La Ciénaga de las Ánimas

Durante la fundación del imperio, una de las más cruentas batallas fue librada al sur de Luz, en lo que ahora forma parte del imperio central. Allí, un pequeño reino de seres feéricos fue totalmente masacrado por las tropas imperiales, pero sus espíritus se mezclaron con la tierra y la inundaron con su magia el lugar en el que su reino se alzaba. De estos feéricos parientes de los elfos más antiguos quedaban fuerzas asesinas, que arrasaban con todo lo que pasaba por el lugar. Aquellos espíritus más fuertes se materializaron en formas terribles, que el naciente imperio no pudo contener. 

Como debía seguir enviando tropas por la ruta que atravesaba el territorio maldito, el imperio pagó a una bruja para que sellase a los espíritus. Esta llevó al lugar a todo su aquelarre, y juntas sellaron aquel reino en un gran pantano que permitía el paso de las tropas imperiales. Mantener el hechizo era costoso, y se ató a la línea de sangre de la bruja que mandaba el aquelarre, así su poder se iba heredando de madres a hijas.

Con el tiempo, los espíritus buscaban formas de escapar, lo que hacía que el hechizo requiera más fuerza, así que durante años el cenagal creció lentamente. Cuando el imperio se asentó y aquellas tierras pasaron a ser parte del imperio central, el paso hacia las zonas más al sur se estableció por otras sendas, evitando la ciénaga, que siguió creciendo hasta ahora. Olvidada por todos.

Canción de los Cazadores

Cuando cae la noche
y las bestias oyes aullar,
quédate en casa muchacho
que las brujas te van a llevar.

Vivimos en tiempos oscuros
de los que no se ve el final
¿dónde quedaron los héroes
que nos salvan del peligro mortal?

Dime dónde puedo encontrarte,
valiente cazador,
necesitamos tu arte
líbranos de esta maldición.

Por mucho que te persigan
volviendo la ley contra ti,
en mi casa tendrás refugio
por favor, lucha por mi.

Cuando cae la noche
en las calles de la ciudad
la luz del imperio tiembla
ante esta calamidad.

Cazadores de pesadillas
¿Dónde os escondéis?
Salid en nuestra ayuda,
vosotros que nada teméis.
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Los pendientes de la Luz de Ela

Por todos aquellos cuya fe está puesta en la luz sagrada e infinita de Ela es sabido que portar su símbolo te hace sentir más iluminado, guiado por su haz en un mundo oscuro lleno de sufrimiento y dolor.

Sin embargo, es también sabido que aquellos que se consideran más cercanos a la luz y que esgrimen su poder fuera de sus mandatos oscureciendo sus almas, también pervierten sus símbolos, y los conviertes en oscuros reflejos de lo que debían ser.

Es por eso que la Luz de Ela se representa de muchas formas. No puede atarse a un solo símbolo corruptible, por mucho que a algunos les pese.

De esto era muy consciente el señor Marco Sexto Batientes, un señor acaudalado que se las había arreglado para comprar algo de tierra cerca de la Ciudad Capital de Luz y una casa en la ciudad, lo que le daba el título de noble y le aseguraba un asiento en el Consejo Imperial, al cual, dada su cercanía a la ciudad, podía acudir siempre, por lo que su opinión siempre contaba, por encima incluso de la de grandes señores del imperio cuyas tierras estaban demasiado alejadas de la capital como para acudir a cada reunión del consejo.

Marco era el primero de su familia en haber amasado una fortuna suficiente como para haber logrado tal hazaña, y también el primero en haberlo hecho a tiempo que un terreno en luz estaba disponible para su compra, cosa que no pasa tan habitualmente como a algunos les gustaría. No tardó en aprovechar su nueva posición para ir adquiriendo nuevas tierras y acrecentando su fortuna. Como dicen en Luz, sus cabellos crecieron fuertes y sanos.

No tardó mucho en encontrar a quién quisiera compartir su fortuna y tras casarse, tuvieron una hija a la que llamaron Aurelia Prima. La madre de la niña, Camila Octava Cruces, pertenecía a una de las familias más importantes del imperio, aunque su poder se hallaba muy lejos de Luz. Su matrimonio con Marco le brindaba lo único que le faltaba a su familia le faltaba. Un lugar cercano a Luz para poder formar parte real del consejo.

