida la reina, y con eso consiguió casarse con Tomás. Tenían una vida perfecta hasta que empezó esa absurda guerra y tuvo que ir a combatir al frente, por mucho que le imploró no pudo hacerle cambiar de idea. Se alegró al ver que regresaba tan pronto del frente, pero las heridas que traía no se cerraban por mucho esfuerzo que dedicaran tanto médicos como magos en tratarlas. 

Perdida en sus pensamientos tropezó con una raíz oculta y cayó de rodillas, lacerándose una de ellas. Ahogó un pequeño grito, se puso en pie y siguió avanzando poco a poco hacia las rocas.

Tocó una de las piedras y lanzó la oración que había aprendido cuando era pequeña, casi parecía que hacía siglos de eso. 

– He llegado aquí con mis objetos más preciados para ver cumplido el deseo más profundo de mi corazón. 

Justo después de pronunciar estas palabras la vio, parecía la mujer más hermosa que había visto nunca, con el pelo blanco como la nieve y las mejillas y los labios sonrosados, y unos ojos grises que la miraban algo divertidos. 

– Veo que has cumplido tu parte del trato, así que yo cumpliré la mía. 

Se acercó a ella, le puso la mano en el vientre y musitó algo, aunque ella no logró entenderlo. Con horror vio que su vientre se deshinchaba. Intentó gritar, pero de su garganta no brotó ningún sonido. 

– La cuidaré y terminará siendo una criatura del bosque, como yo. Puedes ir junto a tu esposo, te estará esperando en casa.

Huyó de allí y recorrió el bosque corriendo, casi parecía que volara entre los árboles, sin terminar de procesar todo lo que había ocurrido en ese claro. Al llegar a casa y ver la mirada inexpresiva de su esposo que la observaba en el umbral de la puerta recordó de golpe cómo terminaba la historia que le contó su madre, hacía casi una eternidad:

– Pero vigila los pactos que hagas con ellas y sé cuidadosa con tus palabras y tus pensamientos, pues siempre cumplen lo acordado de forma literal y tienen un retorcido sentido del humor. 

Y con esas palabras por fin pudo gritar.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE

GEMMA SÁNCHEZ

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La despedida

Se despertó como cada mañana con el sonido de los carros y como iba siendo costumbre volvió a descubrir la almohada húmeda, ya hacía demasiado tiempo que había desaparecido. Se levantó y vistió deprisa, intentando olvidarse de las pesadillas de la noche. Terminó de limpiarse la cara y se observó unos instantes en el espejo. Su pelo rojizo, demasiado corto según su madre, estaba algo enmarañado y sus ojos verdes mostraban las señales de haber estado llorando, pero no tardó demasiado en estar algo más presentable.

Antes de salir de la habitación vio la daga que le había regalado su hermano, con la filigrana en forma de rosas en la empuñadura y su nombre bordado en la funda. Empezó a notar cómo le iban brotando las lágrimas y se las limpió con el borde de su manga. Se puso la daga en el cinto y se dispuso a bajar, no quería llamar aún más la atención de sus padres, quería que estuviesen de humor con el anuncio que haría después del desayuno. Se limpió las manos en su vestido, pese al frío que hacía en el exterior estaba sudando. Empezó a poner la mesa, aún distraída por el recuerdo de sus sueños y también intentando estructurar su discurso de despedida. ¿Lo aceptarían sin más? Pero una voz conocida la sacó de su ensimismamiento

Anya, quita uno de los cubiertos de la mesa, ya sabes que tu madre ya lo está pasando suficientemente mal desde que tu hermano fue a perseguir sus sueños de convertirse en soldado.

Sólo pudo asentir a la voz de su padre, guardándolo otra vez con presteza. Ayudó a su madre a preparar la comida, aunque se limitó a cortar la fruta que acompañaba huevos y panceta. 

Deberías aprender a cocinar mejor y olvidar esos sueños que tienes de ver mundo. Por cierto, el otro dia vino Jordi preguntando por ti – comentó con una sonrisa algo pícara –, veo que despiertas las mismas pasiones que cuando yo era joven. En el próximo baile te dejaré ese precioso vestido verde, seguro que así podrás escoger a algún chico guapo, me gustaría poder ver a algún niño correteando por la cocina.

