La Ciénaga de las Ánimas

Durante la fundación del imperio, una de las más cruentas batallas fue librada al sur de Luz, en lo que ahora forma parte del imperio central. Allí, un pequeño reino de seres feéricos fue totalmente masacrado por las tropas imperiales, pero sus espíritus se mezclaron con la tierra y la inundaron con su magia el lugar en el que su reino se alzaba. De estos feéricos parientes de los elfos más antiguos quedaban fuerzas asesinas, que arrasaban con todo lo que pasaba por el lugar. Aquellos espíritus más fuertes se materializaron en formas terribles, que el naciente imperio no pudo contener. 

Como debía seguir enviando tropas por la ruta que atravesaba el territorio maldito, el imperio pagó a una bruja para que sellase a los espíritus. Esta llevó al lugar a todo su aquelarre, y juntas sellaron aquel reino en un gran pantano que permitía el paso de las tropas imperiales. Mantener el hechizo era costoso, y se ató a la línea de sangre de la bruja que mandaba el aquelarre, así su poder se iba heredando de madres a hijas.

Con el tiempo, los espíritus buscaban formas de escapar, lo que hacía que el hechizo requiera más fuerza, así que durante años el cenagal creció lentamente. Cuando el imperio se asentó y aquellas tierras pasaron a ser parte del imperio central, el paso hacia las zonas más al sur se estableció por otras sendas, evitando la ciénaga, que siguió creciendo hasta ahora. Olvidada por todos.

Entre tus sábanas blancas

Las nubes pasaban oscureciendo el trémulo crepúsculo, movidas por el mismo viento que arrastraba la hojarasca seca. El otoño tardío golpeaba los árboles secos despojándolos de sus ropajes, desnudándolos, pintando las calles de naranja, ocre y marrón.

Caminaba decaído, arrastrando las pesadas botas por encima de la irregular alfombra de hojas muertas. A su espalda, la luz del sol iba escondiéndose tras los lejanos montes del oeste. El viento, ya frío, se helaba todavía más con la ausencia del calor del gran astro. Soplaba de cara y hacía volar sus cabellos hacia atrás. Sus pasos le llevaban por el camino, pero él estaba perdido en su memoria, perdido en las calles que antaño recorría con su amor en brazos y el sol iluminándolos a ambos.

Poco a poco la oscuridad se iba haciendo soberana del firmamento y de la tierra. El viento recorría las calles a prisa y golpeaba sin ninguna piedad las viejas casas en ruinas y destrozadas. Silbando y ululando en los rincones como quejidos de los fantasmas de los edificios. Nadie iba a salir a encender las farolas aquella tarde. El pueblo estaba vacío, abandonado, muerto.

Sobre la fuente de la plaza ondeaba un estandarte viejo y raído. Recuerda que era negro y rojo hace años, ahora está descolorido. En su mente ondeaban las sábanas blancas, suaves, como cada vez que estaba en su habitación. Llegó a la puerta llena de grietas y astillas y la abrió empujándola con la mano con la mano. No estaba echado el cerrojo, nadie la había cerrado.

Antes de tener que tomar las armas. Antes de tener que esconderse detrás de un escudo. Antes de que fueran separados aquellos que se querían, en esa puerta ahora desvencijada siempre lo esperaba ella. Ella, que en sus ojos guardaba tesoros más grandes que el mismo fondo de todos los mares. Ella, el amor hecho persona… Una muchacha morena, con el cabello brillante y los ojos jugando entre verde y marrón. Los ojos más bellos que jamás había visto en la cara más dulce que podía existir. Las manos más suaves que podían tocarte y un aroma que desprendía paz si tenías la suerte de disfrutarlo de cerca. Un torrente de vida y belleza con forma de mujer.

Cada vez que llegaba la cogía en brazos haciendo flotar la falda del vestido en una vuelta y media de vuelo rápido que se disfrutaba lentamente, sujetándola entre risas de plata enredadas en los destellos dorados de sus cabellos al sol. Ahora cruzaba el umbral solo, evitando tropezar con los trozos de piedra caídos del techo y las paredes, cubiertos ya de polvo, prueba de batalla, testimonio de asesinato, de pasión y de sangre.

Había pasado con ella en brazos y las alas en alto ebrio de su sonrisa, perdido en sus ojos. Un beso y sentirla abrazada a él, su dulce sabor en los labios, recorriendo todo su cuerpo. Todo aquello había pasado, y entre las ruinas del presente se llevaba los dedos a los labios, ásperos por el contacto con el cuero, el acero y la sangre.

Las sombras lo atrapaban recordando los suaves y delicados dedos del amor bailando con las yemas en sus mejillas sin dejar de sonreír. Unos labios carnosos junto a los suyos, una mirada profunda donde perderse para siempre y una voz feérica, llena de magia, que escuchar cada momento. Retiró los dedos de los labios y se sintió desfallecer. Tragó y el sabor de hierro le llenó la boca y le bajó por la garganta. Recuerdos que herían de muerte un alma ya rota.

Subió las escaleras apoyándose contra el muro y evitando la barandilla, destrozada, arrancada y podrida. Vagando por su mente a la vez, viendo como subía con el amor en brazos, colgando del cuello.  Sentía la cabeza de ella contra su pecho. Con el cabello castaño, avellana, pardo y dorado como única barrera entre las pieles de ambos. La miraba, tan dulce, sonriente, con los ojos entre abiertos solamente, con la cara tan feliz y los sentimientos revoloteando a su alrededor, danzando con los suyos. Pasar sin apartar la mirada sabiendo que lo único importante estaba entre sus brazos.

Al caminar entre recuerdos encontró en la realidad un trozo de viga que le hizo tropezar y caer de rodillas. Se ayudó de las manos para alzarse del suelo, antes pulido y brillante, que vivía ahora picado y lleno de polvo y tierra, más buscando volver a verla en sus brazos que seguir caminando en el desolado presente.