Camila era una mujer inteligente cuya mano en el consejo no se hizo de esperar. Habiendo vivido tantos años alejada de lo que realmente era su derecho, tenía claras muchas de las cosas que quería conseguir, y no esperó a nada ni a nadie para empezar a proponerlas. Cuando las primeras dieron sus frutos, estos fueron tan satisfactorios que el mismísimo emperador empezó a tener sus ideas en mucha consideración.

Si entre Camila y Marco había verdadero amor es algo de lo que la gente corriente y otros nobles hablaban y comentaban, ¿pero, acaso hay amor más verdadero que el de estar dispuesto a darlo todo por la felicidad del otro y la propia? Camila y Marco eran dos personas de fuertes convicciones y de tenacidad inquebrantable. Juntos parecía que nada podía detenerles.

Aure, como sus padres la llamaban, había heredado su confianza y tenacidad, pero sus intereses quedaban muy alejados de los de sus padres, algo que ya de bien pequeña empezó a demostrar. No soportaba los largos sermones de los sacerdotes de Luz, pese a lo insistente que era su padre. A pesar de los esfuerzos por aficionarla a la lectura de su madre, la niña prefería correr, escalar y pelear con otros niños.

Entre el barro, los moratones y las magulladuras casi nunca podían distinguirse su pelo rubio y su piel sonrosada. Una vez llegó a ensuciarse tanto que tuvieron que cortarle el pelo, lo que causó un gran pesar en la familia.

Cuanto más insistían sus padres en algo, más hacía Aure lo diametralmente opuesto. Por eso pasaba más tiempo fuera de los muros de Luz que en el barrio donde se alzaba la imponente casa de los Batientes Cruces.

Como una fuerza de la naturaleza, Aure creció fuerte, sana e indomable como un animal salvaje. Su espíritu le confería una fuerza y una belleza que pocos eran capaces de igualar. Solo tenía que aparecer en un lugar para captar la atención de la gente, y con unas cuantas palabras le bastaba para convencer a cualquiera de cualquier cosa.

Gracias a la perseverancia de sus padres, Aure había aprendido todo lo que habían podido enseñarle, y, aunque con ideas muy distintas a las de ellos, estaban seguros de que algún día formaría parte del Consejo Imperial, tal y como ellos lo eran.

El potencial de Aure era tal, que no solo sus padres lo habían percibido, también otros, algunos estaban encantados viendo lo que una persona así sería capaz de aportar, sin embargo, otros solo pensaban en el poder que podrían perder si a las ya irritantes ideas de Camila y Marco se le unían las de alguien a quién nadie parecía ser capaz de decirle que no.

Desde que cumplió quince años, Aure frecuentaba los salones de tabernas y posadas prestando atención a lo que la gente hablaba en ellas, y, allí donde se le permitía, aportando sus propios pensamientos. Aquellas charlas habían abierto su mente más allá de lo que cualquiera podría haber esperado, y sus opiniones, pese a su juventud, eran escuchadas en prácticamente todos los círculos, desde los más eruditos a los más cotidianos.

Gracias a esos coloquios, la chiquilla había tenido contacto con personas muy sabias, maestras en su campos y conocedoras de muchas cosas. También con gente apasionada, con nuevos puntos de vista que no todos los que vivían a los pies del barrio del Ascenso podían conseguir.

Si bien seguía sin soportar los sermones de los sacerdotes, ni en la iglesia más humilde, ni en la propia catedral, hablar con ellos fuera de tanto formalismo le parecía de lo más enriquecedor. Incluso había llegado a tener una opinión formada sobre Ela y toda la religión centrada en torno a su figura y obra. Como tantas otras cosas, le resultaba apasionante.