Su madre siguió parloteando, sobre cómo sería la boda, qué debía hacer en la noche de bodas y la satisfacción que tendría con el primer hijo. Aguantó como pudo la conversación sin replicar, pero ella sabía en el fondo de su corazón que no quería cambiar una cárcel por otra y estaba segura que ninguno de esos mercaderes la comprendería jamás. A veces soñaba despierta en esos relatos caballerescos, tomando ella el papel de joven idealista que sólo se preocupaba por cumplir los designios de Ela, aunque cada vez le costaba más mantener su fe. Hacía dos años que su hermano había partido en contra de los deseos de sus padres para convertirse en soldado y desde entonces no había dado señales de vida.

Salió en busca de su refugio, su hermano había construido una pequeña cabaña encima de un árbol y allí cuando ella era más pequeña jugaban junto con sus otros hermanos. Al principio ella era la que estaba en lo alto de la cabaña y eran sus hermanos los que se iban intercambiando el papel de héroes y villanos para salvarla, pero al final les convenció y consiguió participar en aquellos roles.

Seguramente se quedó dormida allí, abrazada a su antigua muñeca algo maltrecha por el paso de los años. Le faltaba uno de los ojos y un brazo estaba algo descosido. Limpiándose las lágrimas miró si podía hacer algo para arreglarla y fué entonces cuando vió la nota, algo desgastada por el paso del tiempo: “Anya, cuando estés preparada te estaré esperando en Luz. Seguro que serás capaz de encontrarme”. Con esta nota el corazón le dió un vuelco, sabía que no se podía enfrentar a sus padres ya que nunca le darían permiso para irse pero quizá su hermano seguía con vida. Dando las gracias a Ela por haber encontrado la nota, bajó corriendo y se escabulló dentro de su casa sin que se diera cuenta nadie y preparó su bolsa para partir durante la noche. Escribió una nota apresurada y la dejó bajo su almohada: “Si me quedo aquí terminaré marchitando, necesito saber si está bien”. Pensó en añadir algo más, pero sabía que si se lo pensaba más no se iría nunca.

Así que espero a que toda su familia estuviera dormida para salir por la ventana y escapar de su hogar. 

– Juro que lo encontraré y lo traeré sano y salvo a casa – murmuró para sí misma toqueteando un poste que había cerca de su casa. 

Vagó durante unos días hasta que pudo llegar a una ciudad y consiguió un trabajo como mercader. Pero como dicen algunos, eso ya es otra historia.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE

GEMMA SÁNCHEZ

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De negro a rojo fuego

Alzó la espada contra las bestias que se refugiaban en la oscuridad. Estaba solo, había bajado con ella a aquella cueva llena de muerte, pero ella ya no estaba, fue su último deseo, que se pusiera a salvo y, así lo había cumplido dejándolo atrás.

Al menos, de morir, lo haría en paz…

Un corte en el viento de la sala anunciaba el esperado final. Una saeta con la punta de un extraño metal negro que la luz tragaba, se había clavado en su espalda. Rompió la parte de madera, pero todo se volvió negro y unas palabras acudieron a su mente:

«-Deja de sufrir, ven conmigo y deja de sufrir, dale a ella un mundo sin sufrimiento ni dolor»

No, no debía hacerle caso, los enemigos sólo dicen mentiras…

«-¿Acaso no deseas un mundo mejor para ella?»

Meses, quizá años, pasó dentro de aquella cueva acabando por obsesionarse con conseguirle al ente que le hablaba un buen elegido para su causa, a alguien digno.

Durante su periplo oyó el llamado de un noble del pueblo obsesionado por conquistar a una muchacha de cabellos de fuego hija de un tabernero.

Acudió a la llamada y vió la oportunidad de hacer al noble esclavo de su misión envenenada. El noble aceptó a cambio de que la chica fuera sólo suya y convenció a otros nobles de regalar a sus hijas a él y conseguir más muchachas para dar con ese elegido digno que él buscaba. Sin embargo, no todo él había sucumbido todavía a las tinieblas de la saeta que lo había corrompido y comenzó a arrepentirse y ayudar a la joven de cabellos de fuego evitando que el noble no la tocara demasiado.

En el fondo se parecía a ella…

Cuando el plan ya estaba más que en marcha, un nuevo Juez, dos Bestials, una chica y su maestro, un seguidor de Ela harto de la corrupción y un pícaro, acabaron en una taberna del pueblo costero donde él estaba.

Bajaron a la oscura cueva en busca de la raíz, de él y, les hizo frente.