Las correas le pesaban, las desató dejándolas caer. Ya no necesitaba las espadas. Un choque. Ruido. Metal contra piedra, piedra contra metal. Un golpe fuerte y repiqueteos que se extinguieron a tiempo que el polvo levantado caía de nuevo y se posaba en el suelo. Reemprendió más ligero el camino, paso a paso, dirección a la luz que entraba por la ventana. Se dejó caer sobre lo que quedaba del muro. Estaba harto de luchar por nada y solo encontrar solo muerte y sufrimiento. Volvió a viajar hacia atrás, allí donde los demonios no podían seguirlo, entre las sábanas blancas. Vio al amor bailar, bailar en el patio de la casa, entre las cuerdas de tender, entre las sábanas blancas. Bailaba dando vueltas, haciendo volar sus cabellos, haciendo volar su vestido. Se acercó a él y le cogió la mano, poniéndolo en pie, dejando que volviese a andar.

Avanzaba casi sin aliento, casi sin fuerzas, pero con firmeza, con voluntad. Ella no dejaría que se detuviese antes de llegar. Siguió avanzando ayudado por el recuerdo del amor. Arrastraba los pies pesadamente, tropezando ya con los trozos de piedra y madera caídos del techo y las paredes. El sol se marchaba tras los montes, llevándose la luz con él, dando paso a la noche, dando paso a oscuridad, dando paso al miedo a la soledad.

Pero él no se iba a dejar vencer, no todavía. No podía permitirse abandonar… Le había dado su palabra a su amor y no podía romperla, aunque ella ya no estuviese allí para poder verlo. Luchaba por dar cada paso, y ganaba cada lucha, avanzando. Veía los recuerdos, felices, al amor bailando en el pasillo, la miraba con una sonrisa y ella lo miraba a él, toda vestida de blanco, pegada a él y sonriente. Con su figura marcada por la tela del vestido, cabellos alborotados en su melena, todos bailando a su compás, pies ligeros, certeros y delicados danzando entre las pesadas botas de él. Los dos sonrientes, labios curvados. Curvas que hacían que todos los males se escondiesen y desapareciesen, que solo dejaban la felicidad. La veía bailar como siempre bailaba, como nunca más volvería a verla.

Una lágrima escapó de sus ojos y rodó por la mejilla dejando un rastro húmedo sobre su rostro. Cayó al separarse de la piel, recorriendo la distancia que la separaba del suelo y estrellándose contra la capa de polvo acumulada deshaciéndose en gotitas que los ojos no podían ver de tan pequeñas que eran, dejando una marca ínfima que pronto desaparecería y sería olvidada, aunque los motivos de su caída siempre perdurarían mientras que él siguiese respirando.

Cruzó el último umbral, la puerta de la habitación, solo, como nunca antes la había cruzado. Sin ella, sin el amor. Un trozo de techo faltaba, y bajo el agujero había quedado una silla, justo al lado de la cama, una cama grande y fuerte que aún resistía.

Él mismo la había hecho para su amor. Armado con un hacha y una sierra hizo del bosque aquella obra. En las patas había hiedra tallada, y el cabezal estaba decorado por una gran rosa. Cuando la tuvo terminada, pasó dos días puliendo la madera para no dejar ninguna astilla. Se hizo con un buen colchón, duradero, mullido y cómodo. Nada era demasiado para ella, lo que le hacía sentir, bien merecía todo, y todo yacía allí.

Las mantas estaban deshechas y los cojines todos tirados y hechos andrajos. Encima de la cama solo faltaba una muñequita de tela que él le regaló a ella. Al ver que faltaba se entristeció, lo único que podía volver a abrazar de ella no estaba. Sin embargo, no iba a dejar hueco a más tristeza, quizá aquella muñeca, aquel tierno regalo estaba entre los brazos de ella, como si aún pudiera abrazarle a él. Por un instante, sintió el abrazo como si estuviera allí, no como un recuerdo, si no como una verdad indudable y la tristeza se fue desvaneciendo.

Avanzando despacio, caminando paso a paso. Pasando la mano sobre lo que quedaba de las mantas, levantando inconscientemente parte del polvo que las cubría. Aquella habitación había sido la más hermosa de toda la casa, llena de colores y muebles de madera trabajada, con telas delicadas y muchísima luz y alegría. De toda su belleza solo quedaban la silla y la cama deshecha y polvo y ruinas y nada más. De todos los rojos y los bermellones y los dorados y los verdes y los blancos solo grises quedaban, tristes, vigilantes y cansados. Gradaban aquella estancia como antiguos caballeros que guardan la sala del trono tras la muerte de un gran rey, sumidos en una tristeza eterna, con el esplendor pasado solo conservado en los recuerdos, recuerdos que aun perduraban en su mente. Mientras pasaba acariciando las mantas deshechas, recordaba todos los colores, todos los matices y todas las emociones que habían llenado aquella sala.

La noche era cerrada y abajo todo estaba oscuro y nada se veía. Los ojos ya no le servían, pero en aquella habitación no los necesitaba, solo con la mente podía verla tal como sido, con todos sus colores, olores y texturas. Solo necesitaba tener cuidado de no encontrar trabas ni hoyos ni ruinas por el suelo. Avanzaba a las palpas, como podía, evitando los trozos de techo caído, buscando la silla. Poco a poco iba perdiendo fuerza, todo le pesaba, no podía aguantar. Se desató los brazales y los dejó caer en la oscuridad, alzando el polvo del suelo de nuevo, que se esparció y dispersó por todos lados antes de volver a depositarse. Las manos del guerrero encontraron la silla y se movió hacia ella despacio, muy despacio, y se dejó caer. Miró el cielo por la ventana y pudo ver algunas estrellas lejanas que conseguían huir de las nubes y mandar su luz a la tierra. El cielo estaba abriéndose muy lentamente y nada podía verse todavía, pero el guerrero sentía alegría del negror, no se veía ningún fuego en la lejanía, en el campo de batalla, ya se habían dejado de incendiar casas y ya solo quedaba la oscuridad, oscuridad de paz después de tanto tiempo de guerra. Guerra que tan altos precios se había cobrado, ya nunca más podría volver a ver a su amor, igual que aquellas paredes en duelo jamás volverían a ver los colores que antaño las habían adornado y vestido.