Cuando cumplió dieciséis, su padre le regaló unos pendientes de oro con el símbolo de la luz, pero ella no quiso aceptarlos al considerarlos más un símbolo de ostentación que de fe. Fue entonces cuando su madre le encargó unos en acero. Por las condiciones del material, resultaron más grandes y pesados, incluso toscos, pero a Aure le parecieron perfectos. Algo representaba a la perfección lo que para ella era la fe. Algo que a veces costaba mantener, que no era perfecto, pero que, si se cuidaba, se mantenía sólido y firme sin importar el tiempo que pasase.

Aure, que era indudablemente inteligente, sabía que ella sola no podría cambiar el mundo lo suficiente, así que, además de tratar de convencer a cualquiera que le diese la oportunidad, disfrutaba de la vida cuanto podía, a veces, corriendo riesgos que a su madre le parecían innecesarios y que su padre calificaba mucho más despectivamente.

De todos los amantes que tuvo, sus rivales no pudieron encontrar ninguno que dijera ninguna cosa de ella que pudiera ser reprochable. Había compartido intimidad con cada persona que le había parecido lo suficientemente apasionada e interesante, y de todos había escuchado sus ideas y compartido sus pensamientos. Aunque era consciente de que la mayoría no estaba preparada para su forma de ver el mundo, eso nunca la detuvo a la hora de intentar mejorarlo.

Sin embargo, otros si hicieron lo posible por detenerla. Aunque no se salía de la normalidad de la vida de alguien que perteneciera a una familia importante, sí era curioso que ella recibiese incluso más atención de cualquier atacante que sus padres. Sumado a su negativa a dejar de moverse libremente y a que la acompañase una escolta, sus salidas cada vez preocupaban más a sus padres, y no sin razón.

Con veinte años, a una edad ciertamente temprana, Aure habló por primera vez delante del Consejo en pleno, en sesión oficial, para exponer sus ideas con respecto a la propia Ciudad Imperial. Ideas que, como lo hacían las de sus padres, agradaron incluso al emperador. Aquello demostró lo que muchos ya daban por hecho.

Antes de su próxima audiencia, dos días más tarde, encontraron su cuerpo junto con el de otra mujer. Acuchillados y destrozados, sus cuerpos aparecieron en las callejuelas del barrio que se extendía más allá de la puerta oeste, fuera de la segunda muralla de la Ciudad Imperial. Tenían signos de haber sufrido vejaciones y martirios antes de morir, y a Aure le faltaba uno de sus pendientes de acero.

Aquella noche Aure paseaba con Rosa, otra muchacha con quien Aure disfrutaba de su conversación y su visión del mundo. Aunque Rosa no había tenido la suerte de nacer en una familia adinerada, no había dejado de interesarse por el mundo que la rodeaba, y le ofrecía a Aure una perspectiva que ella consideraba muy necesaria.

Salían de la taberna Sol Poniente, abierta hacía poco en el barrio, una de las pocas tabernas extramuros que funcionaban en Luz. Salían de haber estado hablando con viajeros que aprovechaban para no entrar en la ciudad y evitarse los retrasos y horarios del cierre y la apertura de las puertas. Aure trabajaba en una propuesta que permitiera a la gente poder seguir entrando y saliendo de la ciudad durante la noche, sin perder la seguridad de los que vivían entre los muros. Pero esa propuesta nunca vio la luz. Dos encapuchados las esperaban en la salida y se encargaron de acabar con ellas.

Por primera vez, y gracias a la cercanía de la familia con el emperador, se permitió a los jueces de Luz participar activamente en una investigación. Un cambio que sentó las bases para la lucha contra el crimen en luz. Tres jueces llevaron el caso. La juez Silvia, del distrito de la Puerta Oeste, el juez Severo, especializado en juicios de asesinos, y la juez Alejandra, del distrito del Ascenso.

Los tres, trabajando juntos, lograron reconstruir lo sucedido y registrarlo en los documentos oficiales pese a todos los impedimentos que surgieron. Empezando por la complejidad del propio caso y los intentos de quienes lo orquestaron de terminar con la investigación.

Al principio fueron las protestas en contra de la magia usada por los jueces, pero como no consiguieron frenarlos, dado el apoyo que tenían por parte del emperador para resolver el caso, pronto dejaron que todo se enfriase.