Tras una lucha difícil, el grupo consiguió arrancar el pedazo de la saeta de su cuerpo, despejando su mente. Lo agradeció y, al día siguiente, se disculpó con las chicas, entre las que estaba la de cabellos de fuego sólo para luego irse y quizá casi nunca volver.

«-Podeis llamarme Bel»


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE:

IRIS CONST

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Entre Riscos Afilados

Un manto de nubes blancas y grisáceas cubría el cielo, y sólo.una montaña solitaria en el fondo del valle se atrevía a subir junto a sus hermanas, que delimitaban la vasta extensión. Roca árida, desnuda, mortalmente afilada. Nada verde, nada vivo.

Entre crujidos de rocas bajo sus botas, el enamorado siguió adelante. Sabía que había cinco pruebas antes de su objetivo: una de fuerza, de voluntad, de astucia, de fe y de confianza. Ya había pasado tres. Había derrotado a un león, cruzado un lago de aceite y resuelto el acertijo de un dragón. Sólo dos pruebas le estaban.

Un hombre se le acercó y dijo que él era Fe, y que más adelante le contarían algo que no debía contar a nadie. Así como lo dijo ocurrió. Más adelante, una mujer muy bella, muy parecida a su amada le susurró algo al oído, y después el enamorado llegó a un pueblo dónde cada aldeano le preguntaba por lo que la mujer le había dicho, y cada uno le ofrecía mayor recompensa que el anterior. Al salir del pueblo, Fe volvió a hablarle, y le dijo guardara su agua, que por mucha sed que tuviese, no bebiera ni bebiese.

El enamorado siguió su camino, durante dos días no probó agua, pero logró llegar a un jardín dónde una mujer sacudía una regadera vacía  sobre una pequeña flor. Ella también le preguntó por lo que le dijo la mujer del camino. Él se acercó y le susurró al oído.

—Confío en ti, me dijo que mi amada era la mujer más bella de todos los reinos.

Ella le pidió su agua y él se la entregó justo antes de desfallecer de sed.

Un chorro fresco y húmedo le regó la cara, y él bebió  hasta saciarse. La flor que la mujer trataba de regar, era la semilla de una llorona, que al crecer inició el curso de un río que le fue devolviendo la vida y el verde al valle.

—Tú corazón ya no volverá a ser de piedra, porque yo lo cuidaré


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El último molinero

Semilla para 3 jugadores. Un paladín, una charlatana y una pícara.

Es un feo día de octubre, hace frío y llueve. Vives en un pequeño pueblo del interior de Imperio de Luz. Eres el hijo de una pareja de molineros, has vivido siempre en el mismo pueblo. Tus padres te decían que no había nada ahí fuera y tú nunca has querido buscarlo. Pero un día algo cambia, hoy es ese día. Es un feo día de octubre, hace frío y llueve.

Te despiertas mientras el agua te cae en la cara. No te acuerdas de nada, salvo de una luz muy poderosa que te golpeó en el pecho. Luego, los gritos de tu familia y, por último, la lluvia sobre tu cara. Ya no queda nada de tu antiguo hogar, ni de los restos de tu familia. Ahora todo lo que hay ahí es ceniza, polvo, barro y… ¿Una persona?

Ves a una persona apoyada en un árbol. Va vestida con ropajes sencillos y oscuros. Ella, te mira y enseguida notas algo, tranquilidad. El dolor descansa un momento, sabes que esa persona sea quien sea puede ayudarte en tu misión. Te levantas y te encomiendas a ti, a los dioses o a los elementales. O la tierra que pisas. Da igual, sabes que tienes una misión y vas a cumplirla, en nombre de quien, te da igual.

La mujer apoyada en un árbol se te acerca, te dice que su campamento está cerca y que quiere ayudarte. Que ella ha visto lo ocurrido y que el dolor, si es compartido, es más liviano.

No tardáis en llegar cuando veis a otra chica, esta está en un campamento, parece que estaba cogiendo los suministros y se los estaba intentando llevar. No es la mejor ladrona, pero os cuenta una historia plagada de mentiras y vosotros acabáis creyéndola. Ahora ya no estás solo paladín.

Es el momento de elegir, ¿Quieres saber que ha pasado con tu familia? ¿Por qué tú has sobrevivido? ¿Quién es ese misterioso hombre que te ha lanzado ese rallo? ¿Quiénes son esas dos personas con las que te has encontrado? Podrías tener todas estas respuestas si sigues jugando, si no, todo se convertirá en ceniza, polvo y barro.