Estiró un brazo y volvió a verla otra vez, pero no era ella, solo un recuerdo de tiempos más felices. Ella fue bailando hasta la silla y se sentó ligera sobre las piernas de él, como hacía siempre, con las piernas dejadas caer juntas y el vestido escampado sobre él. Un beso en la mejilla. Un beso en la frente. Un beso en los labios. Él siempre le preguntaba si le gustaba la cama que le había hecho, y ella siempre respondía que aún no había dormido una noche entera. Él acariciaba muy tiernamente las suaves mejillas de ella y le preguntaba por qué en un susurro pícaro. Ella se sonrojaba entera y acercaba sus labios a la oreja de él, y cuando estaba a punto de tocarlo le decía bajito que cuando él no estaba a su lado ella no podía dormir y añoraba su calidez, y cuando que cuando él estaba con ella era él quien no la dejaba dormir. Entonces sonreía y él le buscaba los labios con los suyos para besarla, y ella lo besaba a él con las mejillas encendidas.

La cogía en brazos y se levantaba de la silla llevándola a la cama, y la dejaba muy suavemente sobre las mantas y él se quedaba sobre ella. Se besaban y sonreían, y él le preguntaba susurrándole bajito si aquella noche quería que se metiesen bajo las mantas y pasaran toda la noche juntos y abrazados y durmiesen así hasta el alba. Ella se mordía el labio y le pasaba la mano por el pecho, despasándole poco a poco los botones de la camisa. No habían dormido ninguna noche entera en esa cama marchita. Ni nunca lo harían.

El cielo ya mostraba más estrellas, pero la luna seguía prisionera de las nubes. Desde la silla podía acariciar las mantas y revivir los recuerdos moribundos. La realidad se le emborronaba y los recuerdos eran más vívidos e intensos que nunca. Ya no podía mover nada más que una mano, lo demás lo dejaba estar. Parecía más un muerto que otra cosa, y cuando todo se volvió negro por fin, él regresó a sus recuerdos y vio cómo iba desatándole todos los lazos del vestido y cómo ella hacia que su camisa desapareciese. La besaba en los labios y luego en el cuello y bajaba poco a poco tironeándole suavemente del vestido, haciéndolo retroceder hasta quitárselo completamente. Quitarse las botas y sentir como caían pesadamente. Ella llevaba sus manos hasta el rostro de él y le hacía volver a subir y él la volvía a besar muy tierna y largamente, deleitándose, deteniendo el tiempo en ese instante para no poner fin al beso. Poco a poco él le desataba el corsé, dejándole tan solo las calzas blancas bordadas de flores rojas y hojas verdes y las delicadas prendas de puntilla fina. La besaba mientras acariciaba su piel, suave y tostada, con miles de tonos dibujándola y pintándola. Entre beso y beso ella suspiraba y enredaba sus manos en el cabello de él, estirándole para que no se apartase de ella. Bajaba besándole el cuello y más abajo, donde se entretenía jugando con sus besos y sus labios, travieso mientras ella se removía presa bajo él con los ojos cerrados y los labios entre abiertos.

Ella estiraba del cabello de él, girando para ponerse encima. Besándolo en los labios y liberando una mano para despojarlo también a él de sus ropas, de sus heridas, de sus pesares y tormentos. Sin dejar de besarla, él la acariciaba labios abajo con las yemas de los dedos, entreteniéndose en su vientre, donde su piel tostaba se tornaba más clara, pero no menos agradable, y dibujando las costuras de las pocas prendas que aún le quedaban sobre la piel, erizándole el vello de todo el cuerpo.

Giraban de nuevo removiéndose y apartando las mantas, quedando solo entre las sábanas blancas.

Su respiración, ahora tranquila, era cada vez más tenue, la luna era libre y su luz entraba por el agujero del techo, cayendo sobre él. Trató de abrir los ojos, pero ya no lo logró. Ya no le quedaban fuerzas para escapar de sus recuerdos. Tragó, y de nuevo sintió el sabor a hierro, pero esta vez le inundó por completo. Quería recordarla por última vez, y lo hizo. La vio, y a sí mismo también, abrazados, solo cubiertos por las sábanas blancas. Piel con piel. Respirando entrecortadamente, recuperando el aliento. La luz del sol naciente bañaba sus pieles. Las piernas yacían entrecruzadas, enredadas y relajadas, y los ojos entre abiertos, ambos sonrientes. No necesitaban palabras, porque aquello que iban a decirse el uno al otro ya lo sabían, así que solo cruzaban miradas y besos tiernos y juntaban las frentes y sonreían, y solo había sitio para su felicidad entre sus sábanas blancas.

Había luchado contra la muerte para poder llegar a su casa, pero, ya no podía más. La flecha que le había acertado en el pecho en la batalla era mortal de necesidad y él ya había aguantado más de lo que le correspondía. Los ojos se le cerraron por fin y los brazos le quedaron colgando. Poco a poco, el recuerdo iba apagándose y alejándose, pero, él había podido volver a verla a ella por última vez. Una sonrisa se dibujó en sus labios manchados de sangre, y ya jamás volvió a moverse. Quedó allí, en su habitación, custodiado por los grises y fríos muros de piedra.

Algunas lágrimas humedecían la tierra de un camino lejano. En la caravana de refugiados había una muchacha de cabellos rebeldes que se había detenido y miraba atrás con lágrimas en los ojos. Una mujer se le acercó y le tomó las manos.Le dijo que no llorase más por él. Que él se había quedado a luchar para que ella pudiese vivir, y vivir feliz, y eso merecía al menos una sonrisa. La muchacha apretó la muñeca de tela que llevaba entre las manos y se secó las lágrimas. Sonrió recordándole, a él y todas las noches que pasaron sin dormir, que terminaron abrazados, los dos juntos, entre sus sábanas blancas.