Lo siguiente era evidente, destruir cuantas pruebas fueran necesarias. El lugar donde las encontraron no era aquel en el que les habían arrebatado la vida, las habían dejado allí conscientemente. Los jueces pudieron encontrar el lugar donde las mataron, y a quién vivía allí colgado junto con una nota que pretendía hacerle parecer el culpable arrepentido del crimen. Cuando tampoco eso funcionó, aquellos que las habían torturado murieron en un incendio en su propio escondrijo, pero los jueces siguieron buscando.

Gracias a su magia habían podido ver cómo, cuando fueron atacadas, Aure se arrancó uno de los pendientes y lo usó para mantener a raya a su agresor, pero lejos de huir, y aunque le había destrozado la mejilla a ese malnacido, Aure se lanzó a por el que arrastraba a su amiga, incapaz de abandonarla a su suerte. Pese a su lucha, no puedo hacer nada, y ambas fueron arrastradas a lo que se convertiría en su infierno en las próximas horas. Era aterrador ver a los jueces romperse y llorar al ver lo que las chiquillas habían pasado. Con cada avance en la investigación, más tórrida se volvía.

La Ciudad Imperial de Luz quedó cerrada durante tres semanas, hasta que los jueces encontraron al responsable, Luciano Tercio Muro Alumbrado. Un viejo noble que había dejado atrás a su familia para convertirse en sacerdote. Siempre había tenido mucho peso en el consejo, dada su cercanía con la iglesia, pero con la llegada de las revolucionarias ideas de los Batientes Cruces, poco a poco había ido relegándose a una posición común.

Cuando se supo, y pese a que él juró por su sangre que solo había pretendido darle un escarmiento a la chica y que habían sido los matones los culpables de todo lo ocurrido, El que por aquel entonces era el sumo sacerdote de Ela, el Lucem Accipit, Virginio Campano Décimo Iluminado, pidió expresamente al emperador que permitiera a la iglesia castigarlo, pues esos crímenes no habían sido solo contra el imperio, si no contra la propia naturaleza de la luz en la que Lucio había tratado de arroparse para seguir obteniendo beneficio personal.

Sin embargo, el emperador solo se lo concedió en parte. Desterró a Lucio no solo del Consejo Imperial o de la ciudad, si no de cualquier tierra imperial o que colindase con esta, y le despojó de todos sus bienes, los cuales destinó a acelerar las propuestas que Aure había llevado ante el consejo. Una vez dictada y cumplida esta sentencia, el Lucem Accipit podría añadir la pena extra que considerase necesaria.

Cuando salió el navío que lo llevaría a las heladas tierras del sur, donde terminaba el mundo y en verano el día duraba un mes y en invierno la noche hacía lo mismo, el Lucem Accipit partió con él y con una compañía de 20 fieles.

Tan solo 10 regresaron, con orden escrita de nombrar otro Accipit y un mensaje: “El alma de Lucio ha sido desnudada de su cuerpo ante Ela para que pueda juzgarla”. Ninguno de los que regresó volvió a hablar jamás. Algunos dicen que por culpa de los horrores que habían visto, y que por eso mismo el Accipit no había vuelto. Había ensuciado su alma a cambio de poder hacerle a aquel hombre todo el daño que él había causado, y por ello, él y los que se habían quedado a ayudarle, habían decidido expiar sus pecados entregándose a Ela allí, en una gran pira que iluminase la noche eterna.

Hoy, doscientos años después de su primera audiencia ante el Consejo Imperial, aquellos que conocen su historia lloran al ver como el nuevo emperador, San Yago de Cañadulce, manda retirar la estatua que la conmemora y deroga las leyes que se escribieron bajo sus ideales. Muchos han sido los que han tratado de encontrar sus pendientes a lo largo de estos años. Aquel con el que se defendió nunca apareció, y el otro fue donado a la iglesia por sus padres tras su funeral, pero nadie ha vuelto a verlo.

Entre las ramas

Entre las ramas a todos observaba, de una a otra siempre saltaba, siguiendo a quien le parecía importante, siempre detrás de la gente. Era muy curioso. Siempre quería saber todo lo que pasaba. Por eso, cada día subía más alto y más alto, haciendo caso omiso de las advertencias de los suyos.