INFORMACIÓN PARA LOS JUGADORES

Si eres un jugador o el DM, te recomiendo que leas esto. Aquí te doy unos consejos sobre lo que deberías de equiparte en la ficha y lo que no. Por supuesto eres completamente libre de hacerlo o de seguir un camino alternativo.

Las acabadas en asterisco son ‘obligatorias’ si quieres realizar la historia como la pensó en su momento la persona que escribió esto, aunque recuerda que puedes hacer lo que quieras.

Paladín:

  • Escoger la clase Paladín. *
  • Tus padres han de ser ambos molineros *
  • No tienes hermanos ni hermanas *
  • Eres de familia pobre *
  • No puedes ser ni un niño ni un anciano*
  • No tienes entrenamiento previo en nada*
  • Desventaja: Arma exclusiva al máximo de desventaja*
  • Arma: Una porra de madera*

Charlatana:

  • Escoger la clase Charlatana*
  • Tu dinero inicial debe de ser 0*
  • Debes de tener al máximo tu habilidad de confianza*
  • Ventaja: Tienes la habilidad de suerte al máximo*
  • No podrás usar armas en ningún momento de la partida, incluido tus puños*
  • Desventaja única ‘Ladrona de queso’: Si escuchas a una persona decir queso, debes de robarle. De no hacerlo o fallar en el intento, sumaras un punto de ira.

Pícara:

  • Escoger la clase Pícara. *
  • Puedes tener el dinero que ha descartado la charlatana.
  • Debes de tener al máximo tu habilidad de Destreza.
  • Debes de tener al menos un punto en anima*
  • Desventaja única ‘Fallo al robo’: Si ves a una persona robando, debes de robarle lo que haya robado. Si dicha persona no lo consigue, deberás de robarlo. De no conseguir cualquiera de las dos acciones anteriores, recibirás un punto de ira. *

INFORMACIÓN PARA EL MÁSTER

Jugador, tu turno aquí se ha acabado. Ya no tienes que seguir leyendo esto. Si sigues leyendo intuyo que eres la persona que va a dirigir la partida, felicidades pues Máster. Aquí van algunos consejos y puntos de la trama para que te sirvan de inspiración.

  • Las personalidades de los 3 miembros del equipo son muy dispares, es efectivamente para forzarlos a que lleguen a situaciones absurdas. Te recomiendo que los lleves a una taberna, donde les encante el queso a todos. O una quesería y veas como la charlatana y la pícara se vuelven locas. El paladín por su parte debería de permanecer recto y no robar.
  • El paladín solo puede usar un garrote como arma. Eso le dificultará muchísimo contra enemigos con armaduras cortantes, como espadas o cuchillos. ¿Cortará una espada el garrote o se quedará clavada en este? Tú decides.
  • La charlatana no puede usar armas. ¿Por qué no pruebas a dejarle confianza? Anímala para que cuente chistes o hable con mucha gente, será cuestión de minutos que empiece una pelea. Mientras, diviértete y mira como se desata el caos.
  • ¿Quién ha matado a los padres del Paladín? Quien haya sido ha tenido un buen motivo. ¿Tal vez un cliente poco satisfecho? ¿Un poderoso mago? ¿Una organización secreta que buscaba algo escondido bajo el molino? Está en tu mano esa respuesta, pero no la digas directamente, deja que tus jugadores lo piensen un poco.
  • ¿Qué relación tienen la pícara y quien haya hecho eso? ¿No es extraño? ¿Y si fuese una infiltrada? Podría ser interesante ver como el paladín traza un plan de venganza y la pícara lo intenta desbaratar.
  • ¿La charlatana se ha convertido en una ladrona compulsiva? Lleva a tus personajes a la cárcel y diles que en varios días van a morir. Luego, diles que alguien les puede ayudar, un guardia corrupto, otro reo, o tal vez el verdugo que finge que los mata. Todo esto con el propósito de que la charlatana no quiera robar todos los bolsillos que vea para no acabar en el cadalso.

Y para acabar, ahí van los dos últimos consejos:

  • ¿No te gusta algo? ¿Quieres que los padres del paladín vivan, o que la pícara no robe? Hazlo. Esta semilla solo quiere ayudarte y aportarte una pequeña pista. Tú como máster tienes la última palabra, decide que quieres hacer.
  • El último consejo es que disfrutéis.

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