Fría Será la Noche

 Frías son las noches
que paso alejado de ti.
Frías son las noches
en las que solo me queda el recuerdo
de lo que fui.

Frías son las noches
que no te veo sonreír.
Frías son las noches
aunque calienten los fuegos malditos
mi sangre y mi cuerpo.

Frías son las noches
que no te escucho reír.
Frías son las noches
Que siento el peso del acero sobre mi
y veo el mundo a través de mi yelmo,
sosteniendo en mi mano la muerte
del hombre que yace ante mi.

Frías son las noches
que solo voy a dormir.
Frías son las noches
Que me faltas tumbada en la cama
abrazada a mi.

Frías son las noches
que ya no me hablas a mi.
Frías son las noches
que partimos armados a la cruel batalla
a matar o morir.

Fría será la noche
en la que podré partir.
Fría será la noche
En la que ya nunca pueda pensar en ti
y será por que muerto me halle
en la tierra batida del campo
feliz de haber muerto por ti.

Canción de los Cazadores

Cuando cae la noche
y las bestias oyes aullar,
quédate en casa muchacho
que las brujas te van a llevar.

Vivimos en tiempos oscuros
de los que no se ve el final
¿dónde quedaron los héroes
que nos salvan del peligro mortal?

Dime dónde puedo encontrarte,
valiente cazador,
necesitamos tu arte
líbranos de esta maldición.

Por mucho que te persigan
volviendo la ley contra ti,
en mi casa tendrás refugio
por favor, lucha por mi.

Cuando cae la noche
en las calles de la ciudad
la luz del imperio tiembla
ante esta calamidad.

Cazadores de pesadillas
¿Dónde os escondéis?
Salid en nuestra ayuda,
vosotros que nada teméis.
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Los pendientes de la Luz de Ela

Por todos aquellos cuya fe está puesta en la luz sagrada e infinita de Ela es sabido que portar su símbolo te hace sentir más iluminado, guiado por su haz en un mundo oscuro lleno de sufrimiento y dolor.

Sin embargo, es también sabido que aquellos que se consideran más cercanos a la luz y que esgrimen su poder fuera de sus mandatos oscureciendo sus almas, también pervierten sus símbolos, y los conviertes en oscuros reflejos de lo que debían ser.

Es por eso que la Luz de Ela se representa de muchas formas. No puede atarse a un solo símbolo corruptible, por mucho que a algunos les pese.

De esto era muy consciente el señor Marco Sexto Batientes, un señor acaudalado que se las había arreglado para comprar algo de tierra cerca de la Ciudad Capital de Luz y una casa en la ciudad, lo que le daba el título de noble y le aseguraba un asiento en el Consejo Imperial, al cual, dada su cercanía a la ciudad, podía acudir siempre, por lo que su opinión siempre contaba, por encima incluso de la de grandes señores del imperio cuyas tierras estaban demasiado alejadas de la capital como para acudir a cada reunión del consejo.

Marco era el primero de su familia en haber amasado una fortuna suficiente como para haber logrado tal hazaña, y también el primero en haberlo hecho a tiempo que un terreno en luz estaba disponible para su compra, cosa que no pasa tan habitualmente como a algunos les gustaría. No tardó en aprovechar su nueva posición para ir adquiriendo nuevas tierras y acrecentando su fortuna. Como dicen en Luz, sus cabellos crecieron fuertes y sanos.

No tardó mucho en encontrar a quién quisiera compartir su fortuna y tras casarse, tuvieron una hija a la que llamaron Aurelia Prima. La madre de la niña, Camila Octava Cruces, pertenecía a una de las familias más importantes del imperio, aunque su poder se hallaba muy lejos de Luz. Su matrimonio con Marco le brindaba lo único que le faltaba a su familia le faltaba. Un lugar cercano a Luz para poder formar parte real del consejo.

Camila era una mujer inteligente cuya mano en el consejo no se hizo de esperar. Habiendo vivido tantos años alejada de lo que realmente era su derecho, tenía claras muchas de las cosas que quería conseguir, y no esperó a nada ni a nadie para empezar a proponerlas. Cuando las primeras dieron sus frutos, estos fueron tan satisfactorios que el mismísimo emperador empezó a tener sus ideas en mucha consideración.

Si entre Camila y Marco había verdadero amor es algo de lo que la gente corriente y otros nobles hablaban y comentaban, ¿pero, acaso hay amor más verdadero que el de estar dispuesto a darlo todo por la felicidad del otro y la propia? Camila y Marco eran dos personas de fuertes convicciones y de tenacidad inquebrantable. Juntos parecía que nada podía detenerles.

Aure, como sus padres la llamaban, había heredado su confianza y tenacidad, pero sus intereses quedaban muy alejados de los de sus padres, algo que ya de bien pequeña empezó a demostrar. No soportaba los largos sermones de los sacerdotes de Luz, pese a lo insistente que era su padre. A pesar de los esfuerzos por aficionarla a la lectura de su madre, la niña prefería correr, escalar y pelear con otros niños.

Entre el barro, los moratones y las magulladuras casi nunca podían distinguirse su pelo rubio y su piel sonrosada. Una vez llegó a ensuciarse tanto que tuvieron que cortarle el pelo, lo que causó un gran pesar en la familia.

Cuanto más insistían sus padres en algo, más hacía Aure lo diametralmente opuesto. Por eso pasaba más tiempo fuera de los muros de Luz que en el barrio donde se alzaba la imponente casa de los Batientes Cruces.

Como una fuerza de la naturaleza, Aure creció fuerte, sana e indomable como un animal salvaje. Su espíritu le confería una fuerza y una belleza que pocos eran capaces de igualar. Solo tenía que aparecer en un lugar para captar la atención de la gente, y con unas cuantas palabras le bastaba para convencer a cualquiera de cualquier cosa.