Un día subió tanto, que consiguió ver el cielo y la luz del sol le cegó y tuvo que cubrirse con el brazo para protegerse. Sus ojos, tan hechos a la umbría del bosque, tardaron un poco en acostumbrarse a aquella intensidad cegadora, pero lo hicieron, y allí vio cuan grande era el bosque, y hasta dónde se extendía. Vio un río, y lo siguió con la mirada hasta hallar una magnífica cascada que al estrellarse contra las rocas provocaba que la luz se viese de muchos colores distintos. También vio un valle, lleno de grandes animales pastando plácidamente, y luego miró miro al cielo, y vio como un águila se lanzaba hacía él, como lo encerraba entre sus poderosas garras. Admiró la belleza del gran animal, y sintió lo que era volar, una sensación que nunca antes había sentido, pero entonces el águila llegó a su nido y él sintió miedo, miró al águila a los ojos y ya no sintió nada más, pero antes, lo había sentido todo, incluso lo que era volar, y mientras miraba a la muerte, majestuosa, a la cara, pensó que había merecido la pena.


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La ayudante

Ayudó a colocar las vendas y ungüentos en sus sitios en las estanterías y se mordió el labio recordando cuando había llegado por primera vez a esa casa. Sola, asustada, había estado a punto de morder al doctor que le estaba curando las heridas del miedo y dolor que notaba. Las heridas físicas no tardaron demasiado en curarse, aunque las otras… Pasaron meses antes de que pudiese pasar unas horas a solas con él, antes que pudiera confiar en otro humano. Se le erizó levemente el pelo de la nuca y no pudo evitar que un gruñido emergiera del fondo de su garganta — Miguel no permitiría que le pasase nada, y más ahora que se sentía tan a gusto allí, ayudando en su consulta y a criar a su hija. 

Pasó levemente la yema de sus dedos por su pelaje, recordando que fue lo que la trajo a esa casa. Ya estaba acostumbrada a los golpes y a que el señor se metiera en su cama cuando él quería, pero cuando la pequeña rompió ese jarrón y vio cómo agarraba el atizador y se lanzaba hacia la pobre, no pensó demasiado. Se interpuso entre ellos y empezó a canalizar magia, para intentar crear una pequeña llama en su ropa. Eso fue lo último que recordaba, la pequeña llama y esos ojos verdes cargados de odio mientras descargaba numerosos golpes sobre su piel. La abandonó moribunda en un campo de flores, aún recordaba su aroma cuando cerraba los ojos, y como el doctor la encontró y la llevó a su casa. Tenía tanto que agradecerle… 

Siguió ordenando las diferentes pócimas, más por el olfato que por saber qué es lo que había allí escrito, y al final suspiró. Por mucho que intentara posponer lo inevitable debía ir a recoger a Ángela para partir en breve y no era algo que le hiciera mucha gracia. Por fin había descubierto en qué quería convertirse y dudaba mucho que pudiese aprender mucho más si se iba. Hasta le había prometido enseñarle a leer y era algo que siempre había querido. Subió a la habitación y vió a su compañera ya con la bolsa en la espalda, esperándola. 

— Corre Ángela, quiero llegar a la ciudad costera antes que se haga de noche. Seguro que si nos separamos allí una de las dos podrá obtener alguna cosa interesante.

Le quería decir que era un plan estúpido y que así seguro que no la podría proteger de los peligros de fuera. Pero quizá ella tuviese razón y así pudiesen obtener mejores resultados. Recogió su espada y se puso la armadura, las pocas pertenencias que tenía, y siguió a la chica a fuera.

Recorrieron el camino que les separaba de la ciudad en silencio, iba absorta en sus pensamientos y sólo abrió la boca cuando pasaron por un campo lleno de flores, comentando que quizá alguna sirviese para hacer uno de esos ungüentos para tratar heridas que había aprendido a usar no hacía tanto.