Gracias a la perseverancia de sus padres, Aure había aprendido todo lo que habían podido enseñarle, y, aunque con ideas muy distintas a las de ellos, estaban seguros de que algún día formaría parte del Consejo Imperial, tal y como ellos lo eran.

El potencial de Aure era tal, que no solo sus padres lo habían percibido, también otros, algunos estaban encantados viendo lo que una persona así sería capaz de aportar, sin embargo, otros solo pensaban en el poder que podrían perder si a las ya irritantes ideas de Camila y Marco se le unían las de alguien a quién nadie parecía ser capaz de decirle que no.

Desde que cumplió quince años, Aure frecuentaba los salones de tabernas y posadas prestando atención a lo que la gente hablaba en ellas, y, allí donde se le permitía, aportando sus propios pensamientos. Aquellas charlas habían abierto su mente más allá de lo que cualquiera podría haber esperado, y sus opiniones, pese a su juventud, eran escuchadas en prácticamente todos los círculos, desde los más eruditos a los más cotidianos.

Gracias a esos coloquios, la chiquilla había tenido contacto con personas muy sabias, maestras en su campos y conocedoras de muchas cosas. También con gente apasionada, con nuevos puntos de vista que no todos los que vivían a los pies del barrio del Ascenso podían conseguir.

Si bien seguía sin soportar los sermones de los sacerdotes, ni en la iglesia más humilde, ni en la propia catedral, hablar con ellos fuera de tanto formalismo le parecía de lo más enriquecedor. Incluso había llegado a tener una opinión formada sobre Ela y toda la religión centrada en torno a su figura y obra. Como tantas otras cosas, le resultaba apasionante.

Cuando cumplió dieciséis, su padre le regaló unos pendientes de oro con el símbolo de la luz, pero ella no quiso aceptarlos al considerarlos más un símbolo de ostentación que de fe. Fue entonces cuando su madre le encargó unos en acero. Por las condiciones del material, resultaron más grandes y pesados, incluso toscos, pero a Aure le parecieron perfectos. Algo representaba a la perfección lo que para ella era la fe. Algo que a veces costaba mantener, que no era perfecto, pero que, si se cuidaba, se mantenía sólido y firme sin importar el tiempo que pasase.

Aure, que era indudablemente inteligente, sabía que ella sola no podría cambiar el mundo lo suficiente, así que, además de tratar de convencer a cualquiera que le diese la oportunidad, disfrutaba de la vida cuanto podía, a veces, corriendo riesgos que a su madre le parecían innecesarios y que su padre calificaba mucho más despectivamente.

De todos los amantes que tuvo, sus rivales no pudieron encontrar ninguno que dijera ninguna cosa de ella que pudiera ser reprochable. Había compartido intimidad con cada persona que le había parecido lo suficientemente apasionada e interesante, y de todos había escuchado sus ideas y compartido sus pensamientos. Aunque era consciente de que la mayoría no estaba preparada para su forma de ver el mundo, eso nunca la detuvo a la hora de intentar mejorarlo.

Sin embargo, otros si hicieron lo posible por detenerla. Aunque no se salía de la normalidad de la vida de alguien que perteneciera a una familia importante, sí era curioso que ella recibiese incluso más atención de cualquier atacante que sus padres. Sumado a su negativa a dejar de moverse libremente y a que la acompañase una escolta, sus salidas cada vez preocupaban más a sus padres, y no sin razón.

Con veinte años, a una edad ciertamente temprana, Aure habló por primera vez delante del Consejo en pleno, en sesión oficial, para exponer sus ideas con respecto a la propia Ciudad Imperial. Ideas que, como lo hacían las de sus padres, agradaron incluso al emperador. Aquello demostró lo que muchos ya daban por hecho.

Antes de su próxima audiencia, dos días más tarde, encontraron su cuerpo junto con el de otra mujer. Acuchillados y destrozados, sus cuerpos aparecieron en las callejuelas del barrio que se extendía más allá de la puerta oeste, fuera de la segunda muralla de la Ciudad Imperial. Tenían signos de haber sufrido vejaciones y martirios antes de morir, y a Aure le faltaba uno de sus pendientes de acero.

Aquella noche Aure paseaba con Rosa, otra muchacha con quien Aure disfrutaba de su conversación y su visión del mundo. Aunque Rosa no había tenido la suerte de nacer en una familia adinerada, no había dejado de interesarse por el mundo que la rodeaba, y le ofrecía a Aure una perspectiva que ella consideraba muy necesaria.

Salían de la taberna Sol Poniente, abierta hacía poco en el barrio, una de las pocas tabernas extramuros que funcionaban en Luz. Salían de haber estado hablando con viajeros que aprovechaban para no entrar en la ciudad y evitarse los retrasos y horarios del cierre y la apertura de las puertas. Aure trabajaba en una propuesta que permitiera a la gente poder seguir entrando y saliendo de la ciudad durante la noche, sin perder la seguridad de los que vivían entre los muros. Pero esa propuesta nunca vio la luz. Dos encapuchados las esperaban en la salida y se encargaron de acabar con ellas.

Por primera vez, y gracias a la cercanía de la familia con el emperador, se permitió a los jueces de Luz participar activamente en una investigación. Un cambio que sentó las bases para la lucha contra el crimen en luz. Tres jueces llevaron el caso. La juez Silvia, del distrito de la Puerta Oeste, el juez Severo, especializado en juicios de asesinos, y la juez Alejandra, del distrito del Ascenso.

Los tres, trabajando juntos, lograron reconstruir lo sucedido y registrarlo en los documentos oficiales pese a todos los impedimentos que surgieron. Empezando por la complejidad del propio caso y los intentos de quienes lo orquestaron de terminar con la investigación.

Al principio fueron las protestas en contra de la magia usada por los jueces, pero como no consiguieron frenarlos, dado el apoyo que tenían por parte del emperador para resolver el caso, pronto dejaron que todo se enfriase.

Lo siguiente era evidente, destruir cuantas pruebas fueran necesarias. El lugar donde las encontraron no era aquel en el que les habían arrebatado la vida, las habían dejado allí conscientemente. Los jueces pudieron encontrar el lugar donde las mataron, y a quién vivía allí colgado junto con una nota que pretendía hacerle parecer el culpable arrepentido del crimen. Cuando tampoco eso funcionó, aquellos que las habían torturado murieron en un incendio en su propio escondrijo, pero los jueces siguieron buscando.

Gracias a su magia habían podido ver cómo, cuando fueron atacadas, Aure se arrancó uno de los pendientes y lo usó para mantener a raya a su agresor, pero lejos de huir, y aunque le había destrozado la mejilla a ese malnacido, Aure se lanzó a por el que arrastraba a su amiga, incapaz de abandonarla a su suerte. Pese a su lucha, no puedo hacer nada, y ambas fueron arrastradas a lo que se convertiría en su infierno en las próximas horas. Era aterrador ver a los jueces romperse y llorar al ver lo que las chiquillas habían pasado. Con cada avance en la investigación, más tórrida se volvía.

La Ciudad Imperial de Luz quedó cerrada durante tres semanas, hasta que los jueces encontraron al responsable, Luciano Tercio Muro Alumbrado. Un viejo noble que había dejado atrás a su familia para convertirse en sacerdote. Siempre había tenido mucho peso en el consejo, dada su cercanía con la iglesia, pero con la llegada de las revolucionarias ideas de los Batientes Cruces, poco a poco había ido relegándose a una posición común.

Cuando se supo, y pese a que él juró por su sangre que solo había pretendido darle un escarmiento a la chica y que habían sido los matones los culpables de todo lo ocurrido, El que por aquel entonces era el sumo sacerdote de Ela, el Lucem Accipit, Virginio Campano Décimo Iluminado, pidió expresamente al emperador que permitiera a la iglesia castigarlo, pues esos crímenes no habían sido solo contra el imperio, si no contra la propia naturaleza de la luz en la que Lucio había tratado de arroparse para seguir obteniendo beneficio personal.

Sin embargo, el emperador solo se lo concedió en parte. Desterró a Lucio no solo del Consejo Imperial o de la ciudad, si no de cualquier tierra imperial o que colindase con esta, y le despojó de todos sus bienes, los cuales destinó a acelerar las propuestas que Aure había llevado ante el consejo. Una vez dictada y cumplida esta sentencia, el Lucem Accipit podría añadir la pena extra que considerase necesaria.

Cuando salió el navío que lo llevaría a las heladas tierras del sur, donde terminaba el mundo y en verano el día duraba un mes y en invierno la noche hacía lo mismo, el Lucem Accipit partió con él y con una compañía de 20 fieles.

Tan solo 10 regresaron, con orden escrita de nombrar otro Accipit y un mensaje: “El alma de Lucio ha sido desnudada de su cuerpo ante Ela para que pueda juzgarla”. Ninguno de los que regresó volvió a hablar jamás. Algunos dicen que por culpa de los horrores que habían visto, y que por eso mismo el Accipit no había vuelto. Había ensuciado su alma a cambio de poder hacerle a aquel hombre todo el daño que él había causado, y por ello, él y los que se habían quedado a ayudarle, habían decidido expiar sus pecados entregándose a Ela allí, en una gran pira que iluminase la noche eterna.

Hoy, doscientos años después de su primera audiencia ante el Consejo Imperial, aquellos que conocen su historia lloran al ver como el nuevo emperador, San Yago de Cañadulce, manda retirar la estatua que la conmemora y deroga las leyes que se escribieron bajo sus ideales. Muchos han sido los que han tratado de encontrar sus pendientes a lo largo de estos años. Aquel con el que se defendió nunca apareció, y el otro fue donado a la iglesia por sus padres tras su funeral, pero nadie ha vuelto a verlo.

Fragmento del Libro Negro

Desde las profundas simas del corazón corrupto, por dónde el alma se desvanece a cada movimiento, llegan los gemidos horrorosos de las bestias que guardan la morada del traicionado. Portan sus cuernos como corona y se queman en el fuego del traidor por siempre condenadas a vivir eternamente así. El traicionado es fuerte y el odio lo quema como el fuego del traidor, y cuando se enfurece su fuerza aumenta y es capaz de mandar a una de esas criaturas al universo. No están vivas, por lo tanto no se pueden matar. No están muertas, por lo tanto tratan de alimentarse. Los hijos del traidor son sus guardianes, y evitan que las bestias se escapen de control. Todos son necesarios para mantener el equilibrio, los hijos del traidor y los del traicionado y si ese equilibrio se rompiese, las bestias quedarían libres y se comerían el mundo.

Adaptación del Libro de las Sombras de los Profetas de Cartaj VV.10230, 10240 Carínode

AJ VALADUMM GRADTORNIG VERGED UGM UMDUL, GRAT AJIEN BONE SO MOVIENT, ARRIG GURRDESMON FER ATT GGARMUNDAL EARENDELES HUMM CARTAJ. TUR MUNSDOMEN   BRUMNEN AR TAJ BLIONDER DURME MARME ETERNO. CARTAJ GUMDERAJ DAR BLIO FUR CAR OR DER TAJ, GLIOMAND DUR DERAJ DEM REPER AND DESTRUCTOR ERN UNIVERNOR VI, CANR MUR. NOR MUR, CAR DERAM.CARTAJIOD EARENDELES, AR KEP GGARMUNDAL MUR UNIVER. ARRGO INMENTEM DER UNIVER, CARTAJIOD AR TAJIOD NOR INMENTEM GGARMUNDAL DRED REVER ERN UNIVER.

Versión original


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Entre las ramas

Entre las ramas a todos observaba, de una a otra siempre saltaba, siguiendo a quien le parecía importante, siempre detrás de la gente. Era muy curioso. Siempre quería saber todo lo que pasaba. Por eso, cada día subía más alto y más alto, haciendo caso omiso de las advertencias de los suyos.