Llegaron a la ciudad por la noche y se separaron, prometiendo que se encontrarían unos días más tarde en la posada principal. Al día siguiente, entró en una de las tabernas mirando si podía encontrar algún trabajo y se encontró a un joven encapuchado que decía ser juez, que le ordenó capturar un hombre. Lo hizo sin saber que con ese gesto acababa de cambiar su vida por completo.


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ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE

GEMMA SÁNCHEZ

Tras los hilos Dorados

La aldea de Alba, un pequeño grupo de casas al oeste de Luz, era ahora una prisión para sus habitantes, y estos, condenados a muerte a no ser que tuviesen mucha suerte y pudiesen ser esclavos de por vida. Cruat, un joven y oscuro mago llevaba sus experimentos a cabo con aquellos pobres. Hasta ahora, había conseguido sintetizar una substancia capaz de controlar la mente de cualquiera si se le suministraba la cantidad adecuada, muy poca no le haría completamente esclavo y mucha lo convertiría en un cadáver o un deficiente.

Practicó durante años exterminando a media aldea, hasta que una noche, justo antes de quedarse dormido, una araña le picó entre el índice y el pulgar, haciendo que la solución se estrellara contra su frente al tiempo que su cerebro procesaba el agudo pinchazo de dolor. Lo primero que hizo, fue extraerse el veneno de la araña, y después durmió. Al alba, partió a la capital para exigirle al emperador un inventor para poder llevar su proyecto a cabo. El emperador se lo concedió, y pronto se hallaba con el hombre, explicando su idea y cómo desarrollarla. El inventor le pidió oro y una ampolla de cristal. Llenó la ampolla con la rojiza sustancia que Cruat había creado, y con el oro y algunos engranajes y tornillos construyó una rudimentaria araña que administraría las dosis exactas de sustancia para mantener al portador controlado y para matarlo si este trataba de extraerse la araña.

Cruat probó el nuevo invento y resultó un éxito, hasta que el veneno se acabó y la araña ya no lo seguía suministrando. Volvió a hablar con el inventor y este mejoró la araña para que cuando quedase la cantidad justa de veneno para matar al portador, esta avisase a Cruat, y también instaló un dispositivo que hacía que la araña se soltase si se accionaba un botón oculto entre sus colmillos, con los que administraba la sustancia. Tras el éxito de las pruebas, el inventor mejoró la estética para que quien lo viese pensara que se trataba de un adorno, y fue entonces cuando Cruat presentó su primera araña al emperador. Tras el visto bueno, Más arañas fueron fabricadas, y Cruat fue nombrado mago supremo y caudillo de la brujas.


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Bajo la Lluvia

El agua caía interminable e incansable sobre las hojas de cada árbol, hiedra, arbusto o planta de la selva, hasta que se flexionaban por el peso y dejaban caer una pequeña cascada de la misma.

Los olores a tierra mojada se intensificaban y los rastros desaparecían ante ellos haciendo difícil seguirlos. Los sonidos se perdían, entumecían y se mezclaban con los que cada gota provocaba en su caída incluso tras recorrer el empapado pelaje de la bestial escondida entre la maleza.

Los intrusos estaban cerca, justo en frente, cada semana aparecían en la zona con diferentes ropas y olores intentando despistar a los que allí vivían, al resto de Bestial y a los Narak.

Portaban redes y cuerdas con diferentes nudos y formas que todavía llevaban olores de otros Bestials junto con los del cuero y el acero que vestían y colgaban. Siempre volvían a pesar del sofocante calor y la humedad que les asfixiaba y a pesar de las intensas lluvias que los frenaban.

Sin embargo eran extranjeros, sólo había que esperar a que se cansaran de buscar. Esperar bajo la lluvia que la ayudaba a huir de sus acechantes ojos. Si la capturaban y tenía suerte, sería llevada a otras tierras cálidas pero menos húmedas; si tenía mala suerte, la arrastrarían hasta tierras las tierras heladas de Beliond, en las que sólo se sobrevivía bajo tierra.