Un día subió tanto, que consiguió ver el cielo y la luz del sol le cegó y tuvo que cubrirse con el brazo para protegerse. Sus ojos, tan hechos a la umbría del bosque, tardaron un poco en acostumbrarse a aquella intensidad cegadora, pero lo hicieron, y allí vio cuan grande era el bosque, y hasta dónde se extendía. Vio un río, y lo siguió con la mirada hasta hallar una magnífica cascada que al estrellarse contra las rocas provocaba que la luz se viese de muchos colores distintos. También vio un valle, lleno de grandes animales pastando plácidamente, y luego miró miro al cielo, y vio como un águila se lanzaba hacía él, como lo encerraba entre sus poderosas garras. Admiró la belleza del gran animal, y sintió lo que era volar, una sensación que nunca antes había sentido, pero entonces el águila llegó a su nido y él sintió miedo, miró al águila a los ojos y ya no sintió nada más, pero antes, lo había sentido todo, incluso lo que era volar, y mientras miraba a la muerte, majestuosa, a la cara, pensó que había merecido la pena.


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De los Cazadores de Monstruos

Abrió la puerta de casa en medio de la noche cerrada. No había luz. No había nada. Llamó a su esposa. Dos días habían pasado desde la boda. Aun no estaba acostumbrado al anillo. El viento cambió y al entrar en la casa y volver a salir sacó con él el olor a pelo mojado por la lluvia, a flores recién cogidas y… sangre.

El Imperio había caído hacía ya algunos años, y sus territorios estaban sumidos en la oscuridad y la guerra, pero lo que le enseñaron jamás se le olvidaría. Subió corriendo las escaleras. Y allí, sobre la cama dónde habían hecho tangible su amor, yacía sin vida. En la ventana un enorme y monstruoso hombre lobo negro, con las zarpas aún manchadas de sangre, lo miró desafiante con esa mirada tan amarilla y penetrante. A la máxima velocidad de reacción que pudo obtener, el hombre le lanzó dos cuchillos de plata que se clavaron uno en el pecho y otro en el brazo del animal, que se los arrancó mientras dejaban una estela humeante. Aulló y se lanzó a través de la ventana.

Con lágrimas en los ojos, se arrodilló junto a su amada, y la abrazó. Le besó la frente y se despidió de ella. Buscó y se equipó con todas sus antiguas armas y artilugios, cogió su viejo y ajado sombrero y se cubrió el rostro con un pañuelo negro. 

Puso un ramo de violetas entre las manos de su mujer, y prendió fuego a su casa, y con ella a la nueva vida que había empezado en aquel lugar. Cazaría a aquel monstruo, a aquella sombra, y empezaría esa misma noche. El primer cazador de Monstruos había renacido.

Dos años más tarde, acorraló a la sombra en un pueblo del sur, y allí, siguiendo su rastro de muerte, le siguió la pista hasta averiguar quién era de día. Una mujer de pelo oscuro y ojos claros que había encontrado trabajo en la posada. No lo pensó dos veces, se aseguró de que era ella, y, a plena luz del día entró en la posada y le arrancó el corazón con un cuchillo de plata. El arma cauterizó la piel, probando que era una bestia. Cumplida su venganza montó a caballo, y se marchó al galope de allí, perseguido por los guardias y marcado de por vida como un asesino, aunque en realidad él era un ángel guardián.


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La ayudante

Ayudó a colocar las vendas y ungüentos en sus sitios en las estanterías y se mordió el labio recordando cuando había llegado por primera vez a esa casa. Sola, asustada, había estado a punto de morder al doctor que le estaba curando las heridas del miedo y dolor que notaba. Las heridas físicas no tardaron demasiado en curarse, aunque las otras… Pasaron meses antes de que pudiese pasar unas horas a solas con él, antes que pudiera confiar en otro humano. Se le erizó levemente el pelo de la nuca y no pudo evitar que un gruñido emergiera del fondo de su garganta — Miguel no permitiría que le pasase nada, y más ahora que se sentía tan a gusto allí, ayudando en su consulta y a criar a su hija. 

Pasó levemente la yema de sus dedos por su pelaje, recordando que fue lo que la trajo a esa casa. Ya estaba acostumbrada a los golpes y a que el señor se metiera en su cama cuando él quería, pero cuando la pequeña rompió ese jarrón y vio cómo agarraba el atizador y se lanzaba hacia la pobre, no pensó demasiado. Se interpuso entre ellos y empezó a canalizar magia, para intentar crear una pequeña llama en su ropa. Eso fue lo último que recordaba, la pequeña llama y esos ojos verdes cargados de odio mientras descargaba numerosos golpes sobre su piel. La abandonó moribunda en un campo de flores, aún recordaba su aroma cuando cerraba los ojos, y como el doctor la encontró y la llevó a su casa. Tenía tanto que agradecerle… 

Siguió ordenando las diferentes pócimas, más por el olfato que por saber qué es lo que había allí escrito, y al final suspiró. Por mucho que intentara posponer lo inevitable debía ir a recoger a Ángela para partir en breve y no era algo que le hiciera mucha gracia. Por fin había descubierto en qué quería convertirse y dudaba mucho que pudiese aprender mucho más si se iba. Hasta le había prometido enseñarle a leer y era algo que siempre había querido. Subió a la habitación y vió a su compañera ya con la bolsa en la espalda, esperándola. 

— Corre Ángela, quiero llegar a la ciudad costera antes que se haga de noche. Seguro que si nos separamos allí una de las dos podrá obtener alguna cosa interesante.

Le quería decir que era un plan estúpido y que así seguro que no la podría proteger de los peligros de fuera. Pero quizá ella tuviese razón y así pudiesen obtener mejores resultados. Recogió su espada y se puso la armadura, las pocas pertenencias que tenía, y siguió a la chica a fuera.

Recorrieron el camino que les separaba de la ciudad en silencio, iba absorta en sus pensamientos y sólo abrió la boca cuando pasaron por un campo lleno de flores, comentando que quizá alguna sirviese para hacer uno de esos ungüentos para tratar heridas que había aprendido a usar no hacía tanto.

Llegaron a la ciudad por la noche y se separaron, prometiendo que se encontrarían unos días más tarde en la posada principal. Al día siguiente, entró en una de las tabernas mirando si podía encontrar algún trabajo y se encontró a un joven encapuchado que decía ser juez, que le ordenó capturar un hombre. Lo hizo sin saber que con ese gesto acababa de cambiar su vida por completo.


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ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE

GEMMA SÁNCHEZ

Voces Gorgotianas

Desde la costa de hielo,

hasta el muro de roca,

se extiende gloriosa,

Gorgótem valiosa.

Ahora vemos nuestra tierra,

asolada por mil males,

y desenfundamos las armas,

para salvar nuestras almas.

Desde la sombra vigilan,

Dos ojos que miedo dan,

Brillantes de oro y violeta,

en Shar-Vane fijos están.

Un día a ella llegaremos,

para salvar a nuestro pueblo,

y su cabeza veremos,

rodar, rodar y rodar.

Sobre Cuerno marcharemos,

para luchar contra el gran mal,

otra bruja y un brujo,

a los que hay que matar.

Cruat y la bruja Sonajero son,

los que del abismo dirigen,

sin miedo ni dolor,

a soldados que no mueren.

Su yugo romperemos,

y a todos libraremos,

ahora y por siempre,

de este negro mal.

Soldados gorgotianos,

listos para marchar,

con un dragón al frente,

marchan a ganar.

Soldados de otro tiempo,

que ya diestros son,

blanden sus espadas al tiempo,

y al ritmo de este son.

A la victoria marchan.

A las brujas destruirán.

Y así los pueblos, libres otra vez serán.


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Tras los hilos Dorados

La aldea de Alba, un pequeño grupo de casas al oeste de Luz, era ahora una prisión para sus habitantes, y estos, condenados a muerte a no ser que tuviesen mucha suerte y pudiesen ser esclavos de por vida. Cruat, un joven y oscuro mago llevaba sus experimentos a cabo con aquellos pobres. Hasta ahora, había conseguido sintetizar una substancia capaz de controlar la mente de cualquiera si se le suministraba la cantidad adecuada, muy poca no le haría completamente esclavo y mucha lo convertiría en un cadáver o un deficiente.

Practicó durante años exterminando a media aldea, hasta que una noche, justo antes de quedarse dormido, una araña le picó entre el índice y el pulgar, haciendo que la solución se estrellara contra su frente al tiempo que su cerebro procesaba el agudo pinchazo de dolor. Lo primero que hizo, fue extraerse el veneno de la araña, y después durmió. Al alba, partió a la capital para exigirle al emperador un inventor para poder llevar su proyecto a cabo. El emperador se lo concedió, y pronto se hallaba con el hombre, explicando su idea y cómo desarrollarla. El inventor le pidió oro y una ampolla de cristal. Llenó la ampolla con la rojiza sustancia que Cruat había creado, y con el oro y algunos engranajes y tornillos construyó una rudimentaria araña que administraría las dosis exactas de sustancia para mantener al portador controlado y para matarlo si este trataba de extraerse la araña.

Cruat probó el nuevo invento y resultó un éxito, hasta que el veneno se acabó y la araña ya no lo seguía suministrando. Volvió a hablar con el inventor y este mejoró la araña para que cuando quedase la cantidad justa de veneno para matar al portador, esta avisase a Cruat, y también instaló un dispositivo que hacía que la araña se soltase si se accionaba un botón oculto entre sus colmillos, con los que administraba la sustancia. Tras el éxito de las pruebas, el inventor mejoró la estética para que quien lo viese pensara que se trataba de un adorno, y fue entonces cuando Cruat presentó su primera araña al emperador. Tras el visto bueno, Más arañas fueron fabricadas, y Cruat fue nombrado mago supremo y caudillo de la brujas.


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Bajo la Lluvia

El agua caía interminable e incansable sobre las hojas de cada árbol, hiedra, arbusto o planta de la selva, hasta que se flexionaban por el peso y dejaban caer una pequeña cascada de la misma.

Los olores a tierra mojada se intensificaban y los rastros desaparecían ante ellos haciendo difícil seguirlos. Los sonidos se perdían, entumecían y se mezclaban con los que cada gota provocaba en su caída incluso tras recorrer el empapado pelaje de la bestial escondida entre la maleza.

Los intrusos estaban cerca, justo en frente, cada semana aparecían en la zona con diferentes ropas y olores intentando despistar a los que allí vivían, al resto de Bestial y a los Narak.

Portaban redes y cuerdas con diferentes nudos y formas que todavía llevaban olores de otros Bestials junto con los del cuero y el acero que vestían y colgaban. Siempre volvían a pesar del sofocante calor y la humedad que les asfixiaba y a pesar de las intensas lluvias que los frenaban.

Sin embargo eran extranjeros, sólo había que esperar a que se cansaran de buscar. Esperar bajo la lluvia que la ayudaba a huir de sus acechantes ojos. Si la capturaban y tenía suerte, sería llevada a otras tierras cálidas pero menos húmedas; si tenía mala suerte, la arrastrarían hasta tierras las tierras heladas de Beliond, en las que sólo se sobrevivía bajo tierra.

Los minutos pasaban y el agua calaba cada vez más en su pelaje al igual que hacía en cada una de las rugosidades de los árboles haciéndose casi interminables. Finalmente se alejaron de la zona y, con mucho sigilo y unos minutos después, la bestial abandonaba el lugar para volver junto los suyos en la selva. Todavía empapada dio la alerta y se decidió que mañana los rastrearían para echarles de Selva Esmeralda.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE:

IRIS CONST

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