Los minutos pasaban y el agua calaba cada vez más en su pelaje al igual que hacía en cada una de las rugosidades de los árboles haciéndose casi interminables. Finalmente se alejaron de la zona y, con mucho sigilo y unos minutos después, la bestial abandonaba el lugar para volver junto los suyos en la selva. Todavía empapada dio la alerta y se decidió que mañana los rastrearían para echarles de Selva Esmeralda.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE:

IRIS CONST

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Sé un Bardo de Ériandos

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Vestigios de Devoraalmas

La joven de 17 años, Delia, de piel blanca, ojos azules y pelo negro y liso hasta un poco más allá de los hombros, no parecía tener apenas rasgos en común con los de su raza Nimer.

Vestía una túnica con capucha y unos guantes que la protegían lo más que podían del sol, tampoco le gusta demasiado estar bajo él, cosas que pasan supone ella que ya casi se ha acostumbrado a sus problemas, así como casi acostumbrarse al hambre, un hambre más allá de lo humano, un hambre que llegaba a las almas y que comenzó siendo ella muy joven.

Su padre era un profeta que un día dijo tener una visión sobre una mujer poderosa vestida en oscuros mantos. Al principio nadie le creyó, hasta que dio con la madre de Delia que luego fue convenciendo poco a poco, a más mujeres para la causa, convirtiendo finalmente todo en una especie de cábala o secta, en la que rápidamente se hicieron rituales de sangre en honor a la mujer de la visión. Aunque realmente atraían más a Cartajiod que lo que realmente buscaban, sin embargo para ellos eran seres oscuros.

Más tarde, su padre tuvo otra visión en la que un bebé nacería elegido para alzar a esa oscuridad. Algo le llevó a la obsesión, algo le susurró que él sería el padre de aquel niño, pero que debía antes ganarse el favor con más ofrendas.

Y así fue como, ritual tras ritual, ofrenda tras ofrenda, se acostaba con todas a las que ya se podía considerar su harem.

Hubo abortos, niños malformados, algunos nacían sanos, pero muy pocos; otros estaban poseídos y se les mantenía allí hasta que eran incontrolables y se les soltaba y, uno de ellos era Delia.

En su concepción, hubo una bacanal como en el resto y esta, llamó la atención de un Cartajiod del hambre que, divertido o aburrido u ofendido, debió pensar que era buena idea que en el futuro la criatura los devorara a ellos.

Para los padres, la pequeña Delia era especial, ya que consideraron su debilidad al sol, su hambre, su visión nocturna y de las almas, una señal y, con 12 años la sometieron al ritual que hizo que el Cartajiod se cobrara lo que buscaba y el Imperio decidiera poner fin a la secta.

Actualmente, Delia se mueve por las cercanías del Imperio de Luz recogiendo plantas para sus mejunjes y, de paso, averiguar hasta que punto eran verdad las visiones de su padre, al que nunca creyó hasta el Estallido.


ESTE RELATO NOS LLEGA DE LA MANO DE:

IRIS CONST

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No todas las cuerdas son de arco

De entre las ruinas de un antaño poderoso castillo, que aun humeantes mantiene sus ruinas, sale un arquero. Han ganado la batalla. El asedio acabó por fin. Los guerreros de ambos bandos habían luchado con valentía, pero los Verdes eran los vencedores y los Naranjas los muertos que enmoquetaban el patio. Tira el arco. Cuantas veces aquella mañana lo había disparado y regalado una vida a Ela, cuantas viudas habría dejado.

Tira también las flechas, las pocas que le quedaban. La mayoría descansa en los cuerpos de los enemigos de su Señor.

Arroja el yelmo al suelo, un metal más que adornará la tierra días después de la batalla.
Se para. Coge su guitarra y toca. Toca mientras canta y canta mientras recuerda aquella mañana.

El arrojo de las ropas. Escudos en alto cubriendo, parando las flechas de la muralla. Aun así soldados mueren. Él está listo con el arco cargado para cuando los escudos bajen.
Los escudos bajan. ¡Fuego! Flechas que salen disparadas. el dispara. Escudos en alto. 
Su guitarra sigue sonando por el camino de vuelta.

Pasa el ariete. Las tropas se paran y disparan catapultas a las torres. Incendian la ciudad y los gritos de dolor se confunden con los de guerra. 

Las torres han caído y las catapultas se detienen. Vuelve el ariete y golpea contra la puerta hasta partirla. La puerta cede y la infantería avanza. Ellos, los arqueros, siguen disparando para acabar con los pocos que aún defienden la muralla.

La música sigue sonando. La batalla ya ha quedado atrás. Toca las cuerdas de su guitarra y canta, mientras una lágrima se le escurre por la mejilla.


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La reina y la bruja

Angélica era una muchacha sencilla cuya madre se ganaba la vida cuidando los animales de los Castillalto, en el Valle de los Ángeles.

A ella le encantaban los caballos, y pasaba los días acariciándolos y cepillándolos mientras su madre se encargaba del resto. El señor del castillo estaba tan acostumbrado a verla por allí que había aprendido su nombre, y, a menudo le regalaba ropa de su propia hija cuando a esta se le quedaba pequeña. No hace falta decir que Angélica destacaba entre el resto de la gente de su aldea, y no tuvo que pasar demasiado tiempo cuando empezó a levantar envidias.

Entre la gente de la aldea empezaron a correr rumores. El más típico era que el Señor gustaba de la compañía de la niña durante las noches, y, aunque no era cierto, la verdad no bastó para acallarlo.

No parecía que aquello molestase a la muchacha. Ella seguía viviendo bien, cuidando de los animales junto a su madre y pasando los inviernos caliente gracias a las ropas viejas del castillo. Sin embargo, una mañana gris y lluviosa llegó al castillo una carroza tirada por dos temibles dracos de escamas brillantes y miradas frías. Aquel día, llegó una mujer del norte, Axara. Bella como un campo nevado y dura como el mismísimo hielo conquistó el corazón del Señor del castillo como solo las gentes del norte saben hacerlo.

Ambos se casaron al poco de conocerse, y la mujer fría fue gentil también con la muchacha, a pesar de los rumores y habladurías. Le enseñó a acercarse a los dracos, a entender sus necesidades y sus deseos, y a deber cuando se está a salvo y cuando no. Aquella mujer no parecía ver la diferencia entre la nobleza y la gente de a pié, y aquello era algo que ni la muchacha ni nadie había conocido hasta ahora. Sin embargo, la enfermedad se llevó a su madre y el Señor la acogió en el castillo.

Las habladurías se daban por confirmadas y la gente, corroída por la envidia se erigió en defensa de la señora. Una defensa que ni había pedido ni necesitaba, pues la muchacha se limitaba a vivir su vida siguiendo con el oficio que su madre le había enseñado. Aún así las voces ignorantes a veces hablan tan alto que es imposible ignorarlas. El Señor, tuvo que intervenir, pese a que su esposa trató de evitarlo, y para asegurar el bien de muchos, tuvo que ejercer el mal sobre un inocente. Echó a la muchacha del castillo y la privó de su trabajo. En el pueblo la repudiaron, acusándola de pecados que no eran suyos y hablándole desde el odio más irracional. Ella cogió lo poco que le quedaba y huyó al bosque, aunque no pudo llegar muy lejos, pues fue devorada por una manada de lobos. Sin embargo, eso nadie lo sabía, y quiso el destino que el Señor enfermase repentinamente aquel mismo día, y tiempo faltó en el pueblo para que la pobre muchacha fuera llamada bruja al grito de todos, y con ese cántico subieron al bosque armados con fuego y orcas, en aras de darle caza.

Pero la envidia y la ira son pecados capitales que nublan la mente y ensombrecen el alma, y en el bosque no hallaron ninguna bruja, pero si lobos. Decenas de lobos con decenas de dientes. Los que no cayeron en seguida, trataron de huir de vuelta al pueblo, donde la Señora del Castillo había bajando para tratar de detener la locura desatada contra la muchacha, y explicaba a algunos aldeanos que habían quedado que la niña no había sido responsable de la enfermedad de su esposo.

Los lobos fueron tras ellos, y devoraron a toda alma que allí habitaba. Sin embargo, cuando habían rodeado a la reina norteña, un venado salió del bosque y todos los lobos echaron a correr para darle caza, como si hubieran olvidado a la mujer, la única que había permanecido firme y no se había dejado engañar por envidias y rumores.


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